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Isabel Perón: La Primera Presidenta… y el Poder que se le Fue de las Manos

Las aspas del helicóptero cortaban el aire frío de la madrugada sobre el Río de la Plata. Era el 24 de marzo de 1976. Abajo, las luces de Buenos Aires parecían indiferentes al drama que se gestaba en el cielo. Dentro de la nave, una mujer pequeña y frágil apretaba su bolso con los nudillos blancos por la tensión.

No era una pasajera cualquiera. Era la presidenta de la nación argentina. la primera mujer en el mundo en ocupar ese cargo y estaba a punto de convertirse en la prisionera más célebre del país. El piloto le había dicho que tenían un desperfecto técnico, una mentira piadosa o quizás cruel para desviar el rumbo hacia el aeroparque, donde los militares la esperaban no para saludarla, sino para decirle que su tiempo había terminado.

En ese instante, entre el ruido ensordecedor del motor y la oscuridad de la noche, María Estela Martínez, conocida por todos como Isabelita, debió recordar el extraño camino que la había llevado hasta allí, de los escenarios de Panamá a la Casa Rosada y ahora al abismo. Bienvenidos a una historia donde la realidad supera a cualquier ficción.

Antes de adentrarnos en esta espiral de poder, esoterismo y traición, quiero que me dejen un comentario abajo. ¿Creen que el destino de una persona está escrito desde que nace? ¿O somos nosotros quienes forzamos las puertas de la historia? Los leo. Para entender la soledad de esa mujer en el helicóptero, tenemos que olvidar por un momento la política y mirar a la persona.

Porque Isabelita no nació presidenta, ni siquiera nació llamándose Isabel. Su historia es la de una sombra que fue obligada a convertirse en luz, una figura que bailó al ritmo que otros tocaron hasta que la música se detuvo de golpe. Esa noche de 1976, cuando el helicóptero tocó tierra en la zona militar, las luces de la pista no iluminaban a una estadista, sino a una mujer acorralada que, dicen, al ver a los generales armados, solo atinó a decir que ella no había hecho nada, que solo quería volver a casa, pero ya no

había casa a la que volver. El telón había caído y la tragedia final acababa de comenzar. Lo que nadie en ese momento podía imaginar era como una bailarina de danzas españolas había logrado sostener, aunque fuera temblando, el bastón de mando de un país en llamas. Mucho antes de los decretos y los uniformes militares existía el calor húmedo de Centroamérica y el sonido de las castañuelas.

Tenemos que viajar atrás en el tiempo a 1956. El escenario es Panamá. Allí, en un pequeño y bullicioso local nocturno que algunos llamaban el Happy Land, la historia argentina estaba a punto de cambiar para siempre, aunque nadie lo sabía. En ese lugar trabajaba una joven argentina, delgada y de rasgos afilados que se hacía llamar Isabel.

Su verdadero nombre era María Estela Martínez Cartas, nacida en La Rioja, lejos de los lujos y del poder. Había dejado su país buscando un futuro en el arte, integrando una compañía de danzas que recorría el continente. No buscaba gobernar nada más que sus propios pasos de baile.

El destino, sin embargo, tiene un sentido del humor macabro. A ese mismo Panamá había llegado un hombre derrotado, un general exiliado que acababa de perderlo todo en su patria, Juan Domingo Perón. Tenía 60 años. era viudo de la mujer más amada y odiada de la Argentina, Eva Perón, y cargaba con el peso de un derrocamiento violento. La leyenda cuenta que el encuentro fue casual o quizás orquestado por algún agente de inteligencia que sabía que al general le gustaban las mujeres jóvenes y dóciles.

Cuando sus miradas se cruzaron, no hubo un choque de planetas, sino el encuentro de dos necesidades. Él necesitaba compañía y alguien que no le discutiera. Ella necesitaba protección y un propósito. La diferencia de edad era abismal. 35 años lo separaban. Pero en la soledad del exilio los números importan poco. Isabelita, como empezaron a llamarla, no tenía el fuego de Evita, ni su oratoria incendiaria, ni su ambición política desmedida.

Era silenciosa, servicial y estaba dispuesta a dejarlo todo, incluso su carrera artística para convertirse en la secretaria, la enfermera y la sombra del hombre más importante de la política argentina. Nadie en ese cabaret de Panamá, ni los clientes, ni las otras bailarinas, podría haber apostado un solo peso a que esa chica tímida terminaría sentada en el sillón de Ribadavia.

Pero la historia no se hace con apuestas lógicas, sino con accidentes improbables. La vida en el exilio no era el paraíso que muchos imaginaban. Perón y su nueva compañera peregrinaron por varios países, expulsados de un lugar a otro por presiones diplomáticas y miedos políticos. De Panamá a Venezuela, de Venezuela a República Dominicana.

Isabelita no se separaba de su lado. Aprendió a escribir a máquina, a llevar la agenda, a filtrar las visitas y, sobre todo, a callar. Era la antítesis de la figura femenina que el peronismo adoraba. Donde Evita era pasión y grito, Isabel era silencio y obediencia. Y quizás eso era exactamente lo que el general buscaba en el ocaso de su vida.

Paz doméstica mientras preparaba su retorno triunfal. Finalmente, el destino los llevó a España, a la famosa residencia de Puerta de Hierro en Madrid. Allí, bajo la mirada vigilante del régimen de Franco, la pareja se instaló en una rutina que parecía eterna. Fue en 1961 cuando, presionados por la moral católica de la España franquista decidieron casarse.

María Estela Martínez se convirtió legalmente en la tercera esposa de Juan Domingo Perón, pero en esa casa de Madrid no estaban solos. Por sus pasillos empezaron a transitar personajes oscuros, mensajeros de la resistencia argentina, sindicalistas y oportunistas. Entre todos ellos apareció una figura que cambiaría el destino de Isabel y de la Argentina para siempre.

Un hombre que no venía de la política, sino de las sombras de la policía y del ocultismo. Su nombre era José López Rega. Lo llamaban el brujo. No llegó con propuestas económicas ni planes de gobierno, sino con libros de esoterismo y promesas de poder espiritual. López Rega vio en Isabel algo que nadie más había visto, un vaso vacío, un recipiente moldeable.

se dio cuenta de que para llegar al general el camino más rápido era ganarse la confianza total de su joven esposa y así, entre tazas de té y lecturas astrológicas comenzó a tejerse una de las alianzas más nefastas de la historia sudamericana. La influencia de López Rega sobre Isabel creció como una enredadera venenosa en la soledad de Madrid.

Mientras Perón se ocupaba de la alta política tejiendo los hilos para su regreso, el brujo convencía a Isabel de que ella tenía una misión trascendental. Le hablaba de energías, de los astros y de la transmigración de las almas. Hay relatos, nunca confirmados del todo, pero repetidos por testigos de la época, que hablan de rituales extraños en el ático de la residencia.

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