Posted in

Lola Beltrán: Lo que Su Hija Le Hizo a Su Hermano Cuando Murió su madre, la destrozaría

Es un gesto pequeño para ti, pero es lo que permite [música] que yo pueda eh seguir dedicando días enteros a rescatar estos recuerdos. Es y ahora sí volvamos a lo que estábamos contando. Rosario, Sinaloa, 7 de marzo de 1900 32. El Pacífico tiene aquí una luz que no perdona, directa, sin filtros. Una luz que lo ilumina todo por igual, lo bonito y lo difícil, sin hacer distinciones.

En una de esas casas nace Dolores Beltrán Félix, séptima hija de una familia con poco dinero y mucha música. El tipo de poco dinero, que significa que los zapatos se comparten y que la carne es para los domingos y que cuando la cosecha falla, el mes de octubre huele diferente porque el miedo también tiene olor.

En Rosario, la música no es entretenimiento, es el idioma con que la gente dice lo que el día no le permite decir de otra manera. Las mujeres cantan mientras amasan el pan. Los hombres cantan en la cantina con una honestidad que la vida les niega en cualquier otro contexto. Y los niños aprenden las canciones antes que las letras porque las canciones se necesitan antes.

Tiene 4 años, está junto al fogón. Nadie le ha enseñado la canción que está cantando. La canta de todas formas, en voz baja, como si la estuviera inventando en ese momento, como si la voz supiera el camino antes de que ella lo haya decidido. Su madre, para lo que está haciendo. Apoya las dos manos en el fregadero. No dice nada. Escucha.

Cuando la canción termina, se queda con las manos ahí, quietas, como si levantarlas fuera a romper algo que todavía está en el aire. Nadie sabe qué hacer con eso, pero todos sienten que algo ahí dentro no va a caber en Rosario mucho tiempo más. Lo que nadie sabe todavía es lo que va a costar sacarlo.

A los 19 años, Dolores agarra lo que puede un par de vestidos, dinero prestado, una fotografía de su madre [música] y se sube al autobús que va a la capital. Su madre la acompaña hasta la parada, le ajusta el cuello del vestido, le dice que se cuide, no le dice que vuelva. Aunque las dos saben que eso es lo que quiere decir. El autobús tarda 16 horas.

Lola lo hace de noche, lleva una carta de su madre en el bolso, no la abre. Sabe lo que dice, que esto no va a funcionar. Que vuelva, que el lugar de una mujer no es ese camino de noche hacia una ciudad que no la conoce y que no la estaba esperando. [música] La deja sin abrir y sigue mirando por la ventana.

Llega al amanecer, no hay nadie esperándola. agarra la maleta y sale a la calle. Lo que siente no es miedo, es más parecido a la prisa. La Ciudad de México no espera a nadie. Lola encuentra trabajo mecanografiando cartas, contestando teléfonos, comiendo sola en una fonda. No es glamuroso, es supervivencia. Pero la oficina donde trabaja no es cualquier oficina, es la XCW, la voz de la América Latina desde México, la estación de radio más importante del continente.

Por sus pasillos han pasado Agustín Lara, Jorge Negrete, Pedro Infante. Por esas mismas paredes donde Lola ahora archiva documentos, los más grandes artistas de la música mexicana han grabado las canciones que la gente se sabe de memoria en toda América Latina. Nadie la estaba esperando, nadie sabía quién era. Y eso en ese lugar ya decía mucho sobre lo que iba a tener que hacer para que alguien la viera.

Lola lo entiende desde el primer día y desde el primer día hace algo que nadie le pide y nadie le prohíbe. Escucha, escucha todo. Los ensayos que se cuelan por las paredes, los arreglos que los directores discuten en voz alta. Aprende sin que nadie sepa que está aprendiendo. Y cuando no hay nadie cerca, [música] canta. sola para sí misma, mientras archiva, mientras teclea, con esa naturalidad de quien lleva haciendo eso desde que tenía 4 años junto al fogón y ya no distingue entre canturrear y respirar, un día pide una cita con el director artístico, un

hombre llamado Rómulo Dueñas. Tiene fama de haber descubierto a varias estrellas, de que si alguien puede reconocer talento cuando lo escucha es él. Lola consigue 10 minutos un jueves por la mañana. Dueñas la escucha durante 2 minutos, luego levanta la mano para que pare. No eres lo que buscamos. Que cierre la puerta al salir.

Lola cierra la puerta, vuelve al escritorio, agarra la siguiente carta de la pila, empieza a teclear. Rómulo Dueñas no aparece en ningún libro de historia de la música mexicana, Lola Beltran. Sí. Semanas después, [música] un martes de primavera, el maestro Ignacio Fernández Esperón Tatanacho camina por ese pasillo cuatro décadas en la música.

Ha escuchado miles de voces y sabe clasificarlas en segundos. No es un hombre que se detenga a escuchar a las secretarias. Ese martes se detiene. Escucha 40 segundos. Luego se asoma y le pregunta a aquella muchacha de Sinaloa si alguna vez ha pensado en cantar profesionalmente. Lola levanta la vista del teclado, lo mira y dice que sí, sin aspavientos, solo sí, con la calma de quien lleva esperando esa pregunta, sin saber exactamente que la estaba esperando.

En 1954 cantó por primera vez en la XCW. No como secretaria, como artista. [música] En la misma cabina donde había archivado documentos durante 3 años, el técnico que ajustó el micrófono era el mismo que la había visto llegar con el bolso al hombro durante todo ese tiempo. No dijo nada, ella tampoco.

Se pusieron los auriculares y cuando la voz salió al aire por primera vez, en esa frecuencia que se escuchaba desde México hasta Buenos Aires, algo cambió de sitio sin que nadie supiera todavía que estaba cambiando. Pero hay algo que los documentales sobre Lola Beltrán casi nunca cuentan de esos primeros años en la XCW.

Jorge Negrete también estaba ahí. Para entender lo que le pasó a Lola Beltrán entre 1951 y 1954, hay que entender quién era Jorge Negrete, no el cantante, el poder. En 1950, Negrete era el secretario general de la sindicato que controlaba quién trabajaba en radio, cine y teatro en México, quién cobraba cuánto, quién podía firmar contratos y con quién, quién era suficientemente profesional para aparecer en los escenarios importantes y quién todavía tenía que esperar.

La Anda [música] no era un sindicato en el sentido convencional, era una estructura de poder y negrete era su centro de gravedad. No porque hubiera nacido ahí, había llegado desde Guanajuato con una voz extraordinaria y la ambición de alguien que sabe exactamente lo que quiere, sino porque había construido esa posición ladrillo a ladrillo, alianza a alianza.

Durante años había fundado el sindicato junto a otros. Había peleado con Cantinflas por el liderazgo, había [música] ganado. Las reglas no estaban escritas, no hacía falta escribirlas. estaban en el aire de cada conversación, en cada contrato, en cada decisión sobre quién salía primero en el cartel y quién cobraba qué.

Read More