La noche del 17 de agosto de 2012 en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, algo ocurrió que nadie que estuvo ahí pudo olvidar. Una mujer de 93 años caminó hacia el escenario más importante de México con la lentitud de alguien que ha vivido demasiado para tener prisa. Llevaba su ruana de siempre, su sombrero de siempre, sus botas de siempre, el pelo blanco como la nieve de las montañas que había cantado durante décadas.
Se paró frente al micrófono, miró al público y el público, que llevaba minutos aplaudiendo de pie, se quedó en silencio absoluto. No el silencio de la expectativa, el silencio de algo más profundo. silencio de 2000 personas que estaban mirando a alguien que había sobrevivido a todo lo que la vida puede lanzarle a un ser humano y que seguía de pie, que seguía cantando, que había llegado a los 93 años, siendo exactamente lo que había querido ser.
Libre. Tres días después, Chabela Vargas murió y el mundo del arte latinoamericano perdió a alguien que no era simplemente una cantante, era un testimonio. Vivo de lo que cuesta vivir la verdad, cuando la verdad que vives no es la que el mundo quiere que vivas. Esta es la historia de una mujer que pasó 80 años mintiendo sobre quién era, no porque fuera cobarde, sino porque el mundo en que vivía no tenía espacio para su verdad.
y que a los 81 años, cuando la mayoría de las personas ya han enterrado sus sueños y sus secretos juntos, encontró el valor de decir en voz alta lo que llevaba décadas susurrándose a sí misma en la oscuridad y que esa verdad, en lugar de destruirla, la salvó. Isabel Vargas Lisano nació el 17 de abril de 1919 en San Joaquín de Flores, en Costa Rica.
El nombre que el mundo conocería, Chabela, llegaría después. Primero fue Isabel, una niña Isabel en una familia que no sabía qué hacer con ella. Su padre se llamaba Ezequiel Vargas. Era un hombre duro, distante, de esa dureza que los hombres de principios del siglo XX en América Central usaban como segunda piel, porque mostrar otra cosa era mostrar debilidad, y mostrar debilidad era inaceptable.
Su madre se llamaba Erminia Lisano y aquí empieza la primera herida, la primera de muchas. Herminia no quería a Isabel de la manera en que una madre debería querer a una hija. Los biógrafos que estudiaron la vida de Chabela con seriedad documentan algo que ella misma confirmaría muchas veces en entrevistas con esa franqueza sin adornos que la caracterizaría toda su vida.
Su madre la rechazó no metafóricamente, no con la frialdad ambigua que a veces se confunde con el carácter. La rechazó de una manera concreta, activa, que la niña Isabel sintió como un frío permanente en el centro del pecho desde que tuvo edad para entender lo que estaba pasando. Nadie en esa familia supo exactamente por qué.
Nadie en esa familia habló de ello abiertamente, porque hablar de esas cosas abiertamente no era algo que las familias costarricenses de 1920 supieran hacer. Pero Isabel lo sabía. Lo sabía en la manera en que su madre la miraba, en la manera en que no la miraba, en la manera en que el espacio entre ellas dos era un poco más grande que el espacio entre su madre y cualquier otra persona en la habitación.
A los 7 años, Isabel Vargas Lisano enfermó de una fiebre grave, tan grave que durante varios días los adultos que la rodeaban no estaban seguros de que fuera a sobrevivir. Sobrevivió, pero la enfermedad le dejó consecuencias físicas que la acompañarían durante años y que sus padres, por razones que nunca, quedaron del todo claras.

Decidieron que justificaban algo que en cualquier análisis honesto resulta difícil de defender. Decidieron enviarla a vivir con sus tíos. Isabel tenía 7 años y sus padres la mandaron a vivir a otra casa. Hay muchas maneras de interpretar ese momento. Los que quieren ser generosos dicen que fue una decisión práctica, que los tíos podían cuidarla mejor durante la recuperación, que no había mala intención.
Chabela Vargas, cuando habló de ese momento en sus memorias y en sus entrevistas de vejez, no fue generosa. dijo que ese fue el momento en que entendió que no pertenecía a ningún lugar, que ese fue el momento en que aprendió que el suelo bajo sus pies era siempre provisional, que ese fue el momento en que decidió, con la lógica brutal de una niña de 7 años, que si el mundo no iba a darle un lugar, ella iba a construirse uno propio.
No importaba cuánto costara, no importaba cuánto tardara, no importaba lo que tuviera que dejar atrás, se iba a construir un lugar propio. Y lo hizo. Tardó décadas, le costó todo, pero lo hizo. A los 14 años, Isabel Vargas Lisano tomó una decisión que en 1933 en Costa Rica era casi inimaginable para una niña de su edad y de su clase social.
decidió irse sola, sin dinero, sin contactos, sin plan preciso, con la certeza instintiva de que lo que necesitaba no estaba en San Joaquín de Flores ni en ninguna casa de Costa Rica, cruzó la frontera hacia México. México en los años 30 era un país en construcción permanente, un país que todavía estaba procesando la revolución, un país que tenía una energía cultural que no existía en ningún otro lugar de América Latina.
Diego Rivera pintaba murales en los edificios públicos. Frida Calo vivía y amaba con una intensidad que escandalizaba a los conservadores y fascinaba a todo el mundo. Los mariachis recorrían las calles y en las cantinas, en los teatros de variedades, en cualquier espacio donde hubiera un micrófono y un público, la música ranchera estaba forjando el alma de un país.
Isabel llegó a México con 14 años, sin dinero y con una voz. Una voz que todavía no era la voz que el mundo conocería después. Una voz que todavía estaba aprendiendo lo que podía hacer, pero una voz que tenía algo dentro que la técnica no puede enseñar, algo que se llama verdad. Esa capacidad de cantar como si cada palabra costara algo real, como si cada nota fuera arrancada de un lugar donde las cosas duelen verdad.
Los primeros años en México fueron años de hambre literal, de trabajar en lo que hubiera, de aprender la ciudad a fuerza de perderse en ella, de ir construyendo contacto a contacto, actuación a actuación, esa presencia que eventualmente se convertiría en una de las más reconocibles del mundo del arte latinoamericano.
Y en esos primeros años en México, Isabel Vargas Lisano entendió algo sobre sí misma, que el mundo de 1940 no tenía vocabulario para recibir. Entendió que no amaba a los hombres de la manera en que se suponía que una mujer debía amar a los hombres, que lo que sentía cuando miraba a ciertas mujeres era exactamente lo que las canciones describían cuando hablaban de amor.
mezcla de vértigo y terror y necesidad que los poetas llevan siglos intentando capturar con palabras. Lo que sintió no fue confusión, lo que sintió fue reconocimiento, como alguien que finalmente encuentra en un espejo la imagen que siempre supo que era la suya, pero que nunca había podido ver con claridad. Pero el México de 1940 no tenía espacio para esa verdad dicha en voz alta.
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No había espacio en ningún lugar del mundo de 1940 para esa verdad dicha en voz alta. Y entonces Isabel Vargas Lisano, que ya se estaba convirtiendo en Chabela Vargas, tomó una decisión que determinaría cuatro décadas de su vida. Decidió guardar silencio sobre esa parte de sí misma, no negarla completamente, no construir una mentira elaborada, simplemente guardar silencio, no responder las preguntas, cambiar el tema.
reírse cuando alguien preguntaba, dejar que el silencio fuera interpretado como los demás quisieran interpretarlo y cantar cantar las canciones de amor más dolorosas del repertorio latinoamericano, con una convicción que desconcertaba a quienes la escuchaban porque no entendían de dónde venía esa verdad. No entendían que Chabela cantaba desde adentro, que cuando cantaba sobre el amor perdido no estaba interpretando un personaje, estaba contando su propia historia, la historia que no podía contar de ninguna otra manera. La
carrera de Chabela Vargas en los años 50 y 60 es una historia de ascenso que los libros de historia de la música latinoamericana todavía no han contado completamente, porque Chabela no siguió el camino que se supone que siguen las cantantes de su género y de su época. No usaba los vestidos de charro que las cantantes rancheras usaban.
Usaba pantalones y ruanas y sombreros. No cantaba con la voz dulce y femenina que los productores esperaban de una mujer en un escenario. Cantaba con una voz grave, ronca, que venía de algún lugar más bajo que los pulmones. No interpretaba las canciones como se suponía que debían interpretarse. Las reinterpretaba, las hacía suyas de una manera que escandalizaba a los puristas y que dejaba sin palabras a los que podían escuchar más allá del escándalo.
José Alfredo Jiménez. El compositor más importante de la música ranchera mexicana la escuchó cantar una noche en una cantina del centro de Ciudad de México. Se quedó inmóvil. Después se acercó a la barra donde Chabela estaba sentada y le dijo algo que ella repetiría en entrevistas durante décadas.
Le dijo que ella cantaba sus canciones mejor que nadie porque ella las entendía mejor que nadie. que había algo en la manera en que ella interpretaba el dolor que era completamente real, que no había artificio, que no había performance, que había verdad. José Alfredo Jiménez y Chabela Vargas se convirtieron en amigos inseparables.
Bebían juntos, cantaban juntos, se entendían con esa complicidad que existe entre las personas que han encontrado en el arte la única forma de decir lo que de otro modo sería inexpresable. Frida Calo también la escuchó y Frida Calo, que sabía mejor que nadie lo que significaba vivir una verdad que el mundo no estaba preparado para recibir, vio algo en Chabela que muy pocas personas veían.
La relación entre Chabela Vargas y Frida Calo es uno de los capítulos de la historia del arte latinoamericano que más tinta ha hecho correr y sobre el que menos certezas existen porque los dos testimonios más importantes, los de las dos protagonistas, están envueltos en la ambigüedad que rodea a las cosas que existieron en privado.
Chabela habló de Frida en sus memorias y en sus últimas entrevistas con una ternura que no necesitaba más explicación. Dijo que Frida había sido una de las personas más extraordinarias que había conocido en su vida. Dijo que habían compartido algo real. Dijo que Diego Rivera lo sabía y que lo aceptaba con esa complicidad complicada que definía la relación de Diego y Frida.
Lo que es seguro es que Frida y Chabela se frecuentaban en la casa azul de Coyoacán, que en esa casa, que era uno de los centros de la vida cultural de México en los años 40, Chabela encontró algo que nunca había encontrado antes. Un lugar donde existir sin que nadie le pidiera que fuera algo distinto de lo que era.
un espacio donde el arte y la vida eran la misma cosa, donde la intensidad no era un problema, sino la condición necesaria para crear algo verdadero, donde nadie le preguntaba por qué vestía como vestía o por qué vivía como vivía, donde podía simplemente ser. Frida murió en 1954 y con ella murió algo en Chabela que tardó décadas en volver a crecer.
Pero la carrera continuó y el alcohol también continuó porque Chabela Vargas y el alcohol tienen una historia tan larga y tan entrelazada con su historia artística que es imposible hablar de una sin hablar del otro. Chabé la bebía. Bebía con la misma totalidad con que hacía todo, sin moderación, sin cálculo, con la determinación de alguien que ha encontrado en el alcohol algo que le da temporalmente lo que el mundo le niega permanentemente.
una sensación de que el suelo es sólido, una sensación de que el silencio que lleva dentro es tolerable, una sensación de que la distancia entre lo que es y lo que el mundo quiere que sea se hace por unas horas un poco más pequeña. Los años 60 y 70 son los años del alcohol, las actuaciones canceladas, las noches que empiezan en un escenario y terminan en una cantina, los contratos rotos, las oportunidades perdidas.
Los amigos que se van porque no pueden seguir mirando cómo alguien se destruye a sí mismo y no hay nada que puedan hacer para detenerlo. En 1975, Chabela Vargas desaparece. No metafóricamente, desaparece de verdad. Deja Ciudad de México. Se va a vivir a Tepostlán, un pueblo pequeño en las montañas del estado de Morelos.
Y ahí en ese pueblo, en una casa pequeña, sin las comodidades que su carrera podría haberle dado, Chabela Vargas pasa más de una década en silencio. No canta, no actúa, no concede entrevistas, no responde llamadas, existe, sobrevive y lentamente, muy lentamente, con la lentitud de algo que crece en condiciones que no son las ideales, pero que crece de todas formas, porque la vida encuentra siempre la manera de seguir.
deja el alcohol, no en un día, no en un momento de epifanía cinematográfica, en silencio, en soledad, en la oscuridad de una casa en las montañas donde nadie la miraba y nadie la juzgaba, y nadie le pedía nada. Tardó años. Fueron los años más oscuros de su vida. Y también, aunque esto solo lo entendió después los más necesarios, porque en esa oscuridad despojada de todo lo que había usado para no mirarse a sí misma, Chabela Vargas se miró y lo que vio no la destruyó, la construyó.
En 1991, con 71 años, Chabela Vargas vuelve a los escenarios. El mundo del arte mexicano y latinoamericano que la había conocido en los años 50 y 60 no podía creerlo. Chabela estaba viva, Chabela estaba sobria, Chabela estaba de vuelta. El concierto en el Foro Sol de Ciudad de México es uno de los momentos más extraordinarios de la historia de la música latinoamericana.
Una mujer de 71 años después de más de 15 años de silencio, parada en un escenario con su ruana y su sombrero y su voz, una voz que el tiempo y el alcohol y la oscuridad no habían destruido, que habían profundizado, que tenía ahora algo más que antes, algo que solo se consigue cuando se ha pasado por el fondo y se ha vuelto.

El público tardó en procesar lo que estaba viendo y después, cuando lo procesó se puso de pie y no se volvió a sentar. El regreso de Chabela a Vargas en los años 90 es uno de esos fenómenos culturales que desafían las lógicas normales de la industria del espectáculo. Porque Chabela no volvió como nostalgia, volvió como presente, volvió como algo nuevo que usaba la misma voz de siempre, pero que la habitaba de una manera completamente diferente.
Los jóvenes que nunca la habían escuchado la descubrieron y no podían entender cómo era posible que esta mujer los estuviera describiendo a ellos. Sus amores, sus pérdidas, sus noches de alcohol y llanto, sus mañanas de vergüenza y determinación. ¿Cómo era posible que una mujer de 70 años que había vivido en otro siglo supiera exactamente lo que se sentía ser ellos? Pedro Almodóbar la descubrió y a través de Almodóar, el mundo que estaba más allá de América Latina la descubrió, la incluyó en sus películas, la llevó a España. España se
rindió a sus pies con la misma inmediatez con que se rinde a las cosas que reconoce como verdaderas, porque España tiene una relación con el dolor cantado que no tiene ningún otro país del mundo, excepto México. Y Chabela cantaba el dolor como nadie. En 2000, con 81 años, Chabela Vargas hizo algo que cambió para siempre la manera en que el mundo la miraba.
Concedió una entrevista a una revista mexicana y en esa entrevista, con la sencillez de alguien que ha esperado demasiado tiempo para decir algo y que ya no tiene paciencia para los rodeos, dijo en voz alta lo que había callado durante 80 años. Dijo que amaba a las mujeres. Así de simple. sin drama, sin lágrimas, sin el tipo de performance que la sociedad a veces exige a las personas que salen del closet, como si debieran explicar y justificar y pedir disculpas por ser quienes son.
Lo dijo como quien dice el color de sus ojos, como un dato, como una verdad que siempre había existido y que simplemente ahora era del dominio público. La reacción fue inmediata y dividida. Hubo quienes celebraron su valentía, hubo quienes la criticaron, hubo sectores conservadores de México y de América Latina que reaccionaron con la indignación predecible de los que confunden sus propias incomodidades con valores morales.
Y Chabela Vargas, con 81 años los miró a todos con esa serenidad de alguien que ha sobrevivido a demasiado como para que las opiniones ajenas le quiten el sueño. dijo algo en una entrevista posterior que se convirtió en una de las frases más citadas de su vida pública. Dijo que había tardado 80 años en decirlo porque el mundo había tardado 80 años en estar listo para escucharlo, pero que ella siempre lo había sabido.
Desde siempre, desde que era una niña en Costa Rica que miraba el mundo y entendía que había algo en ella que no encajaba con lo que el mundo esperaba y que ese no encajar no era un defecto, era simplemente ella. Los últimos 12 años de la vida de Chabela Vargas fueron los años de la libertad.
La libertad que llega cuando ya no tienes nada que ocultar, cuando el silencio que llevabas dentro durante décadas se vacía y en su lugar entra algo que se parece al aire fresco. Siguió cantando, siguió recibiendo homenajes, siguió parada en escenarios de todo el mundo con su ruana y su sombrero y su voz que el tiempo se había negado a apagar.
recibió el reconocimiento que debería haber recibido décadas antes. Premios, homenajes, retrospectivas, libros. El mundo del arte latinoamericano, que a veces tarda en honrar a sus propios mientras están vivos, se apresuró a honrarla mientras todavía podía escucharlos. Y Chabela los recibió todos con esa mezcla de gratitud genuina y de ironía suave, que es el privilegio de los que han vivido suficiente como para saber que el reconocimiento que llega tarde es mejor que el reconocimiento que no llega, pero que nunca es exactamente
lo mismo que el reconocimiento a tiempo. El 17 de agosto de 2012, tres días después de ese último concierto en el Palacio de Bellas Artes, Chabela Vargas murió en Cuernavaca. Tenía 93 años. Había vivido en Costa Rica, en México, en España. Había amado a mujeres cuando amarlo era peligroso.
Había bebido hasta casi destruirse y había vuelto del borde. Había guardado silencio durante 80 años y había hablado cuando las palabras todavía podían cambiar algo. había cantado sobre el amor con más honestidad que casi cualquier otra voz del siglo XX, que había muerto siendo exactamente lo que había decidido ser en las montañas de Tepostlán, durante esos años de oscuridad y silencio.
Libre punto. En México decretaron tres días de luto nacional. En España, los periódicos dedicaron sus portadas culturales a su memoria. En toda América Latina las radios tocaron su música durante días y en los bares y en las cantinas y en las casas de las personas que la amaban, alguien ponía su voz en los altavoces y nadie hablaba durante el tiempo que duraba la canción.
Porque eso es lo que hace la música de Chabela Vargas. Te obliga a callarte, te obliga a escuchar, te obliga a reconocer algo dentro de ti que quizás preferirías no reconocer, pero que está ahí de todas formas. ese dolor que no tiene nombre exacto, esa nostalgia de algo que quizás nunca tuviste, pero que de alguna manera extrañas.
Esa manera que tiene el amor de hacerte sentir más vivo y más vulnerable al mismo tiempo. Chabela Vargas pasó 80 años mintiendo sobre quién era, porque el mundo en que vivía no tenía espacio para su verdad, y luego pasó 12 años diciendo esa verdad en voz alta. Y en esos 12 años vivió más plenamente que en los 80 anteriores. Hay algo en eso que es una lección y hay algo en eso que es una injusticia.
La lección es que la verdad libera, que no importa cuánto tiempo hayas esperado para decirla, que nunca es demasiado tarde. La injusticia es que debería haber sido posible decirla antes, que no debería haber costado 80 años, que el mundo debería haber sido desde siempre un lugar donde una niña de 7 años en Costa Rica pudiera crecer sabiendo que lo que sentía era válido.