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María de las Mercedes: la reina que murió cinco meses después de casarse

Hubo una reina en España que reinó 154 días, solo 154 días. Y sin embargo, su nombre quedó grabado para siempre en la memoria de un pueblo entero, en una copla, en una película, en las lágrimas de un rey que nunca volvió a ser el mismo. Esta es la historia de María de las Mercedes de Orleans y Borbón, la mujer más amada y más llorada de la historia de la monarquía española del siglo XIX.

Bienvenidos a este canal, querida comunidad. Antes de comenzar, os invito a dejar en los comentarios una sola palabra que describa lo que significa para vosotros el amor verdadero. Solo una palabra. Vuestras respuestas me van a inspirar en los próximos episodios. Y ahora, viajemos juntos al Madrid del siglo XIX.

El 24 de junio de 1860, en las habitaciones del Palacio Real de Madrid nació una niña que llevaba la sangre de Reyes y la sombra del destino. Su madre era la infanta María Luisa Fernanda de Borgón, hermana de la mismísima reina Isabel II de España. Su padre era Antonio de Orleans, duque de Monpensier, hijo del rey Luis Felipe I de Francia.

La recién nacida llegó al mundo rodeada de grandeza por todos lados, pero también en medio de una tensión política que ya entonces presagiaba que su vida no sería tranquila. La bautizaron ese mismo día a las 8 de la tarde en la capilla del Palacio Real. Sus padrinos fueron sus propios tíos, la reina Isabel II y su esposo Francisco de Asís.

El nombre que le dieron era largo, rimbombante, como todos los nombres reales de aquella época. María de las Mercedes, Isabel Francisca de Asís, Antonia Luisa Fernanda de todos los santos. Pero el mundo la llamaría simplemente Mercedes y ese nombre, con el tiempo se convertiría en sinónimo de una historia de amor que conmovió a toda España.

La pequeña Mercedes creció en el Palacio de Santelmo de Sevilla, residencia habitual de la familia ducal desde 1849. Sevilla marcaría su carácter para siempre. Era una ciudad de luz, de música, de azulejos brillando bajo el sol andaluz. Y Mercedes absorbió todo eso con una naturalidad que años más tarde haría que el pueblo español la reconociera como una de los suyos, algo rarísimo en una princesa de sangre real en aquellos tiempos.

Pero la infancia ibílica no duró mucho. El padre de Mercedes, el duque de Monpensier, era un hombre de ambiciones políticas enormes. En 1868 financió una conspiración para destronar a su cuñada, la reina Isabel II, lo que desencadenó una crisis que acabó con toda la familia del duque siendo enviada al exilio.

primero a Lisboa, luego de regreso a Sevilla cuando triunfó la revolución. La pequeña Mercedes, que entonces tenía 8 años, vio cómo el mundo que conocía se tambaleaba y cambiaba de forma radical. Aprendió desde niña que el poder es frágil, que las coronas no son eternas y que las familias reales pueden verse arrastradas por fuerzas que escapan a su control.

Lo que ninguno de ellos sabía entonces es que esa misma revolución que desterró a la reina Isabel II también sembraría la semilla de una historia de amor que el tiempo no podría borrar. Porque el hijo de Isabel II, el joven príncipe Alfonso, también tendría que vivir el exilio y en ese exilio el destino los pondría frente a frente.

En las Navidades de 1872, el castillo de Randán en Francia fue testigo de algo que los libros de historia no suelen narrar con detalle, pero que marcó el curso de la monarquía española de una manera que nadie pudo haber previsto. La reina Isabel II, acompañada de su hijo Alfonso, fue invitada por el duque de Monpencier y su familia a pasar las fiestas.

Era un gesto de reconciliación política entre dos ramas de la familia real española enemistadas durante años. Pero lo que ocurrió allí fue mucho más que política. Alfonso tenía 15 años. María de las Mercedes acababa de cumplir los 12. Se conocían de antes, pero aquella Navidad fue diferente. Algo cambió en la mirada del joven príncipe cuando vio a su prima y algo cambió también en la de ella.

Los mayores hablaban de acuerdos, de regencias, de sucesiones. Los jóvenes, en cambio, pasaban tiempo juntos en los salones del castillo compartiendo conversaciones que la historia no ha conservado, pero que dejaron una huella muy profunda en ambos. Se volvieron a encontrar en París durante las vacaciones de Semana Santa y luego otra vez.

Isabel Segunda, que veía lo que estaba pasando, se alarmó. La madre nunca fue una aliada de esta unión y sus razones eran más políticas que sentimentales. No le gustaba el duque de Monpensier, su cuñado, con quien había tenido años de enfrentamiento. Un matrimonio entre su hijo y la hija de ese hombre le parecía una capitulación inaceptable.

Y así deliberadamente alejó a Alfonso enviándolo a viajar por Europa. Pero el amor, cuando es genuino, no entiende de separaciones impuestas por las madres. Alfonso no olvidó a Mercedes y Mercedes no olvidó a Alfonso. Aquella promesa hecha en los pasillos de un castillo francés, casi en susurros, entre dos adolescentes que ni siquiera eran aún plenamente conscientes del peso de la corona, sobreviviría a los años, a las distancias y a todos los obstáculos que los adultos pusieron delante de ellos.

En diciembre de 1874, el general Martínez Campos protagonizó el llamado pronunciamiento de Sagunto, que proclamó rey de España al joven Alfonso, hijo de Isabel II. El príncipe en el exilio se convirtió de repente en Alfonso XI, rey de España. Tenía 17 años y una de sus primeras certezas era que quería casarse con Mercedes.

El gobierno pensaba otra cosa. Los ministros de Cánovas del Castillo, el poderoso político que manejaba los hilos de la restauración, preferían un matrimonio con una princesa extranjera, alguna europea de buena familia que reforzara las alianzas diplomáticas de España. Era lo que se esperaba de un rey, era lo que la razón de estado exigía.

Pero Alfonso era joven y el amor que sentía era de esos que no se negocian en despachos. En octubre de 1876, los monpensier regresaron definitivamente a España. Alfonso XI los recibió en Madrid y allí, ante Mercedes y su familia renovó el juramento de amor que había hecho en Randán 4 años atrás. Tenía ahora 19 años, ella 16.

El juramento infantil de un castillo francés se había convertido en algo mucho más serio, mucho más firme y esta vez Alfonso no tenía intención de permitir que nadie se lo arrebatara. Hay momentos en la historia en que un hombre, aunque sea un rey, actúa movido únicamente por lo que siente. El año 1877 fue uno de esos momentos para Alfonso XI.

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