Posted in

ANTONIO DE NIGRIS : CONFESÓ TODO ANTES DE MORIR – LA VERDAD SALIO A LA LUZ

En los primeros días en Ankaraguku, el club le hizo los exámenes médicos de rutina que se les hacen a todos los jugadores nuevos. Análisis de sangre, electrocardiograma, ecocardiograma, pruebas de esfuerzo. El examen del corazón duró más de lo normal. El cardiólogo del club, un hombre mayor de bata blanca y bigote canoso, repitió el ecocardiograma tres veces.

Llamó por teléfono a otro especialista, hizo venir al director médico del club. Los tres hombres se metieron a un cuarto y cerraron la puerta durante 40 minutos. Al tano lo dejaron esperando afuera, sentado en una silla de plástico jugando con el celular. No sabía que en ese cuarto se estaba decidiendo cuántos años de vida le quedaban.

Cuando lo llamaron a entrar, el director médico le habló en inglés con acento turco. Le dijo que tenía una anomalía en el corazón, un engrosamiento ligero del músculo cardíaco, cardiomiopatía hipertrófica, una condición genética que se hereda y que en algunos casos no da síntomas durante años. Le dijo que con descanso, con tratamiento y con monitoreo regular podía seguir su carrera deportiva con normalidad. Le dijo que era manejable.

le dijo que muchos atletas profesionales jugaban con esa condición sin problemas. El tano respiró hondo, firmó unos papeles que apenas leyó. Salió del consultorio con un frasco de pastillas en la bolsa del pantalón y la certeza de que no era nada serio. Esa certeza era falsa y los hombres que se la dieron sabían que era falsa.

Lo que el tano no escuchó esa tarde en el consultorio de Ankaraguku fue la conversación que tuvieron los tres médicos antes de llamarlo a entrar. El cardiólogo del club había dicho la verdad. La condición era grave. El engrosamiento del músculo cardíaco había avanzado más allá del punto manejable. El pronóstico real basado en los estudios europeos más recientes era de 12 a 18 meses jugando profesionalmente.

Después de eso, riesgo alto de muerte súbita arriba de la cancha o fuera o dormido. Pero el club acababa de pagar una transferencia importante por él. 3,0000 de euros, más sueldo anual, más bonificaciones por goles. El director deportivo no podía darle al Consejo de Administración la noticia de que el mexicano que acababan de fichar tenía meses contados.

Entonces decidieron los tres hombres adentro del cuarto cerrado decirle solo una parte de la verdad, la parte manejable, la parte que no le iba a hacer pedir el retiro inmediato. Le ocultaron lo demás. El reporte completo con todos los hallazgos, con la palabra grave subrayada en rojo, con el pronóstico de 12 a 18 meses escrito a máquina en la última hoja, salió del consultorio aquella tarde dentro de un sobre cerrado.

Se lo entregaron al representante del Tano, un hombre mexicano que vivía entre Monterrey y Madrid, que cobraba el 12% de cada contrato que su jugador firmaba y que sabía hacer cuentas. El representante leyó el reporte esa misma noche en el cuarto de su hotel de Ancara. Lo leyó dos veces. Calculó cuánto valía el tano todavía en el mercado.

Calculó cuánto iba a perder si su jugador se retiraba en ese momento. Calculó cuánto podía sacarle si lo movía a dos o tres clubes más antes del final. Hizo cuentas con una calculadora chica de bolsillo. Comisión del Ankaraguku ese año. Comisión del próximo club. Si lo movía a Grecia. Comisión del bonus de fin de temporada.

Si Antonio metía cierto número de goles, sumó, volvió a sumar, le dio una cantidad de seis cifras en euros. Esa misma noche, sentado en la cama del hotel turco, con el reporte sobre las piernas y la calculadora apagada al lado, el representante tomó la decisión. Decidió guardarse el reporte completo. Altano nunca se lo enseñó.

le contó la misma versión maquillada que el director médico turco le había contado. Le dijo que tenía algo controlable. Le dijo que con las pastillas iba a estar bien. Le dijo que el club confiaba en él y que había muchos partidos por delante. El sobre con el reporte real lo guardó adentro de una carpeta amarilla en el último cajón de una oficina rentada en Estambul, atrás de unos contratos viejos de otros jugadores que ya nadie iba a revisar.

Ese sobre se quedó ahí 14 meses mientras el tano no jugaba, mientras viajaba, mientras le sonreía a su hija Miranda, mientras le hacía el amor a su esposa Sonia, mientras le mandaba mensajes de voz a su hermano Poncho desde los hoteles donde concentraba 14 meses mintiéndole a un hombre sobre cuántos días le quedaban de vida.

El diagnóstico real de Antonio de Nigris Guajardo, fechado en agosto del 2008, firmado por el doctor cardiólogo del Ankaraguku Sport Kulubu, contenía siete palabras escritas en inglés que cambiaban todo. Siete palabras que su representante leyó esa noche en el hotel de Ankara y que decidió no traducirle nunca. Las siete palabras decían: “Estimated playing time remaining 12 to 18 months”.

Tiempo estimado restante jugando 12 a 18 meses. Antonio jugó 14 meses más después de esa fecha. murió en el mes que los cardiólogos turcos le habían pronosticado. No fue un infarto inesperado, no fue mala suerte, no fue una desgracia del destino, fue una sentencia escrita 14 meses antes, guardada bajo llave por un hombre que cobraba comisión cada vez que el tano firmaba un contrato nuevo.

Antonio de Nigris no se murió de su corazón, se murió de la calculadora que un representante hizo una noche dentro de un hotel turco. Y eso es solo la mitad de la historia, porque mientras el reporte original dormía bajo llave en Estambul, dentro de su propia casa en Larisa, estaba pasando algo todavía peor, algo que su esposa Sonia hacía cada noche sin que él se diera cuenta durante los últimos 6 meses de su vida.

Para entender lo que pasaba cada noche adentro de la casa del Tano, hay que regresar unos meses atrás al otoño turco del 2008, pocos días después de aquella tarde en el consultorio del Ankaraguku, donde el cardiólogo de Bata Blanca le entregó el frasco de pastillas y la versión maquillada de su sentencia.

El tano regresó a su departamento esa noche con la cabeza llena de palabras médicas y la bolsa del pantalón pesada con el frasco anaranjado. Sonia lo esperaba con la cena puesta. Miranda dormía boca arriba en el cuarto de al lado, abrazada a un peluche que le había comprado el papá en una tienda del aeropuerto de Madrid el verano anterior.

Antonio se sentó a la mesa, sirvió agua, le dijo a Sonia que en el club le habían encontrado una cosita en el corazón. Nada grave, algo de músculo engrosado. Le iban a dar unas pastillas, eh, las iba a tomar todas las mañanas. En tres meses lo revisaban. Otra vez. Sonia lo miró fijo. Lo conocía desde los 19 años. Le notó el temblor en la mano cuando tomó el vaso de agua.

Read More