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¿Que PASO con la FORTUNA de PIPORRO? El SECRETO de su Éxito

Había una genialidad absoluta en como nuestro González, el piporro administró su fama. Varios ídolos de la época de oro que lograron ese nivel de éxito rotundo en películas, radio, discos y escenarios teatrales mexicanos, murieron en la ruina total. ¿Gastaron fortunas o se dieron sus ganancias a representantes y disqueras? Porque esos ejecutivos entendían las letras chiquitas de los contratos mucho mejor que nuestros artistas, pero Piporro jamás.

Este titán nació en 1921 en los Herreras, Nuevo León, criado en el hogar nómada de un agente aduan. Estudió contaduría, aunque su padre soñaba con verlo médico, y terminó brillando como actor, cantante, bailarín, genial compositor, guionista, cineasta y productor de su propio cine. Fue el visionario que comprendió antes que nadie que en el feroz mundo del entretenimiento mexicano del siglo XX, la única forma real de evitar la miseria era ser dueño absoluto de tus propias creaciones.

Ustedes se preguntarán, ¿cómo forjó don Eulalio esa fortuna que le dio comodidades por ocho décadas y le permitió dejar herencia al fallecer el 13 de enero de 2003? ¿Cuánto cobró por las 20 películas que protagonizó entre 1950 y 257? O aquellas 17 cintas grabadas en apenas 2 años entre 1958 y 59 o en la Caravana Corona, que lo impulsaba a dar tres shows diarios por todo México.

¿Qué valor real tuvo el premio Ariel que ganó a mejor actor de reparto en 1956 por espaldas mojadas? Y no hablo del trofeo físico, sino del poder que le otorgó en nuestra industria cinematográfica. ¿Y cuánto pesó la diosa de plata que le entregaron por el pocho? Esa joya donde brilló como productor, compositor, guionista, director y estrella principal al mismo tiempo.

Pero, ¿qué pasa con ese capítulo sombrío que envolvió el momento cumbre de su trayectoria? Su entrañable hermandad con el ídolo Pedro Infante, el ídolo que nuestro piporro llamaba su padrino artístico, quien lo metió al cine cuando el cineasta Miguel Zacarías dudaba de su juventud para encarnar ese gran papel.

Aquel que falleció el 15 de abril de 1957, dejándole una herida en el alma que Piporro jamás superó. Hoy analizaremos a fondo el legado y la cuenta bancaria de nuestro piporro con el máximo respeto que un titán así exige. No haremos el clásico homenaje nostálgico. Contaremos cómo amasó su fortuna siendo dueño de sí mismo en un gremio feroz y aquellas confesiones impactantes sobre los misterios que envolvieron el trágico final de su mejor amigo.

Quédense conmigo hasta el final porque veremos ganancias impresionantes y secretos que la historia no silenció. Para dimensionar el imperio que levantó Don Eulalio, debemos examinar el terreno rudo donde creció. No nació en ninguna cuna de oro. Sus raíces son de los Herreras, [carraspeo] Nuevo León, un pueblito aguerrido al norte del país.

Ahí su padre patrullaba como agente aduanal. Un trabajo pesado que forzó a su familia a mudarse sin descanso por toda la frontera. Aquella infancia nómada que cualquiera tacharía de inestable, resultó ser su escuela más grande. Lo preparó como a nadie para pasar el resto de sus días de gira en gira por ciudades desconocidas, conquistando a públicos exigentes, con humores variados y gustos complejos.

Su padre anhelaba verlo con bata de médico, pero él sacó el título de contador pactando una tregua entre el sueño de su viejo y el arte que le hervía por dentro. Se graduó de la universidad y enseguida hizo lo que hacen los grandes cuando tienen la meta clara. Por muy empinado que parezca el camino, siguió su pasión y archivó el título.

Empezó con paso firme en el periodismo. Entró al diario El Porvenir de Monterrey, sudando la gota gorda como reportero y ágil taquígrafo. Dos trabajos brutales que lo entrenaron para escuchar al vuelo, procesar datos en segundos y redactar historias que atrapaban al lector sin soltarlo. Y para quienes amamos la vieja escuela, esas son justo las bases de un locutor legendario.

Sí, nuestro piporro saltó de la prensa a la cabina de la XMR en Monterrey con el instinto afilado del artista que descubre su verdadera casa. En 1940 y dos amarró su primer contrato oficial en radio. Su talento brutal para conectar, esa voz inconfundible y su genialidad para improvisar en vivo lo volvieron el rey del norte.

empezó a narrar luchas libres, conducir galas y eventos estelares. Ese contacto masivo con el público le inyectó una adrenalina que los periódicos jamás podrían ofrecerle. El calor del público en vivo, esa prueba máxima de fuego que separa a un novato del monstruo del entretenimiento que estaba por nacer. Pero seamos claros, los sueldos en la época de oro de la radio región Montana no tenían nada que ver con los millonarios contratos actuales.

Una estrella del micrófono cobraba entre 300 y 800 pesos al mes, algo así como 3600 a 9600 pesos de nuestra actualidad. Te daba para vivir bastante bien, claro, pero no servía para levantar un imperio económico. Ustedes y yo sabemos que Piporro necesitaba un escenario mayor que Nuevo León.

Su destino era la Ciudad de México. Lanzarse a la capital al cierre de los 40 fue la jugada más arriesgada que había hecho en su vida. El Distrito Federal de esos años era la meca absoluta del espectáculo. Albergaba los colosales estudios de cine, las catedrales de la radiodifusión nacional. los sellos discográficos más pesados y las marquesinas teatrales que coronaban a nuestras máximas leyendas.

Para un norteño sin palancas en la gran ciudad, abrirse camino exigía un talento monstruoso, paciencia de santo y un buen golpe de suerte. El milagro ocurrió en su audición de 1948 para la XQ. Buscaban al personaje del piporro. Para ahí viene Martín Corona. La radionovela explotó en audiencia. El carisma brutal y la voz áspera de nuestro ídolo enamoraron a los radioescuchas de todos los rincones del país.

Ese piporro, un norteño valiente, de humor rápido y alma de rancho, cautivó a millones. Su autenticidad campesina les regalaba esa verdad que las voces estiradas y artificiales de la capital mexicana simplemente jamás iban a lograr transmitir. Obviamente las jugosas ganancias en las grandes ligas capitalinas superaban por mucho los cheques que solían pagarse allá en su natal Monterrey.

Eres estrella en la XQ te garantizaba cobrar entre 1500 y 4000 pesos cada mes, unos 18,000 a 48,000 pesos actuales. Pero ojo, la cabina de radio fue apenas su trampolín. Tú y yo sabemos que la fama de piporro le abrió las puertas del cine nacional. Ahí los billetes grandes empezaron a llegar de verdad.

Pedro Infante fue la clave de ese gran salto. Para entonces, Pedro ya era la leyenda absoluta que definió nuestra época de oro. Su talento frente al micrófono era simplemente fuera de este mundo. Tenía un magnetismo único en pantalla, pero sobre todo una generosidad inmensa con sus verdaderos amigos y con los nuevos talentos. Así era su esencia.

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