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El misterio del departamento 415: La cinta que tardó 18 años en revelar la verdad

El misterio del departamento 415: La cinta que tardó 18 años en revelar la verdad

El vigilante negó con la cabeza. Nadie oficial. El señor Morales llegó de trabajar como a las 10 de la noche y después de eso no subió ninguna visita. No tienen cámaras de vigilancia. El edificio ya tiene sus años todavía no instalamos ese sistema. En 2002, las cámaras de seguridad en edificios en residenciales antiguos de la Ciudad de México no eran tan comunes.

Vargas tuvo que resignarse. Se realizaron entrevistas a los vecinos. Habló con la señora Elena, que vivía en el mismo piso. ¿Escuchó algún ruido extraño la noche del 13? No, todo estaba muy tranquilo. Nosotros nos dormimos a las 11 y no escuchamos absolutamente nada. El vecino de al lado dijo lo mismo. El señor Morales era una persona sumamente silenciosa.

Jamás causó un solo problema de ruido. El detective Vargas solicitó el registro de llamadas del celular de Alejandro. En esa época había que mandar un oficio a la compañía telefónica y esperar los documentos impresos. Cuando llegaron 4 días después, el informe mostró que la última llamada de Alejandro fue el 13 de junio a las 9 de la noche.

El número correspondía a su esposa Verónica. La llamada duró 3 minutos. Vargas volvió a interrogarla. ¿De qué hablaron en esa última llamada? Le platiqué que Sofía se estaba adaptando muy bien a su nueva escuela en Estados Unidos. Él me dijo que estaba muy cansado y que se iría a dormir temprano. No notó nada fuera de lo común. No, nada. Su voz sonaba normal.

No me dijo que le doliera nada, dijo Verónica rompiendo en llanto nuevamente. Se revisaron también las cuentas bancarias de Alejandro. El saldo era de unos 430.000 pesos. Cada quincena recibía su sueldo y enviaba puntualmente alrededor de 30.000 1000 pesos mensuales a Estados Unidos. No había retiros extraños. Los gastos de su tarjeta de crédito eran ordinarios.

Tiendas de conveniencia, restaurantes, gasolina. No tenía problemas financieros, concluyó el detective. Finalmente verificaron sus seguros. Tenía una póliza de seguro de vida contratada en 1998 por 20 millones de pesos. La única beneficiaria era suento. Es esposa Verónica Salinas. ¿No existe la posibilidad de un homicidio para cobrar el seguro? Preguntó un agente novato.

El detective Vargas negó con la cabeza. La esposa estaba en Estados Unidos. Su cuartada es blindada. Además, los médicos lajistas dictaminaron infarto. ¿Y si contrató a un sicario? No hay pruebas. Cero signos de violencia. Sin venenos, sin cerraduras forzadas. Los agentes estaban en un callejón sin salida.

Todo apuntaba a una muerte natural. Como último recurso, Vargas se revisó el teléfono celular de Alejandro. Los teléfonos de entonces tenían muy poca memoria y los mensajes antiguos se borraban solos. Solo quedaban tres mensajes de texto, uno de publicidad, uno de un colega del trabajo y el último era de su esposa. Decía, Sofía va muy bien en la escuela.

Cuida mucho tu salud. Un mensaje completamente normal. La investigación se cerró en un par de días. El detective redactó su informe. Final, sin presuntos responsables. Causa de muerte, infarto agudo de miocardio, sin indicios de homicidio. Su comandante leyó el reporte y asintió. Es una desgracia, pero así pasa.

Estos hombres que se quedan solos para mandar dinero a sus familias muchas veces descuidan por completo su propia salud. El funeral duró tres días. No hubo mucha gente, solo compañeros de la oficina y algunos familiares cercanos. Verónica, vestida de luto, permanecía arrodillada frente al ataúd, con los ojos tan hinchados que apenas podía abrirlos.

Sofía, de 12 años, estaba sentada junto a ella con la cabeza gacha. “¡Ay, prima, qué desgracia tan grande”, le decía una familiar a Verónica tomándola de las manos. Nunca imaginamos que Alejandro se nos fuera a ir tan de repente era un hombre muy sano. ¿Qué vas a hacer ahora? La vida en Estados Unidos es muy dura.

Verónica se secó las lágrimas y respondió en un susurro. Sofía tiene que seguir en su escuela allá. Es lo que Alejandro siempre quiso para ella. Al terminar los servicios funerarios, Verónica acudió a la compañía de seguros. Entregó el acta de defunción y el reporte oficial de la fiscalía. Los 20 millones de pesos fueron depositados en su cuenta una semana después.

Inmediatamente puso a la venta el departamento de Polanco. Como era una zona de alta plusvalía, se vendió en menos de 3 meses por 10 millones de pesos. Con 30 millones en total, Verónica tomó a su hija y abordó un avión de regreso a Estados Unidos. El detective Vargas fue al aeropuerto a despedirla como un acto de cortesía.

Si nos deja sus datos de contacto, le avisaremos si surge la necesidad de alguna diligencia adicional. Verónica le entregó una tarjeta. Por favor, contáctenme para cualquier cosa. Quiero saber todo lo relacionado con la muerte de mi esposo hasta el final. Pero el detective Vargas nunca más la llamó. El caso estaba cerrado y no había motivos para seguir investigando.

En el otoño de 2002, el expediente del caso fue enviado al archivo muerto. La etiqueta en la carpeta que decía caso de infarto Alejandro Morales fue perdiendo su color con el paso de los años. Sin embargo, justo antes de cerrar el caso formalmente hubo un testimonio extraño que casi pasa desapercibido. Fue 4 días después de la muerte.

Don Roberto Mendoza, el vecino de arriba, se presentó en la delegación. Oficial, me quedé pensando y hay algo que no me cuadra. Vargas lo hizo pasara. Un cubículo. ¿Qué fue lo que le pareció extraño, don Roberto? La noche del 13 de junio. Me levanté al baño como a las 2 de la madrugada. Ajá.

Y escuché ruidos en el departamento de abajo. El detective se acomodó en su silla. ¿Qué clase de ruidos? Voces de personas. Se escuchaba a dos personas platicando. ¿Eran voces de hombres o de mujeres? Don Roberto dudó un poco. No sabría decirle con seguridad. Estaban hablando muy bajito, solo eran murmullos. Alejandro Morales vivía solo.

Me está diciendo que escuchó a dos personas. Eso me pareció, aunque no estoy 100% seguro. El detective anotó el dato en su libreta. ¿Vio a alguien en el pasillo a esa hora? No, solo fui al baño y me volví a acostar. Le preguntó a los demás vecinos si escucharon algo. No, pensé que a lo mejor lo había soñado.

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