En la vibrante década de los años 80, el merengue dominaba las pistas de baile de toda América Latina, el Caribe y gran parte del mundo. Sin embargo, este género musical tenía un sello marcadamente masculino. Todo cambió cuando irrumpió en escena una agrupación revolucionaria conformada exclusivamente por mujeres jóvenes y sumamente talentosas: Las Chicas del Can. Con ritmos contagiosos, coreografías enérgicas y una propuesta visual impactante, estas artistas desafiaron las convenciones sociales de la época y se convirtieron en un fenómeno de masas. Pero detrás del brillo de las lentejuelas, los discos de platino y las ovaciones del público, se tejió una historia de sacrificios, despojos legales y una serie de tragedias personales que, con los años, alimentaron la leyenda de una supuesta maldición sobre sus integrantes.
El sueño de una niña y la lucha contra la corriente
La historia de Las Chicas del Can comenzó mucho antes de su debut televisivo. Nació en el corazón y la mente de Belkis Concepción, una niña dominicana que, a la temprana edad de 9 años [02:04], concibió el sueño de formar la primera orquesta de merengue compuesta únicamente por mujeres. A pesar de los constantes comentarios que aseguraban que el merengue era una “cosa de hombres”, Concepción se mantuvo firme en su propósito.
A los 16 años [02:46], comenzó a realizar audiciones y a tocar las puertas de diversas estaciones de televisión para presentar su proyecto inicial, llamado originalmente “Las Muchachas” [03:01]. La tarea no fue sencilla. Además de las dificultades técnicas para encontrar mujeres que dominaran instrumentos de viento como la trompeta o el saxofón, Belkis tuvo que enfrentar la oposición de su propia familia [03:31]. Sus padres esperaban que se dedicara por completo a sus estudios universitarios de Derecho [03:31], por lo que la joven se veía obligada a buscar integrantes en academias musicales, como la prestigiosa Academia de Música de Iris del Valle [04:17], de manera clandestina.
El nacimiento de un mito y la dolorosa traición de Wilfrido Vargas
El destino del grupo cambió de forma definitiva tras un encuentro fortuito en un crucero, donde Belkis Concepción y su madre coincidieron con el afamado merenguero Wilfrido Vargas [04:54]. Vargas vio el inmenso potencial del proyecto y decidió ofrecer su respaldo a través de su empresa artística. En 1980, durante una presentación en el popular programa televisivo “El Show del Mediodía”, el destacado locutor Jacki Núñez del risco bautizó oficialmente a la agrupación como “Las Chicas del Can” [06:12], un término que en la República Dominicana hace alusión directa a la fiesta y el reventón.
Bajo la tutela musical de Vargas, la orquesta grabó producciones icónicas que revolucionaron el mercado, incluyendo éxitos globales como “El higuerón”, “La media María” y, posteriormente, el himno inolvidable “Juana la cubana” [11:56]. Las Chicas del Can abrieron las puertas de mercados complejos como Estados Unidos, Venezuela, Colombia, Europa e incluso Japón.
Sin embargo, en 1985 la tragedia y la injusticia golpearon directamente a su creadora. Belkis Concepción comenzó a experimentar un severo desgaste físico que culminó con un diagnóstico devastador: el síndrome de Guillain-Barré [10:34], una enfermedad neurológica que la dejó temporalmente paralizada y postrada en una cama. Aprovechando su larga y penosa convalecencia, Wilfrido Vargas tomó el concepto y el nombre de la agrupación y lo registró legalmente a su propio nombre [10:21]. Debido a los lazos de profunda hermandad y confianza que existían previamente [11:11], Belkis no había patentado su marca, lo que permitió que fuera despojada de su propia creación sin recibir compensación alguna y sin iniciar una batalla legal que consideró desgastante [10:56].
La era de Miriam Cruz y los constantes cambios de piel
A la salida de Belkis Concepción, la delantera de la orquesta se reestructuró y emergió la figura de Miriam Cruz como la voz principal [13:14]. Con su impresionante timbre de voz, Cruz consolidó la época de oro del grupo, interpretando temas emblemáticos como “Ta’ pillao”, “El negro no puede” y “Las pequeñas cosas” [13:14]. Para el año 1992, la agrupación se reinventó bajo el nombre de “Miriam Cruz y las Chicas” [13:33], realizando exitosas giras internacionales. Sin embargo, esta etapa concluyó cuando Cruz decidió disolver temporalmente este formato para lanzarse definitivamente como solista, llevándose consigo la estructura de la banda [14:02].
Para mantener viva la lucrativa marca, los hermanos Vargas realizaron audiciones a un grupo llamado “Las Mandarinas” [14:41] y reclutaron a figuras muy atractivas como Michelle Flores, Flor Ángel del Villar y Griselda Báez, inaugurando la etapa conocida como “Las Monumentales Chicas del Can” [15:13]. Si bien consiguieron mantener cierta notoriedad con canciones como “Celoso” y “Voy pa’llá”, los constantes cambios de integrantes por motivos de embarazos [16:19], deserciones repentinas en medio de giras internacionales y agudos conflictos internos debilitaron de manera progresiva la mística del proyecto.
La supuesta maldición: Enfermedades, quiebras y muertes prematuras
A medida que el éxito comercial de la orquesta se iba apagando entre disputas por los derechos del nombre —que llegó a ser vendido simultáneamente a empresarios de Venezuela y República Dominicana [16:53]—, un manto sombrío comenzó a cubrir el legado de sus antiguas integrantes. Los fanáticos y la prensa de espectáculos empezaron a hablar abiertamente de una “maldición” que pesaba sobre las mujeres que habían formado parte de la alineación clásica de los años 80 y 90 [21:04].
Muchas de las artistas que alguna vez conocieron la gloria internacional sufrieron graves reveses personales al bajarse de los escenarios. Se reportó que Miriam Cruz enfrentó episodios severos de violencia de género y maltrato físico durante su matrimonio con el empresario Evelio Herrera [21:43]. Por su parte, vocalistas de las siguientes generaciones, como Griselda Báez y Flor Ángel del Villar, experimentaron profundas crisis financieras y serias dificultades para reinsertarse de forma exitosa en el mercado laboral y musical tras el colapso del grupo [22:01].
Lo más estremecedor, sin duda, ha sido el fallecimiento prematuro de varias de sus figuras emblemáticas. Eunice Betances, una de las fundadoras más queridas y pieza clave en los coros y el saxofón, perdió la vida a los 55 años de edad en el año 2014, tras una dura batalla contra el cáncer de seno [22:33]. Apenas dos años después, en noviembre de 2016, Verónica Medina, otra de las voces más hermosas y potentes de la era dorada, fue encontrada sin vida en su residencia por una vecina tras sufrir un infarto fulminante a los 57 años [22:53].
La tragedia no se detuvo ahí. Janny Viloria, quien se destacó como la bajista de las monumentales Chicas del Can, falleció a los 54 años de edad luego de no poder recuperarse de una compleja cirugía cerebral [23:26]. Para conmoción de la opinión pública, menos de un mes después del deceso de Viloria, se anunció la muerte repentina en la ciudad de Nueva York de la cantante Heidy Bello, a los 51 años de edad, a causa de un ataque cardíaco en febrero de 2024 [23:48].
Un legado musical inalterable
A pesar de las sombras, las injusticias contractuales y el doloroso destino de varias de sus estrellas, el impacto histórico de Las Chicas del Can permanece intacto. Fueron mujeres valientes y extraordinariamente trabajadoras que se abrieron paso a fuerza de talento en una industria hostil y machista, demostrando que las mujeres podían ejecutar instrumentos musicales con la misma o mayor destreza que los hombres y liderar con éxito rotundo las listas de popularidad a nivel global. Hoy, el eco de sus tamboras, sus trompetas y sus voces sigue vivo en la memoria colectiva de un continente que siempre las recordará bailando.