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Fidel Castro le pregunta a Mujica: “¿Dónde se pierde el alma?” — su respuesta los deja sin palabras

La brisa del río de la plata entraba por las ventanas de la modesta chakra en las afueras de Montevideo. José Mujica, descalzo y con su camisa a cuadros desgastada, regaba las lechugas mientras el sol de marzo caía sobre el horizonte uruguayo. Manuela, su perra de tres patas, dormitaba bajo un ombu centenario.

Lucía Topolanski preparaba mate escuchando la radio. La voz del locutor anunciaba la llegada de Fidel Castro a Uruguay, quien había solicitado reunirse con Mujica en su casa, lejos de protocolos oficiales y cámaras. “Pe llamó Lucía desde la puerta usando el apodo con el que todos conocían a su compañero. Ya confirmaron, Fidel viene mañana al mediodía.

dice que quiere hablar contigo sin testigos, sin grabaciones, sin nada oficial. Mujica dejó la regadera junto a los tomates y se secó las manos en el pantalón. Sus ojos, pequeños intensos, reflejaban una mezcla de curiosidad y reserva. Había luchado junto a los tupamaros. Había pasado 14 años en prisiones militares, siete de ellos en aislamiento total, y había aprendido que las palabras de los líderes poderosos a menudo venían cargadas de intenciones ocultas.

“¿Y para qué querrá hablar conmigo el comandante?”, preguntó Mujica, recogiendo una lechuga especialmente verde y llevándola hacia la casa. “Yo no soy más que un viejo cultivador de lechugas.” Lucía sonríó con esa mezcla de complicidad y comprensión que solo décadas de lucha compartida pueden forjar. Creo que justamente por eso quiere venir.

Todos los presidentes y mandatarios lo reciben en palacios con banquetes y discursos preparados. Tú eres el único que lo va a recibir en una chakra con mate y la verdad en la boca. Esa noche, mientras Montevideo se sumergía en el silencio característico de sus barrios residenciales, Mujica no pudo dormir.

No por nerviosismo ante la visita del líder cubano, sino porque algo en su interior le decía que esa conversación tendría un peso que trascendería el momento. Se levantó pasadas las 3 de la madrugada y salió al patio. Las estrellas brillaban con una intensidad casi olvidada en las ciudades modernas. Manuela lo siguió cojeando con su característica dignidad y se sentó a su lado.

¿Sabes qué, Manuela? Le habló Mujica a la perra, como solía hacer cuando necesitaba ordenar sus pensamientos. He conocido a muchos hombres poderosos, ministros, presidentes, empresarios, pero el poder verdadero no está en cuántos te obedecen, sino en cuánto podés renunciar sin perder quién sos. En el barrio de la Teja, Elena Rodríguez, maestra de escuela pública de 52 años, había recibido una noticia devastadora.

El banco negó el préstamo para la operación de cataratas de su madre. Con un salario apenas suficiente para sobrevivir, se sentía impotente ante un sistema que valoraba más los números que la visión de una anciana. Esa noche escribió una carta. ¿Dónde se perdió el alma de nuestra sociedad? ¿Cuándo dejamos de vernos como hermanos? Las preguntas resonarían de maneras inesperadas.

Al día siguiente, un convoy discreto se detuvo frente a la chakra. Fidel Castro, con sus 83 años marcados en el rostro, descendió con ayuda de un bastón. Mujica lo esperaba sin traje ni corbata, solo con la ropa de la huerta. Un apretón de manos firme entre dos hombres dedicados a causas más grandes que ellos mismos. Bienvenido a mi casa.

No espere lujos. Pero tiene mate caliente y conversación sincera.” Saludó Mujica. Fidel sonríó. Precisamente por eso vine. Se sentaron bajo el ombú en dos sillas de plástico desgastadas por el sol mientras Lucía le servía mate en una calabaza tradicional. Manuela se acercó a oler al visitante con desconfianza canina, pero eventualmente aceptó una caricia en su cabeza.

Durante las primeras horas hablaron de política latinoamericana, de los desafíos del socialismo en un mundo cada vez más dominado por el mercado de las victorias y las derrotas que ambos habían experimentado. Pero cuando el sol comenzó a declinar y las sombras se alargaron sobre la huerta, la conversación tomó un rumbo más profundo.

Fidel, quien había sido un orador formidable capaz de hablar durante horas sin pausa, parecía ahora más contemplativo, casi melancólico. Miró hacia el horizonte, donde las últimas luces del día pintaban el cielo de naranja y púrpura, y luego clavó sus ojos en Mujica con una intensidad que el uruguayo reconoció como genuina búsqueda.

“Pepe,” dijo Fidel con voz más suave que de costumbre. He liderado una revolución. He enfrentado a imperios. He visto caer a aliados y enemigos. Pero hay algo que me persigue en estos años finales de mi vida. Hizo una pausa como si las palabras le costaran salir. ¿Dónde se pierde el alma? La pregunta quedó flotando en el aire como el humo del cigarro que Fidel acababa de encender.

Mujica no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo, como hacía siempre que una pregunta merecía más que una respuesta automática. Observó a Manuela, que ahora dormía a sus pies. miró hacia su huerta, donde las lechugas crecían sin importarles quién era, presidente o comandante. Escuchó el viento entre las hojas del ombú. Finalmente, con esa voz pausada y reflexiva que lo caracterizaba, Mujica comenzó a hablar.

Comandante, el alma no se pierde en un lugar. Se pierde en el camino entre lo que somos y lo que queremos tener. Se pierde cuando dejamos de caminar descalzos sobre la tierra y empezamos a medir nuestra vida por el grosor de las suelas de nuestros zapatos. Se pierde cuando olvidamos que antes de ser revolucionarios, presidentes o comandantes, somos simplemente humanos que necesitan lo mismo que necesitaba el primer ser humano.

Tierra para cultivar, agua para beber. y alguien con quien compartir el mate al final del día. Fidel escuchaba con una atención que pocos habían visto en él en los últimos años. “El alma se pierde”, continuó Mujica, “cuando confundimos el poder con la capacidad de cambiar el mundo, cuando nos olvidamos que el único mundo que realmente podemos cambiar es el que está al alcance de nuestras manos.

Se pierde cuando un niño tiene hambre mientras hay bodegas llenas de comida. Se pierde cuando una madre no puede pagar la medicina de su hijo, mientras hay quienes acumulan fortunas que no podrían gastar en 100 vidas. Se pierde cuando miramos a otro ser humano y vemos un número, una estadística, un votante, un consumidor, pero no vemos un alma igual a la nuestra.

El silencio que siguió fue profundo. Los escoltas cubanos, que esperaban a prudente distancia notaron que su comandante había inclinado la cabeza como si estuviera sopesando cada palabra que acababa de escuchar. ¿Y cómo la recuperamos?, preguntó Fidel. Y por primera vez en décadas su voz sonó como la de un hombre que genuinamente no tenía la respuesta.

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