Así fue la SORPRENDENTE VIDA de SILVIA PINAL y su Mansión | Amores, Perdidas, Lujos
Silvia Pinal dijo una [música] vez y con esa seguridad que tienen las personas que ya no necesitan convencer a nadie de nada, dijo, “Aquí está construida mi vida entera. Vivencias, recuerdos, no me puedo ir de aquí.” Y no se fue. Vivió en esa misma casa desde 1961 hasta el último día de su vida.
La misma casa donde durmieron cuatro maridos distintos, donde Pedro Infante llegaba sin avisar, donde Juan Gabriel comía con la familia cuando todavía no era el divo que el mundo conoció, donde una hija creció, brilló y murió demasiado joven, donde Diego Rivera dejó colgado un retrato que hoy vale 3 millones dó y que México declaró patrimonio cultural de la nación, inamovible, eterno, clavado en la misma pared de roca volcánica para la que fue pintado.
Hoy vas a conocer esa casa por dentro. Vas a saber como una muchacha de Guaimas, sonora, que no sabía quién era su padre, que se casó a los 16 años para escapar de su propia casa, llegó a comprarla con el sueldo de una sola película. Vas a conocer al amor que ella misma confesó fue el más grande de su vida y porque ese amor la destruyó y la elevó al mismo tiempo.
Vas a entender que pasó esa madrugada de octubre de 1982, que partió su existencia en dos, un antes y un después, que ella describió como un reloj que se detuvo y nunca volvió a funcionar igual. Vas a saber por qué el Vaticano amenazó con escomulgarla. Porque el gobierno español ordenó destruir su película más importante y como ella la salvó escondiéndola dentro de su abrigo en un aeropuerto como si fuera una película de espías, porque literalmente lo fue.
Vas a conocer los matrimonios que México no olvidará, la violencia que nadie quería ver, los escándalos que sacudieron a la familia más famosa del espectáculo mexicano. Y vas a entender porque esa casa en jardines del Pedregal no es solo ladrillo y roca volcánica, sino el único testigo mudo de una vida que muy pocas personas en la historia han podido vivir con esa cantidad de gloria, de amor y de tragedia acumulada bajo un mismo techo.
Pero para entender esa casa hay que entender a la mujer que la construyó y para eso hay que empezar desde el principio, desde Guaimas. Guaimas es un puerto en el estado de Sonora, al noroeste de México, una ciudad de pescadores y calor intenso que mira hacia el Golfo de California. No es el tipo de lugar del que uno espera que salgan leyendas del cine internacional, pero el 12 de septiembre de 1931 nació ahí una niña que se llamó Silvia Pin Hidalgo y desde el primer momento su historia tuvo una capa de misterio. Su
madre se llamaba María Luisa Hidalgo Aguilar. tenía 15 años cuando la tuvo. 15. Y el hombre que engendró a Silvia, un señor llamado Moisés Pasquel, nunca formó una familia con ella, nunca estuvo presente. Silvia creció sin saber quién era su padre biológico. Lo descubrió muchos años después, ya siendo adulta, ya siendo famosa.
Y fue uno de esos datos que la vida te entrega tarde, cuando ya no cambia nada externamente, pero igual te remueve algo muy profundo por dentro. Quién sí [música] estuvo desde el principio fue su abuela Jobita. Fue ella quien en los primeros años cargó con la crianza de Silvia, mientras su madre era apenas una adolescente tratando de entender su propia vida.
Y cuando Silvia tenía 5 años, su madre se casó con un hombre llamado Luis Pinal Blanco, periodista, militar y político con cierta posición. Y ese hombre hizo algo que marcó a Silvia para siempre, [música] la reconoció como su hija y le dio su apellido. Silvia Pinal, así se llamó desde entonces, un nombre que no era el de su sangre, pero que se convirtió en el nombre más famoso que ese apellido jamás llevaría en toda su historia.
El problema con Luis Pinal era su trabajo. Lo obligaba a moverse constantemente por el país y la familia se movía con él. Puebla, Monterrey, Acapulco, Chilpancingo, Cuernavaca. Silvia fue una niña que nunca terminó de echar raíces en ningún lugar, siempre llegando a una ciudad nueva, siempre siendo la niña que no conoce a nadie, siempre aprendiendo a leer a las personas rápido, porque en cada escuela era la nueva y necesitaba saber en los primeros [música] días quién era amiga y quién no.
Eso te forma de una manera muy particular, te hace observadora, te hace adaptable, te hace capaz de entrar a un cuarto lleno de desconocidos y encontrar casi de inmediato cómo conectar, cómo pertenecer, cómo hacer que la gente te mire. Esas son exactamente las habilidades que necesita una actriz y Silvia las desarrolló desde niña sin saber todavía para qué le iban a servir.
Cuando la familia se instaló en la Ciudad de México, Silvia tenía 15 años y un padrastro estricto que supervisaba cada movimiento. En su autobiografía que publicó en 2015 con el título “Esta soy yo,” describe esa época con una honestidad que todavía hoy sorprende. Dice que vivía bajo un yugo, que las exigencias de Luis Pinal dentro de la casa eran tan rígidas que existir ahí se sentía como una restricción permanente, que respirar tenía reglas.
Y fue en ese contexto asfixiante que llegó algo que lo cambió todo, la radio. Silvia empezó a frecuentar una estación de radio donde se hacían programas de entretenimiento en vivo. Era el tipo de lugar donde la gente joven con inquietudes artísticas encontraba su primer espacio. Y ahí conoció a un grupo de publicistas que la invitaron a unirse a una compañía de teatro experimental que operaba en la ciudad de México.
Era una oportunidad pequeña, casi invisible, del tipo que la mayoría de la gente deja pasar porque parece que no lleva a ningún lado importante. Silvia no la dejó pasar. Su primera obra se llamó Los Caprichos de Goya y el director de esa obra era un hombre que iba a cambiar el rumbo de su vida por primera vez.

Se llamaba Rafael Bankels. Rafael Bankels tenía 35 años cuando conoció a Silvia. Ella tenía 15. Él era actor y director, un hombre con experiencia en el mundo del espectáculo que vio en esa muchacha alta de mirada intensa y presencia natural frente al público. Algo que valía la pena desarrollar, algo que no se aprende, algo que se tiene o no se tiene.
Empezaron una relación. Cuando Silvia tenía 16 años, Vanels le pidió matrimonio y ella aceptó de inmediato. [música] No porque estuviera profundamente enamorada, aunque algo sentía, eso no lo negó nunca. lo aceptó porque casarse con él significaba salir de la casa de su padrastro. Significaba libertad o lo que ella en ese momento creía que era libertad.
[música] En 1947 se casaron el padrino de bodas fue nada menos que Mario Moreno Cantinflas, que en ese entonces ya era el cómico más querido de México y una de las figuras más reconocidas del cine latinoamericano. Como regalo de bodas les dio 5000 pes. Silvia usó ese dinero para comprar un comedor, una sala y un colchón matrimonial.
[música] Así empezó su primera vida de casada y muy rápido descubrió que había cambiado una jaula por otra. Bankels era celoso, controlador, el tipo de hombre que no la dejaba salir sola ni a la esquina. Y al mismo tiempo su carrera como director empezó a estancarse justo cuando la de ella comenzaba a despegar.
Silvia debutó en cine en 1949 con un papel secundario en una película llamada El pecado de Laura. Luego vinieron más papeles, más llamados, más oportunidades y mientras ella subía, él se quedaba en el mismo lugar o retrocedía. Y eso en un hombre que ya de por si tendía al control lo hizo peor. En 1952, 5 años después de la boda, Silvia tomó una decisión.
Estaban comiendo, sopa, una tarde cualquiera en la mesa de su casa. Y en medio de ese silencio cotidiano, Silvia levantó la mirada y le dijo a su esposo algo que él no esperaba escuchar. ¿Sabes qué, Rafael? Esto ya no me gustó. Me quiero divorciar. Bankel se quedó blanco, furioso, no podía creerlo. Le pidió que lo pensara, la persiguió, intentó que regresaran, pero Silvia ya había tomado la decisión y cuando ella tomaba una decisión, nadie en el mundo la movía de ahí. Se divorciaron en 1952.
Su hija Silvia Pasquel, que había nacido en 1949, se quedó con ella y Silvia Pinos, una hija pequeña y una carrera que comenzaba a tomar forma, empezó su segunda vida. Lo que nadie sabía en ese momento era que estaba a punto de conocer a un hombre que durante años guardaría en secreto por razones que tienen mucho que ver con el poder, el dinero y una familia que en México era prácticamente intocable.
Su nombre era Emilio Azcárraga Milmo. Para quienes no lo conocen, Azcárraga Milmo fue el empresario de telecomunicaciones más poderoso de México durante décadas. El hombre detrás de Televisa, el tigre, le [música] decían. Una figura que combinaba el encantó de los hombres que saben exactamente lo que quieren con la frialdad de quienes nunca pierden de vista sus intereses.
Silvia lo conoció durante su incursión en la televisión y se enamoraron. Durante más de 4 años estuvieron juntos. 4 años de una relación que ella vivió con intensidad y que él también vivió. Eso quedó claro por lo que pasó después, pero nunca llegaron al altar. Y la razón no fue falta de amor, la razón fue su familia.
La familia Azcárraga no aprobaba que Silvia fuera una mujer divorciada, no aprobaba que tuviera una hija. En el México de mediados del siglo XX, ese tipo de prejuicios tenían un peso real sobre las decisiones de las familias con poder. Y el padre de Emilio, que también se llamaba Emilio, arregló para su hijo un matrimonio con la hija de una familia francesa bien posicionada, una mujer llamada Pamela de Surmón. Emilio obedeció.
Silvia se quedó con el corazón roto, pero nunca habló mal de él. Años después, en una entrevista que dio en 2019, lo describió así. Era guapo, fuerte, varonil y me quería mucho. Nos quisimos mucho y hasta el último día de su vida estuve ahí con él porque eso también pasó. Emilio Azcára Milmo murió el 16 de abril de 1997 y Silvia estuvo presente hasta el final, no como esposa, no como ex, sino como lo que se habían convertido después de que la vida los separó y los reunió de otra manera.
Amigos que se habían querido de verdad y que encontraron la forma de preservar eso sin destruirse. Él se casó con Pamela de Surmón. Silvia dijo en una entrevista que ninguno de los dos fue feliz en ese matrimonio. Es el tipo de dato que no se puede verificar del todo, pero que cuando lo dice ella con esa calma uno tiende a creerle.
Lo que sí se puede decir con certeza es esto. Perder a Emilio Azcárraga como pareja fue para Silvia Pinal uno de esos momentos bisagra que uno no elige, pero que terminan definiendo todo lo que viene después. Porque si Emilio se hubiera casado con ella, probablemente nunca habría conocido al siguiente hombre. Y sin el siguiente hombre no habría habido mansión en el Pedregal.
No habría habido Diego Rivera. No habría habido Buñuel. No habría habido canes, no habría habido nada de lo que hizo a Silvia Pinal la figura que fue. El siguiente hombre se llamaba Gustavo a la triste. Silvia lo conoció en casa del productor Ernesto Alonso. Una reunión social de las que se hacían entonces en la Ciudad de México entre gente del medio artístico y empresarial.
Y Gustavo Ala triste estaba ahí. Era un hombre que había construido un emporio prácticamente de la nada. contador público de formación, empresario de vocación, uno de los hombres más exitosos de México en ese momento, atractivo, seguro, con ese tipo de presencia que llena una habitación sin necesidad de alzar la voz. Y estaba casado.
Silvia lo notó, lo observó y se dijo a sí misma, “Con casados no quiero nada.” Así de simple, así de clara. Había aprendido de sobra que complicarse la vida no era el camino, pero el destino, como ella misma contó después con esa manera suya de narrar que mezcla humor y melancolía en la misma frase, el destino se encargó.
La esposa de Gustavo se fue a Italia y desde Italia Gustavo se enteró de que ella le era infiel. El matrimonio se acabó y Gustavo buscó a Silvia. En 1961 se casaron. [música] Silvia tenía 30 años y algo en ella había. sin poder explicarlo racionalmente, que este hombre era diferente. Años después, ya con la distancia que da el tiempo, lo confesó en su autobiografía con una precisión que duele un poco leer.
Era el hombre para mí. Era justo lo que yo esperaba, lo que me gustaba y lo que ansiaba por encontrar. Era simpático, de buena edad, tenía dinero y éxito. Se enamoró de mí como un loco. Todo eso me gustaba. Yo también me enamoré. Nos casamos y fuimos felices por muchos años. Gustavo a la triste fue hasta el último día de su vida el amor de Silvia Pinal.
Ella lo dijo sinvergüenza y sin matices en incontables ocasiones. No el más fácil, no el más fiel, el más grande. Y fue el quien le dio algo que ningún otro hombre en su vida le dio, la posibilidad de ser frente al mundo entero mucho más de lo que cualquiera esperaba de ella. Fue Gustavo quien un día le preguntó que quería como reconocimiento por todo lo que ella había hecho por su carrera.
que quería de verdad y Silvia, que nunca pensaba en pequeño, le dijo que quería trabajar con Luis Buñuel. Luis Buñuel, el director español más importante de su generación, el hombre que había filmado un perro andaluz en 1929 y había escandalizado al mundo con imágenes que nadie había visto antes, el que vivía exiliado en México desde la dictadura de Franco, el que era considerado por la crítica internacional como un genio absoluto e incómodo al mismo tiempo, Gustavo no parpadeó.
Dijo que lo buscarían y lo buscaron. Una noche, Silvia y Gustavo llegaron a casa de Buñuel. [música] El director los recibió con esa frialdad característica que tenía con las personas que no conocía. Parco reservado midiendo a su interlocutor antes de mostrar cualquier cosa, pero escuchó la propuesta y al final de la noche aceptó.
La película que harían juntos se llamaría Viridiana y nada volvería a ser igual después de eso. Viridiana se filmó en España en 1961. Era la historia de una novicia joven y devota que visita a su tío antes de tomar sus votos definitivos como monja. El tío, interpretado por Fernando Rey, está obsesionado con ella porque se parece a su esposa difunta.
La narcotisa. Intenta de ella mientras duerme, pero en el último momento se arrepiente. Le miente diciéndole que si la vi para que no regrese al convento y termina suose cuando ella decide irse de todas formas. Eso solo ya era suficiente para generar controversia en el mundo cinematográfico de 1961, pero Buuel fue más lejos.
Dentro de la película hay una escena donde un grupo de vagabundos que Viridiana ha recogido por caridad se quedan solos en la mansión del tío y organiza, borrachos y caóticos, recrean sin querer la composición exacta de la última escena de Leonardo da Vinci. Los mismos personajes en las mismas posiciones, pero sucios, desaliñados, comiendo con las manos, en un estado que era todo lo contrario a la solemnidad sagrada del original.

El más desastrado de todos hace el papel de Jesús. Buñuel sabía exactamente lo que hacía. No era accidental, era una declaración deliberada y calculada contra el poder de la Iglesia y la hipocresía de la moral religiosa que había sostenido durante décadas a la dictadura franquista en España. La película se estrenó el 17 de mayo de 1961 en el festival de Canes.
Ganó La Palma de Oro, el máximo galardón del certamen cinematográfico más importante del mundo. Silvia Pinal estaba ahí con 30 años. Una actuación que la crítica describió como asombrosa y la estatuilla más codiciada del cine mundial en manos de la producción en la que participaba. Debería haber sido el momento más feliz de su carrera.
Pero mientras el champán corría en Canes, en Roma, el periódico oficial del Vaticano, el el Observatore romano, publicó un artículo que calificó la película de blasfema, Sacrílega, Un insulto a la cristiandad. El escándalo [música] fue inmediato y brutal. La Santa Sede condenó la obra públicamente. La presión se extendió hacia los gobiernos. Italia la prohibió.
España, que había apoyado la producción inicialmente porque Franco quería mostrar que su dictadura tenía apertura cultural, reaccionó con pánico y furia. El gobierno franquista ordenó la destrucción de todas las copias de Viridiana que existían en territorio español. Todas. y las copias estaban en España.
El director de cinematografía español que había viajado a Canes a recoger el premio fue destituido de su cargo al regresar. Oficialmente, la dictadura declaró que Viridiana no existía. No se podía mencionar en radio ni en prensa española. No existía, pero una copia seguía existiendo, física, real, en negativos que podían destruirse en cualquier momento si las autoridades llegaban antes.
Y Silvia Pinal tomó una decisión. Tomó esa copia, la enrolló, la escondió entre los pliegues de su abrigo y atravesó el aeropuerto de esa manera, con los negativos de la película más prohibida de Europa, cosidos a su ropa, rodeada de gente, de policías, de funcionarios, firmando autógrafos mientras caminaba porque todo el mundo quería saludar a la estrella mexicana que acababa de ganar en Canes.
Y nadie la revisó, nadie la detuvo. Llegó a México con la única copia sobreviviente de Viridiana. Cuando Franco murió, Viridiana vivió, dijo ella misma años después. Y tenía razón. La película no pudo estrenarse en España sino hasta 1977, 16 años después de haberla ganado todo. [música] En México logró proyectarse en algunas salas gracias a gestiones de Salvador Novo.
Hoy es considerada una de las 100 mejores películas de la historia del [música] cine mexicano y una de las obras maestras absolutas del cine mundial. Y existe porque una mujer de 30 años decidió esconderla en su abrigo y apostar a que nadie la detendría en un aeropuerto. Eso es Silvia Pinal. Pero hay algo en esta historia que muy poca gente conecta de inmediato.
El año en que se filmó Viridiana, 1961, fue también el año en que Silvia Pinal y Gustavo a la triste se casaron. Fue el año en que ella llegó por fin a vivir en la casa que había comprado años antes con el primer adelanto de su sueldo en cine. Ese terreno en jardines del Pedregal que desde 1955 esperaba convertirse en hogar, que llevaba 6 años construyéndose, modificándose, tomando forma, fue el año en que la mansión recibió a su dueña por primera vez.
Y hay que detenerse un momento aquí para entender cómo llegó a existir esa casa, porque la historia de como Silvia Pinal compró ese terreno dice más sobre quién era ella que cualquier entrevista que haya dado. Corría 1954. Silvia tenía 23 años y una película que la estaba catapultando a un nivel diferente.
Se llamaba Un extraño en la escalera dirigida por Tulio de Michele con Arturo de Córdoba como su coprotagonista. Al principio del rodaje él no quería trabajar con ella. Habría preferido a Gina Loyobrigida o a Rosa Carmina, mujeres con más trayectoria. Pero cuando arrancaron a filmar, la presencia de Silvia frente a la cámara era tan poderosa que la dinámica cambió sola.
La película fue un éxito y con el primer adelanto de su sueldo de esa producción, Silvia fue a comprar un terreno, no ropa, no joyas, no un departamento pequeño para vivir bien, un terreno en una zona que en ese entonces llamaban el mal país porque estaba lejos del centro, porque no tenía servicios básicos completos, porque era territorio volcánico, negro, irregular, lleno de roca solidificada del citle.
Fue su padrastro quien le aconsejó invertir en tierra antes de gastar en lujos y ella lo escuchó. Compró el terreno en abonos porque los lotes de jardines del Pedregal eran baratos entonces, contó ella misma, precisamente por esa lejanía y por la ausencia de servicios. Pero ella vio lo que otros no veían todavía. Vio que Luis Barragán, uno de los arquitectos más brillantes de México, había empezado a desarrollar esa zona volcánica como un fraccionamiento exclusivo de altísimo nivel.
vio que el paisaje era único, que las casas que se construyeran ahí serían diferentes a cualquier cosa que existiera en la ciudad, que el valor de esa tierra iba a crecer y tenía razón. Décadas después, Jardines del Pedregal se convirtió en una de las zonas residenciales más caras y exclusivas de la Ciudad de México.
El productor Gregorio Bayerstein, con quien Silvia trabajó en varias películas, le recomendó a un arquitecto para diseñar la casa. Se llamaba Manuel Rosen, un joven recién egresado de la UNAM, sin obras mayores a su nombre todavía, pero con una visión que convenció a Silvia desde la primera conversación.
Rosen le preguntó cómo quería la casa. Silvia dijo, “Gre y con alberca.” Él preguntó, “¿De qué tamaño la alberca?” Y ella respondió sin dudar, “Olímpica. Esta es mi primera y única casa. La quiero olímpica.” Rosen se murió de risa, pero le construyó la alberca más grande de toda la zona del Pedregal. Y cuando Silvia llegó a verla terminada, abrió los ojos y dijo, “En la madre.
Era inmensa.” Con el tiempo fue pidiéndole al arquitecto que la redujera hasta que llegó a un tamaño que ella consideró razonable. Ese mismo Manuel Rosen años después diseñó la alberca olímpica de los Juegos de México 68. La casa se terminó de construir en 1955. Pero no fue habitada hasta 1961. 6 años en los que el mundo de Silvia Pinal cambió completamente y cuando finalmente llegó a vivir ahí, llegó casada con Gustavo a la triste con una carrera internacional con la palma de oro de canes prácticamente en el horizonte y con la certeza de que esa
casa iba a ser [música] el centro de todo lo que vendría. El terreno tiene 2000 m². La casa tiene dos niveles y tiende al horizontal, siguiendo el desnivel natural del terreno volcánico, mimetizándose con el paisaje en lugar de imponerse sobre él. Ventanales panorámicos que conectan cada habitación con los jardines.
Traves de concreto armado y columnas de acero que crean módulos abiertos [música] llenos de luz. una biblioteca, un salón de badminton, un bar, una terraza que ella tardó años en descubrir como aprovechar y que terminó siendo su rincón más querido. Una alberca, jardines de inspiración japonesa que se quedaron así desde los tiempos de Gustavo a la triste, una herencia estética de ese segundo matrimonio que permaneció en las paredes y en la tierra mucho después de que el amor se fuera.
Y la única remodelación que se hizo en décadas fue en los años 80, cuando Manuel Rosen volvió a la misma casa que había diseñado 25 años antes para añadir un techo sobre el jardín, porque Silvia quería que ese espacio funcionara sin importar el clima. El mismo arquitecto, la misma casa 25 años después. Eso no pasa con cualquier propiedad.
Eso pasa cuando una casa es tan parte de quien la habita que modificarla es casi como modificar a la persona misma. Pero falta la pieza más famosa de esa casa, la que convirtió la sala principal en algo que ninguna otra sala en México puede igualar. Diego Rivera la pintó en 1955, el mismo año en que se construyó la casa.
Rivera era entonces el moralista más famoso de México y uno de los artistas más reconocidos del mundo. Un hombre que había pintado las paredes del Palacio Nacional, que había tenido un matrimonio tormentoso y legendario con Frida Calo, que era una figura tan grande que simplemente que te pidiera posar para él ya era un acontecimiento. Y le pidió a Silvia que posara para él.
Ella tenía 24 25 años. era hermosa con esa manera particular que tienen algunas personas de ser hermosas, no solo físicamente, sino en la forma en que ocupan el espacio. Rivera la vio y quiso inmortalizar eso, pero Rivera tenía fama de pedir a sus modelos femeninas que posaran de Y Silvia no estaba dispuesta.
Le dijo [música] directamente que quería que la retratara con algo más recatado. Rivera escuchó y la pintó de una manera que ningún hubiera logrado capturar. El cuadro quedó terminado y Silvia mandó construir un muro especial en la sala principal de su casa, específicamente para colocarlo. Un muro de roca volcánica, el mismo material que forma las bases de jardines del pedregal, pensado y construido únicamente para sostener ese retrato en ese lugar exacto.
Décadas después, ese cuadro fue evaluado en 3 millones de dólares y el gobierno mexicano lo declaró patrimonio cultural de la nación, lo que significa que no puede venderse, no puede moverse, no puede salir de esa casa. Pertenece a México aunque esté en una propiedad privada. Cuando Silvia moría en noviembre de 2024 y la gente preguntaba qué pasaría con la casa, una de las primeras respuestas que dio su hija Silvia Pasquel fue que el cuadro de Diego Rivera no iba a ningún lado, que eso era de todos y tenía razón.
Esa pintura es el corazón de una casa que fue el corazón de una vida entera. En 1967, cuando Silvia Pinal tenía 36 años y ya era una figura consolidada del cine mexicano e internacional, llegó a su vida un hombre que era todo lo contrario a Gustavo Ala triste, donde a la triste era sobrio, calculador, empresarial.
Este nuevo hombre era ruidoso, carismático, joven, con esa energía desbordante que tienen los que todavía no saben lo que pueden perder. Se llamaba Enrique Guzmán. Era 10 años menor que ella. Cantante de rock and roll, uno de los primeros en México en grabar éxitos de Elvis Presley en español.
Líder de los Team Tops, un muchacho atractivo y encantador que cuando entraba a un lugar lo llenaba de inmediato con su presencia. Se conocieron en una cena y Silvia lo describió después en su autobiografía con esa honestidad suya que siempre sorprendía porque no le importaba quedar expuesta. dijo que de inmediato hicieron click y que por debajo de la mesa él empezó a tocarle la pierna, que ella pensó que iba muy rápido, pero que era tan simpático que le encantó.
Así empezó. Él fue invitado al programa de televisión que ella conducía. La química entre los dos era visible para cualquiera que los mirara. y en 1967 se casaron en Acapulco, a pesar de las críticas que recibieron por la diferencia de edad, a pesar de que Silvia misma dudaba de que aquello pudiera funcionar a largo plazo, a pesar de que su hija Silvia Pasquel no terminaba de ver bien la relación, se casaron y los primeros años fueron exactamente lo que ella describió en su libro, Una luna de miel que no terminaba. Trabajaron juntos. Lanzaron
un programa cómico musical que se llamó Silvia y Enrique [música] al estilo de Sony y Cher, que estuvo al aire durante 4 años. En 1968 nació Alejandra Guzmán. En 1970 nació Luis Enrique Guzmán. La familia estaba completa. La pareja era la más fotografiada, la más comentada, la más mediática del espectáculo mexicano. Desde afuera se veía perfecto.
Desde adentro era otra historia. Silvia lo escribió sin eufemismos en esta soy yo. Dijo que al principio los episodios eran esporádicos y que nunca imaginó que tuvieran la magnitud que después alcanzaron. Dijo que él se convirtió en un hombre violento, primero verbalmente y luego describió con una precisión que duele leer como fue escalando.
Un empujón, un jalón, un manazo, la primera bofetada, la primera golp. Así con esas palabras exactas lo escribió ella misma. Los celos de Enrique eran constantes y destructivos. Las infidelidades de él también existían, lo que creaba una contradicción cruel que es muy común en ese tipo de relaciones.
El hombre que te es infiel y encima te cela hasta la asfixia. Silvia aguantó años dentro de eso, años en los que por fuera seguía haciendo la diva, la estrella, y por dentro vivía en una inseguridad y un miedo que ella misma describió como perder el piso. Quería separarse, pero no encontraba la forma ni la fuerza para hacerlo. Así lo dijo, así de honesta.
El momento que lo cambió todo fue en 1976. Enrique llegó con una pist, se la lanzó en la cara, le dijo que le para matar. El arma se accionó. rozó a Silvia, terminó incrustada en uno de los adornos de su buró, rompiéndolo. Silvia tomó su chequera, se fue de la casa con lo que traía puesto, se escondió durante meses mientras esperaba que él firmara el divorcio.
Décadas después, en 2018, Enrique Guzmán publicó en Twitter algo que el mundo no olvidó. escribió que una sola vez le había faltado el respeto a la señora y que ella se lo había merecido. Eso fue lo que escribió públicamente y ese tweet dice más sobre el que cualquier cosa que alguien más pudiera decir. Cuando en 2019 se transmitió la bioserie sobre la vida de Silvia, supervisada por ella misma y su familia y se mostraron esas escenas de violencia, él las calificó de exageradas, pero años antes había admitido los hechos. Su hijo Luis
Enrique dijo en 2019 que su padre le había pedido perdón a su madre y que eso había quedado en el pasado. [música] Silvia nunca lo mencionó con odio en sus entrevistas posteriores. Lo mencionaba con esa distancia que da el tiempo cuando uno ha procesado algo muy difícil y ha decidido no cargarlo más, pero tampoco lo borró de su historia.
lo puso en su libro con nombre y apellido, con detalles, porque eso también fue su vida y ella nunca pretendió que su vida fue más sencilla de lo que fue. De ese matrimonio nacieron Alejandra Guzmán, que se convertiría en una de las cantantes de rock más importantes de América Latina, y Luis Enrique Guzmán, músico y compositor.
Dos personas que llevan el apellido de ambos y que crecieron viendo una dinámica que los marcó de maneras que cada uno procesó a su manera. Y mientras todo eso pasaba dentro de las paredes de la mansión en jardines del Pedregal, Silvia Pinal seguía trabajando, seguía actuando, seguía siendo la primera actriz de México frente a las cámaras, aunque por dentro estuviera sosteniendo algo que muy poca gente sabía, porque esa también es parte de la historia de esa casa.
[música] No solo los momentos glamorosos, no solo las fiestas y los cuadros de Diego Rivela, también los años en que esas paredes guardaron un secreto que Silvia tardó décadas en poder contar. El divorcio de Enrique Guzmán en 1976 dejó a Silvia sola por primera vez en mucho [música] tiempo, pero no inactiva, porque Silvia Pinal sin un hombre a su lado era exactamente la misma Silvia Pinal que con un hombre a su lado, quizás incluso más ella misma.
En esos años también pasaron cosas en su vida personal que casi nadie recuerda hoy porque la historia de Silvia tiene tantas capas que algunas quedan enterradas debajo de otras. Tuvo romances con el actor egipcio Omar Sarif, el mismo que protagonizó Laurence de Arabia y Dr. Cibago, con el actor italiano Renato Salvatori, con Conrad Hilton, el magnate hotelero que era tío abuelo de Paris Hilton y que acababa de divorciarse de Elizabeth Taylor cuando lo conoció en la inauguración de su hotel en Acapulco.
Silvia lo contó en su autobiografía con esa sencillez suya [música] que hacía que hasta los detalles más extraordinarios sonaran normales. dijo que salieron como 7 meses, que él venía a cada rato a verla a México, que la acompañó varias veces a Nueva York, que los dos entendían muy bien, aunque él hablara poco español y ella poco inglés, y que era un romance muy bonito, pero que en él no encontró al hombre que estaba buscando.
Eso era Silvia Pinal eligiendo. Silvia Pinal diciendo no cuando la respuesta correcta para la mayoría hubiera sido decir que sí. En la segunda mitad de los años 70 y los primeros años de los 80 hizo algo que pocas actrices de su generación se atrevieron a hacer. Siguió tomando riesgos artísticos cuando lo más fácil hubiera sido quedarse en su zona de comodidad.
En 1977 protagonizó Divinas Palabras, una película donde realizó un deso integral. En 1978 posó desnud para la revista española Interview. [música] tenía 47 años y lo hizo porque quiso, porque le pareció un acto de libertad, porque nunca le importó lo que otros pensaran que una mujer de su edad debía o no debía hacer con su propio cuerpo.
Y en el teatro, que era el espacio donde más libre se sentía desde que tenía 15 años, hizo cosas que pocos recuerdan, pero que cambiaron la historia del entretenimiento mexicano. En 1958 había producido la primera obra musical en México, Ren Ren llama el amor, en el teatro del bosque, un formato que en ese momento era completamente nuevo en el país y que nadie más había intentado antes con esa escala.
Ella lo intentó y funcionó. En los 70 y los 80 siguió en esa línea. Montó el musical Mame en tres ocasiones distintas en 1972, en 1985 y en 1989. Cada vez que lo subía al escenario, México iba a verla. Protagonizó a Annie es un tiro en 1976 y en 1977, para celebrar sus 25 años de carrera, montó un show de cabaret propio titulado Felicidades, Silvia, que se presentó primero en el centro nocturno El patio y luego en el teatro de la ciudad de Esperanza Iris.
Una mujer celebrando sus propios 25 años en el negocio con su nombre en el cartel, en sus propios términos, en los escenarios más importantes de la ciudad. Nadie le dio eso, lo construyó. En esos años también se convirtió en la primera mujer productora de telenovelas en Televisa. Produjo proyectos importantes como Mañana es primavera y Eclipse, entre otros, que abrieron un camino que otras mujeres después siguieron.
En una industria donde las mujeres eran casi siempre las que aparecían en pantalla y rara vez las que tomaban las decisiones detrás de las cámaras, Silvia ocupó ese espacio también. Y fue durante la producción de mañana es primavera que ocurrió algo que nadie en el set podía imaginar que iba a pasar.
La telenovela la protagonizaban dos personas muy cercanas a ella. Una de ellas era su hija viridiana a la triste, que tenía 19 años y estaba en pleno ascenso como actriz. Viridiana había crecido con ese apellido que su madre eligió en honor a la película más importante de su carrera. Luis Buñuel había sido su padrino de bautizo.
Creció rodeada de arte, de cine, de las personas más importantes del espectáculo mexicano y había decidido seguir el camino de su madre. Había incluso un proyecto teatral en puerta para las dos, una obra llamada Agnes of God, que iban a protagonizar juntas. Una madre y su hija en escena compartiendo el mismo espacio que tantas veces habían compartido dentro de esa mansión del Pedregal.
Nunca llegó a montarse. La noche del 24 de octubre de 1982, Viridiana estuvo en una reunión en el departamento del actor Jaime Garza, su pareja en ese momento. La velada transcurrió sin nada fuera de lo ordinario. En algún momento de la noche, Viridiana decidió irse de forma abrupta. Nadie supo bien por qué.
Hubo versiones de que algo había pasado, de que salió molesta, pero nunca quedó del todo claro. Lo que sí quedó claro fue lo que pasó después. En la madrugada del 25 de octubre de 1982, el Volkswagen Atlantic que Viridiana conducía se salió de los carriles laterales de la avenida Toluca, en el poniente de la Ciudad de México.
La carretera no tenía acotamiento en ese tramo. El auto siguió de frente y cayó a un barranco. Biridiana murió en el lugar. [música] Tenía 19 años. Silvia estaba en su casa esa madrugada cuando empezaron a llegar las llamadas. Alguien preguntando por Viridiana. Otro alguien queriendo saber dónde estaba.
Silvia no entendía. Estaba segura de que su hija había regresado a casa y estaba dormida en su cuarto. Estaba segura porque uno siempre está seguro de esas cosas hasta que ya no puede estarlo más. La llamada definitiva llegó de su hija mayor, Silvia Pasquel, y lo que le dijo fue esto. Mamá, ya la vi y está muerta.
No hay manera de prepararse para esa frase. No hay experiencia previa. No hay fortaleza acumulada. No hay éxito profesional, ni dinero, ni fama que sirva de algo cuando alguien te dice eso de una hija de 19 años. Silvia lo describió en su autobiografía con una imagen que quien la lea no puede olvidar.
Dijo que la muerte de Viridiana fue para ella como un reloj que se detuvo de pronto y que aunque se empeñó en darle cuerda y lo hizo mover a la fuerza, nunca más funcionó igual. Nunca más funcionó igual. Cinco palabras que dicen todo lo que se puede decir sobre perder a un hijo. La telenovela Mañana es primavera se canceló.
No había manera de continuar. El proyecto teatral Agnes of God, que iban a protagonizar juntas, se canceló también. El futuro que Viridiana hubiera tenido en el cine y la televisión mexicana desapareció en esa madrugada en la avenida Toluca y la mansión en Jardines del Pedregal guardó ese dolor también.
Como guardó todos los demás. Silvia no se fue, no pudo irse. [música] Esa casa era el lugar donde su hija había crecido, donde había corrido en esos jardines de inspiración japonesa, donde había nado, en esa alberca que alguna vez fue demasiado grande. Irse de ahí hubiera sido abandonar lo último que quedaba de ella en un espacio físico.
se quedó y siguió trabajando porque Silvio Pinal era de esas personas que [música] procesan el dolor moviéndose, que no se permiten quedarse inmóviles porque saben quizás instintivamente que la quietud en los momentos más oscuros puede convertirse en algo de lo que ya no se regresa. Ese mismo año de 1982, apenas semanas después de la muerte de Viridiana, Silvia hizo algo que sorprendió a todo México.
Se casó por cuarta vez. Su nuevo esposo se llamaba Tulio Hernández Gómez. era político, pertenecía al PR, el partido que había gobernado México durante décadas y en ese momento era gobernador del estado de Tlaxcala, un hombre que ella describió en su libro como culto, inteligente y no era una figura pública conocida en el mundo del espectáculo.
No era actor ni cantante ni empresario del medio. Era del mundo de la política, un universo completamente diferente al que ella había habitado toda su vida. Él la había conquistado de una manera que en otro contexto hubiera parecido casi de película. Asistía todas las noches a las funciones del teatro donde ella se presentaba y cada noche sin falta mandaba flores a su camerino.
Todas las noches flores sin excepción hasta que ella se dio. Se casaron en 1982 con la sombra de la muerte de Viridiana todavía fresca. Fue una boda que México vio con curiosidad porque nadie terminaba de entender exactamente que tenían en común la diva más glamorosa del espectáculo mexicano y un gobernador de Txcala.
Pero Silvia nunca necesitó que nadie entendiera sus decisiones, las tomaba y ya. Con ese matrimonio, Silvia se convirtió en primera dama de Tlaxcala y presidenta del DIF estatal, el sistema de asistencia social. un rol completamente distinto a todo lo que había hecho antes, un rol que implicaba protocolo, actos oficiales, representar a un estado ante el país.
Y lo hizo porque Silvia Pinal aprendía lo que necesitaba aprender según el territorio que decidía ocupar. A través de Tulio, la puerta hacia la política nacional se abrió de par en par y Silvia no se quedó en el umbral. Se involucró de verdad. fue diputada federal del PR entre 1991 y 1994. Fue asambleísta del Distrito Federal, fue senadora de la República entre 1998 y el año 2000 [música] y fue secretaria general de la Asociación Nacional de Actores, la ANDA, que es el sindicato que agrupa a los trabajadores del espectáculo mexicano. En ese último
cargo fue donde vivió uno de los capítulos más difíciles y menos conocidos de su vida. A finales de los años 90, mientras ejercía como dirigente sindical, Silvia fue acusada de fraude. Las acusaciones venían de dentro de su propio entorno político, de personas que usaron los mecanismos del sistema para golpearla en un momento en que ella ya no les era tan conveniente.
Las acusaciones nunca se probaron. Silvia fue finalmente absuelta de todos los cargos, [música] pero el proceso fue largo, desgastante y humillante para alguien que había dedicado parte de su vida a defender los derechos de los trabajadores del espectáculo. Durante esos meses de mayor tensión, Silvia tuvo que exiliarse. Se fue a Miami.
Vivió en casa de su hija Alejandra Guzmán durante 11 meses, lejos de México, lejos de su casa en el Pedregal, lejos de todo lo que conocía. Una mujer que había pasado su vida entera en esa ciudad, que había construido su patrimonio y su historia sobre suelo volcánico del sur de la Ciudad de México, viviendo en casa de su hija en el extranjero, esperando que la justicia hiciera lo que tenía que hacer.
Y cuando volvió, volvió con la cabeza en alto, porque esa también era una característica de Silvia Pinal, que todos quienes la conocieron mencionaban siempre, que nunca bajaba la cabeza, que enfrentaba de frente, que su dignidad no era una pose, sino una forma real de estar en el mundo. Su matrimonio con Tulio Hernández terminó en 1995, 13 años después de haberse casado.
Según las versiones que trascendieron, la relación se deterioró luego de que él sufriera un accidente que lo cambió de maneras que afectaron la dinámica entre ellos. Los detalles exactos nunca fueron completamente públicos. Silvia habló poco de ese divorcio comparado con los anteriores. Fue su cuarto y último matrimonio.
Después de Tulio, Silvia Pinal nunca volvió a casarse. No porque no hubiera habido hombres interesados en ella. Eso nunca faltó a lo largo de toda su vida, sino porque a esas alturas ya había vivido lo suficiente como para saber que la vida en pareja no era una condición necesaria para ser feliz, o al menos para seguir siendo ella misma.
Y seguir siendo ella misma era lo único que realmente nunca negoció con nadie. En 1988, [música] entre su carrera política y sus trabajos teatrales, hizo algo más que sumar a ese patrimonio que construyó ladrillo a ladrillo desde los 23 años. junto con Margarita López Portillo, adquirió el cine estadio, un viejo recinto en la colonia Roma de la Ciudad de México y lo transformó en un teatro.
le puso su nombre, Teatro Silvia Pinal, un espacio propio en una ciudad que era suya, que llevaba su nombre en la marquesina y que siguió funcionando décadas después de que ella no pudiera subir a su escenario. Esa también era Silvia Pinal, no solo actuar en los teatros de otros, construir el suyo. Pero hay algo que quedó pendiente en esta historia y que hay que contar porque tiene que ver directamente con la casa, con la familia y con uno de los misterios más curiosos que rodean la dinastía Pinhal.
Hay un nombre que se repite de manera casi sobrenatural en la historia de esta familia. Viridiana, la película que salvó en su abrigo en el aeropuerto. La hija que nació en honor a esa película y que murió a los 19 años. Y luego, años después de esa tragedia, la historia se repitió de una manera que nadie en la familia pudo explicarse del todo.
Silvia Pasquel, la hija mayor de Silvia, había tenido una relación con un actor llamado Fernando Frade, una relación que generó uno de los escándalos más comentados dentro de la familia, porque Frade había tenido previamente un romance con la propia Silvia Pinal, su madre, dos años de un idilio que terminó.
Y cuando terminó, tiempo después Frade y Silvia retomaron su historia y tuvieron una hija juntos. La niña se llamó Viridiana. Viridiana Margarita Frade Vanquels en honor a la tía que había muerto, como si la familia quisiera de alguna manera traer de vuelta algo que se había perdido. La pequeña tenía 2 años cuando se ahogó en la alberca de su propia casa.
Otra viridiana, otra tragedia, otra pérdida que la familia tuvo que cargar sobre lo que ya cargaba. Ese nombre que Silvia eligió en un momento de gloria artística en un festival en Canes terminó convirtiéndose [música] en algo que la familia aportó de maneras que nadie hubiera podido predecir. Cuando Luis Buñuel ganó la palma de oro y una joven actriz mexicana de 30 años decidió que su próxima hija se llamaría igual que su personaje más importante.
Hay historias [música] que tienen un peso que no se elige y esa familia lo conoció mejor que nadie. Y en medio de todo eso, la mansión del pedregal seguía ahí firme con sus jardines japoneses que Gustavo a la triste inspiró y que nunca cambiaron. con el retrato de Diego Rivera en la sala que nadie podía mover, con la biblioteca y el salón de badminton y la terraza que Silvia tardó años en descubrir cómo usar con la alberca que alguna vez fue demasiado grande y que Manuel Rosen tuvo que achicar dos veces porque la diva quería
todo olímpico, la casa que compró con el primer adelanto de su sueldo cuando tenía 23 años, la que pagó en abonos porque los terrenos del pedregal eran baratos entonces la que Elena Poniatovska comparó con el hangar presid la que fue set de filmación de varias de sus películas porque era tan hermosa que los directores preferían rodar ahí antes que construir un escenario artificial.
Esa casa que en 2016, cuando Silvia la abrió a las cámaras de la revista Hola, revelaba en cada rincón capas de historia que una sola vida normalmente no alcanza a acumular. Fotos de sus hijas en las paredes, trofeos y reconocimientos en vitrinas, cuadros de artistas que la habían elegido como musa y ese retrato de Rivera en el centro de todo, mirando hacia los jardines, como el ojo de una historia que nunca terminaba de contarse del todo.
Pedro Infante llegaba sin avisar y se quedaba a cenar. Juan Gabriel, cuando era todavía un joven compositor que empezaba a construir su leyenda, comía en esa mesa familiar como si fuera uno más. Omar Sarif, el galán egipcio de mirada imposible, también pasó por esa puerta en algún momento de los años en que Silvia era la mujer más deseada del cine de dos continentes.
El mundo entero, en algún momento u otro, cruzó esa entrada. Silvia lo dijo con exactitud perfecta cuando dijo que ahí estaba construida su vida entera porque no exageraba. Y sin embargo, incluso con todo eso, todavía falta la parte de la historia que más preguntas deja abiertas. la que tiene que ver con los años finales de Silvia dentro de esas paredes, con la pelea silenciosa que tuvo con la empresa que llamaba su casa, con los escándalos más recientes de una familia que nunca se terminó de callar, con la herencia de más de 1000 millones de pesos que dejó
atrás y que sus hijos empezaron a disputar casi antes de que cerraran el ataúd y con el futuro de esa casa en jardines del Pedregal, que hoy tiene dueño nuevo, pero todavía guarda en cada cuarto el eco de la mujer que la construyó. Pero para llegar ahí, hay que entender primero cómo fueron los últimos años de Silvia Pinal dentro de esas paredes.
Los últimos años de Silvia Pinal dentro de esa mansión fueron tan intensos y tan contradictorios como todos los anteriores, porque la vida de esta mujer nunca tuvo épocas grises, siempre fue blanco o negro, arriba o abajo, gloria o escándalo. Y la vejez no [música] fue la excepción. Silvia siguió trabajando hasta una edad que pocas personas en el mundo del espectáculo alcanzan con la misma presencia y la misma vigencia.
En los años 90 produjo y condujo mujer, Casos de la vida real, un programa de televisión que se convirtió en uno de los más vistos de Televisa durante más de dos décadas. Era un formato de casos dramáticos basados en historias reales con recreaciones de situaciones que tocaban temas que en la televisión mexicana de entonces rara vez se abordaban de frente.
Violencia doméstica, abuso, pobreza, injusticia. [música] Silvia los ponía en pantalla semana tras semana y México lo miraba. El programa duró 21 años al aire. 21. Y fue gracias a ese programa que Silvia obtuvo algo que muy pocos artistas [música] en la historia de Televisa habían tenido, una exclusividad vitalicia firmada personalmente por Emilio Azcáraga Milmo, el mismo hombre que décadas antes no había podido casarse con ella.
El mismo que la amó y la dejó ir por presiones familiares, el mismo con quien mantuvo una amistad que duró el resto de la vida de él. Azcárraga firmó ese contrato como un reconocimiento a décadas de trabajo, como un gesto que solo se entiende del todo cuando uno conoce la historia completa de lo que hubo entre ellos.
Medio millón de pesos mensuales garantizados [música] de por vida y funcionó durante años. Hasta que en 2020, en medio de la pandemia y la crisis económica que la acompañó, algo se rompió. Luis Enrique Guzmán, el hijo menor de Silvia, apareció en una entrevista en Ventaneando el programa de Patti Chapoy en TV Azteca, [música] la competencia directa de Televisa, y anunció públicamente que su madre llevaba dos meses sin recibir el dinero de su exclusividad, que los ejecutivos de Televisa no los atendían, que a una
mujer que había dejado sangre, sudor y lágrimas en los foros, se le estaba haciendo esa grosería. El anuncio encendió todo. Silvia salió a dar entrevistas diciendo que estaba triste, [música] que no entendía que estaba pasando, que Televisa era su casa y que nunca se iría de ahí peleada con nadie, que no iba a comportarse como una limosnera.
Esas fueron sus palabras exactas. Pero detrás de las cámaras, según las versiones que circularon en ese momento, el problema era más complicado, porque los ejecutivos de Televisa estaban molestos, [música] no tanto con Silvia, sino con Luis Enrique, que había expuesto en televisión de la competencia una negociación que se estaba llevando en privado.
Y había versiones que señalaban que Luis Enrique tenía sus propios intereses en el manejo del dinero de su madre, intereses que no siempre coincidían con los de ella ni con los de sus hermanas. Fue uno de esos momentos en que el brillo de la familia más famosa del espectáculo mexicano se rajó de una manera que todos pudieron [música] ver y no fue el único, porque la familia que Silvia Pinal construyó es tan extraordinaria y tan complicada como ella misma.
Una dinastía donde el talento se hereda, pero el dolor también, donde los escándalos no afectan solo a los que los protagonizan, sino a todos los que llevan ese apellido o ese legado. Alejandra Guzmán, su hija con Enrique Guzmán, se convirtió en una de las cantantes de rock más importantes que América Latina ha producido. Una figura poderosa, irreverente, de voz descomunal y presencia escénica que llena estadios.
alguien que claramente heredó de su madre esa capacidad de ocupar el espacio sin disculparse por ello. Pero la relación de Alejandra con su propia hija [música] Frida Sofía fue durante años uno de los conflictos más mediáticos y dolorosos que la familia vivió públicamente. Y en 2021 ese conflicto alcanzó una dimensión que nadie esperaba cuando Frida Sofía acusó a su abuelo Enrique Guzmán de haberla abusado sexualmente durante su infancia.
La acusación sacudió a México entero. Enrique Guzmán lo negó. Alejandra Guzmán en un primer momento defendió a su padre, lo que generó una fractura enorme con su hija que tardó años en empezar a sanar. Silvia Pinal, que ya tenía más de 80 años y vivía en su casa del pedregal, rodeada de cuidadores, se mantuvo en silencio sobre ese tema.
no tomó partido público. Lo que dijeron quienes la conocían era que estaba triste, que esas cosas que pasaban en su familia la afectaban, aunque no lo dijera. Una mujer que había sobrevivido cuatro matrimonios, la muerte de una hija, el exilio político, un escándalo vaticano y décadas de un negocio tan cruel como el espectáculo, mirando desde esa terraza que tanto amaba como la siguiente generación repetía a su manera los mismos ciclos de dolor que ella había conocido.
[música] Y sin embargo no se rindió. siguió apareciendo en público. En 2022, con 91 años participó en el musical Caperucita, que onda con tu abuelita, en el teatro Silvia Pinal, que es el teatro que ella misma adquirió y que lleva su nombre. Salió al escenario frente al público y recibió una ovación que duró varios minutos porque México nunca dejó de quererla.
Por más escándalos que hubiera alrededor de su familia, por más años que pasaran, la figura de Silvia Pinal seguía siendo intocable para el público mexicano. La última vez que apareció en público fue el 12 de septiembre de 2024. Su cumpleaños, 93 años o 94 según algunas fuentes, porque incluso su fecha de nacimiento exacta fue siempre un dato que generó pequeñas discrepancias.
festejó rodeada de su familia, de sus hijas, de sus nietas, de sus bisnietas. Cuatro generaciones de mujeres que existen porque un día una niña de Guaimas decidió tomar su primer adelanto de sueldo y comprar un terreno en una zona volcánica al sur de la Ciudad de México. El 21 de noviembre de 2024, Silvia Pinal fue internada en el Hospital Médica Sur de la Ciudad de México.
La causa fue una infección en las vías urinarias que en una persona de su edad y con su historial de salud podía escalar rápidamente y escaló. [música] Durante los días siguientes su estado se deterioró. Los médicos hablaban de complicaciones. Su familia se reunió. Los medios de comunicación instalaron sus cámaras afuera del hospital como en los viejos tiempos, como cuando la vida de Silvia Pinal era el tema más importante de cualquier semana.
El 28 de noviembre de 2024, a los 93 [música] años, Silvia Pinal murió. Su hijo Luis Enrique Guzmán lo confirmó. La noticia llegó al mismo tiempo que el duelo y las preguntas que inevitablemente acompañan la muerte de alguien que fue tan grande. La Secretaría de Cultura de México emitió un comunicado. La Asociación Nacional de Actores lamentó su pérdida.
El mundo del espectáculo latinoamericano se detuvo un momento para reconocer que algo que no se reemplaza acababa de irse. El homenaje se hizo en el Palacio de Bellas Artes, el recinto más importante de la cultura mexicana. El mismo lugar donde décadas antes había recibido reconocimientos, donde había pisado escenarios, donde México había celebrado lo mejor de sí mismo en materia de arte y cultura.
Sus hijas estuvieron ahí, sus nietas Michelle Salas, bisnieta de Silvia e hija de Luis Miguel con su nieta Stephanie Salas, que es [música] otra historia que sola daría para un video completo. Amigos de décadas, colegas, personas que la habían conocido cuando era joven y personas que solo la habían conocido a través de sus películas y su televisión.
La actriz Diana Bracho leyó un texto en su honor donde se intercalaban grabaciones de la propia voz de Silvia contando como había contrabandeado la copia de Viridiana en su abrigo en el aeropuerto. Y en medio del silencio solemne de bellas artes, la voz grabada de Silvia dijo algo que hizo que el público rompiera en carcajadas mezcladas con lágrimas, porque así era ella, capaz de arrancar la risa en el momento más inesperado.
Ay, mamacita”, dijo su propia voz desde una grabación. Y Bellas Artes respondió con el tipo de carcajada que solo produce el amor genuino. Pero Silvia Pinal no se fue sin dejar todo ordenado. Llevaba años con su testamento listo. Lo dijo ella misma en vida en más de una entrevista. Dijo que tenía tres hijos y que entre los tres había que pensar que había un barril para uno, otro barril para el otro.
Y si al tercero no le alcanzó, ni modo. Esa frase es puro Silvia Pinal. Lo que dejó es una fortuna que algunas fuentes calcularon en más de 1000 millones de pesos, aunque las estimaciones varían significativamente dependiendo de a quien se le pregunte. Lo que si está documentado es lo que contiene ese patrimonio.
La mansión en Jardines del Pedregal, valuada en algunos reportes en 65 millones de pesos y en otros hasta en 465 millones dependiendo de cómo se calcule la plusvalía. El Teatro Silvia Pinal en el centro de la Ciudad de México, el edificio Versalles, un departamento en Altavista, una casa en Acapulco, 20 estacionamientos públicos en la Ciudad de México que generaban aproximadamente 9 millones de pesos mensuales.
Joyas acumuladas durante décadas, obras de arte, cuentas bancarias, una empresa inmobiliaria llamada inmobiliaria periférico que agrupa varios de esos bienes. y el cuadro de Diego Rivera, el cuadro que vale 60 millones de pesos, según algunas estimaciones recientes, que el gobierno declaró patrimonio cultural nacional y sobre cuyo destino final todavía existen versiones distintas.
Algunos reportes dicen que quedará en un fide comiso, otros que pasará al Museo Dolores Olmedo, otros que Alejandra Guzmán lo heredó directamente. Lo que sí es cierto es que ese cuadro no va a ningún lado que Silvia no hubiera aprobado. La repartición de la herencia generó, como era previsible, sus propias tensiones. Silvia Pasquel declaró públicamente que ella no necesitaba un solo peso de su madre, que llevaba toda la vida trabajando y sosteniéndose sola, y que el testamento se abriría cuando tuviera que abrirse. Luis Enrique se instaló en
la mansión del pedregal casi inmediatamente después de la muerte de su madre, lo que generó rumores sobre tensiones con Silvia Pasquel. La albacea original, la primera persona designada para administrar la herencia, renunció al cargo diciendo que los hijos no se ponían de acuerdo y que ella ya no podía más con eso.
Nada de eso sorprendió a nadie que conociera mínimamente cómo funcionan las familias grandes con fortunas grandes y heridas emocionales que llevan décadas sin cicatrizar del todo. Lo que sí sorprendió fue la escala de lo que Silvia había construido. Porque cuando uno suma todo, cuando se miran esos 20 estacionamientos generando 9 millones de pesos al mes, ese teatro que lleva su nombre, esa empresa inmobiliaria, esas propiedades en distintos puntos de la ciudad, uno entiende que Silvia Pinal no fue solo una actriz, fue una empresaria que
construyó un patrimonio real con la misma disciplina y la misma visión con que compró su primer terreno a los 23 años con el primer adelanto de su sueldo. La muchacha de Guaimas, que no sabía quién era su padre, construyó un imperio y en el centro de ese imperio inamovible sigue estando [música] la casa, la mansión en avenida de las fuentes 629, Jardines del Pedregal, la que Manuel Rosen diseñó cuando era un joven recién egresado que más adelante construiría la alberca olímpica de 1968, la que está sobre roca volcánica
solidificada hace miles de años por el cicle, la que tiene jardines de inspiración japonesa que llevan Ahí desde los tiempos de Gustavo a la triste, la que fue sed de filmación de María Isabel en 1967 y del amor de María Isabel en 1968, porque era tan hermosa que los directores preferían filmar ahí antes que construir un escenario artificial.
la que guardó cuatro matrimonios distintos bajo el mismo techo, la que escuchó las risas de Pedro Infante llegando sin avisar y los acordes de Juan Gabriel en las tardes de domingo, la que vio nacer a Alejandra Guzmán y a Luis Enrique, la que estuvo presente la madrugada del 25 de octubre de 1982 cuando llegó la llamada de Silvia Pasquel diciendo, “Mamá, ya la vi y está muerta.
” la que en sus paredes tiene un cuadro que Diego Rivera pintó en 1955 y que México declaró que no puede moverse nunca. Esa casa que según los últimos reportes disponibles, Alejandra Guzmán heredó formalmente, pero donde su hermano Luis Enrique se instaló después de la muerte de su madre, mientras la familia resuelve los detalles de lo que sigue.
Una casa tan cara de mantener que Silvia Pasquel dijo públicamente que solo Alejandra tenía el poder adquisitivo para hacerlo dignamente. Una casa que generó preguntas antes de que Silvia muriera y que sigue generándolas ahora que ya no está, porque las casas grandes con historias grandes siempre generan preguntas. Especialmente cuando la persona que les dio sentido ya no está adentro para responderlas.
Pero hay algo que ningún testamento puede repartir, ninguna albacea puede administrar, ningún notario puede evaluar. Silvia Pinal fue la última actriz mexicana formada en la época de oro del cine que alcanzó la tercera edad, siendo todavía una figura relevante, activa, presente. La última que hizo películas con Luis Buñuel, que ganó la palma de oro en Canes, que desafió al Vaticano y ganó, que cambió la historia de la televisión mexicana como productora, que entró al mundo de la política, que sobrevivió cuatro divorcios y la muerte de una hija y
salió del otro lado sin perder ni la dignidad ni el humor. Hay una generación de mujeres mexicanas que creció viéndola en mujer, casos de la vida real, y aprendió que los problemas que parecen imposibles de resolver tienen salida. Hay generaciones de actores y actrices que la mencionan como referencia cuando hablan de lo que significa hacer este trabajo con honestidad y con entrega real.
Hay directores de [música] cine en distintos países que estudiaron Viridiana y El Ángel Exterminador y aprendieron algo sobre el cine que no hubieran aprendido de ninguna otra manera. Su nieta Stefanie Salas es actriz y cantante, su bisnieta Michelle Salas es modelo internacional. Su hija Alejandra llena estadios. Su hija Silvia Pasquel sigue trabajando en televisión con la misma disciplina que aprendió de su madre.
Cuatro generaciones de mujeres en el espectáculo mexicano que tienen el ADN de una muchacha de Guaimas que un día decidió que el mundo era demasiado pequeño si uno se quedaba quieto. Y en el Palacio de Bellas Artes, durante su homenaje, cuando la voz grabada de Silvia Pinal dijo, “Ay, mamacita y el público soltó la carcajada y el llanto al mismo tiempo, quedó claro algo que no necesita explicación larga, que esa mujer no cabía en ningún recinto ni en el más grande, que vivió como ella misma dijo que quería que la recordaran con alegría, que la casa en jardines del
Pedregal, con sus 2,000 m² de terreno volcánico, con su alberca que alguna vez fue demasiado grande, con sus jardines japoneses, con sus candelabros, con el retrato de Diego Rivera en la sala mirando hacia todo lo que quedó, con las fotos de sus hijas en las paredes y los trofeos en las vitrinas, [música] esa casa no es un inmueble.
Es el único testigo que sobrevivió a todo y seguirá ahí, en Avenida de las Fuentes 629, mucho después de que todos los que pelearon por ella se hayan ido también, porque así son las casas que se construyen con el primer sueldo y se llenan con toda una vida. No se van. M.