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El llanto del saqueo: Cómo el sexenio de José López Portillo transformó la abundancia petrolera en la peor traición histórica de México

El Palacio Legislativo de San Lázaro fue testigo de uno de los momentos más dramáticos, y a la postre indignantes, de la historia política contemporánea de México. Frente al atril, con la voz entrecortada, los ojos humedecidos y un ademán teatral que golpeaba la madera, el presidente José López Portillo convertía su último informe de gobierno en una sesión de aparente catarsis y confesión pública. Prometió, al inicio de su mandato, “administrar la abundancia”, pero aquel día entregaba un país asfixiado por la deuda, con una moneda completamente desangrada y millones de familias sumidas en la incertidumbre financiera. Aquellas lágrimas presidenciales, lejos de conmover a una nación herida, se transformaron con los años en el símbolo de una de las mayores traiciones al pueblo mexicano: el llanto de un sistema que pedía perdón mientras, por detrás, terminaba de cerrar la caja fuerte de sus privilegios.

Para entender el tamaño del colapso, es necesario retroceder a 1976. López Portillo asumió la presidencia arropado por la maquinaria perfecta del viejo sistema priista, un régimen que controlaba los hilos del Estado sin contrapesos reales. En ese contexto, el descubrimiento de gigantescos yacimientos de petróleo en el golfo de México, particularmente en Campeche, alteró por completo la psicología del poder. El país pasó de gestionar la escasez a imaginar un futuro como potencia energética global. Pemex se convirtió en el motor de una fantasía de modernidad y soberanía. Cegado por un optimismo desmedido, el mandatario inyectó más de 27,000 millones de dólares en la industria petroquímica entre 1977 y 1981,

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