Podía haberte aplastado. A muchos los aplastaba, [música] a Irma no, porque Irma llegó decidida a que ese mundo iba a ser suyo también. Rosario Castellanos no era una prima cualquiera. Era una de las voces más importantes que daría México en el siglo XX. una mujer que escribió sobre ser mujer en ese país con una honestidad que todavía incomoda.
Vivir con ella a los 14 años, respirar ese ambiente, escuchar esas conversaciones fue una formación que muy pocas personas de esa edad tenían acceso. Eso explica algo sobre Irma Serrano que sus escándalos tienden a ocultar. Nunca fue solo una figura del espectáculo. Venía de algún lugar, pensaba desde algún lugar.
Rosario Castellanos y Irma Serrano eran primas, pero eran también dos respuestas distintas a la misma pregunta. ¿Qué hace una mujer inteligente, con carácter y con algo que decir? En el México de mediados del siglo XX, Rosario eligió la escritura, la academia, el exilio interior de quien observa y nombra. Irma eligió meterse dentro, ocupar el espacio, usar el sistema contra sí mismo.
Las dos pagaron precios distintos por sus elecciones. Las dos dejaron algo que el México oficial tardó en reconocer y que todavía no ha terminado de procesar del todo. Vivir con Rosario a los 14 años no fue solo una circunstancia práctica, fue una exposición a una manera de pensar sobre ser mujer en México que muy pocas personas de esa edad y de cualquier origen tenían acceso.
las conversaciones que escuchó en esa casa, los libros que estaban en esas estanterías, las personas que entraban y salían, todo eso se quedó en Irma, aunque ella nunca lo dijera con esas palabras. No aprendió a pensar sobre el poder leyendo libros, aprendió viviéndolo. Pero el andamiaje para entenderlo lo construyó en esa casa con esa prima, siendo una adolescente de Chiapas que todavía no sabía exactamente a dónde iba.
Y en ese mundo al que llegó siendo adolescente, alguien la presentó con Diego Rivera. Rivera la retrató desnuda dos veces. En su estudio de la calle Altavista en San Ángel, Irma tenía entre 15 y 17 años. Los cuadros son de gran formato, casi 2 met de altura y los dos siguen existiendo hoy. Uno en un banco, el otro quedó con la familia de Casas Alemán. Me veía muy chiquilla.
Recordaría décadas después con esa naturalidad suya que desarmaba cualquier intento de incomodarla. Lo que esos cuadros dicen sobre quién era Irma a los 15 años y sobre el mundo en el que ya se movía es algo que el escándalo posterior tendió a ocultar, pero está ahí en los archivos de la UNAM en una fotografía que nadie encargó y que sin embargo existe.
Una menor de edad, desnuda, retratada por el muralista más famoso de México, introducida ahí por el gobernador con el que tenía una relación. Eso no es un detalle biográfico, es el retrato exacto de dónde estaba Irma Serrano a los 15 años y de lo que ya entendía sobre cómo funciona el poder. La persona muy querida era Fernando Casas Alemán, gobernador de Veracruz y hombre con ambiciones presidenciales.
Irma tenía 17 años cuando empezó la relación con él y ya entonces, a los 17 años, Irma Serrano se movía en los mismos espacios que los hombres más poderosos del país. Eso explica algo que hasta ahora no encajaba. Eso es lo que hace que lo de Los Pinos no sea un accidente. Es el resultado de una vida entera moviéndose exactamente así.
Su carrera como cantante empezó en 1962. No llegó a la música ranchera con el perfil que el género esperaba. No era del norte. No venía de familia de músicos. Venía del sur, de la casa de una escritora y de los estudios de un muralista. Y sin embargo, cuando abrió la boca, el género la reconoció. La voz era inconfundible, grave, ronca, con ese fondo que parece venir de un lugar más profundo que los pulmones, el tipo de voz que no se aprende y que cuando la tienes el público lo sabe antes de que tú lo sepas. En pocos años construyó un
nombre, canciones que sonaban en radios de todo México, películas que llenaban salas. Para mediados de los 60, Irma Serrano era alguien en México, el tipo de alguien al que los guardias de Los Pinos dejan pasar. Construir ese nombre no fue sencillo ni limpio. El México del espectáculo de los años 60 no era un lugar amable para las mujeres que querían hacer carrera en sus propios términos.
Las puertas no se abrían solas y las que se abrían lo hacían a través de conexiones que hoy serían inaceptables y que entonces eran simplemente la manera en que las cosas funcionaban. Irma llegó con una voz que nadie podía ignorar, pero llegó también con una red construida a través de los hombres poderosos que la rodeaban desde los 17 años.
Eso le dio acceso y ese acceso tenía un precio que el público no siempre veía desde fuera. Lo que el público sí veía era el resultado, una figura que no encajaba del todo en ningún molde, que era demasiado para los espacios pequeños y demasiado incómoda para los espacios grandes y que siguió adelante de todas formas. Ese es el perfil de la mujer que una noche decidió ir a Los Pinos con mariachis.
Y lo más inquietante es que cuando lo entiendes bien, lo sorprendente no es que lo hiciera, lo sorprendente es que no lo hubiera hecho antes. Para cuando conoció a Díaz Ordaz en 1969, Irma Serrano llevaba casi una década construyendo un nombre en el México del espectáculo. Había grabado discos, había hecho películas, había actuado en teatros, tenía un público que la seguía y una reputación que la precedía.
Pero esa carrera no era sólida de la manera en que puede parecerlo desde fuera. En el México del PRI, el mundo del espectáculo dependía del estado, de maneras que el público no siempre veía. Los productores necesitaban licencias. Las discográficas trabajaban con presupuestos que venían de instituciones públicas.
Las televisoras, Televisa, sobre todo, estaban íntimamente ligadas al poder político. Una mujer que quería trabajar en ese sistema necesitaba en algún momento y de alguna manera que ese sistema la dejara existir. Irma lo sabía mejor que nadie. Lo había vivido desde los 17 años, desde casas alemán, desde el estudio de Rivera.
Sabía que el acceso tiene un precio y que ese precio no siempre se negocia en términos iguales. Lo que la hacía diferente no era que no pagara ese precio, era que lo pagaba sabiendo exactamente lo que pagaba y que nunca fingió que no lo estaba pagando. esa honestidad, [música] esa negativa, a actuar como si las reglas del juego fueran otras, es también parte de lo que la hizo peligrosa [música] cuando el sistema decidió que ya no la necesitaba.
Para entender cómo llegó Irma Serrano a Los Pinos, hay que entender primero quién era el hombre que vivía ahí. Gustavo Díaz Oordaz gobernó México de 1964 a 1970. En el sistema del PRI de esa época, el presidente no era solo el jefe del gobierno, era el centro de gravedad de todo. El empresario que quería hacer negocios, el artista que quería proyectos, el periodista que quería seguir trabajando.
Todos necesitaban de una manera u otra que el presidente o su entorno los dejara existir. El poder no era un aspecto de la vida pública mexicana, era su estructura completa. Y aquí es donde la historia se complica. Díaz Sordaz no era cualquier presidente, era el hombre del 68. El 68 mexicano tiene un peso particular en la historia del país porque fue el momento en que el sistema mostró con total claridad lo que era capaz de hacer para mantenerse.
El 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, el ejército mexicano disparó contra una manifestación de estudiantes. El número exacto de muertos nunca se estableció de manera oficial. Las investigaciones posteriores hablan de decenas, algunos testimonios hablan de más.
El responsable era el presidente, el mismo que al año siguiente se levantó ante el Congreso y dijo que asumía plena responsabilidad personal, ética, social, jurídica, política e histórica por los hechos. Lo dijo rodeado de aplausos en [música] un salón donde nadie iba a contradecirle. Fuera en el México real, esa frase sonó a lo que era, la confesión de un hombre que sabía que nadie podía hacerle nada.
Y esa cara tenía nombre, Díaz Oordaz, el mismo presidente que unos meses después inauguraría los Juegos Olímpicos ante el mundo como si la plaza de las tres culturas no hubiera existido. Y aún así, Irma empezó la relación con ese hombre en 1969, un año después de Tlatelolco. Ese peso estaba todavía fresco y ella no buscaba la comodidad, nunca la buscó.
Hay que detenerse un momento. En lo que significaba eso en el México de 1969. No era solo que Díaz Ordaz fuera el presidente y estuviera casado, era que era ese presidente, el del 68, el de Tlatelolco. En los círculos intelectuales y artísticos de Ciudad de México, los mismos en los que Irma se movía, los mismos que frecuentó desde los 14 años en casa de Rosario Castellanos, ese hombre era el enemigo, el símbolo de todo lo que estaba mal, el responsable de algo que no tenía nombre todavía, porque nadie se atrevía a nombrarlo completamente. Muchos de los
amigos y conocidos de Irma en ese mundo habrían tenido una opinión muy clara sobre la relación si hubieran sabido. Algunos la habrían rechazado, otros habrían intentado entenderla desde la lógica del acceso, del poder, de la supervivencia. Irma nunca explicó sus razones. No en el momento y tampoco después, cuando lo contó en sus libros, lo describió con esa franqueza suya que no pedía comprensión ni la ofrecía.
Lo conoció en una reunión. Descubrió que era más atractivo de lo que esperaba y empezó algo que duró casi 6 años. Sin más, sin disculpas, sin el ensayo moral que el mundo esperaba de una mujer que se acostaba con el presidente del 68. Lo conoció en una reunión de políticos. Irma lo recordaría décadas después en sus memorias con la franqueza sin filtros que la definió siempre.
Lo conocí en una de tantas reuniones de políticos. Aquel personaje era un don nadie, pero llegó a ser el gusano mayor para regir los destinos del país durante 6 años [música] descubrí que era más atractivo de lo que me imaginaba. No de su físico, del cual han hecho tantas bromas, sino por su intelecto.
Y empezó algo que duraría casi 6 años, algo que México no vería, pero que México sentiría. [música] La relación tenía reglas no escritas, pero muy claras. Discreción pública total. No apariciones juntos. No confirmaciones. Los rumores circulaban, pero ninguno de los dos lo confirmó mientras duró. Dentro de esa discreción, sin embargo, Irma vivió algo que describió siempre con una palabra que descoloca, paternal.
Encontré en él un amor muy paternal. Me consentía en todo lo que deseaba. [música] Me quería mucho y dejaba que mi bocota se abriera hasta donde yo quisiera. No me prohibió jamás decir nada. Se encontraban en dos casas que él le facilitó una. en Jardines del Pedregal, otra en las lomas, conversaciones largas, tardes de televisión, una intimidad construida en secreto que para Irma tenía una dimensión diferente a cualquiera de sus relaciones públicas.
Entre los regalos que él le dio, había uno que dice más sobre su relación con el poder que cualquier suma de dinero. La cama en la que habían dormido el emperador Maximiliano de Absburgo y la emperatriz Carlota, una pieza del patrimonio histórico del estado mexicano que hoy está detrás de un cordón de terciopelo en el castillo de Chapultepec para que los turistas la vean a distancia.
Díaz Oordaz se la regaló a Irma Serrano como si fuera suya para disponer porque en el México de ese momento prácticamente lo era. Piensa en ese regalo un momento. No le pertenecía a él personalmente, le pertenecía al estado que representaba y lo regaló de todas formas. Porque en ese sistema, cuando tenías todo el poder del Estado en tus manos, la distinción entre lo que era tuyo y lo que era del Estado tendía a difuminarse.
Irma la aceptó, la tuvo, la usó y cuando la contó en sus libros no lo contó como una denuncia, lo contó como lo que era, un hecho. Esa manera de contar, ni moralista ni cómplice, solo directa, es lo que hizo que sus memorias fueran incómodas de una manera particular. No te dejaban claro cómo sentirte [música] al respecto y eso también es ir más serrano.
No te facilitaba las cosas, te las complicaba. Lo que ocurrió en esas tardes del Pedregal y de las lomas durante 5 años es lo que más difícil resulta reconstruir. Irma lo insinúa en sus libros, pero no lo abre del todo. Hay frases que señalan sin decir, momentos que describen sin revelar.
Lo que sí queda claro es que había conversación real, que no era solo una relación de conveniencia o de poder, que Díaz Sordaz en ese espacio privado que la relación les daba, hablaba de cosas que no podía hablar en ningún otro sitio. un presidente de México en el año siguiente, Atlate Lolco, con el país enojado y la historia ya mirándole con ese peso que no iba a quitarse nunca, sentado en una casa del pedregal con una mujer que no tenía miedo de él y que no necesitaba fingir que todo estaba bien.
¿Qué se dice en esa situación? ¿Qué se confiesa? ¿Qué versión de los hechos construyes cuando por primera vez puedes construirla sin audiencia? No lo sabemos. Irma nunca lo dijo completamente, pero lo que dijo después la defensa pública, la versión de Oaxaca, la afirmación de que Echeverría era el responsable, sugiere que lo que escuchó en esas tardes se quedó grabado de una manera que ningún argumento histórico posterior pudo borrar.
Irma creyó lo que él le contó o eligió creerlo. La diferencia entre esas dos cosas es la pregunta que esta historia no puede responder del todo. 5 años. 5 años en los que México seguía viviendo con la rabia del 68 mientras Sirma veía a ese presidente desde un ángulo que nadie más tenía. El hombre que no podía mostrar debilidad en ningún otro espacio, la mostraba ahí.
Lo que le contó en esas tardes del Pedregal sobre el 68, sobre lo que realmente pasó sobre su propia versión de los hechos, se quedó dentro de Irma durante décadas, guardado, sin salir del todo. Y eso es lo que hace que todo lo que ocurrió después sea más difícil de leer de lo que parece.
Y en ese espacio, Díaz Ordaz habló. ¿De qué habló exactamente? Solo Irma lo supo, pero habló. Y lo que dijo lo que le contó sobre el 68, sobre lo que pasó, sobre su propia versión de los hechos, se quedó dentro de Irma durante décadas, guardado, sin salir del todo. Eso es otra clase de traición. Y Irma Serrano sabía exactamente la diferencia.
La relación terminó de la manera en que terminan las cosas que no tienen nombre oficial. De golpe, por presión externa, Guadalupe Borja, la esposa del presidente, la primera dama que había colapsado emocionalmente después del 68, sabía y cuando decidió actuar lo hizo a través del canal que tenía disponible.
Luis Echeverría, el secretario de Gobernación, el mismo Echeverría que años después sería señalado como corresponsable de la masacre del 68, el mismo que después sería presidente, el mismo que luego espiaría a Irma durante años. Lo que hizo Guadalupe Borja fue usar exactamente el mecanismo que el sistema siempre había puesto a disposición de quienes estaban cerca del poder, la presión informal que no deja rastro.
Ella no firmó ninguna orden, pero tenía acceso al secretario de Gobernación y ese acceso valía más que cualquier cargo. Irma lo describió después con precisión. De la noche a la mañana, todo lo que había funcionado dejó de funcionar sin explicaciones. Proyectos cinematográficos cancelados, contratos bloqueados, puertas que ya no se abrían [música] y Díaz Sordaz dejó de recibirla.
Irma encontró la manera de pelear de todas formas. Fue a Los Pinos. La noche que fue a Los Pinos la recordó muchas veces, siempre con los mismos detalles, como quien ha repasado una escena en la memoria hasta que cada elemento queda fijo y ya no cambia. Se puso un vestido folclórico de listones de colores. Alquiló un grupo de mariachis y fue firme. Irma, firme.
Me dije a mí misma para recuperar el valor que se me andaba queriendo huir. Esa frase revela algo que el escándalo tiende a ocultar. Irma tenía miedo, no suficiente para no ir, pero tenía miedo. Sabía exactamente a dónde iba y lo que estaba haciendo. No fue en un impulso ciego, fue con los ojos abiertos.
Y eso es lo que hace que esa noche no sea solo un escándalo, es una declaración de carácter. Les dijo a los guardias que iba a dar una serenata. [música] La dejaron pasar. Se situó debajo de la ventana del dormitorio de Guadalupe Borja el día de su cumpleaños. y los mariachis empezaron a tocar. La canción que cantó la había escrito ella misma para esa ocasión, una canción dirigida específicamente a la mujer que dormía al otro lado de esa ventana, la que había usado el poder del estado para cerrarle las puertas. Yo trataba a un casado,
[música] pero ya se me acabó. Esa frase sola no era una declaración de amor roto, era una acusación pública en la puerta de la residencia del presidente. En el México de esa época, la amante del poder era una figura que se esperaba callada, que aceptaba el final con discreción, [música] porque la discreción era el precio del acceso.
Irma fue ahí a destruir esa norma con una canción con Maríachis en la puerta de los pinos. Ese gesto tenía una elegancia extraña. Rompía todas las reglas, pero las rompía cantando. Entonces salió él. Gustavo Díaz Oordaz, el hombre que había ordenado disparar contra estudiantes, el hombre al que nadie en México se atrevía a contradecir, salió a decirle que se fuera, que la relación había terminado definitivamente, que por favor se fuera.
Y cuando terminó de hablar, cuando Irma entendió que era el final real, que no había vuelta atrás, que 5 años y la cama de la emperatriz Carlota habían llegado a eso, le dio la bofetada. Los lentes le volaron al presidente de la cara, los mariachis callaron y los soldados del Estado Mayor Presidencial hicieron lo que los soldados hacen cuando alguien agrede al presidente de México.
Cortar un cartucho, rifles listos apuntando a ella. En ese segundo, Irma Serrano estaba rodeada de militares armados en la entrada de Los Pinos. Acababa de pegarle al presidente del 68 y lo normal, lo que debería haber pasado, era que no saliera de ahí caminando. El presidente levantó la mano y les dijo que bajaran las armas.
Y Irma Serrano se fue con sus mariachis, sin que nadie la tocara, como si nada hubiera pasado. ¿Por qué no la detuvo? Hay respuestas. Ninguna sierra del todo. Según varios relatos, el golpe fue tan fuerte que le provocó un desprendimiento de retina. El presidente más poderoso de México regresó a Los Pinos esa noche con un daño físico causado por la bofetada de una cantante de ranchera y en ningún momento ordenó su detención.
Hay una versión que dice que después hubo comunicación telefónica entre los dos, una especie de reconciliación parcial antes del final definitivo. Irma no lo negó cuando se lo mencionaron. No lo confirmó del todo tampoco, solo dijo que el amorío terminó definitivamente, como terminan siempre las cosas que no tienen nombre oficial, en silencio, sin acta, sin testigos cómodos.
El hombre que no podía perder el control lo perdió esa noche y eligió que eso no saliera de Los Pinos. Irma lo contó años después en sus libros, sin que nadie le pidiera que lo hiciera, con el título A calzón amarrado, como si quisiera que la frase misma fuera una declaración de intenciones. Lo contó con todos los detalles, los lentes, los mariachis, los rifles, la mano levantada y al contarlo, planteó también casi de paso algo sobre el 68 que nadie había dicho desde ese ángulo, algo que el gobierno no refutó.
y que Irma nunca desmintió. Eso viene después, pero antes hay algo más que esta historia necesita contar para que el cuadro quede completo. Después de Los Pinos, Irma siguió. Compró el teatro Virginia Fábregas en el centro histórico de Ciudad de México en 1973. lo remodeló, lo rebautizó como teatro frufru y lo convirtió en su espacio.
Las obras que empezó a producir ahí eran exactamente lo que el México conservador de esa época no estaba preparado para ver Naná o Calcuta, el pozo de la soledad. El pan la atacaba, los obispos protestaban, la prensa conservadora la llamaba obsena y el gobierno la espiaba. Esto no es una versión ni una sospecha, es un hecho documentado en papel en el Archivo General de la Nación.
Existe un expediente sobre Irma Serrano de 19 fojas, elaborado por la Dirección Federal de Seguridad, la DFS, el aparato de inteligencia política del gobierno mexicano. El espionaje empezó a mediados de los años 70 durante el gobierno de Luis Echeverría. El mismo Echeverría que como secretario de Gobernación había vetado su carrera por orden de la esposa del presidente, el mismo que ahora tenía todo el poder del Estado en sus manos.
El pretexto oficial [música] era el teatro, las obras que promovían la pornografía y el vicio, pero el expediente revela algo más. En el primer reporte, con fecha del 12 de agosto, aparece una referencia directa a la relación que Irma había tenido con Gustavo Díaz Ordaaz. Para entender por qué ese espionaje era tan significativo, hay que entender qué era la DFS.
No investigaba crímenes ordinarios. era el brazo político del poder. Que tuviera un expediente de 19 fojas sobre Irma significa que alguien la consideraba una amenaza suficientemente seria para dedicar recursos a seguirla. Y la amenaza no era el teatro, era simplemente alguien que sabía cosas y que no había prometido callarlas.
En el México del PRI eso era suficiente para merecer 19 fojas en el archivo de la DFS. [carraspeo] Echeverría espiaba a la mujer que había sido amante de su antecesor. Eso no es espionaje por unas obras de teatro, eso es control de daños. El expediente de 19 fojas de la AGN no es solo un documento administrativo, es el rastro de una decisión política concreta.
Alguien en el gobierno de Echeverría decidió que Irma Serrano valía el gasto de recursos del aparato de inteligencia del Estado. Eso no ocurre por inercia, ocurre porque alguien con suficiente autoridad para hacer esa llamada determinó que había un problema que vigilar. Y el problema no eran las obras de teatro. La DFS no gastaba 19 fojas en cantantes que hacían teatro erótico.
Gastaba esas fojas en personas que sabían cosas que podían ser inconvenientes. Lo que Irma sabía tenía tres dimensiones. Primera, la versión de Díaz Sordaz sobre el 68, que contradecía la narrativa que Echeverría necesitaba para su propio relato político. Segunda. Detalles de la vida privada del expresidente que podían usarse de maneras impredecibles.
Tercera y quizás la más importante, Irma era impredecible, no se podía controlar, no obedecía y no había prometido callarse. En el México del PRI, esa combinación era exactamente el tipo de cosa que justificaba 19 fojas en el archivo de la Dirección Federal de Seguridad. El mismo aparato que usaron para vigilar a periodistas, intelectuales y disidentes políticos lo usaron también para vigilar a una cantante de ranchera que había sido amante del presidente anterior.
Eso dice algo sobre Irma Serrano y dice algo sobre el México en el que vivía y esto es lo que cambia todo. En 1978, Irma publicó sus memorias. México las leyó con fascinación y con incomodidad. En esos libros contó el romance con Díaz Sordaz, [música] Los regalos. la cama de Carlota, la serenata, la bofetada y dijo algo sobre el 2 de octubre de 1968 que ningún historiador ha podido confirmar y que ninguno se atrevió a ignorar completamente.
dijo que Día Sordaz estaba con ella esa noche en Oaxaca, en un lugar tan apartado que no había teléfonos, que no podía haber dado ninguna orden y que la responsabilidad directa de lo que ocurrió enlatelolco era de Luis Echeverría. Del mismo Echeverría que como secretario de Gobernación había vetado su carrera del mismo que como presidente la espiaba.
Las investigaciones históricas posteriores concluyeron que Díaz Oordaz ordenó el operativo no solo Echeverría y sin embargo, Irma lo sostuvo sin retractarse hasta el final de su vida. ¿Por qué defendió al hombre que la había dejado ir después de que ella lo humilló en público? Hay dos lecturas posibles y ninguna cierra del todo.
La primera, que Díaz Oordaz le contó algo en esas tardes del Pedregal que la convenció de su versión, algo que escuchó de boca del protagonista en privado, sin protocolo y que Irma eligió creer. La segunda, que sabía la verdad y lo protegía. que después de 5 años [música] de la cama de Carlota, de la noche en que los rifles se levantaron y él los hizo bajar, había algo que le impedía ser la persona que terminara de hundirlo.
Lo que sí se sabe es que el gobierno no respondió. Si la versión de Irma fuera completamente falsa y fácilmente refutable, el gobierno hubiera tenido los medios para [música] hacerlo. No lo hizo. Y ese silencio oficial dejó la versión de Irma flotando durante décadas, [música] dándole un peso que la falta de confirmación no podía quitarle del todo.
La única testigo directa que habló y que nunca se retractó. Para entender por qué esa defensa importa, hay que entender qué estaba en juego en el México [música] de finales de los años 70, cuando Irma publicó sus memorias. Díaz Oordaz había muerto en 1979. Echeverría acababa de terminar su presidencia y era ya un personaje controvertido acusado por sectores de la izquierda [música] de también tener responsabilidad en el 68, acusado de otras cosas también.
La narrativa sobre Tlatelolco estaba todavía sin cerrar del todo. Las familias de las víctimas pedían verdad. Los historiadores recopilaban testimonios. El gobierno intentaba manejar una memoria que no terminaba de pacificarse. En ese contexto, Irma publicó una versión que señalaba directamente a Echeverría y absolvía parcialmente a Díaz Ordaz.
Era una versión que ningún historiador podía confirmar y que el gobierno no podía refutar sin abrir preguntas que tampoco quería abrir. El silencio oficial fue la única respuesta posible y ese silencio la dejó ahí [música] en el espacio público, sin confirmación y sin desmentido durante décadas. La versión de Irma Serrano sobre el 68 es una de las pocas que sobreviven sin resolución porque es la única que viene de alguien que afirma haber estado con el protagonista esa noche.
Y porque nadie pudo probar que no fuera verdad, [música] eso no la convierte en verdad, pero tampoco la convierte en mentira. Y Irma lo sabía. Por eso nunca se retractó. Porque en ese espacio entre la verdad y la mentira, sin prueba en ninguna dirección, su versión tenía la misma [música] autoridad que cualquier otra.
Hay algo más en esta historia que tiene que ver con lo que ocurre cuando el poder deja de protegerte. Algo que conecta todo lo que vino después con lo que Irma buscó durante toda su vida sin que nadie lo viera del todo. Eso viene ahora y es la parte más difícil de entender desde fuera. El único hombre que importó no fue el presidente.
En la vida pública de Irma Serrano hubo muchos hombres y México los siguió a todos con esa mezcla de escándalo y diversión que siempre reservó para ella. El gobernador con ambiciones presidenciales, el presidente del 68, el participante de Big Brother, 30 años más joven, el cantante con el que se casó mediante un rito indígena sin validez legal.
Todo eso construyó una imagen pública de mujer que iba de hombre en hombre. sin que ninguno le importara demasiado. Esa imagen era parcialmente verdad, pero era la parte que se veía desde fuera. Hay algo que los escándalos tienden a oscurecer, [música] que detrás de cada uno de ellos había una mujer que estaba buscando algo concreto.
Buscaba espacio, buscaba la posibilidad de existir completamente en un mundo que no estaba diseñado para eso. Cada relación con un hombre poderoso [música] fue, entre otras cosas, una manera de tener acceso a espacios que de otra manera no estaban disponibles. Eso no la hace víctima ni la hace heroína, la hace humana. Y lo que hace que su historia sea más difícil de juzgar de lo que parece.
[música] Y más interesante es que lo hizo con los ojos completamente abiertos. El cantante José Julián, compadre de Irma durante décadas, uno de los pocos que la conoció de verdad por dentro, reveló algo que cambia el orden de lo que parece conocerse de ella. El gran amor de la vida de Irma Serrano no fue el gobernador, no fue el presidente, fue Alejo Peralta.
Alejo Peralta [música] y Díaz Ceballos. Era un empresario poblano, dueño de industrias de telecomunicaciones y empresas diversas, uno de los hombres de negocios más sólidos del México de los años 70. No el poder político que se evapora al terminar un sexenio, el tipo de poder que se construye con trabajo y que permanece.
La relación fue en los años 70. No fue pública, no generó portadas, duró poco según todas las fuentes disponibles y sin embargo fue la que más importó. Irma lo dijo de la manera más directa posible. Creía que solo se puede amar de verdad a un solo hombre en la vida y que ese hombre había sido Alejo Peralta.
Fui fiel siempre, tranquila en el amor, dijo. Para quien conocía su historial, esa frase parecía imposible. Para quien la conocía de verdad tenía sentido perfecto, porque los otros no eran el amor, eran la vida que vivía alrededor del amor. [música] Hay algo en esa convicción que dice algo importante. Irma distinguía entre lo que era el amor y lo que era el resto.
El amor era quieto, interno, poco visible. Y cuando Alejo murió, algo de eso se fue con él. Algo que Irma no quiso dejar ir del todo. Todo eso es el mismo gesto. Alguien que no quiere cerrar una puerta que el mundo ya dio por cerrada. Alejo Peralta murió en 1997 e Irma guardó su esperma. Lo guardó en una clínica de Houston congelado durante 12 años.
Mientras ella seguía con su vida el teatro, la política, los escándalos que seguían llegando en una clínica de Houston, había algo que nadie veía. El esperma de Alejo Peralta. Esperando. Piensa en lo que significa guardar el esperma de alguien durante 12 años. Para mantenerlo ahí durante 12 años, hubo que tomar esa decisión activamente, renovarla, pagar por ese almacenamiento, llevar ese peso por dentro mientras la vida seguía hacia delante.
Durante 12 años, [música] Irma Serrano mantuvo esa puerta abierta. En 2003, Irma tenía 70 años. Alejo llevaba seis muerto y anunció que estaba embarazada. lo anunció en público con esa franqueza que para entonces era ya parte de su leyenda. Yo ya tengo un hombre en mi vida, en mi casa. Yo ya tengo un hombre que es el papá del hijo que llevo en la panza.
Apenas son cuatro semanas. Me gustaría un niño y una niña. Los médicos dijeron que era imposible. Irma insistió. Se negó a dejarse fotografiar de cuerpo entero para que su hijo no fuera objeto de burlas. Y entonces llegó la noche vieja de 2003. Irma estaba cenando con amigos en Houston cuando empezó a sentirse mal. Fuertes dolores, fue al baño, coágulos de sangre.
En enero de 2004 anunció que había perdido al bebé y dijo algo que dice más sobre ese dolor que cualquier declaración directa. culpó a la prensa. Dijo que las burlas, el escepticismo, la manera en que los medios se habían reído, habían matado a su hijo. Sabía que embarazarme era peligroso porque me lo advirtieron, pero me arriesgué y no se pudo. Años después lo desmintió todo.
Dijo que nunca había pasado, que había sido una puntada. ¿Qué mujer inventa un embarazo con el esperma congelado de un hombre muerto? o qué mujer necesita inventar algo así para procesar lo que ese hombre fue para ella. Irma Serrano nunca se casó, nunca tuvo hijos, lo hizo todo en sus propios términos en un México que no estaba hecho para mujeres que hacían todo en sus propios términos.
tuvo acceso al poder más alto del país, construyó un teatro y lo convirtió en su reino. Llegó al Senado, le pegó al presidente en su propia cara y a los 70 años, con el esperma congelado de un hombre muerto, intentó hacer lo único que todavía le faltaba, ser madre del hijo del único que importaba, no del gobernador, no del presidente, del único.
Eso es lo que Alejo Peralta fue para ella. Y eso es lo que el embarazo real o no, ocurrido o no, dice, ¿de quién era Irma Serrano por dentro? ¿Conoces a alguien así? Una mujer que pagó un precio que nadie vio del todo. Cuéntanoslo en los comentarios. En los años previos a que la demencia avanzara del todo, Irma vivió algo que en cualquier otra vida hubiera sido el escándalo definitivo.
Una mujer se acercó a ella haciéndose pasar por su sobrina. Se ganó su confianza y durante 3 años la maltrató. Me golpeaba en brazos y piernas, pero me cubría para que no se notara. Me encerraba en el cuarto para no dejarme ver a mi familia. Estuve en las patas del infierno, pero mi familia me salvó. La historia de esa [música] estafa tiene algo que resulta difícil de procesar.
La mujer más incómoda de México, la que le había pegado al presidente en su propia cara, fue controlada durante 3 años por alguien que se hizo pasar por alguien en quien confiaba. Eso dice algo sobre lo que pasa cuando el tiempo avanza y la guardia baja. Irma lo denunció. La mujer fue a la cárcel en 2016 y Irma habló de ello en televisión con esa franqueza que nunca la abandonó.
Eso también es Irma Serrano. No callaba las cosas que la hacían quedar mal. las contaba y Irma siguió como siempre había seguido. Pero lo que había pasado con esa mujer [música] dejó una marca que no era visible desde fuera y que con el tiempo se fue haciendo más clara. Irma había sido la persona más difícil de controlar del México del espectáculo durante cinco décadas.
Nadie le decía qué hacer, nadie la encerraba, nadie la manejaba. Eso era parte de lo que la hacía ser. ¿Quién era esa impermeabilidad al control que el poder había intentado ejercer sobre ella de distintas maneras y que siempre había fallado? Y entonces una mujer que se hizo pasar por su sobrina logró lo que el gobierno, los productores, los presidentes y los obispos no habían podido aislarla de su familia, controlar lo que veía y lo que comía, hacerla depender de alguien que no era quien decía ser. La misma Irma que había ido a
Los Pinos con mariachis, que había publicado sus memorias cuando el gobierno la espiaba, que había ocupado el Senado. Y dicho lo que pensaba, esa mujer estuvo 3 años en las manos de alguien que la golpeaba y la encerraba. Lo denunció cuando pudo. Habló de ello públicamente con la misma franqueza con que había hablado siempre de todo.
Y la mujer fue a la cárcel. Pero algo en Irma cambió después de eso, no de golpe, despacio, como cambian las cosas que no llegan de golpe. Pero algo ya estaba cambiando y esa vez no había manera de seguir de la misma manera. La demencia senil avanzaba despacio, de la manera en que avanzan las cosas que no llegan de golpe primero apenas perceptible, luego cada vez más presente, hasta que ya no es posible ignorarlo.

En algún momento, Irma tomó la última decisión grande y completamente consciente de su vida. pidió que nadie la viera mal. Ella siempre dijo que quería que la vieran bien, no mal. Eso fue lo que hicimos, cumplir sus deseos y cuidarla, dijo su sobrino Luis Felipe García, 13, casi 14 años. La familia la cuidó en privado en Chiapas, de vuelta a Comitán, donde todo había empezado.
La decisión de Irma de pedir que nadie la viera mal es una de las más reveladoras de toda su vida. No porque sea sorprendente, era completamente coherente con quien ella había sido siempre, sino porque muestra que incluso en ese momento, cuando la demencia ya avanzaba y la conciencia ya tenía límites que antes no tenía, Irma seguía siendo la persona que decidía cómo iba a ser vista.
había construido toda su vida una imagen, no en el sentido calculado del marketing, sino en el sentido más humano. Había elegido siempre cómo quería aparecer ante el mundo. Desnuda para Rivera a los 15 años porque no le daba miedo, con mariachis en Los Pinos porque se negaba a desaparecer sin hacer ruido, con el título A, calzón amarrado, porque la franqueza era su única forma de existir públicamente.
Y al final, cuando ya no podía controlar del todo lo que el mundo veía, eligió que el mundo no la viera. Su familia lo cumplió. La madre del sobrino Luis Felipe vivió con ella las 24 horas durante esos 13 años, sin filtraciones, sin fotos, sin que nadie supiera del todo cómo estaba. México, que había seguido cada escándalo de Irma Serrano durante cinco décadas, dejó de hablar de ella sin entender exactamente por qué había desaparecido.
[música] Algunos pensaron que era por elección, otros que estaba enferma. Nadie supo del todo. Esa fue la última victoria de Irma Serrano, desaparecer en sus propios términos. La mujer que posó desnuda para Diego Rivera a los 15 años, que fue amante de gobernadores y presidentes, que fue a Los Pinos con mariachis y le dio una bofetada al presidente del 68, que publicó sus memorias con el título A calzón amarrado, que guardó el esperma de un hombre muerto durante 12 años en Houston.
Esa mujer pidió al final que nadie la viera mientras se apagaba y su familia lo cumplió. En Comitán le gustaba pintar lo que se le ocurría. sin plan, sin tema. Inventaba canciones, escribía frases, se sentaba en la hamaca durante horas, sus bisnietos alrededor, la comida de Chiapas, el clima de Chiapas, las cosas simples que no había tenido tiempo de disfrutar porque se fue muy joven.
Irma dejó muchos legados en mucho tiempo y en los últimos años hizo lo que en muchos años no había hecho. Disfrutar su vida. Disfrutar su vida. Son tres palabras que en cualquier otro contexto serían una obviedad. En el contexto de Irma Serrano son casi una revelación porque la vida de Irma Serrano, desde los 14 años hasta bien entrados los 70, no fue una vida que se disfrutara en ese sentido quieto y sin [música] coste.
Fue una vida que se construyó, que se peleó, que se negoció, que se escandalizó. Una vida que siempre estaba mirando hacia el siguiente paso, la siguiente puerta, el siguiente espacio que todavía no era suyo y que quería que lo fuera. Los 5 años con día sordaz, la serenata en Los Pinos, el teatro Frufru, las obras que el gobierno espiaba, la política, el embarazo imposible a los 70, la estafa.
Cada una de esas cosas fue algo que Irma hizo activamente con un [música] coste mirando hacia delante. En la hamaca, en Comitán, no había hacia delante, solo el presente, la comida de Chiapas, el clima de Chiapas, los bisnietos, las canciones que inventaba y que nadie iba a grabar porque no importaba que alguien las grabara.
Las pinturas que hacía y que nadie iba a colgar en un museo porque no importaba que las colgaran. Las cosas que existen para el que las vive, no para el que las mira. Eso es lo que Irma Serrano encontró al final de su vida. El único espacio que nadie le había dado ni quitado nunca, el suyo propio, disfrutar su vida.
Una frase pequeña que dice algo enorme sobre lo que fue su vida hasta entonces. Una vida que no se disfrutó, que se construyó, que se peleó, que se escandalizó. Desde los 14 años en Comitán hasta los 70 con el esperma de Alejo en una clínica de Houston, siempre con algo pendiente, siempre con una puerta que empujar. La imagen de Irma en la hamaca en Comitán es el reverso exacto de la imagen de Irma en Los Pinos con Mariachis.
Las dos son la misma mujer. En ninguna de las dos está actuando para nadie más. En Los Pinos actuó para ella misma, [música] aunque el mundo lo vio. En Comitán vivió para ella misma, aunque el mundo no lo vio. Y al final, en la hamaca encontró algo que nunca había buscado directamente. Tiempo, solo eso, tiempo. Murió el 1 de marzo de 2023. Un infarto rápido.
Sus bisnietos alrededor. Sus cenizas fueron al teatro Fru Fru en Ciudad de México, el teatro que compró en 1973. que defendió hasta la cárcel, cuyo nombre aparece en el expediente de la DFS que el gobierno de Echeverría abrió sobre ella [música] y a su casa en Comitán, donde todo había empezado de vuelta al principio.
Aquella noche en Los Pinos, Irma Serrano estaba frente al presidente de México, rodeada de soldados armados, y se atrevió. levantó la mano y le pegó, y el hombre, que no podía perder el control, les dijo a sus soldados que bajaran los rifles. Eso no fue solo un gesto de clemencia, fue el reconocimiento, callado y sin testigos cómodos, de que esa mujer sabía demasiado, que lo que compartieron durante 5 años era más grande que el orgullo de un presidente, que dejarla ir era la única decisión que podía tomar sin que las consecuencias fueran peores.
La casa del hombre que no podía perder el control. Esa noche la perdió y la dejó ir sabiendo que no podía hacer otra cosa. La imagen de una mujer que dijo, “Esto soy.” Y lo sostuvo hasta la hamaca en Comitán. ¿Seguro que conociste a una mujer así? Cuéntanoslo en los comentarios y suscríbete porque hay más historias como esta que México no ha contado todavía. Yeah.