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Lilian de Bélgica: La Princesa que Provocó la Crisis que Derribó al Rey Leopoldo III

Hubo un momento en la historia de Bélgica en que un solo nombre de mujer fue suficiente para dividir a una nación entera, para hacer arder las calles de sus ciudades, para llevar a un rey a abandonar su trono. Ese nombre era Lilián. Y la historia que comenzó en un campo de golf junto al Mar del Norte terminaría con cuatro muertos, una abdicación histórica y una monarquía al borde del colapso total. Bienvenidos.

Hoy vamos a adentrarnos en uno de los escándalos reales más explosivos del siglo XX. Una historia que mezcla amor secreto, guerra, traición, rumores de incesto y la caída en desgracia de un rey. Antes de continuar, te pedimos que escribas en los comentarios el nombre de alguna figura histórica que, en tu opinión cambió el destino de un país por amor, porque esta historia te va a demostrar que ese poder es más real de lo que parece.

Para entender lo que Lilian Baels significó para Bélgica, primero hay que entender lo que Bélgica había perdido antes de que ella apareciera. En el año 1935, el reino vivía inmerso en un duelo colectivo. La reina Astrid, esposa del rey Leopoldo Io, había muerto en un accidente de automóvil en Suiza mientras su marido conducía el vehículo.

Tenía 29 años. Era joven, era bella, era quida con una devoción casi religiosa por el pueblo belga. Su muerte había convertido a Leopoldo en un viudo inconsolable y a Astrid en una santa laica, una figura de luz que el tiempo no ería más que agrandar en la memoria colectiva. Nadie, absolutamente nadie en Bélgica, estaba dispuesto a aceptar que alguien pudiera ocupar su lugar.

Nadie, claro está, hasta que apareció Lilian. Mary Lilian Baels nació el 28 de noviembre de 1916 en Hbury, Londres, hija de un prominente político flamenco llamado Henry Baels. Su padre era un hombre de ambiciones considerables, alguien que había sabido moverse con habilidad entre los corredores del poder belga hasta llegar a ser nombrado gobernador de Flandes occidental por el propio rey Leopoldo I en 1936.

La familia Baels pertenecía a esa burguesía ilustrada que aspiraba a rozar la grandeza sin terminar de alcanzarla. Y Lilián, con su educación refinada, su dominio de varios idiomas y su físico que algunos periodistas de la época compararían con el de una estrella de cine, era la joya más brillante de ese linaje.

Pero nadie, ni la propia Lilián podía imaginar hasta dónde la llevaría el destino. El primer encuentro entre Lilián y el rey Leopoldo II tuvo lugar, según los cronistas de la época, en las inmediaciones del campo de golf de Nocles Sou, una elegante localidad balnearia de la costa flamenca. Era el año 1938. Él era un monarca viudo de 47 años, todavía devastado por la pérdida de Astrid, todavía cardando con el peso de un país que miraba con ansiedad hacia el horizonte europeo, donde los truenos de la guerra comenzaban a sonar.

Ella era una mujer de 21 años con esa combinación de gracia natural y determinación silenciosa que pocos sabían resistir. Se encontraron entre golpe y golpe de club, entre conversaciones aparentemente casuales sobre el viento y la hierba, y algo en ese aire salado de la costa flamenca comenzó a cambiar para los dos, aunque todavía ninguno de los dos podía saber el precio que pagarían por ello.

La relación entre Leopoldo y Lilián creció con una lentitud calculada, casi prudente, como si ambos supieran instintivamente que el mundo los observaba y que cualquier movimiento en falso podría destruirlo todo antes de que comenzara. Las visitas al palacio de Laken, residencia oficial de la familia real belga, se fueron haciendo más frecuentes, más largas, más íntimas.

La reina madre Elizabeth, suegra Leopoldo y una mujer de carácter excepcional, fue quien allanó ese camino con una discreción que rayaba en la conspiración afectuosa. Vi Lilian algo que el rey necesitaba, algo que ella misma no podía darle y decidió con esa determinación tranquila que caracterizaba a las grandes matriarcas de las casas reales europeas, hacer todo lo posible para que ese amor prosperara.

El mundo exterior, sin embargo, no esperaba. El primero de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia. Dos días después, Francia y el Reino Unido declararon la guerra al tercer ray. Bélgica, pequeña, atrapada entre gigantes, declaró su neutralidad y rezó para que la historia la ignorara. Pero la historia nunca ignora a los pequeños cuando están en el camino de los poderosos.

El 10 de mayo de 1940, las tropas alemanas cruzaron la frontera Belda. El país que había sobrevivido con su neutralidad declarada durante la gran guerra, ahora veía como esa misma neutralidad no valía absolutamente nada frente a las divisiones blindadas de Hitler. El rey Leopoldo II tomó entonces la decisión que marcaría para siempre su reinado y su reputación.

asumió el mando personal del ejército belga y el 28 de mayo de 1940, tras 18 días de una resistencia desesperada, firmó la capitulación incondicional ante Alemania. Su gobierno, encabezado por Hilbert Pierlott negó a reconocer esa rendición como legítima y huyó al exilio, primero a Francia y luego a Londres, desde donde continuó la guerra junto a los aliados.

Leopoldo, en cambio, decidió permanecer en Bélgica. Su argumento era que un rey no podía abandonar a su pueblo en el momento más oscuro, que su deber era estar presente, que él era el escudo humano de sus súbditos frente al ocupante. Sus críticos, que serían muchos, argumentarían exactamente lo contrario. Fue en ese contexto de derrota, humillación y ocupación cuando el romance con Lilian dio el salto definitivo hacia algo más serio, más permanente, más peligroso.

En mayo de 1940, Lilian y su padre, el gobernador Henry Bales, acudieron al Palacio de Laken a una audiencia con el rey. El motivo oficial de esa visita era pedir el perdón real para Henry Bells, quien había sido acusado de abandonar su puesto durante la invasión alemana. Pero lo que comenzó como una petición de clemencia terminó siendo algo mucho más poderoso.

El rey, que vivía en lo que era técnicamente un arresto domiciliario bajo supervisión nazi, encontró en esos encuentros con Lilian el único refugio emocional que el mundo le dejaba. Y Lilian, consciente o no de las consecuencias, encontró algo igualmente irresistible en aquel rey prisionero, solemne y roto. El palacio de Laken durante la ocupación alemana era una jaula de oro.

Leopoldo podía pasear por sus jardines, podía recibir visitas controladas, podía leer y escribir y pensar, pero no podía gobernar, no podía decidir, no podía ser rey en ningún sentido real de la palabra. Los alemanes lo mantenían ahí como una pieza útil del tablero, un monarca fantasma cuya sola presencia daba al régimen de ocupación una apariencia de continuidad institucional, de normalidad impuesta.

Y fue en ese encierro sofocante donde el amor entre Leopoldo y Lilian alcanzó su punto de no retorno. En julio de 1941, mientras gran parte de Europa ardía y los ejércitos se despedazaban entre sí, desde el norte de África hasta las estas soviéticas, el rey Leopoldo I le pidió a Lilian Bells que se casara con él.

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