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Emperatriz Zita: La Última Emperatriz Que Vivió 67 Años Vestida de Negro

Una mujer se vistió de negro a los 29 años y no se volvió a quitar ese luto nunca más. Murió a los 96, 67 años, vestida de negro, 67 años de viudez por un solo hombre. Ese hombre había sido emperador, el último de una dinastía que gobernó buena parte de Europa durante más de seis siglos. Y ella había sido emperatriz de 50 millones de personas, reina de Hungría, soberana de uno de los imperios más grandes que existieron sobre la tierra.

Pero cuando él murió, ella lo perdió todo, el trono, el país, la fortuna, la patria. Y se quedó sola con siete hijos pequeños, embarazada del octavo sin un centavo, en una isla perdida en medio del océano. Esta es la historia de una mujer a la que el mundo coronó y después olvidó.

Una mujer que pasó casi 70 años en el exilio esperando un imperio que ya no existía. y que al final de todo regresó a la misma ciudad que la había expulsado para que la enterraran como lo que ella siempre creyó que era. Primero de abril de 1989, Viena, Austria. Son las 3 de la tarde. Llueve sobre la ciudad, truena. 20,000 personas llenan las calles del centro histórico, paradas bajo la lluvia en silencio.

Algunos son ancianos que recuerdan haberla visto de joven cuando todavía era su emperatriz. Otros vinieron solo para ver con sus propios ojos el final de una época. Por las calles angostas avanza un carruaje tirado por seis caballos negros. Es el mismo carruaje que 73 años atrás había llevado el ataúdador, Francisco José, el último funeral imperial que Viena había visto hasta ese día.

Dentro de ese carruaje va el cuerpo de una mujer de 96 años. Durante dos días enteros, 200,000 personas desfilaron frente a su féretro en la catedral de San Esteban. Le rendieron honores con 21 cañonazos, los mismos que se reservan para los jefes de estado. Y hay un detalle que casi nadie entre la multitud conoce todavía. La misa por su alma acaba de empezar exactamente a las 3 de la tarde, ni un minuto antes ni un minuto después.

Porque a esa misma hora, 67 años atrás, en una isla, a miles de kilómetros de allí, había muerto el hombre por el que ella vistió de negro durante toda su vida. El cortejo llega por fin a la iglesia de los capuchinos. Debajo de esa iglesia está la cripta imperial, donde duermen los Habsburgos desde hace casi cuatro siglos. Y aquí pasa algo que no se veía en Viena desde hacía décadas.

Una ceremonia antigua, casi medieval. El maestro de ceremonias golpea la puerta de la cripta una vez, dos veces, tres veces. Desde adentro una voz pregunta, ¿quién pide entrar? Y afuera el heraldo empieza a recitar todos los títulos de la difunta emperatriz de Austria, reina de Hungría, de Bohemia, de Dalmacia, de Croacia.

una lista interminable de coronas y de reinos que ya ni siquiera existían. Desde adentro la voz responde con tres palabras, no la conocemos. Golpean otra vez. La voz vuelve a preguntar, ¿quién pide entrar? Y esta vez el heraldo responde solo con su nombre humano, cita, una mujer mortal y pecadora. Y entonces, recién entonces, la puerta de la cripta se abre, porque ante la muerte, según esta vieja tradición de los Absburgo, no entran los títulos, no entran las coronas ni los imperios, entra solamente el ser humano desnudo de toda gloria. Y esa es quizás

la lección más exacta de toda su vida, porque Cita lo tuvo absolutamente todo y lo perdió absolutamente todo. Y aún así, hasta el último día, jamás dejó de creer que seguía siendo emperatriz. Pero para entender cómo una mujer termina vestida de negro durante 67 años, hay que rebobinar la cinta casi un siglo atrás, hasta una villa entre los olivos de Italia, donde un día de primavera nació la hija número 17 de un rey sin reino.

9 de mayo de 1892, villa del Yepianore en la Toscana en Italia. Counter en mí una casa enorme rodeada de jardines cerca del mar. Ese día nace una niña. Le ponen un nombre larguísimo, lleno de santos y de antepasados reales. Pero el mundo entero la conocerá algún día por una sola palabra. Cita.

Es la 1a hija de su padre. Escuchaste bien. La hija número 17. Porque su padre, el duque Roberto de Parma, tuvo 24 hijos en total de dos matrimonios. 24 hijos. Oh, oh, pero hay algo extraño en esta familia tan numerosa y tan noble, algo que marca cita desde el primer día de su vida. Su padre es un duque, un príncipe de sangre.

desciende directamente de los reyes de Francia, de la antigua casa de los Borbones, y sin embargo no gobierna absolutamente nada porque años antes de que Cita naciera, el pequeño ducado de Parma había sido borrado del mapa. Italia se estaba unificando y los reinos minúsculos como el de su padre simplemente desaparecieron, tragados por la historia.

El duque Roberto perdió su trono siendo apenas un niño, así que Zita crece dentro de una contradicción profunda. Por un lado, vive como una princesa de verdad. castillos en Italia, en Austria, en Francia, sirvientes, institutrices, idiomas, una infancia de lujo absoluto. Pero por el otro lado, su familia es una familia de reyes destronados, de gente que tuvo coronas y las perdió.

En su casa se respira esa nostalgia silenciosa, la idea de que el poder siempre es prestado, de que puede desaparecer de un día para el otro sin avisar. Esa idea va a acompañarla durante toda su vida, aunque ella todavía no lo sabe. La infancia de Zita está marcada por dos cosas por encima de todo, la fe y la disciplina.

Su madre es una mujer profundamente católica, casi austera. En esa casa se reza todos los días, se ayuna, se habla de Dios, como se habla del aire que se respira. Varias de las hermanas de Zita terminarán siendo monjas, encerradas en conventos por voluntad propia. Asita no la educan para ser feliz, la educan para cumplir con su deber.

Esa es la palabra que va a definirla deber. Cuando todavía es una niña, la mandan a estudiar lejos de casa. Primero a un colegio de monjas en una isla del sur de Inglaterra. Después a un convento en Baviera, en Alemania. Aprende a hablar varios idiomas con fluidez. Aprende historia, religión, modales de corte. Aprende a controlar sus emociones, a no quejarse jamás, a mantener la espalda recta, pase lo que pase, y aprende sobre todo una lección que parece sacada de otro siglo, que una mujer de su rango no le pertenece a sí misma, le pertenece a su familia, a su

fe y llegado el momento, a la dinastía con la que la casen. Fácil desde nuestra época sentir lástima por esa niña, pero sería un error porque Sita no se siente prisionera de esa educación, al contrario, la absorbe, la hace suya. Esa disciplina de hierro va a ser décadas después.

Lo único que la mantenga de pie cuando todo lo demás se derrumbe a su alrededor. En esos años de convento, Cita aprende a vivir con poco. Las celdas son austeras. Las jornadas empiezan antes del amanecer. Con la oración hace frío en invierno y nadie se queja. Para una niña de sangre real podría haber sido un castigo. Parasita, fue una escuela.

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