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Reina Alia de Jordania: El Rey la Esperó… Pero Nunca Regresó

El 9 de febrero de 1977, el rey Hussein de Jordania esperaba en la pista del aeropuerto de Amán. Miraba el cielo. Una tormenta brutal sacudía las montañas. La lluvia caía de lado. El viento aullaba entre los edificios. Pero él esperaba porque en algún lugar de ese cielo negro venía el helicóptero que traía de regreso a la mujer que amaba, su esposa, su reina.

La madre de sus hijos. Alía regresaba de visitar un hospital en el sur del país, como hacía siempre, sin avisar, sin protocolo, simplemente para ver con sus propios ojos cómo trataban a su gente. El rey miró el reloj, miró el cielo otra vez. El helicóptero debía haber aterrizado. Ya pasaron los minutos, pasó media hora y entonces en la radio militar una voz quebrada pronunció las palabras que partirían su vida en dos para siempre.

El helicóptero nunca llegó. Alia Tucukan tenía 28 años. Llevaba apenas 4 años como reina de Jordania. Era hermosa, moderna, valiente, una mujer que manejaba carros deportivos, que andaba en moto, que peleaba por los derechos de las mujeres en un país que todavía no estaba listo para ella. Y esa tarde de tormenta, mientras el hombre más poderoso del reino la esperaba con el corazón lleno de amor, el destino decidió que esa espera no tendría final.

Esta es la historia de la reina que voló demasiado alto y demasiado pronto. La historia de un amor que el cielo interrumpió en mitad de una frase, la historia verdadera de ala de Jordania. Y es mucho más que la crónica de una tragedia. Porque antes de ese helicóptero, antes de esa tormenta, hubo una vida entera que merece ser contada.

Una vida tan intensa, tan luminosa, tan llena de coraje, que parece imposible que cupiera en apenas 28 años. Para entender quién fue Alia, hay que viajar muy lejos del desierto de Jordania. Hay que viajar hasta El Cairo, Egipto. El 25 de diciembre de 1948, el día de Navidad. Mientras el mundo cristiano celebraba el nacimiento de un niño en Belén, en una casa elegante de la capital egipcia, nacía una niña que llevaría el nombre de Alia Bahaá, el Din Tucan.

Nadie en esa habitación podía imaginar que aquella recién nacida llegaría a ser reina. Nadie podía imaginar tampoco lo breve y lo brillante que sería su paso por el mundo. Era una niña de Navidad, nacida bajo las estrellas de invierno, en un mundo árabe que apenas comenzaba a sacudirse el polvo de siglos de imperios y colonias. El año de su nacimiento no fue un año cualquiera.

1948 fue el año en que el mapa de Oriente Medio se redibujó con sangre y con dolor. Fue el año de la creación del Estado de Israel y del éxodo de cientos de miles de palestinos que perdieron sus hogares, sus tierras, su mundo entero. La familia de Alia, los Tkan eran palestinos. Y aunque la posición privilegiada del Padre los protegió de lo peor de aquella catástrofe, la herida de Palestina quedaría grabada en el alma de Alia desde el primer día de su vida.

Nacer Palestina en 1948 era nacer con una pérdida en la sangre, con una nostalgia heredada de una tierra que el mundo le estaba arrebatando a su pueblo. Los Tucán no eran una familia cualquiera, eran una de las familias palestinas más prominentes y respetadas de la ciudad de Naplusa en Sis Jordania. Un linaje de intelectuales, poetas, comerciantes y políticos que se remontaba siglos atrás.

El apellido Tucan abría puertas en todo el mundo árabe, significaba cultura, significaba dignidad, significaba una historia profunda enraizada en una tierra que para los años 40 ya estaba siendo desgarrada por el conflicto. De esa familia habían salido poetas célebres como Ibrahim Tucan y mujeres pioneras de las letras árabes como Fadua Tucan, considerada una de las grandes voces de la poesía palestina.

Llevar ese apellido era llevar una herencia de palabra, de pensamiento y de resistencia. El padre de Alia, Bahael Din Tan, era un diplomático extraordinario, un hombre culto, refinado, que hablaba varios idiomas y se movía con la misma soltura en los salones de Londres que en los despachos de Oriente Medio. Sirvió al rey Abdul Primera de Jordania, el fundador de la dinastía Hemi.

Ayudó a redactar la Constitución Jordana y se convirtió en el primer embajador de Jordania ante las Naciones Unidas. Además de representar al reino en Londres, en Roma, en Turquía y en Egipto, era en todos los sentidos un hombre del mundo, un hombre que conocía a reyes, a presidentes, a primeros ministros, y su hija heredaría esa misma cualidad cosmopolita que la haría tan diferente, tan moderna, tan imposible de encasillar.

La madre de Alia, Hanan Hashim, completaba ese cuadro de elegancia y distinción. La familia se había establecido en Essalt, una ciudad de colinas cerca de Amán. Pero la realidad del trabajo diplomático del padre significaba que la pequeña alia casi nunca estaba en un solo lugar. Su infancia fue literalmente un mapa del mundo.

Las maletas siempre listas, los baúles a medio hacer, las despedidas constantes. Esa fue la banda sonora de los primeros años de Alia, el ruido de las maletas, el sonido de los trenes y los aviones, el murmullo de idiomas que cambiaban según el país. Imaginen lo que es crecer así. Imaginen a una niña que aprende a caminar en una ciudad, a leer en otra, a montar en bicicleta en una tercera.

Alia vivió en Egipto, en Turquía, en Londres, en Estados Unidos, en Roma. Cada pocos años una nueva ciudad, un nuevo idioma, una nueva escuela, nuevos amigos que dejaría atrás. Para algunos niños esa vida sería un desarraigo doloroso, una herida que nunca cierra. para Alia. En cambio, se convirtió en una fuente de fortaleza. Aprendió a adaptarse a cualquier ambiente.

Aprendió a conversar con cualquier persona, fuera un príncipe o un portero. Aprendió que el mundo era grande y que ella podía habitarlo entero. Sin miedo, con curiosidad, con los brazos abiertos. Hay que entender además en qué clase de mundo crecía ala. El Oriente Medio de los años 50 y 60 era un polvorín.

Los imperios coloniales se retiraban dejando heridas abiertas. Nacían naciones nuevas con fronteras dibujadas a la fuerza. Egipto vivía la revolución de Ner. Palestina sangraba. Jordania, el pequeño reino Hemí, donde su familia tenía sus raíces y su lealtad, intentaba sobrevivir entre vecinos poderosos y enemigos por todos lados.

Crecer en ese mundo, ser testigo desde la cuna de tantos cambios violentos. le dio a Alia algo que pocas mujeres de su edad tenían, una conciencia política aguda, una comprensión profunda de que la historia no era algo que pasaba en los libros, sino algo que aplastaba vidas reales todos los días. Pero esa vida nómada también dejó algo más profundo en ella.

Una niña que cambia de país cada pocos años aprende sin que nadie se lo enseñe. Que las fronteras son inventos de los hombres. Aprende que un ser humano vale lo mismo en el Cairo que en Londres, en Roma que en Amán. Aprende a no juzgar por el origen, por la religión, por la clase social.

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