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Jean Harlow: Lo Tenía Todo… Hasta que su Cuerpo la Traicionó en Secreto

La película más taquillera de todo el año 1937 esconde un secreto que el público que llenó las salas jamás llegó a sospechar. En varias de sus escenas, la mujer rubia que aparece en la pantalla no es la estrella, es una doble. Está filmada de espaldas o con un sombrero de ala ancha que le cubre el rostro o con la cabeza girada hacia una ventana para que nunca se le vea la cara.

Porque cuando esas escenas se rodaron, la actriz más deseada del planeta ya estaba muerta. Tenía 26 años. Se llamaba Jean Harl y antes de morir fue, sin discusión, la mujer más copiada, más imitada y más deseada de su época. Inventó un color de pelo que el mundo entero quiso tener. Inventó una manera de caminar, de hablar, de mirar a la cámara que millones de mujeres practicaron frente al espejo.

Los hombres pegaban su foto en las paredes. Las mujeres se teñían el cabello para parecerse a ella. Hollywood la convirtió en un símbolo, en una máquina de hacer dinero, en una diosa de carne y celuloide. Y mientras tanto, su propio cuerpo la estaba matando por dentro. en silencio desde hacía años. Esta es la historia de cómo la mujer que encendió a toda una generación se consumió frente a las cámaras lentamente, sin que nadie a su alrededor entendiera lo que estaba pasando.

Una historia de gloria absoluta y de una caída tan rápida que el mundo tardó en creerla. una historia con un matrimonio que terminó en un cadáver y una nota imposible de descifrar, con una madre que la amó tanto que casi la asfixia y con un final rodeado de tantos rumores que casi 100 años después la gente todavía discute qué fue lo que realmente la mató. Mayo de 1937.

Un estudio de cine en Los Ángeles. Los focos están encendidos. Hace calor bajo las luces. Ese calor pesado de los plató que hace sudar a todos. Clark Gable está en su marca esperando. El director espera, el equipo entero espera. Y Jean Harl, la estrella, la razón por la que esta película existe, intenta sostenerse de pie para rodar una escena más.

Pero algo está mal, lo notan todos sin decirlo. Está hinchada, tiene la piel de un color extraño, grisácio bajo el maquillaje. Le cuesta concentrarse, le cuesta incluso mantenerse derecha. Llevan semanas viéndola enfermarse y recuperarse. Enfermarse y recuperarse. Pero esta vez es distinto. Esta vez su cuerpo deja de obedecerle por completo.

Se tambalea, pierde las fuerzas. Y según contarían después los que estaban ahí, es Clark Gable, su viejo amigo, su compañero de tantas películas, quien la sostiene antes de que caiga. Ella, muy débil, le pide en voz baja que la lleven a su camerino. La sacan del set con cuidado, casi en brazos.

El rodaje se detiene. Nadie en ese plató lo sabe todavía, pero acaban de presenciar el final de algo. Jean Harlá a pararse frente a una cámara nunca más. Le quedan apenas unos días de vida y la película que están filmando tendrá que terminarse sin ella. Pero para entender cómo se llega a ese plató, a esa doble filmada de espaldas, a ese ataúd cubierto de gardenias, hay que volver atrás, muy atrás, hasta una casa de Kansas City, en el corazón de los Estados Unidos, donde una niña que ni siquiera se llamaba Jean estaba a punto

de nacer dentro de un destino que su madre ya había decidido por ella. Es el 3 de marzo de 1911. En una casa de la calle Olive en Kansas City, Missouri, nace una niña. La llaman Harlean. Harlean Carpenter. Su padre Montclair Carpenter. Es dentista, un hombre tranquilo, trabajador. De pocas palabras.

Su madre es otra cosa completamente distinta. Su madre es ambición pura. y su madre se llama justamente Jean Harl. Quédate con ese detalle porque es la clave de toda esta historia. El nombre que el mundo entero idolatraría no fue el nombre de la actriz, fue el nombre de su madre. La hija durante años no fue más que la prolongación del sueño que su madre nunca pudo cumplir.

La madre a la que en la familia llamaban simplemente mamá Jean, había querido ser actriz. Lo había deseado con todas sus fuerzas, pero se casó joven, tuvo a la niña y vio como su propia oportunidad se cerraba para siempre. Ese deseo no desapareció, solo cambió de dueña. Se volcó entero, sin filtro, sobre la única hija.

Desde muy pequeña, Harlen fue criada para ser hermosa, para ser observada, para brillar. Era una niña de salud frágil, mimada hasta el extremo, vestida como una muñeca a la que su madre miraba como quien mira un proyecto de vida. Cuando Harlean tenía apenas 11 años, sus padres se divorciaron y aquí ocurre algo que marca el resto de su historia.

La niña se queda con la madre. El padre, el hombre tranquilo, queda atrás, casi borrado del cuadro. A partir de ese momento, mamá Jan tiene a su hija para ella sola y empieza un viaje que en el fondo nunca terminaría, el viaje de una madre arrastrando a su hija hacia la fama que ella misma había soñado. Primero, un internado caro.

Luego Hollywood la madre se mudó hasta allá persiguiendo su propio sueño de cine con la niña a cuestas, después otra ciudad y otra. La pequeña Harlen creció en hoteles, en mudanzas, en escuelas que cambiaban cada poco tiempo, sin un lugar fijo al que llamar casa. Lo único estable en su vida era la presencia de su madre, una presencia enorme, una presencia que lo ocupaba todo y entró un hombre nuevo en escena.

Mamá Jean se volvió a casar con un tipo llamado Marino Bello, un personaje encantador y oscuro a partes iguales, de esos que siempre tienen un negocio entre manos y nunca tienen dinero. Bello no era exactamente un padre para la niña, era más bien un socio del proyecto, porque para entonces ya estaba claro para todos los adultos de esa familia qué iba a hacer Harley cuando creciera, iba a ser su fortuna.

A los 16 años, Harlin hizo lo único que una adolescente puede hacer para escapar de una madre que lo controla todo. Se enamoró y se casó. El elegido era un joven heredero rico llamado Charles McGrew. Tenía dinero, tenía libertad y le ofrecía algo que ella no había tenido nunca, una vida lejos de mamá Jean. Se mudaron a Los Ángeles.

Por primera vez, Harley tuvo su propia casa, su propio carro, su propia rutina. Por primera vez fue simplemente una joven esposa. Pudo haber terminado ahí. Pudo haber sido una vida tranquila, anónima, olvidada, una mujer de la que nadie sabría nada hoy. Pero el destino, o mejor dicho, una apuesta entre amigas tenía otros planes.

Un día, Harley llevó a una amiga actriz a los estudios. Mientras esperaba en el carro, unos ejecutivos la vieron. Una mujer así no pasaba desapercibida ni un segundo. Le insistieron para que se presentara a un casting. Ella se rió. Dijo que no le interesaba el cine, pero las amigas la retaron medio en broma, que no se atrevía.

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