La política es, frecuentemente, el escenario donde los principios se encuentran con la conveniencia, y pocos casos ilustran este fenómeno con tanta claridad como la reciente trayectoria del abogado Abelardo de la Espriella. Lo que para algunos es un ejercicio de madurez política, para otros —especialmente para críticos como Levy Rincón— representa un compendio de inconsistencias que desnudan una ambición desmedida, dispuesta a sacrificar la autenticidad en el altar de la búsqueda de votos.
Durante años, De la Espriella construyó una marca personal basada en la exclusividad, el lujo y una postura distante hacia las dinámicas tradicionales del ejercicio político. “Yo tengo vida de rey, ¿para qué quiero vida de presidente?”, solía repetir, jactándose de una cotidianidad espectacular que contrastaba con lo que él mismo denominaba un “tierrero” al referirse a Colombia. Sin embargo, las vueltas de la política han transformado ese discurso en un ejercicio de malabarismo retórico donde
las convicciones previas han sido reemplazadas por la necesidad de ser electo.

El “Me Toca”: La Justificación de lo Inevitable
Quizás el giro más significativo en el discurso del candidato es su explicación sobre por qué ha decidido buscar la presidencia, a pesar de haber afirmado repetidamente que no le interesaba. Su comparación ha sido, cuanto menos, desconcertante: comparó la aspiración presidencial con la obligación de un niño de asistir al colegio. “¿A ti te gusta ir al colegio? Pero te toca. Bueno, a mí también. Yo no quiero, pero me toca”.
Esta narrativa de “sacrificio” ha sido duramente criticada por analistas que consideran que el poder no es una carga que se asume por obligación, sino un servicio público que se busca por vocación. La idea de que a un candidato “le toca” gobernar sugiere una desconexión profunda con la realidad del país y una visión aristocrática de la gestión pública, donde el liderazgo es visto como una imposición del destino y no como una propuesta programática para resolver las necesidades de los ciudadanos.
Del Desdén a la Estrategia: El caso del fútbol y el sancocho
Uno de los aspectos más cuestionados por Levy Rincón es la forma en que De la Espriella ha adoptado conductas que él mismo ridiculizó en el pasado. El abogado, que en entrevistas confesó “detestar” el fútbol y nunca haber asistido a un estadio, ahora aparece enfundado en la camiseta del Junior de Barranquilla, celebrando victorias y tratando de conectar con la fanaticada.
La misma lógica se aplica a su comportamiento en los mercados populares. En el pasado, De la Espriella fue un crítico feroz de los políticos que, según él, comían zancocho o visitaban mercados para simular cercanía con el pueblo. “La gente lleva a los candidatos a hacer tonterías para agradarle a todo el mundo. La gente tiene que sacudirse de esa huevonada”, sentenciaba. Hoy, sin embargo, su campaña lo muestra comiendo bocachico frito y elogiando la esencia de la gente en plazas de mercado, replicando exactamente las escenas que antes despreciaba.
Esta “conversión” plantea una pregunta fundamental para el electorado: ¿cuándo estamos ante un político auténtico y cuándo estamos ante una actuación diseñada por asesores de imagen?
Las contradicciones como bandera
La lista de contradicciones señalada por críticos es extensa:
La seguridad y las armas: Aunque es un ferviente defensor del porte legal de armas, confesó que le resulta desagradable vivir rodeado de ellas para su seguridad personal, dejando en evidencia la tensión entre su discurso público y su realidad privada.
El desprecio por la política: Criticó a políticos como Alejandro Gaviria por comer en plazas de mercado, pero hoy utiliza la misma estrategia para acercarse a los sectores populares.
La relación con el equipo de gobierno: Lanzó dardos contra aliados políticos, incluyendo a su vicepresidente, ridiculizando incluso las formas de hacer campaña, para luego terminar integrando un equipo que requiere de esas mismas estrategias.
¿Hacia dónde va la estrategia?
Para Levy Rincón, la estrategia de De la Espriella parece estar diseñada para captar votos de todos los sectores, incluso aquellos que antes despreciaba. Al final, como él mismo admitió en un momento de sinceridad, “es el mismo electorado el que lleva al político a decir huevonadas y mentiras”. Esta frase, aunque suena a una excusa, es también una confesión sobre la naturaleza de su campaña: una adaptación camaleónica a las exigencias de un electorado al que, irónicamente, parece no respetar profundamente.

El electorado colombiano se encuentra hoy ante un dilema. La política de las contradicciones no es nueva, pero el caso de De la Espriella destaca por la velocidad y la intensidad con la que ha desechado sus posturas anteriores. Si un candidato es capaz de cambiar de opinión sobre el fútbol, sobre la comida popular y sobre su propio deseo de ser presidente en cuestión de meses, cabe preguntarse qué otras posturas podrían cambiar una vez alcanzado el poder.
La reflexión final de Rincón es un golpe a la estructura de la campaña: “No quiere ser católico, pero le toca. No le gustan las mujeres, pero le toca estar con una”. La ironía subraya una sensación de falsedad que permea toda la aspiración. En la era de la información, donde cada video, declaración y entrevista queda grabada para la posteridad, la capacidad de los políticos para reescribir su propia historia se está volviendo cada vez más difícil. Al final, los ciudadanos deberán decidir si buscan un candidato que les diga lo que quieren oír o uno que sea auténtico con sus convicciones, aunque esas convicciones no sean las más populares.