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VICENTE FOX: El Oscuro PACTO con Marta Sahagún… La ATERRADORA verdad sobre los hermanos Bribiesca

La historia del embrujo que en México todavía se pronuncia con una mezcla de risa y escalofrío, el tótem, la sustancia, el brujo cubano y la pregunta que nadie ha podido cerrar completamente. el escándalo de las toallas, que fue apenas la cortina de humo de algo mucho más grande, una red de dinero y contratos que olía a saqueo desde el primer día, lo que ocurrió con océanografía, con Vamos México y con los Briviesca, los hijos de Marta y los miles de millones de pesos que circularon alrededor de sus nombres, sin

que nadie pudiera o quisiera detenerlo. y la traición final que llegó desde adentro, la carta de 19 páginas que Alfonso Durazo escribió en 2004 y que dijo en voz alta lo que todos los que estaban cerca ya sabían, pero no se atrevían a nombrar. Te voy a avisar cuando lleguemos a cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la última.

Y la última es la que responde la pregunta más cruel de toda esta historia. ¿Qué le queda a un hombre que tuvo la oportunidad más grande de la democracia mexicana en un siglo y la desperdició desde adentro de su propia casa? Escríbeme en los comentarios ahora mismo. ¿Dónde estabas tú el 2 de julio del año 2000? Cuando cayó el PRI, tu familia celebró, lloró, no creyó.

Solo una línea, porque esta historia no es solo la historia de un presidente que falló. Es la historia de lo que pasa cuando un país entero deposita su esperanza en un solo hombre y ese hombre no sabe qué hacer con ella. Y si crees que los presidentes que desperdiciaron las oportunidades más grandes de su país merecen que alguien cuente exactamente cómo lo hicieron y por qué, suscríbete ahora, porque aquí esa historia se cuenta sin los filtros que la historia oficial aplica para que los legados sean más cómodos de digerir. San Francisco

del Rincón, Guanajuato, 1942. Un país que todavía estaba aprendiendo a caminar después de la revolución. Un campo donde el polvo se pegaba a las botas y donde los hombres aprendían muy pronto una lección sencilla y brutal. Mandar era sobrevivir. Ahí nació Vicente Fox Quesada en una familia con tierra, con orden, con disciplina y con una idea muy clara de lo que significaba el poder.

No era un niño pobre ni un muchacho sin oportunidades, pero sí era alguien que desde muy temprano entendió el valor de la imagen y eso al final sería una de las semillas de su ruina,  porque Fox descubrió pronto algo que después explotaría como nadie en la política mexicana. La gente no solo vota por ideas, la gente vota por personajes, por símbolos, por hombres que parecen salidos de una película que promete rescate.

Alto, desgarbado, con esa voz áspera de ranchero, con botas, con modales bruscos y con el aire del hombre que no pide permiso, Vicente Fox empezó a construir una figura que parecía diseñada para un país cansado de los mismos apellidos, de los mismos trajes oscuros, de las mismas mentiras envueltas en discursos perfectos. En 1964 entró a Coca-Cola desde abajo.

Empezó desde posiciones menores aprendiendo rutas, ventas, logística, disciplina empresarial y subió. Vaya que subió. Con los años  se convirtió en uno de los hombres fuertes de la compañía en México y América Latina. Ese ascenso fue real. Ese talento existía. Sabía vender, sabía mandar, sabía convencer y más importante todavía.

sabía convertir su propia historia en una marca. El empresario eficiente, el hombre del campo, el ejecutivo moderno, el mexicano distinto. Antes de conquistar un país, Fox aprendió a venderse a sí mismo. Pero mientras su figura pública se hacía cada vez más sólida, su casa empezaba a llenarse de silencios. En 1969 se casó con Lilian de la Concha.

Parecían una pareja estable, respetable, correcta, el tipo de matrimonio que luce bien en las fotos y mejor todavía en campaña. Sin embargo, detrás de esa imagen  había una herida que nunca cerró del todo. No pudieron tener hijos biológicos. Adoptaron cuatro, Ana Cristina, Vicente, Paulina y Rodrigo.

Intentaron construir la familia completa que la vida les había negado por otro camino y por un tiempo funcionó. O al menos eso parecía desde afuera, porque hay hogares que no se rompen con un grito, se rompen con ausencias, con cenas vacías, con puertas cerradas, con viajes interminables, con la sensación de que el hombre que sombríe en las fotos ya no vive realmente ahí.

A medida que Fox se hundía más en sus ambiciones, primero empresariales y luego políticas, la familia fue dejando de ser refugio para convertirse en escenografía. Él seguía avanzando, seguía creciendo, seguía soñando con algo más grande, pero en el proceso empezó a vaciar el único lugar donde un hombre aprende quién es cuando nadie lo aplaude.

En 1990, el matrimonio se quebró. Después de 21 años, Lilian pidió el divorcio. Y aquí es donde empieza de verdad el abismo, porque esa separación no solo destruyó una relación, destruyó la ilusión que Fox tenía de sí mismo. El hombre fuerte, el hombre exitoso, el hombre destinado a salvar a México, no había podido salvar su propia casa.

Y para alguien obsesionado  con el control, con la imagen y con la idea de encarnar un destino histórico, eso no era una simple pérdida sentimental, era una humillación  íntima, una grieta, un vacío. Quizá tú también has visto algo así alguna vez. Personas que parecen invencibles en público y, sin embargo, toman sus peores decisiones justo cuando más miedo tienen de quedarse solas.

Eso fue lo que empezó a ocurrir con Vicente Fox, el empresario brillante, el gobernador de Guanajuato a partir de 1995, el hombre que se convertiría en presidente con niveles de aprobación que rozarían el 70%. Todo eso ya venía en camino, pero por debajo de ese ascenso había otra historia, una menos gloriosa, una mucho más peligrosa, la de un hombre que necesitaba reconstruir una familia perfecta para no derrumbarse por dentro.

Y esa necesidad fue exactamente la puerta que alguien estaba esperando cruzar. Marta Saagún no era una mujer cualquiera entrando al poder por accidente. Nació  el 10 de abril de 1953. Venía de una formación religiosa de disciplina, de apariencia correcta, de esa clase de imagen que tranquiliza a la gente, ordenada seria, eficiente, la clase de mujer que parece haber nacido para poner orden en una oficina y sonreír justo lo necesario frente a las cámaras.

Pero detrás de esa superficie había otra cosa, una ambición enorme, fría, paciente. Ambición de estar cerca del poder, sí, pero no como acompañante, como dueña de la puerta, como la mano que decide quién entra y quién cae. Cuando Fox la incorporó a su círculo más íntimo como portavoz, ella entendió algo antes que todos los demás.

entendió que el hombre que había derrotado a un sistema entero también era un hombre emocionalmente quebrado. Lo que el país veía como fuerza, ella lo vio como necesidad. Lo que México llamaba carácter, ella lo reconoció como vacío.  Y ahí empezó todo. Porque un hombre que quiere salvar una nación puede parecer invencible, pero un hombre que no soporta quedarse solo es otra historia.

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