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UNA LIMPIADORA ATENDIÓ UNA LLAMADA EN HOLANDÉS FRENTE A UN MILLONARIO… AL DÍA SIGUIENTE, LA MANDARO

Una limpiadora atendió una llamada en holandés frente a un millonario. Él apenas levantó la mirada, pero al día siguiente algo inesperado ocurrió. La mandaron llamar a la oficina principal. El ruido del despertador era como un taladro en los oídos de Mariana. Las 5 de la mañana otra vez. Con un movimiento automático, apagó la alarma y se quedó mirando el techo descascarado de su pequeño apartamento.

La sombras dibujaban figuras que parecían moverse con la luz tenue que se filtraba por la cortina gastada. Suspiró profundamente. Otro día más. Otra oportunidad. Un día a la vez se dijo mientras se levantaba con determinación, repitiendo el mantre que su abuela le había enseñado desde pequeña. En el baño, mientras el agua fría, porque la caliente hacía semanas que no funcionaba, le despejaba la mente.

Mariana repasaba mentalmente su rutina diaria. Entrar al hotel Emperador a las 6:30, limpiar las habitaciones de la tercera planta, los pasillos, ayudar en el comedor si hacía falta y salir a las 3. Después una hora de transporte público hasta la biblioteca municipal donde podía utilizar los ordenadores para seguir con sus estudios de idiomas.

Mariana era licenciada en lenguas extranjeras por la Universidad Nacional Autónoma de México. Hablaba inglés, francés, alemán y su más reciente conquista holandés. Había sido la primera de su clase con menciones honoríficas y durante un tiempo soñó con trabajar como intérprete en organismos internacionales.

Pero la vida tenía otros planes. La enfermedad de su madre había consumido todos sus ahorros y tras su fallecimiento, las deudas la obligaron a tomar el primer trabajo disponible. Así había llegado al hotel Emperador un establecimiento de cinco estrellas en la exclusiva zona de Polanco en Ciudad de México.

No era el trabajo que había soñado, pero pagaba las facturas. Y Mariana tenía un objetivo claro que la mantenía en pie cada mañana, ahorrar lo suficiente para tener estabilidad, para algún día formar una familia, para ser madre. Era su sueño más profundo, uno que guardaba como un tesoro en su corazón. Mientras se ponía el uniforme azul con ribetes blancos, Mariana miró las fotos que tenía pegadas en el espejo.

Su madre sonriendo, ella en su graduación y una imagen recortada de una revista, una mujer sosteniendo a un bebé. No necesitaba más motivación que esa. Pronto, susurró tocando la fotografía con la punta de los dedos. El trayecto al hotel era largo, pero Mariana aprovechaba para escuchar sus lecciones de holandés a través de unos auriculares baratos.

Las palabras fluían en su mente, formando oraciones, construyendo ideas. Se había enamorado de ese idioma después de conocer a un profesor visitante en la universidad y aunque él había regresado a Ámsterdam, seguían en contacto. Él la ayudaba con sus estudios, corregía sus ejercicios y le mandaba material para practicar. El autobús se detuvo frente al imponente edificio del Hotel Emperador.

Con su fachada de cristal y mármol, era como un mundo aparte, un universo paralelo donde Mariana entraba cada día para ganarse la vida, pero donde nunca se sentía parte. Buenos días, Roberto saludó al guardia, un hombre mayor que siempre tenía una sonrisa amable para ella. Buenos días, Marianita. Lista para otro día.

Como siempre”, respondió ella con una sonrisa que ocultaba el cansancio. Al entrar por la puerta de servicio, el bullicio del personal, ya preparando todo para el día, la envolvió. Mariana fichó, recogió su carrito de limpieza y se dirigió a la tercera planta, su territorio asignado. Mariana la llamó Sofía, la supervisora de limpieza, una mujer de mediana edad con gesto permanentemente severo.

Hoy tenemos habitaciones importantes en la tercera. El señor Vega está hospedado en la suite presidencial. El corazón de Mariana dio un vuelco. Todo el personal conocía a Bruno Duarte, el dueño del hotel, un empresario millonario que había construido un imperio hotelero desde cero. El hotel Emperador había sido su primera adquisición y, según los rumores, su favorito.

Visitaba el hotel con frecuencia, pero rara vez interactuaba con el personal de limpieza. Entendido, respondió Mariana con profesionalismo. Me encargaré de que todo esté perfecto. Comenzó su rutina con la eficiencia de quien conoce cada rincón de su trabajo. Habitación tras habitación, limpiando, ordenando, dejando todo impecable.

Sus manos trabajaban mecánicamente mientras su mente viajaba a los países cuyos idiomas dominaba, imaginando cómo sería vivir allí, trabajar utilizando sus conocimientos. Cerca del mediodía, mientras limpiaba un pasillo cercano a la suite presidencial, vio cómo se abría la puerta y salía Bruno Duarte acompañado de dos hombres con trajes impecables.

Mariana bajó la mirada concentrándose en su trabajo. Había aprendido que la invisibilidad era una cualidad valorada en su posición. Bruno Duarte era exactamente como aparecía en las revistas, alto con un físico que delataba horas de gimnasio, pelo negro con algunas canas en las cienes que le daban un aire distinguido y una presencia que llenaba cualquier espacio.

Vestía un traje azul marino hecho a medida, sin corbata, con un aire casual, pero elegante. Los hombres pasaron junto a ella sin mirarla, absortos en su conversación sobre inversiones y proyectos futuros. Mariana continuó con su trabajo, invisible como siempre, pero algo en la actitud de Bruno Duarte le llamó la atención.

No tenía la arrogancia que esperaba de alguien en su posición. Había algo en su mirada, una especie de melancolía contenida que no encajaba con la imagen de empresario exitoso que proyectaba. Cuando terminó con el pasillo, Mariana se dirigió al pequeño cuarto de servicio para reponer productos de limpieza. Su teléfono vibró en el bolsillo de su uniforme.

Normalmente no lo consultaría durante el trabajo, pero había estado esperando una llamada importante. Era un mensaje de su profesor de holandés. Tengo buenas noticias. ¿Puedo llamarte en 10 minutos? Mariana miró la hora. Era su descanso para comer, respondió rápidamente. Por supuesto, decidió tomar su almuerzo en una pequeña sala de descanso del personal que quedaba cerca de donde estaba.

Con su fiambrera en las manos, se sentó junto a la ventana que daba a un pequeño patio interior del hotel. La soledad no le molestaba, de hecho la apreciaba. le permitía concentrarse en sus pensamientos, en sus planes. Estaba a mitad de su sencillo almuerzo cuando su teléfono sonó. El nombre de profesor Vanderlinden apareció en la pantalla.

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