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Papa León XIV: Así viví mis años en Perú antes de Llegar al Vaticano

y modo particular a mi querida diócesis de Chiclayo en el Perú, donde un pueblo fiel acompañado a su obispo. ha compartido su fe y ha dado tanto, tanto para seguir siendo iglesia fiel de Jesucristo.

Hermanos y hermanas, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Antes de que el mundo me conociera como Papa León XIV, fui simplemente un hermano agustino con una mochila ligera, una Biblia gastada y un corazón dispuesto. Mis pasos aprendieron el ritmo del viento andino.

Mis manos se endurecieron con la tierra que labran los pobres. Mis ojos se acostumbraron a leer el evangelio en los rostros cansados y valientes de los campesinos. Allí, entre caminos de polvo y cielos inmensos, descubrí que el reino de Dios suele esconderse en lo pequeño, en una olla que alcanza para todos, en una vela encendida ante una imagen de la Virgen, en el silencio de una capilla de adobe donde el alma descansa.

Recuerdo las madrugadas frías en que el sol parecía un milagro que tardaba y sin embargo, la gente caminaba horas para la misa con una fe que me desarmaba. Aprendí a callar más y a escuchar mejor. Las lágrimas tienen su propio lenguaje y la esperanza también. En Perú no fui maestro, fui discípulo. Ellos me enseñaron a rezar con el trabajo, a perdonar con la mirada, a compartir sin contar.

Me enseñaron que la iglesia no es primero un edificio, sino una familia que se sostiene, se corrige y se abraza. A veces me preguntan, ¿dónde encontré mi voz de pastor? Yo respondo. En aquellas noches en que con una taza caliente entre las manos escuchaba historias que dolían y bendecían. En aquellos días en que al imponer una cruz en la frente de un enfermo, sentía que Cristo imponía la suya sobre la mía.

Allí entendí que el ministerio no es ocupar un lugar, es dejar que el Señor ocupe el corazón. Hoy desde Roma, cada vez que entro en San Pedro, me vuelve el perfume de los eucaliptos, el murmullo de los ríos y el canto sencillo de la gente que reza sin prisa. Y le pido a Dios una sola cosa, no olvidar nunca de dónde me llamó.

Los invito a caminar conmigo por seis momentos decisivos de mi historia en Perú. Y así comenzó el primer tramo de aquel camino que marcó mi vida. Llegué a Perú a mediados de los años 80, recién estrenada la obediencia misionera y con el oleaje del Pacífico, recibiéndome como a un aprendiz. Había sido ordenado sacerdote en 1982 en la familia de San Agustín y llevaba en el corazón su anhelo.

Inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti. Yo aún no sabía cuánto iba a inquietarme Dios en aquellas tierras. Mi primera escuela no fue un aula, fue la calle. Aterricé con un español torpe que iba afinándose a base de equivocaciones y sonrisas de la gente. En Piura aprendí a decir cómo está vecina con el acento que abraza.

En Chulucanas conocí el ritmo paciente del campo y el olor a mango maduro. En Trujillo sentí como la fe resiste vientos y desiertos. En Chiclayo, el bullicio del mercado me enseñó a predicar corto y claro, porque el evangelio debe entenderse entre puestos de pan y frutas. Entre visita y visita, alguna abuela me corregía, padre, no se dice así.

Y yo agradecía porque corregir el idioma era en el fondo, enseñarme a querer mejor. La diversidad me ensanchó el alma. Descubrí que en los mismos kilómetros conviven costumbres distintas, músicas distintas, dolores distintos. Intenté aprender lo esencial de quechua, palabras para saludar, para agradecer, para pedir permiso, porque pronunciar el nombre del otro en su lengua es abrirle la puerta del corazón.

Las primeras veces me miraban entre divertidos y pacientes. Luego, al oír una limpuncha, se me iluminaban los rostros como si hubiese llevado un regalo. Comprendí que evangelizar significa, antes que hablar, traducirse a la vida del pueblo. Las casas de adobe fueron mis catedrales. Allí celebré mis primeras misas con un cáliz prestado y una estola surcida.

Allí escuché confesiones que parecían canciones tristes y a la vez promesas de amanecer. Me hice compañero de caminos polvorientos, de buses repletos, de tardes en que la lluvia arremetía y, sin embargo, la gente llegaba igual a rezar el rosario. Aprendí que el tiempo en la sierra se mide de otra manera, por cosechas, por nacimientos, por duelos, por fiestas patronales.

Un día, en una posta de salud, me pidieron bendecir a un niño con fiebre alta. Su madre apretaba el rosario con fuerza. No teníamos mucho más que ofrecer que una oración y nuestra presencia. Aquella noche entendí que la pastoral es ante todo proximidad, quedarse cuando todos se van y que la caridad no se improvisa, se aprende de rodillas.

Hubo detalles que vistos desde hoy fueron la pedagogía de Dios de niño. Yo había sido buen estudiante de matemáticas. Me gradué en el 77 con esa seguridad exacta que dan los números. En Perú descubrí que el evangelio se parece más a la música que a las ecuaciones. Tiene compás, silencios, síncopas y siempre pide afinación con la realidad.

Mis cuentas ya no eran problemas en un papel, sino panes que alcanzarían para una familia más, cuadernos para una escuela rural. medicinas que debíamos conseguir entre todos. La lógica de Dios resultó ser el exceso, siempre un poco más de lo estrictamente necesario. A veces, al caer la tarde, me sentaba en la puerta de la capilla y miraba el cielo abrirse de colores y rezaba bajito como quien aprende a hablar de nuevo.

Señor, dame un corazón dispuesto que no se canse de escuchar, que no huya cuando duela, que no mida cuando se trate de servir. Hazme aprender el idioma del amor en cada casa, en cada nombre, en cada herida. Así fue mi llegada, torpe y feliz, exigente y fecunda. Y mientras mi español se hacía más peruano y mis manos más morenas, entendí que el misionero no lleva a Cristo.

Descubre que Cristo ya estaba allí esperándolo en el umbral de cada puerta. De ese primer descubrimiento nació todo lo demás, porque una vez dentro la vida me fue llevando de la mano hacia mesas humildes y enfermos escondidos, donde el evangelio empezó a escribirse con historias concretas. Viviendo con el pueblo, entrar a una casa campesina es como abrir un libro sin letras.

Las paredes hablan con el humo del fogón. El piso cuenta la historia de pasos cansados. Y la mesa siempre humilde. Es un altar donde el pan tiene sabor a esfuerzo. Mis primeras semanas en el norte peruano fueron sobre todo mesas compartidas. Aprendí a bendecir el seco de cabrito como si fuera un sacramento cotidiano, agradecer el shambar de los lunes en Trujillo, a saborear la yuca con la misma devoción con que uno escucha una confidencia.

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