El ecosistema de las redes sociales contemporáneas, con su flujo incesante de algoritmos diseñados para premiar la opulencia y el impacto visual, se ha transformado en un terreno fértil para la proliferación de narrativas tan fascinantes como peligrosas. En plataformas de consumo masivo como TikTok, la línea que separa la superación personal legítima de la manipulación psicológica sofisticada es, a menudo, invisible para el usuario común. El reciente y estruendoso colapso del creador de contenido venezolano Alessandro Guzmán, de tan solo 21 años de edad, se ha posicionado en el centro del debate público en toda América Latina, encendiendo las alarmas de sociólogos, expertos financieros y autoridades digitales. El joven, que logró amasar una comunidad de más de 1.5 millones de seguidores en Chile y el resto del continente bajo la premisa de haberse convertido en un magnate de los negocios digitales a una edad temprana, se encuentra hoy en el ojo de un huracán mediático tras ser expuesto como el arquitecto de una intrincada red de farsas, lujos rentados, manipulación emocional y presuntas estafas piramidales que afectaron a cientos de jóvenes con necesidades económicas.
Para dimensionar el impacto de este escándalo que ha inundado las plataformas de videos con denuncias, capturas de pantalla y audios filtrados, es necesario examinar la cuidada y aspiracional narrativa que Guzmán construyó pacientemente en sus perfiles oficiales. Con una estética que replicaba a la perfección el cliché del millonario moderno de la era del internet, Alessandro saturaba los feeds de sus seguidores con metrajes titulados de forma provocativa, tales como “Un día en mi vida siendo millonario a los 20 años” o “Los problemas de ser millonario a una temprana edad”. En estos clips, se le observaba vistiendo ropa de marcas de alta costura, portando relojes ostentosos que pretendían ser piezas de alta gama como Rolex, y paseándose por departamentos de lujo y residencias exclusivas. La historia personal que Guzmán vocalizaba ante el micrófono poseía una épica de resiliencia idónea para el consumo masivo: aseguraba haber cruzado la frontera de Venezuela a pie a los 14 años huyendo de la crisis sociolítica, haber sido desalojado de su departamento a los 17 por falta de pago y, mediante su supuesto genio financiero, haber fundado a los 19 años una empresa digital capaz de facturar la exorbitante cifra de 2 millones de dólares anuales.
Esta retórica del “tú también puedes lograrlo si abandonas los esquemas tradicionales” funcionaba como el gancho comercial perfecto para un público joven y vulnerable. Guzmán utilizaba discursos agresivos en los que demeritaba la educación universitaria y el empleo formal, instando a los estudiantes y trabajadores de sa
lario mínimo a abandonar sus actividades para ingresar a su

academia virtual en línea, denominada “Way Success”. El influencer afirmaba que su escuela digital contaba con más de 80,000 usuarios activos y más de 108,000 miembros en su comunidad global, prometiendo enseñar la supuesta “matriz del dinero moderno” para que cualquier persona pudiera generar miles de dólares desde la comodidad de su hogar con solo realizar un pago inicial de 30 dólares. Para aderezar el engaño y dotarlo de una capa de legitimidad afectiva, la novia de Guzmán, una joven de tan solo 19 años, participaba activamente en la estrategia de mercadotecnia, publicando videos donde mostraba el supuesto “House Tour” de la lujosa casa que habían adquirido juntos gracias a las bondades financieras de la plataforma, motivando a sus propias seguidoras a hacer clic en el enlace de su perfil para salir de la pobreza.
Sin embargo, el castillo de naipes digital comenzó a desmoronarse de manera definitiva cuando la creadora de contenido Alexandra Chávez, reconocida por sus discursos de empoderamiento femenino y análisis crítico de redes sociales, decidió alzar la voz. Chávez publicó un video reaccionando de forma contundente a un clip donde Alessandro Guzmán afirmaba con soberbia que había convencido a su novia de abandonar los estudios universitarios bajo el argumento de que “su pareja era una extensión de sí mismo”. La creadora destrozó la postura del influencer recordándole que una pareja es un individuo con capacidad de raciocinio propio y no una posesión. Lo que comenzó como una crítica a una dinámica de pareja tóxica desencadenó un efecto de bola de nieve sin precedentes. En cuestión de horas, los buzones de mensajería de Chávez se inundaron con cientos de mensajes, videos de pruebas, recibos de transferencias y testimonios desesperados de exalumnos de “Way Success” que afirmaban haber sido manipulados, engañados y estafados por el gurú de internet.
El desglose de las pruebas operativas de la academia virtual sacó a la luz una estructura de manipulación psicológica que jugaba de manera sistemática con las ilusiones y las carencias materiales de los inscritos. Según los chats de WhatsApp y Telegram filtrados por las víctimas, las videollamadas grupales que Alessandro Guzmán vendía como sesiones de alta consultoría financiera eran en realidad puestas en escena diseñadas para alimentar su ego y mantener el control sobre la masa. Exalumnas denunciaron que durante las conferencias, Guzmán ejecutaba dinámicas humillantes, deteniendo sus discursos para lanzar comentarios prepotentes como “esperen un momento que mi asistente me va a traer mis lentes”, resultando la supuesta asistente ser su propia novia de 19 años. En el transcurso de estas llamadas, cualquier cuestionamiento o duda legítima sobre la efectividad de las lecciones era silenciada de forma autoritaria por el influencer, quien llegó a confrontar abiertamente a estudiantes inconformes exigiéndoles que se largaran si no poseían la mentalidad para el éxito.
La investigación de los grupos de comunicación interna de “Way Success” reveló un entramado de tintes familiares sumamente turbio. Los estudiantes descubrieron que los perfiles encargados de responder los reclamos de soporte técnico, administrar los cobros y coordinar las planillas de inscripción bajo nombres ficticios como “Zulia” o “Julia” pertenecían en la realidad a la madre y a la abuela del propio Alessandro Guzmán. Toda la familia operaba la maquinaria digital desde las sombras. El negocio millonario de los 2 millones de dólares anuales resultó ser un esquema piramidal básico sostenido por la acumulación masiva de cuotas de 30 dólares pagadas por más de 400 personas por grupo, un capital que se multiplicaba a través de la coacción de los propios alumnos.
La revelación más escandalosa y éticamente reprobable del funcionamiento de la academia radica en la falsificación de los denominados “casos de éxito” que inundaban TikTok. Testimonios detallados de jóvenes que pagaron su inscripción explicaron que, tras ingresar a las clases virtuales, se encontraron con un contenido educativo extremadamente básico que apenas consistía en nociones elementales de edición de video explicadas en sesiones que no superaban los 30 minutos de duración. El verdadero truco de la escuela llegaba al momento de asignar las tareas semanales. Alessandro Guzmán obligaba a sus estudiantes a producir un mínimo de diez videos utilizando su imagen y el contenido de sus redes sociales. La asignación final para aprobar el curso consistía en realizar una publicación inventándose una historia de éxito falsa, en la cual el alumno debía afirmar ante la cámara que gracias a “Way Success” había logrado facturar miles de dólares en su primer mes.
Para incentivar la participación en esta farsa colectiva, Guzmán les vendía la ilusión de que los creadores de los videos con mayor nivel de enganche y reproducciones tendrían la oportunidad exclusiva de firmar un contrato formal para trabajar directamente en su empresa internacional bajo el programa “Grow Partner”. Desesperados por recuperar su inversión y con necesidades económicas reales, decenas de jóvenes se prestaron a grabar testimonios ficticios sonriendo ante la cámara, afirmando haber alcanzado la riqueza gracias al gurú venezolano. No obstante, una vez que las tareas eran entregadas y los videos publicitarios gratuitos inundaban el algoritmo de TikTok atrayendo a nuevas víctimas, las promesas de empleo se disolvían en largas burocráticas. Guzmán enviaba audios justificando el retraso de los contratos bajo la excusa de que la legalidad internacional era compleja porque estaban trasladando los registros de la empresa de Chile a Estados Unidos. Tras meses de evasivas y silencios, los estudiantes eran eliminados de manera sistemática de los grupos de soporte y bloqueados de las cuentas oficiales, dejándolos desamparados y con la frustración de haber sido utilizados como peones de una campaña publicitaria engañosa.
Paralelamente a la exposición de las dinámicas de la academia, la comunidad digital de internet, guiada por la premisa de que “entre el cielo y las redes sociales no hay nada oculto”, se dio a la tarea de diseccionar minuciosamente la veracidad de los lujos que Alessandro Guzmán presumía en sus metrajes diarios. El resultado de este análisis forense digital fue devastador para la credibilidad del influencer, dejando al descubierto una “vida de millonario” construida enteramente a base de alquileres temporales y falsificaciones de bajo costo. Metrajes detallados demostraron que la imponente residencia con sala de cine privada que Guzmán ostentaba como su propiedad era en realidad una zona común perteneciente al conjunto residencial de departamentos donde alquilaba, un espacio de uso compartido que hacía pasar por propio. Asimismo, la espectacular casa de descanso ubicada en el medio de un bosque a la orilla de un río en el sur de Chile, por la cual preguntaba de forma arrogante a sus seguidores si valía la pena pagar miles de dólares, fue identificada por los internautas en la plataforma Airbnb como un alojamiento turístico de renta por noches.
La farsa estética alcanzó niveles cómicos al analizarse las fotografías de sus accesorios de lujo y sus supuestos viajes internacionales en transporte privado. Expertos en relojería detectaron que el Rolex que Alessandro presumía haber adquirido en una tienda exclusiva era una réplica de origen asiático. La evidencia irrefutable quedó plasmada en una fotografía que el mismo influencer subió a sus redes, donde se apreciaba la bolsa de empaque del producto; internautas demostraron que dicha bolsa correspondía a los envoltorios característicos de las plataformas de comercio electrónico de productos chinos réplica, exhibiendo el contraste con la caja y bolsa verde original de la casa relojera suiza. De igual forma, las fastuosas fotografías de Guzmán en un jet privado en París fueron desmitificadas al comprobarse que el vehículo aéreo se encontraba permanentemente estacionado en la pista de un hangar de alquiler. Analizando el atuendo y el fondo de las imágenes, se descubrió que Alessandro grabó múltiples videos, podcasts e imágenes utilizando diferentes mudas de ropa en un solo día con el avión detenido, llegando a filtrarse una fotografía donde se aprecia la maleta de viaje abierta en el suelo del hangar con las prendas listas para el cambio de vestuario. El ángulo de las tomas, realizadas desde abajo hacia arriba, pretendía simular que la aeronave se encontraba surcando los cielos, una burda manipulación visual que el internet no tardó en ridiculizar.
El escándalo adquirió matices de alta gravedad legal cuando los usuarios rescataron un fragmento de video en el cual Alessandro Guzmán, adoptando una postura de supuesta sofisticación financiera y apalancamiento crediticio, admitía abiertamente ante su audiencia no cumplir con sus obligaciones fiscales. “La cosa es que yo no pago impuestos”, declaró con total ligereza frente a la cámara, una confesión de evasión fiscal que generó profunda indignación en el contexto económico actual de Chile y la región, sumando una capa de ilegalidad explícita a su ya cuestionable historial de negocios.
Ante la avalancha de críticas y denuncias, la reacción de Alessandro Guzmán y su novia fue la de cerrar por completo las secciones de comentarios de todas sus cuentas oficiales para silenciar el clamor de las víctimas. En un último y desesperado intento por defender su posición a través de una transmisión en vivo en TikTok, el influencer abandonó cualquier atisbo de humildad para refugiarse en un discurso de soberbia extrema que hiela la sangre por su nivel de alienación. Guzmán miró a la cámara y declaró de forma altanera: “Si tengo 21 años… aparte de tener 21 años soy extremadamente guapo, aparte de ser extremadamente guapo soy extremadamente inteligente, aparte de ser extremadamente inteligente soy un tipo bastante exitoso financieramente y además de eso tengo una comunidad gigante de personas que me aman”. Esta respuesta, lejos de calmar los ánimos, consolidó su imagen ante la opinión pública como la de un personaje narcisista incapaz de asumir la responsabilidad de sus actos.
El clavo final en el ataúd de su credibilidad artística y personal llegó al desenterrarse su pasado en las redes sociales. Usuarios memoriosos recordaron que Alessandro Guzmán no es un empresario surgido del mundo corporativo, sino un viejo conocido del internet que inició su carrera creando contenido en cuentas de comedia y entretenimiento juvenil bajo seudónimos como “Alejandro Jaja”. Ex seguidoras de aquella época desvelaron que el influencer posee un historial recurrente de mitomanía digital; se demostró que durante años mintió sistemáticamente sobre su edad, afirmando tener 13 años ante contratos comerciales cuando en la realidad contaba con 16 o 17 años de edad, llegando al extremo de fingir una fiesta de cumpleaños número 14 ante sus cámaras para sostener la mentira frente a los reclamos de sus seguidores que notaban su madurez física. Registros audiovisuales del pasado expusieron sus inicios humildes vendiendo ropa en los andenes del metro, un contraste absoluto con la imagen de magnate internacional que intentó construir artificialmente años después mediante la explotación de la necesidad ajena.
En conclusión, el caso de Alessandro Guzmán se erige como una dolorosa, cruda y necesaria lección sobre los peligros inherentes a la cultura del éxito rápido y el dinero fácil que se promueve sin filtros en las redes sociales del siglo XXI. Detrás de las fachadas de los Penthouses, los jets privados estacionados y los relojes falsos, se esconde una realidad de vulnerabilidad humana donde cientos de jóvenes, movilizados por la urgencia de mejorar sus condiciones de vida, terminan convirtiéndose en las víctimas perfectas de personajes desprovistos de ética. La caída del falso millonario de TikTok demuestra que el internet, aunque posee un algoritmo que a menudo premia la farsa, también cuenta con una memoria colectiva e imborrable capaz de desenterrar la verdad. El tribunal digital ha emitido su veredicto, y la historia de “Way Success” queda grabada como un recordatorio contundente de que la verdadera riqueza y el respeto de una comunidad no se pueden rentar por noches en una aplicación de internet.