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LUIS ROBERTO ZAGUE: LA ASQUEROSA VERDAD QUE PAOLA ROJAS OCULTÓ POR 7 AÑOS”

Lo que vino después fue una  caída disfrazada de éxito. Y la mujer que iba a quedar en medio de toda la tormenta, todavía no aparecía en su camino.  Para el 2006, Luis Roberto Alves ya estaba retirado del fútbol profesional. Tenía 41 años. una primera esposa con la que llevaba 12 años de matrimonio y dos hijos varones,  una fortuna acumulada de millones de dólares y una vida  pública que él consideraba blindada.

Esa vida pública se rompió un jueves de marzo del 2007 en un evento corporativo de Televisa en el hotel Camino Real. Esa noche conoció a Paola Rojas. Ella tenía 31 años. era periodista en ascenso. Su nombre empezaba a sonar en los programas matutinos de la televisora. Llevaba un vestido  negro corto y zapatos altos, el cabello castaño suelto.

Una sonrisa que el goleador describió años después  como la mejor sonrisa que había visto nunca. Hablaron por dos horas en una esquina  del salón. Esa noche él volvió a su casa sabiendo que su matrimonio se había terminado. El divorcio fue rápido  y caro. La primera esposa recibió una pensión millonaria y la custodia de los dos hijos varones.

Él se mudó a un departamento en Polanco y el romance con Paola Rojas pasó de los pasillos de Televisa a los periódicos de espectáculos en menos de 6 meses. Era la pareja perfecta para el público. Él exgoleador, exmundialista, comentarista deportivo.  Ella periodista respetada, figura ascendente de la televisión.

Ambos  morenos, ambos altos, ambos con esa belleza fotogénica que vendía portadas. Las revistas los llamaron la pareja ideal del medio. Los productores los empezaron a contratar juntos para campañas comerciales y el público  los adoptó como si fueran tíos cercanos. Lo que el público no sabía es que detrás de cada fotografía perfecta había un acuerdo silencioso que ninguno de los dos verbalizaba.

Y ese acuerdo iba a romperse 11 años después de la manera más asquerosa que un matrimonio mexicano haya vivido en cámara.  La boda fue en Excaret, Quintana Ro. Un viernes de noviembre del 2009. 1000 invitados, 70 mesas. Un escenario montado a la orilla del Caribe con velas flotando sobre el agua. Personalidades del mundo del deporte,  del periodismo y de la política, cobertura televisiva en vivo durante 2 horas y un costo total cercano al millón de dólares.

Ella entró del brazo de su padre.  Él la esperó en el altar vestido de blanco. El público mexicano vio esa boda en su televisión. Esa noche. La vieron las señoras de 50 años que llevaban años siguiendo a Paola por las mañanas. La vieron los señores que recordaban los goles del padre  en los 70. Y la vieron también, sin saberlo todavía, los hombres que 11 años más tarde firmarían el documento corporativo que iba a destruir ese matrimonio.

Esa boda quedó grabada en la memoria del país. Dos años después llegaron los mellizos. Leonardo y Paulo. Nacieron en marzo del 2011  en un hospital privado del sur de la ciudad. Dos varones idénticos. Mismo peso, mismo llanto, misma mirada. La revista Hola publicó las fotos exclusivas a la semana siguiente. La portada los mostraba a los cuatro en un sillón blanco, los bebés dormidos sobre el pecho de  su padre, ella con la cabeza apoyada en su hombro.

La familia perfecta lo era. Lo fue durante varios años hasta que dejó de serlo.  Porque los matrimonios públicos del medio del espectáculo tienen una regla que casi nadie respeta.  Y cuando uno de los dos rompe esa regla, el daño nunca se queda en la casa, se filtra hacia afuera,  se vuelve mercancía, se vuelve titular y a veces se vuelve arma corporativa.

Para el 2015, Luis Roberto Alves ya era una figura consolidada de TV Azteca, comentarista deportivo de primera línea. Compartía cabina con Cristian Martinoli y Luis García. Su voz, su carisma y su pasado mundialista lo habían convertido en un imán para la audiencia masculina. Cada partido de la selección mexicana, cada cobertura de Liga MX, cada transmisión internacional, él estaba ahí en la cadena rival porque su esposa Paola seguía siendo figura principal de Televisa.

Conducía el noticiero matutino, tenía programa propio de radio en Radio Fórmula. aparecía en cada portada de la revista corporativa y entraba cada mañana a las 5:30 al edificio de Chapultepec 87, donde se ubicaban las oficinas centrales de la televisora más poderosa de México. Marido en una empresa, esposa en la otra.

Ese arreglo había funcionado durante años porque ambos se respetaban los espacios profesionales. Él no opinaba sobre Televisa, ella no opinaba sobre TV Azteca. Cuando salían en público, las cámaras de ambas cadenas los cubrían sin conflicto. La familia perfecta del medio mexicano vivía entre dos enemigos corporativos y nadie hacía olas.

Pero el medio del entretenimiento mexicano nunca es plano. Las dos cadenas llevaban décadas en guerra silenciosa por los puntos de rating, por los anunciantes, por los derechos televisivos del fútbol mundialista. Cada mundial era una batalla. Cada selección mexicana, una mina de oro, cada transmisión internacional, un punto en la guerra eterna entre San Ángel y Ajusco.

Y para mayo del 2018, esa guerra estaba a punto de cruzar una línea que ninguna empresa de comunicación mexicana había cruzado antes, una línea que iba a romper de una vez y para siempre, la familia perfecta de Excaret. Y lo que casi nadie sabe es que la primera pieza de esa línea cruzada empezó dentro del propio celular del esposo, tres semanas antes de la explosión pública en su recámara frente a un espejo con la cámara apuntando a su cuerpo desnudo y con una mujer del otro lado de la pantalla que nadie en México ha identificado todavía. Era la noche del

22 de mayo del 18. Luis Roberto Alvez estaba en su recámara del departamento de Polanco. Paola Rojas dormía en la habitación contigua junto a los mellizos, que esa noche habían entrado a dormir con ella porque uno de los dos se había despertado llorando. Él esperó a que la casa entera quedara en silencio. Eran las 11:47 de la noche.

Encendió el celular, abrió la aplicación de mensajes. La pantalla mostraba una conversación reciente con un contacto guardado con un solo nombre,  un nombre de mujer, un nombre que no era el de su esposa. Nombre, le había escrito esa tarde un mensaje que esperaba respuesta. Ella le había contestado dos horas antes, pidiéndole algo concreto, algo que él llevaba meses dándole por mensaje, algo grabado.

Se levantó,  caminó al baño de la recámara, cerró la puerta con seguro, encendió la luz del techo, se quitó la ropa frente al espejo del lavabo y empezó a grabar. El video duró 47 segundos. En esos 47 segundos, él aparece desnudo, le habla a la cámara como si le hablara a la mujer del otro lado, le dice frases, le dice un nombre, pronuncia una palabra que pocos meses después se iba a convertir en burla nacional.

Esa palabra fue impresionante, una palabra inventada, una palabra cariñosa, una palabra que él usaba en las conversaciones privadas con  esa mujer y solo con esa mujer. Ah, no, esa mujer no era Paola Rojas. Paola Rojas nunca había escuchado esa palabra. Paola Rojas nunca había recibido un video así. Paola Rojas estaba dormida en el cuarto  contiguo mientras su esposo grababa frente al espejo del baño, el archivo que tres semanas después iba a destruir su matrimonio.

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