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Esto Fue Lo Que Guardó La India María Bajo Llave en el Sótano de su Casa… Ahora sale a la luz

 con la diferencia de que lo común en esa casa tenía un peso que pocos podían cargar. El padre murió siendo ella adolescente. Una infección en la vía ahorta, dicen los registros. Muerte rápida, sin  aviso, de esas que dejan a una familia entera mirando el techo sin saber qué viene después.  Y lo que vino después fue María Elena tomando sus cosas, su hermana sucia a un lado y marchando a la Ciudad de México a buscar trabajo que sostuviera a su madre y a sus cuatro hermanos que quedaban en Puebla. llegó al teatro blanquita

 llegó a bailar, a sonreír, aunque le doliera, a pararse frente a un público que podía aplaudir o destruirte y que con frecuencia hacía las dos cosas en la  misma noche. Fue en esos escenarios donde aprendió algo que muy pocos artistas aprenden de verdad, que el personaje puede ser un escudo, que si pones entre tú y el mundo una máscara lo suficientemente grande, lo suficientemente graciosa, lo suficientemente humana, la gente dejará de buscar quién está detrás.

 Y María Elena Velasco se construyó el escudo más brillante que el cine mexicano ha visto jamás. María Nicolasa Cruz, la India María, una mujer  indígena de guaraches y reboso, de acento cerrado y corazón abierto, que llegaba a la ciudad a que todos se aprovecharan de ella y terminaba siendo ella quien salía victoriosa.

 Un personaje que hacía reír a los pobres porque se veían en ella, que hacía reír a los ricos porque creían que se reían de ella. Y entre esas dos risas, María Elena Velasco acumuló una fortuna, un poder y una lista de enemigos que muy pocos en la industria hubieran podido imaginar. Pero el escudo tenía un  precio.

 Cuanto más brillaba la india María, más oscura se volvía la vida de María Elena Velasco. Y en esa oscuridad es donde comienza la historia que hoy te traemos. ¿Estás listo para bajar al sótano? En 1965 se casó con Vladimir Lipkis Chassan, un hombre que la industria conocía como Julian de Meriche, un actor y director de origen bielorruso llegado a México con la maleta llena de ese pragmatismo europeo que tanto contrastaba con la calidez ruidosa del cine nacional.

 El matrimonio tuvo dos hijos, Iván Lipkis, que con el tiempo se convertiría en productor y director,  y Goretti Lipkis, actriz, guionista y productora. Una familia perfecta en el papel.  Julián de Meriche murió el 24 de julio de 1974. Los restos descansan en el panteón jardín de la ciudad de México.

  María Elena quedó viuda a los 33 años, con dos hijos pequeños y con un personaje que ya era más famoso que ella misma. Lo que vino después fue silencio, un silencio costosísimo. Según cronistas que cubrían la farándula de aquellos años, la muerte del marido no fue el único duelo que María Elena cargó en ese periodo.

 Malas lenguas de los pasillos de telesistema contaban que hubo embarazos, más de uno. embarazos que la ropa de la india María, con sus blusas anchas y sus rebozos voluminosos, ocultó con una eficiencia que ahora, vista desde la distancia resulta escalofriante. El periodista Javier Seriani reveló años después que una mujer residente en Los Ángeles, California, identificada como Mirna Velasco, había declarado en entrevista que era hija de María Elena Velasco y del conductor Raúl Velasco, producto de un romance extramarital que ninguno de los dos confirmó jamás ni desmintió

nunca. Mirna contó que su madre la había entregado a una empleada doméstica que trabajaba en su casa, siendo ella apenas una bebé. Que la actriz, según sus propias palabras, pudo disfrazar muy bien cada uno de sus embarazos por el tipo de vestuario que utilizaba. “Había más hijos,”, dijo Mirna, “más de los que se saben.

 Y si eso es lo que circuló en los medios, imagínate lo que no circuló.” Pero dejemos por un momento los hijos ocultos y los amores clandestinos, porque para llegar a la habitación del sótano, primero hay que entender qué clase de mujer vivía en esa casa, qué clase de fuerza se escondía detrás de la comediante que hacía llorar de risa a todo México.

 En algún año de finales de los 70, María Elena Velasco fue invitada al certamen de Miss México. La cadena de televisión necesitaba un sketch cómico en vivo, algo que aligerara la solemnidad  de las concursantes. La actriz aceptó, se caracterizó como la india María y salió frente a las cámaras ante millones de televidentes. El conductor Gustavo Pimentel siguiendo el juego le preguntó en directo, “¿Qué haría usted si en lugar de ser presidenta municipal fuera presidenta de México?” María Elena no tituó ni un segundo. Me daría la gran vida viajando

por Acapulco con toda mi familia. El público rió, el estudio vibró y en Los Pinos, según narró años después el guionista Edmundo Pérez en un documental, alguien dejó de reír porque el presidente José López Portillo y su esposa Carmen Romano acababan de regresar de unas vacaciones en Acapulco pagadas con dinero del herario público y una india de huches acababa de señalarlo en vivo ante todo el país con una sonrisa.

 La respuesta llegó en días. Una llamada de la presidencia de la República  directamente a los directivos de telesistema mexicano. El mensaje era claro. La India María desaparecía de la televisión. No había negociación, no había apelación y María Elena Velasco desapareció de la pantalla chica, pero no desapareció del cine porque tenía algo que muy pocos artistas de su generación tenían.

 Dinero propio, fortuna acumulada durante años de películas taquilleras, de derechos negociados con inteligencia, de un control sobre su personaje que nunca se dio a ninguna productora. Con ese dinero,  ella misma produjo sus propias películas. Siguió trabajando, siguió ganando y el presidente que la censuró pasó a la historia como uno de los más corruptos del siglo XX.

  La India María mientras tanto, permanece en el inconsciente colectivo de México hasta el día de hoy. Pero aquí está la pregunta que nadie se ha hecho en voz alta. ¿Qué le dejó al alma a una mujer que tuvo que enterrar tanto durante tanto tiempo y seguir sonriendo? Hay que hablar de la casa, la casa de María Elena Velasco en la Ciudad de México.

Una propiedad discreta, nada ostentosa para los estándares de una estrella de su calibre. Sus hijos siempre insistieron en que vivía con sencillez, que no le gustaban los lujos, que el dinero lo reinvertía en sus producciones. Los pocos periodistas que lograron entrar alguna vez describieron una decoración sobria, libros, fotografías de sus películas en las paredes, poco del despilfarro que se esperaría de alguien que había llenado salas de cine por dos décadas.

 Pero había una zona de la casa a la que nadie entraba. Según posibles comentarios que circularon entre personas del entorno cercano de la actriz, había en el sótano un área que permanecía cerrada con llave incluso cuando los hijos estaban en casa. Una habitación pequeña que la actriz describía en los raros momentos en que alguien preguntaba, simplemente  como, “Mi cuarto de trabajo, su espacio de escritura, el lugar donde construía los guiones de la India María.

Nadie dudó de esa explicación durante años. Pero según las malas lenguas que salieron a hablar después de  su muerte, el cuarto de trabajo no era exactamente lo que parecía. Había cajas, muchas cajas, archivadores cerrados con candado, carpetas organizadas con una meticulosidad que contrastaba con la aparente espontaneidad del personaje que ella proyectaba al mundo.

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