Posted in

La impactante doble vida de una madre ejemplar: el caso de Karen Tipton

A veces la justicia falla, no porque la ley sea mala, sino porque la aplican personas y las personas se equivocan. El problema no es solo que un culpable quede libre, eso ya es grave. Pero hay algo peor, que un inocente pague por lo que no hizo. Que su vida se rompa desde dentro.

Que termine en el corredor de la muerte sin haber matado a nadie. Esta es una de esas historias. Todo empieza como un cuento casi perfecto. En 1984, un joven llamado David Tipton estudia medicina en Alabama. Durante su residencia en un hospital conoce a una enfermera, Karen Craft. Al principio solo son compañeros, luego amigos, después algo más.

5 años después de aquel primer encuentro, ella les dice a sus hermanos que David es el hombre ideal, tranquilo, agradable, el tipo de persona con la que cualquiera querría formar una familia. Se casan un 24 de junio de 1989. La boda es bonita, con invitados, flores y vestido blanco. Después se mudan a Decatur, un pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce.

Allí consiguen trabajo en el hospital. Nacen dos niñas, van a la iglesia los domingos. Los vecinos los ven como una familia modelo, sin sobresaltos, sin ruido, sin misterios. Pero el 12 de marzo de 1999 todo se desmorona. David sale del trabajo un poco antes de lo habitual. Él y Karen han planeado ir al teatro. Cuando llega a casa nota algo raro.

La puerta del garaje está abierta. Eso no es normal. Siempre la cierran. Pero piensa que quizá ella se ha despistado o que la ha dejado así para algún repartidor. Entra y las rarezas no terminan. El panel de la alarma está sobre la encimera de la cocina. Desmontado. La alarma llevaba meses sin funcionar esperando una reparación, pero Karen nunca había mostrado interés en desmontarla ella misma.

David recuerda que esa mañana cuando se fue a trabajar, el panel seguía en su sitio. Luego, al llegar al recibidor, ve una pequeña gota de sangre en el suelo. No hay más manchas alrededor. Piensa en una hemorragia nasal o en un pequeño accidente doméstico. Llama a Karen. Nadie responde. Llama a sus hijas. Tampoco.

El silencio empieza a ser incómodo. Demasiado. Sube las escaleras en el pasillo junto a la puerta. Hay un charco de sangre. Está medio limpiado, como si alguien hubiera intentado borrarlo. Un escalofrío. Llama otra vez. Nada. Entra en el dormitorio y el mundo se detiene. Karen está desnuda en el suelo. Su cuerpo parece un mapa de puñaladas. 28 heridas. El cuello rajado.

La sangre ya se ha secado en el suelo de madera. David apenas puede respirar. Marca el 911 con manos temblorosas. dice que su mujer está muerta, que no encuentra a sus hijas, que por favor que alguien vaya. Los policías llegan rápido. Las niñas, por suerte, siguen en la escuela. Nadie fue a buscarlas. El forense determina que la muerte ocurrió entre la 1 y las 2:30 de la tarde.

A la 1, Karen habló por teléfono con una amiga. Estaba tranquila. No se oyó nada extraño. Poco después de las 2 debía haber ido a buscar a sus hijas. Nunca llegó. El cuerpo de Karen tiene más de dos docenas de puñaladas. Algunas son mortales por sí solas. No hay signos de defensa. La agresión fue tan violenta que los investigadores solo encuentran una explicación posible.

Alguien entró en esa casa con la única intención de matar. No fue un robo que se complicó, no fue un forcejeo, fue una ejecución. Y sin embargo, no hay señales de violencia en puertas ni ventanas. Solo la puerta del garaje abierta. Faltan el bolso de Karen y algunas joyas, pero su anillo de diamantes sigue en el dedo.

Como si el asesino hubiera querido simular un robo sin terminar el trabajo. David, ¿cómo no? Es el primer sospechoso. Pero su cuartada es sólida. Su jefe confirma que no salió del hospital de la ciudad vecina hasta las 3:30 de la tarde. Llegó a casa más tarde. Llamó a emergencias a las 4:27. No tiene rasguños en la cara manos, no tiene sangre en la ropa.

Los policías lo descartan y entonces el caso se queda sin rumbo. Nadie en el entorno de Karen imagina que pudiera tener un enemigo capaz de semejante salvajada. La policía pide ayuda al FBI. Los agentes y los perfiles psicológicos elaboran cientos de páginas de análisis, pero nada parece encajar. La presión vecinal aumenta.

En un pueblo tranquilo, una mujer respetada, esposa de un médico, aparece asesinada. La gente quiere respuestas y rápido, las respuestas llegan por casualidad. Un mes después del crimen, la policía persigue a un ladrón. El tipo intenta huir en coche, se estrella y acaba detenido. Se llama Daniel Moore, tiene 20 años.

Lo sueltan bajo fianza y 48 horas más tarde los agentes están convencidos de que tienen al asesino de Karen. ¿Qué pasó? Daniel le confiesa a su tío Sparky Moore que él estuvo en esa casa. Dice que entró con dos cómplices pensando que no había nadie, pero Karen estaba allí. Lo pilló desprevenido y la mató.

Sparky, horrorizado, va a la policía. Localizan a Daniel en un motel. Su habitación está llena de residuos de drogas. Lo arrestan de nuevo. Durante el interrogatorio, los detectives salen a fumar. Solo 5 minutos. Cuando vuelven, Daniel se ha apuñalado 16 veces con una navaja. No son heridas profundas, pero sangra mucho. Sobrevive.

Lo ingresan en el hospital. Para los investigadores, ese intento de suicidio lo dice todo. Solo un asesino reacciona así. Registran su apartamento. Encuentran una caja de herramientas de una empresa que instala alarmas. la misma empresa que puso el sistema de seguridad en casa de los Tipton y Daniel trabajaba allí. David identifica al joven en una fotografía.

Sí, fue él quien vino a instalar la alarma meses antes. La teoría parece perfecta. Daniel llama a la puerta. Karen lo reconoce y lo deja pasar. La alarma estropeada no supone un problema. Él la ataca, la mata, intenta simular un robo y huye. Todo encaja, todo, menos las pruebas. No hay huellas dactilares, no hay ADN ni rastro del presunto abuso sexual.

Lo único que encuentran son dos cabellos en el dormitorio. No son de Karen ni de David, podrían ser de Daniel. Pero el análisis que usan es una técnica antigua, poco fiable, solo descarta al 99,8% de la población. Es decir, los pelos podrían ser de cientos o incluso miles de personas. Con eso y la confesión a su tío, la fiscalía arma el caso, pero Daniel se retracta.

Read More