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Sicarios del CJNG HUMILLAN a un Hombre que Vivía en la Calle — Pero No Sabían a Quién Tocaron

Había una regla no escrita en ese barrio de Guadalajara que todo el mundo conocía, aunque nadie la hubiera pronunciado en voz alta. El hombre que dormía en el umbral de la ferretería cerrada, el que recogía botellas los martes y los jueves, el que a veces pedía un taco en el puesto de la esquina con la misma discreción con que hacía todo, ese hombre no se tocaba.
No porque alguien lo protegiera de manera visible, no porque hubiera una advertencia explícita, sino porque en ese barrio llevaba suficiente tiempo para que la gente que lo miraba todos los días hubiera aprendido algo sobre él, que los que no lo miraban todos los días no podían saber, que sus ojos nunca tenían miedo, que cuando alguien se le acercaba con mala intención, algo en la manera en que su cuerpo respondía, sin apresurarse, sin retroceder, con la calma específica de quien ha estado en situaciones considerablemente más


peligrosas que la que tiene enfrente, hacía que la persona recalculara sin poder explicar exactamente por qué, que debajo de la ropa sucia y del cabello enmarañado había un cuerpo que no era el cuerpo de alguien que llevaba años en la calle, era el cuerpo de alguien que en otro momento había sido otra cosa.
Los sicarios del Seita NG que entraron al barrio esa tarde no sabían nada de eso. Eran de otra zona. Venían a cobrar un pendiente en un negocio de la calle paralela y de regreso decidieron divertirse un momento. La manera en que los grupos jóvenes en ese nivel de la organización se divierten cuando no hay nadie que los vea con autoridad suficiente para pedirles cuentas.
Vieron al hombre sentado en la banqueta con su frazada. Vieron lo que querían ver y se acercaron. Sicarios del CNG humillan a un hombre que vivía en la calle. No sabían a quién tocaron. El hombre que vivía en ese umbral se llamaba Rodrigo Cienfuegos Aldana. Tenía 59 años. Había nacido en Culiacán, Sinaloa, hijo de un mecánico y de una maestra de primaria, que le enseñaron dos cosas con la misma consistencia durante toda su infancia, que el trabajo honesto es el único trabajo que deja dormir tranquilo y que la dignidad no es
lo que uno tiene, sino lo que uno es. A los 17 años entró al ejército mexicano, no porque no tuviera otras opciones, porque era la opción que más sentido le hacía en ese momento de su vida, la que ofrecía estructura y propósito en un país que en los años 80 le daba pocas alternativas reales a los jóvenes de familias de clase trabajadora en ciudades que no eran la capital.
Lo que Rodrigo Cien fuegos encontró en el ejército no fue solo estructura, encontró vocación, el tipo de correspondencia entre lo que uno hace y lo que uno es, que la mayoría de las personas busca durante toda su vida sin encontrarla. Era bueno en lo que hacía con una naturalidad que sus superiores reconocieron desde los primeros años.
Bueno, en el sentido técnico, en el manejo de armas, en la topografía, en la navegación en campo, pero más bueno aún en el sentido que no se enseña en ningún manual, la capacidad de mantener la calma cuando todo alrededor está perdiendo la suya. ascendió lentamente con la consistencia de quien no busca el ascenso, sino que lo encuentra como consecuencia natural del trabajo.
Cabo, sargento, subteniente, teniente. En 1998, cuando el ejército mexicano comenzó a desplegar sus primeras unidades especializadas en operativos antinarcóticos en los estados del Pacífico, Rodrigo Cienfuegos era teniente con una hoja de servicio que lo hacía candidato natural para ese tipo de asignación.
fue su primera vez contra el CJNG, aunque en ese momento la organización no se llamaba todavía CNG. Era la estructura que años después se convertiría en el ZNG, cuando el Mencho tomó el control y construyó sobre esa base el cártel más violento del hemisferio occidental. En ese momento era otra cosa, pero los hombres que la formaban eran los mismos y los métodos eran los mismos y la violencia era la misma.
Los primeros operativos en que Rodrigo participó fueron en Jalisco y Michoacán, zonas rurales donde la presencia del Estado era intermitente y donde el crimen organizado había construido una presencia tan cotidiana que para muchas comunidades era más real que cualquier institución federal. Lo que vio en esos primeros operativos definió algo en él que ningún ascenso posterior pudo cambiar, no odio.
algo más preciso que el odio, la comprensión de lo que esa organización hacía con las personas que estaban en su camino, con las familias, con los pueblos enteros que quedaban atrapados en la lógica de alguien que necesita territorio y no tiene restricciones sobre cómo obtenerlo. Esa comprensión se volvió combustible, no el tipo que se quema rápido y deja cenizas, el tipo que dura.
En 2003, cuando fue promovido a capitán y le asignaron el mando de una unidad de operaciones especiales en Jalisco, Rodrigo Cienfuegos tenía ya 5 años de operativos contra la organización que se convertiría en el CJNG. Conocía los terrenos, conocía las rutas, conocía de manera más importante la lógica de cómo pensaban los que tomaban las decisiones en esa estructura.
Ese conocimiento acumulado operativo por operativo era lo que hacía a su unidad diferente de las que llegaban sin historia. No actuaban con la ceguera de quien enfrenta algo que no entiende. Actuaban con la comprensión específica de quien ha pasado suficiente tiempo mirando al enemigo como para saber cómo piensa antes de que actúe.
En esos años, la unidad de Rodrigo Cenfuegos produjo resultados que los archivos de la Sedena registran con la asepsia de los documentos oficiales, pero que en el terreno real significaban algo diferente. Detenciones de coordinadores regionales, destrucción de laboratorios, interrupciones de rutas de abasto que en algunos casos tardaron meses en reactivarse.
tipo de daño que no se ve en ningún titular, pero que la organización lo siente en su capacidad operativa. La organización también lo notó. Y en las organizaciones criminales notar a alguien tiene consecuencias. La primera amenaza llegó en 2005. No contra Rodrigo directamente, contra su familia, su esposa Lucía y sus dos hijos, Marco de 12 años y Sofía de nueve, que vivían en Zapopan mientras él estaba en misión.
Un sobre sin remitente con una fotografía de los tres saliendo de la escuela sin palabras. Las fotografías en ese contexto son el mensaje. Rodrigo leyó el sobre, lo guardó y al día siguiente siguió trabajando, no porque no tuviera miedo, porque tenía la formación y la experiencia para separar el miedo de la función, para procesar la amenaza con el protocolo que el ejército tiene para esas situaciones y para seguir haciendo lo que había decidido que era su trabajo.
Lo que siguió en los tres años posteriores fue una escalada que ninguno de los dos lados podía detener una vez que había comenzado. Los operativos de Rodrigo seguían produciendo daño a la organización. La organización seguía escalando la presión sobre su familia. Los protocolos de seguridad aumentaban. La vida de Lucía y los niños se fue restringiendo progresivamente a los espacios que el ejército podía proteger con certeza.
Lo que ocurrió en noviembre de 2008 cuando Rodrigo Cienfuegos era ya teniente coronel y su unidad había completado 16 operativos en cuatro estados en los dos años anteriores. Es lo que explica por qué ese hombre terminó en la banqueta de un barrio de Guadalajara con ropa sucia y mirada de nadie. ¿Y por qué los sicarios del CJ, que decidieron divertirse con él esa tarde cometieron el error más grave de sus vidas? La noche del 14 de noviembre de 2008, un vehículo que Rodrigo no reconoció se detuvo frente a la casa de su esposa en Zapopan. Lucía estaba en
casa con Marco y Sofía. Los guardias de seguridad asignados eran dos, suficiente para una amenaza ordinaria. no suficiente para lo que llegó esa noche. El ataque duró menos de 4 minutos. Cuando Rodrigo llegó, llamado por la señal de emergencia que los protocolos habían activado, el vehículo ya no estaba.
Los dos guardias estaban muertos y adentro de la casa que él había pagado con años de servicio al Estado mexicano, su esposa y sus hijos no estaban, nunca aparecieron. La investigación oficial duró meses. Produjo hipótesis, líneas de investigación, documentos con el lenguaje técnico que los documentos oficiales usan cuando no tienen respuesta concreta, pero necesitan parecer que el proceso avanza.
Rodrigo Cien Fuegos supo desde el principio que esos documentos no iban a producir nada porque llevaba 10 años entendiendo cómo funcionaba la organización que había tomado a su familia y sabía que cuando la organización hace algo de esa escala no deja el tipo de evidencia que los procesos judiciales ordinarios pueden usar.
siguió en servicio, no porque pudiera separar lo personal de lo profesional como antes, sino porque el trabajo era lo único que quedaba, lo que su cuerpo sabía hacer, lo que su mente necesitaba para no colapsar completamente en el vacío, que noviembre de 2008 había dejado donde antes había una casa en Zapopan con dos niños y una mujer que había aceptado vivir con los riesgos de casarse con alguien que hacía el trabajo que él hacía fue promovido a Teniente Coronel en 2010.
Sus superiores lo describían en las evaluaciones con el lenguaje medido de los documentos militares, pero entre las líneas de ese lenguaje medido estaba la descripción de alguien que había cruzado una frontera de la que no se regresa completamente, que hacía su trabajo con la eficiencia de siempre, pero que ya no lo hacía por lo mismo que antes.
antes lo hacía para proteger algo, ahora lo hacía porque ya no había nada que proteger y el trabajo era lo único que quedaba entre él y el abismo. En 2014, con 27 años de servicio y un historial que los archivos de La Sedena registran con más operativos en zonas de alto riesgo que cualquier oficial de su rango en ese periodo, Ro

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