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Los Sicarios del CJNG le Derramaron Cerveza a un Anciano — Sin Saber Quién Era Realmente

¿Saben con quién se están metiendo? No tienen idea de quién soy yo. La cerveza cayó despacio sobre el sombrero de palma del anciano, escurriendo por el ala, mojándole el bigote blanco, la cara. el cuello, la camisa y los sicarios se reían. Se reían a carcajadas como si fuera la cosa más graciosa del mundo.
El que vaciaba la botella era el más corpulento del grupo, un hombre de unos 35 años, los brazos enormes cubiertos de tatuajes que le subían hasta el cuello, una cadena de oro gruesa, anillos relucientes en los dedos y encima de la camiseta negra un chaleco táctico con tres letras blancas. CJNG sostenía la botella en lo alto con una mano, dejando caer el líquido gota a gota, alargando la humillación, y con la otra se palmeaba la pierna de tanto reír, mientras la cerveza le escurría en la cabeza al viejo, como quien riega una maceta disfrutando de cada segundo.


Alrededor de la mesa, cuatro sicarios más le hacían coro, todos con los mismos chalecos negros. Las mismas tres letras blancas, varios con gorras negras que también decían cng caladas hasta las cejas. Uno llevaba lentes oscuros y una camisa estampada brillante con dos cadenas de oro encima del chaleco.
Otro más al fondo cargaba un rifle de asalto apoyado contra el muslo y reía enseñando los dientes. Eran jóvenes, fuertes, tatuados, perfumados de loción cara y de cerveza, y se sentían como se sentían siempre en todas partes, los dueños absolutos del lugar y de todos los que estuvieran dentro. Y el lugar era hermoso, una cantina de pueblo, de las de verdad, de las que ya casi no quedan en México.
Arcos pintados de un rojo vivo, paredes blancas encaladas, platos de talavera de colores colgados por todas partes como adornos, una estantería de madera al fondo repleta de botellas, un farol de hierro forjado colgando del techo y proyectando una luz cálida sobre la mesa donde estaba sentado el viejo, un mantel de zarape de rayas vivas, rojo, verde, azul, amarillo, un plato de comida humeado.
apenas probado, una jarra de barro, una cerveza modelo a medio tomar, una canasta de mimbre con tortillas calientes envueltas en una servilleta bordada y un platito azul con limones partidos. Era un lugar lleno de vida, de color, de alma, el tipo de lugar donde un hombre va a comer en paz, a recordar, a sentirse en casa.
Y en el centro de todo, sentado a la mesa, encharcado en cerveza, estaba el anciano. Tenía unos 75 años, un sombrero de palma blanco de ala ancha, ahora empapado, un bigote blanco y grueso que le caía a los lados de la boca, una camisa clara de manga larga y encima un chaleco de cuero café gastado por los años.
La cerveza le escurría por la cara, le mojaba la ropa, le caía sobre el plato de comida que apenas había probado. Y él no se movía, no gritaba, no suplicaba, no temblaba. Tenía los ojos entrecerrados, la mandíbula firme, las manos quietas sobre el mantel. soportaba la humillación con una dignidad de piedra, con esa calma terrible de los hombres muy viejos que ya han visto pasar la vida entera y a quienes ya muy pocas cosas pueden quebrar.
¿Verdad que está rica la cerveza, abuelo? Se burló el corpulento sacudiendo las últimas gotas sobre el sombrero del viejo. Es que te veías acalorado, nada más te estoy refrescando. No te enojes. Los demás soltaron otra carcajada. Oiga, jefe, dijo el de los lentes oscuros, y si le pedimos que nos cante algo, para eso son las cantinas, ¿no? A ver, viejo, cántanos una.
El anciano levantó por fin la mirada despacio y miró al corpulento que lo había bañado en cerveza, no con miedo, sino con una serenidad que de haber sido un poco más listos a aquellos hombres debió haberles erizado la piel. “Muchacho”, dijo con una voz ronca y tranquila, limpiándose la cara con el dorso de la mano.
“Te voy a dar un consejo gratis. Agarra a tus amigos, paga lo que se tomaron y váyanse de aquí ahorita mismo mientras puedan. La frase fue tan inesperada, tan tranquila, que por un segundo se hizo el silencio, luego el corpulento estalló en una risa todavía más fuerte. Mientras podamos, se inclinó sobre la mesa hasta que dar a un palmo de la cara mojada del viejo.
Ay, abuelo, creo que no entendiste cómo funciona esto. Nosotros somos del cartel Jalisco Nueva Generación. Nosotros no nos vamos de ningún lado. Nosotros llegamos y lo que nos gusta nos lo quedamos. Y sabes qué, esta cantina me está empezando a gustar. A lo mejor me la quedo. ¿Tú qué opinas? El anciano lo miró un largo segundo y entonces increíblemente sonrió un poco por debajo del bigote mojado.
Una sonrisa triste, casi de lástima. Opino que acabas de cometer el peor error de tu vida”, dijo en voz baja. “Y todavía no lo sabes. Y aquí, justo aquí, tengo que detener la historia.” Porque esos cinco sicarios del CJNG riéndose, bañando en cerveza a un viejo al que tomaban por un campesino cualquiera, por un don nadie indefenso, no tenían la menor idea de tres cosas.
No sabían de quién era esa cantina. No sabían quién era el anciano al que estaban humillando. Y sobre todo, no sabían que de todos los lugares, de toda la región a los que pudieron entrar a hacer su desmadre, de todas las cantinas, de todos los pueblos, de todas las mesas, habían ido a meterse ellos solitos en el único en el que jamás, jamás debieron poner un pie.
No entraron a una cantina cualquiera. Entraron a la boca del lobo, creyendo que entraban a un corral de ovejas. Quédate hasta el final, porque cuando entiendas quién era ese viejo del sombrero mojado, de dónde venía su poder y a quién acababan de faltarle al respeto en su propia casa, en el lugar más sagrado que ese hombre tenía sobre la tierra, vas a comprender que esos hombres no humillaron a un anciano indefenso.
Le derramaron una cerveza en la cabeza, mu

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