Existen cartas y documentos formales en los que los congresistas norteamericanos solicitan investigaciones exhaustivas sobre los negocios del candidato en el estado de la Florida. Las denuncias apuntan a la existencia de al menos 14 aparentes empresas fachada radicadas en ese estado, a través de las cuales se habrían realizado multimillonarias transacciones inmobiliarias. El gran interrogante, el hilo del que tira la justicia, es el origen de esos fondos.
Pero el asunto es aún más denso. Las solicitudes de investigación mencionan presuntos vínculos del candidato con organizaciones que han sido designadas como terroristas en el pasado, refiriéndose específicamente a su cercanía histórica y profesional con miembros de las extintas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Además, se subraya su relación como abogado penalista y empresario con clientes de altísimo perfil criminal, como Alex Saab, el controvertido operador financiero que actualmente enfrenta cargos federales en el Distrito Sur de la Florida por presuntamente lavar millones de dólares a favor del régimen de Nicolás Maduro. ¿Cómo es posible que un candidato presidencial esté siendo vinculado en el Congreso de los Estados Unidos con redes de lavado de activos y testaferrato internacional?
Mientras esta tormenta perfecta se forma en el extranjero, dentro de Colombia surge otro obstáculo gigantesco que amenaza con derrumbar su candidatura desde las bases mismas de la ley. La fiscal Angélica Monsalve, conocida por su postura inquebrantable frente a la corrupción (“la fiscal de hierro”), ha destapado lo que ella considera una violación flagrante a la Constitución Política de Colombia. A través de un análisis jurídico detallado, Monsalve sostiene que Abelardo de la Espriella se encuentra taxativa y constitucionalmente inhabilitado para ser presidente de la República.
El núcleo del argumento radica en la doble (o incluso triple) nacionalidad del candidato y en los juramentos de lealtad que ha hecho a naciones extranjeras, específicamente a los Estados Unidos. Según el artículo 197 de la Constitución, un candidato presidencial no puede estar inmerso en las inhabilidades previstas en el numeral 7 del artículo 179. Este numeral establece claramente que quienes tengan doble nacionalidad no pueden ocupar ciertos cargos. Si bien existe una excepción que permite a los congresistas nacidos en Colombia mantener su doble nacionalidad, Monsalve explica de manera contundente, apoyada en la doctrina y jurisprudencia de las Altas Cortes, que las excepciones son de interpretación restrictiva y no pueden trasladarse por analogía al cargo del presidente de la República.
Para decirlo en términos sencillos: la Constitución prohíbe expresamente que un ciudadano con doble nacionalidad llegue a la Casa de Nariño, ya que su lealtad, jurada a dos banderas distintas, genera un conflicto de intereses inaceptable para el jefe de Estado. ¿Cómo puede alguien gobernar y defender a Colombia si, al mismo tiempo, ha jurado lealtad a los Estados Unidos, país donde además se le está solicitando investigar por presuntos delitos financieros?
Monsalve no se guardó palabras al cuestionar la pasividad de las instituciones. Lanzó duros reclamos al Consejo Nacional Electoral (CNE), acusándolo de ser un órgano politizado que permitió la inscripción de esta candidatura en un mar de “oscurantismo”. Mencionó, además, el escándalo de las firmas cuestionadas y presuntamente falsas con las que el candidato avaló su postulación, un proceso sobre el cual el CNE se ha negado a brindar la transparencia necesaria. Asimismo, hizo un llamado urgente a la Corte Suprema de Justicia y al Consejo de Estado para que actúen de oficio y protejan el orden constitucional antes de que sea demasiado tarde.
La imagen que se proyecta es la de un candidato acorralado. Por un lado, necesita desesperadamente el fuero presidencial y el poder del Estado para blindarse contra las investigaciones internacionales que amenazan su libertad y su fortuna. Por otro lado, la propia ley colombiana parece gritar que su candidatura es ilegítima desde su concepción. La desesperación por llegar al poder se explica, entonces, no por un anhelo de servir al país, sino por un instinto básico de supervivencia. De la Espriella habría enloquecido en su carrera hacia la presidencia porque sabe que su alternativa es el banquillo de los acusados.
Este escenario pone a prueba la solidez de la democracia colombiana. La polarización y el fanatismo a menudo ciegan a los electores, impidiéndoles ver que detrás de las promesas de “mano dura” y la guerra retórica contra la “izquierda radical”, se pueden esconder agendas de impunidad. Si las instituciones permiten que una candidatura con este nivel de sombras internacionales y presuntas inhabilidades constitucionales prospere, el daño a la confianza pública será irreparable.
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Colombia está ante una encrucijada crítica. No se trata solo de elegir una tendencia política; se trata de decidir si permitimos que la Presidencia de la República sea utilizada como un refugio de presuntos criminales internacionales. El silencio cómplice de ciertos sectores no podrá ocultar eternamente el estruendo de las investigaciones en curso.
Frente a la abrumadora presión de la justicia internacional y las advertencias constitucionales, ¿crees que las autoridades electorales tendrán el valor de inhabilitar a Abelardo de la Espriella antes de los comicios?
La soberanía de un país se defiende no solo en sus fronteras, sino en la transparencia de quienes aspiran a liderarlo. Es momento de abrir los ojos, cuestionar las narrativas de miedo impuestas desde el exterior y exigir que la ley sea igual para todos, sin importar cuán poderosos se crean. ¡Comparte esta verdad y no dejes que secuestren el futuro de nuestra nación!