No una de las más famosas. La más famosa. Había comenzado su carrera como niña actriz. Había protagonizado telenovelas que rompieron récords de audiencia, había lanzado una carrera musical exitosa y había sido bautizada por la prensa con un título que ninguna otra mujer en la historia del entretenimiento mexicano había recibido. La novia de América.
Un título que no solo describía su popularidad, sino que definía su función dentro del ecosistema de Televisa. Lucero no era simplemente una artista, era un símbolo, una marca, un producto cultural que la televisora más poderosa de América Latina había construido meticulosamente durante dos décadas y que generaba millones de dólares anuales en publicidad, telenovelas, discos y merchandising.
Y Emilio Azcárraga, Milmo, el tigre, el dueño de Televisa, tenía planes muy específicos para su producto más valioso. planes que incluían a Manuel Mijares de maneras que el cantante, con su humildad genuina y su confianza en la bondad de las personas nunca sospechó. Porque lo que Manuel Mijares no sabía cuando conoció a Lucero a mediados de los 90, cuando se enamoró de ella con la intensidad honesta de un hombre que había esperado toda su vida para encontrar a la persona correcta, cuando le propuso matrimonio con un anillo que
representaba todo lo que había ganado con 30 años de trabajo honesto, era que su historia de amor ya había sido evaluada, aprobada y estratégicamente instrumentalizada por personas cuyo interés en el matrimonio no tenía nada que ver con el amor y todo que ver con en el rating y la llamada que recibiría en Acapulco años después sería la prueba definitiva de que en Televisa incluso el amor más genuino podía ser convertido en mercancía y que cuando la mercancía dejaba de ser rentable se descartaba sin importar cuántas vidas quedaran
destruidas en el proceso. La historia de cómo Manuel Mijares y Lucero se convirtieron en pareja es en su superficie una de las historias de amor más hermosas del entretenimiento latino. un cantante de 40 años con una carrera sólida construida a base de talento y trabajo honesto. Ella, una estrella de 27 años que había crecido frente a las cámaras de Televisa y que representaba todo lo que México idealizaba en una mujer.
Belleza, talento, carisma y una sonrisa que podía iluminar un estudio de televisión completo. Se conocieron en los círculos profesionales de la industria musical mexicana, donde ambos eran figuras consolidadas, pero que operaban en órbitas ligeramente diferentes. Mijares era el mundo de la balada romántica, los conciertos íntimos, los festivales internacionales.
Lucero era el mundo de las telenovelas, los programas de variedades, la maquinaria televisiva de Televisa. La primera vez que Mijares vio a Lucero, según lo que él mismo confesaría décadas después en una entrevista con Jordi Rosado, le encantó. Usó exactamente esa palabra. Me encantó. Pero inmediatamente su pragmatismo de hombre maduro lo hizo notar algo que su corazón prefería ignorar. La diferencia de edad.
11 años lo separaban. Él había nacido en 1958, ella en 1969. En los 90, cuando comenzaron a acercarse sentimentalmente, esa diferencia no parecía significativa. Él tenía 38 años, ella 27. Ambos estaban en la plenitud de sus carreras. Ambos eran solteros sin compromisos previos de matrimonio. La edad era un número, no un obstáculo.
Pero Mijares, con esa lucidez silenciosa que lo caracterizaba, intuyó desde el principio que esos 11 años podrían convertirse en un problema con el paso del tiempo. Ese fue el problema, admitiría años después, con la honestidad brutal de quien ha tenido décadas para reflexionar sobre sus errores y los errores de otros.
No porque 11 años fueran una diferencia insalvable, sino porque esos 11 años representaban algo más profundo. Dos personas en etapas diferentes de la vida, con ritmos diferentes, con necesidades diferentes, atrapadas en una industria que no permitía que las relaciones evolucionaran a su propio ritmo.
El noviazgo duró un año, un año de escenas privadas, de llamadas telefónicas nocturnas, de esa danza cuidadosa que las celebridades ejecutan cuando intentan construir algo genuino bajo la mirada constante de los medios de comunicación. Mijares, que había mantenido su vida personal alejada de la prensa durante toda su carrera, de pronto se encontraba en el centro del huracán mediático simplemente por estar con Lucero, porque estar con Lucero significaba estar con la novia de América.
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Y la novia de América no le pertenecía solo a Mijares, le pertenecía a México entero o más precisamente le pertenecía a Televisa. Y aquí es donde la historia se complica de maneras que Mijares, con su confianza en la buena fe de las personas no anticipó. Emilio Azcárraga. Milmo, El tigre se enteró del romance entre Lucero y Mijares con el interés que un CEO muestra cuando dos de sus activos más valiosos están a punto de fusionarse.
No lo vio como una historia de amor, lo vio como una oportunidad de negocio y la propuesta que le hizo a Lucero fue formulada con la elegancia de quien sabe disfrazar una transacción comercial como un gesto de cariño paternal. A mí me gustaría mucho que toda la gente en México pudiera verte el día de tu boda, que pudiera verte casándote”, le dijo Azcárraga a Lucero, según lo que ella misma reveló años después en su podcast y en entrevistas con Jorge Ramos y Jordi Rosado. La propuesta sonaba romántica.
El hombre más poderoso de la televisión mexicana quería regalarle a México el espectáculo de ver a su novia de América casándose con el soldado del amor. Era un cuento de hadas hecho realidad, transmitido en vivo para que nadie se lo perdiera. Lucero consultó con Mijares y con su madre, Lucero León, quien había sido su guía y protectora desde que era niña.
La propuesta fue analizada, discutida y finalmente aceptada. Lo que Lucero revelaría décadas después fue un detalle que en su momento había sido objeto de especulación interminable. Sí, hubo pago. Televisa compensó económicamente a la pareja por la transmisión de la boda. Lucero nunca especificó la cantidad exacta, pero confirmó que la versión de que habían sido contratados para casarse era una distorsión de la realidad.
Se casaron porque se amaban. aceptaron televisar la boda porque la propuesta de Azcárraga incluía una compensación que, combinada con la relación de cariño genuino que Lucero tenía con el tigre, hacía que rechazarla pareciera innecesario. El 18 de enero de 1997, el Colegio de las Bizcaínas en el centro histórico de la Ciudad de México se transformó en el escenario de lo que la prensa bautizó inmediatamente como la boda del siglo.
Silvia Pinal condujo la transmisión televisiva. Las cámaras de Televisa capturaron cada momento la llegada de Lucero en su vestido diseñado por Mitzi. Mijares esperando en el altar con una sonrisa que millones de mexicanos interpretaron como la expresión más pura de la felicidad, los votos matrimoniales, el beso, el primer baile de los novios.
El rating fue de 52 puntos. 52 puntos. Para poner esa cifra en perspectiva, superó a los Super Bowls de la época. se convirtió en el evento televisivo más visto de 1997 y en uno de los 10 programas con mayor audiencia en toda la historia de Televisa. México entero se detuvo para ver a Lucero y Mijares casarse. Era, como la propia Lucero describiría después, un cuento de hadas.
Pero los cuentos de hadas en Televisa tenían letra pequeña y la letra pequeña de la boda Lucero Mijares era algo que Manuel descubriría gradualmente durante los 14 años siguientes, que al aceptar televisar su boda no solo había compartido el momento más íntimo de su vida con millones de desconocidos, había transformado su matrimonio en propiedad pública, había convertido su relación en un activo de Televisa que la empresa consideraba suyo, tanto como consideraba suyas las telenovelas de Lucero o los programas de variedades donde ambos
aparecían. Porque a partir de esa boda televisada, Lucero y Mijares dejaron de ser simplemente una pareja casada, se convirtieron en una marca. La marca Lucero Mijares era un producto que generaba ingresos a través de apariciones conjuntas, duetos musicales, portadas de revista, entrevistas donde ambos proyectaban la imagen de matrimonio perfecto que el público esperaba después de haber presenciado su cuento de hadas en vivo.
Y como toda marca, tenía obligaciones que cumplir, estándares que mantener y una imagen que protegera cualquier costo. Jares, que se había casado por amor, descubrió que había firmado un contrato emocional con todo un país y los contratos en Televisa se cumplían. No importaba lo que pasara detrás de las puertas cerradas, no importaba si la relación enfrentaba dificultades.
No importaba si las agendas extenuantes, los viajes constantes y las presiones de mantener dos carreras en la cúspide simultáneamente estaban erosionando la conexión que los había unido en primer lugar. La marca Lucero Mijares debía seguir funcionando porque había demasiado dinero, demasiados contratos y demasiadas expectativas públicas invertidas en su continuidad.
Los primeros años del matrimonio fueron genuinamente felices. Mijares lo ha reconocido en múltiples entrevistas. Fueron años de amor real, de construcción de una familia, de la ilusión compartida de crear algo duradero. En 2001, 4 años después de la boda, nació su primer hijo, José Manuel. En 2005 llegó Lucero Mijares, la hija que años después heredaría el talento vocal de ambos padres y se convertiría en una presencia carismática por derecho propio.
Pero debajo de la superficie feliz, las grietas comenzaron a aparecer con la constancia silenciosa de las fisuras en un muro que soporta demasiado peso. Las agendas de ambos eran brutales. Lucero filmaba telenovelas que requerían meses de grabación intensiva, además de mantener su carrera musical y sus compromisos publicitarios.
Miares realizaba giras por todo el continente, grababa discos y cumplía con una agenda de conciertos que lo mantenía fuera de casa durante semanas consecutivas. Se convirtieron, según las propias palabras de Mijares, en una pareja que estaba acostumbrada a que estaba uno o estaba el otro.
Esa frase pronunciada años después con la economía verbal de quien ha destilado años de dolor en una sola observación, contiene la tragedia completa del matrimonio. No se separaron por falta de amor, se separaron por falta de presencia, por la imposibilidad de estar juntos cuando la industria que los había unido exigía que estuvieran en lugares diferentes, cumpliendo obligaciones que generaban millones de dólares para empresas que no tenían ningún interés en la salud emocional de su matrimonio.
Y fue en medio de esa erosión silenciosa, en medio de esa distancia que crecía con cada gira, con cada telenovela, con cada mes que pasaban más tiempo en hoteles que en su propia casa, donde la noche de Acapulco comenzó a gestarse, no como un evento aislado, sino como la culminación de años de tensión acumulada que finalmente encontró su punto de ruptura.
Porque lo que sucedió en Acapulco en febrero de 2011 no fue un accidente. Fue el resultado predecible de un sistema que convierte las relaciones humanas en productos comerciales y que cuando esos productos dejan de ser rentables o convenientes, los descarta con la misma eficiencia con la que descarta una telenovela con bajo rating.
Y Manuel Mijares, el hombre más bueno de la industria musical mexicana, estaba a punto de descubrir que su bondad no era un escudo, sino un blanco. Los rumores comenzaron mucho antes de Acapulco. En la industria del entretenimiento mexicano, los rumores son como el humo. Aparecen antes de que nadie vea el fuego, se filtran por debajo de las puertas cerradas y se propagan con una velocidad que ningún equipo de relaciones públicas puede contener completamente.
Y los rumores sobre el matrimonio de Lucero y Mijares comenzaron a circular con fuerza a mediados de la primera década de los 2000, cuando personas dentro de Televisa empezaron a notar cambios sutiles pero significativos en la dinámica de la pareja. Las apariciones públicas conjuntas se espaciaron. Las entrevistas donde ambos hablaban de su matrimonio con entusiasmo se volvieron menos frecuentes y más mecánicas.

Los fotógrafos de revistas de espectáculos que seguían a la pareja notaron que el lenguaje corporal había cambiado. Menos contacto visual espontáneo, menos gestos de afecto natural, más sonrisas que parecían activadas por la presencia de cámaras en lugar de brotar de una emoción genuina. Eran señales microscópicas que el público general no percibía, pero que los profesionales del chisme, entrenados durante décadas en el arte de detectar fracturas matrimoniales antes de que se hicieran públicas, reconocían inmediatamente. Mijares, fiel
a su carácter, no alimentaba los rumores. Cada vez que un periodista le preguntaba sobre el estado de su matrimonio, respondía con la misma serenidad de siempre. Todo estaba bien. Lucero y él se amaban. La familia era sólida. Y la tragedia es que probablemente lo creía genuinamente, porque Mijares era el tipo de hombre que interpretaba los problemas matrimoniales como obstáculos temporales, no como síntomas de algo irreparable.
Las parejas pasan por momentos difíciles, las agendas se complican, la distancia genera tensiones, pero el amor de fondo permanece intacto y eventualmente todo se resuelve. Esa era la filosofía de un hombre criado por padres asturianos que creían en la permanencia de los compromisos, en la lealtad como valor supremo y en la idea de que el matrimonio era un pacto para toda la vida, que se honraba incluso cuando honrarlo dolía.
Lo que Mijares no estaba viendo, o quizás lo que prefería no ver, era que mientras él mantenía esa filosofía de lealtad incondicional, el mundo alrededor de su matrimonio estaba cambiando de maneras que hacían que esa lealtad fuera cada vez más unilateral. Lucero, a diferencia de Mijares, operaba dentro de un ecosistema mucho más complejo y mucho más demandante.
No era solo cantante, era actriz de telenovelas, lo que significaba meses de convivencia intensiva con elencos, donde las relaciones personales se desarrollaban a una velocidad acelerada por la intimidad artificial del set. Era figura pública de Televisa, lo que significaba eventos sociales constantes, donde el networking era tan importante como el trabajo artístico.
Y era la novia de América, un título que implicaba una responsabilidad de imagen que abarcaba no solo su apariencia física, sino su vida sentimental, sus amistades, sus decisiones y la percepción pública de cada aspecto de su existencia. En ese ecosistema, Lucero conoció a personas que Mijares no conocía.
frecuentó círculos que Mijares no frecuentaba. desarrolló relaciones profesionales y sociales que existían completamente fuera de la órbita de su matrimonio. Y entre esas relaciones, una en particular, comenzó a generar comentarios dentro de los círculos más informados del espectáculo mexicano. La cercanía de Lucero con Michel Curi, un empresario mayor, discreto y extraordinariamente rico, cuyo perfil era tan opuesto al de Mijares que la comparación resultaba casi caricaturesca.
Donde Mijares era público, Curi era invisible. Donde Mijares era artista, Curi era empresario. Donde Mijares vivía de su voz y su talento, Curi vivía de inversiones, negocios inmobiliarios y un patrimonio familiar que lo colocaba en un estrato económico donde los cantantes de baladas, por exitosos que fueran, simplemente no llegaban.
Y donde Mijares era accesible, transparente, incapaz de ocultar lo que sentía, Curi hermético, calculador y acostumbrado a moverse en un mundo donde la discreción era la moneda más valiosa. Los rumores sobre Lucero y Curi circularon durante años en las revistas de espectáculos mexicanas, sin que ninguno de los involucrados los confirmara o desmintiera de manera definitiva.
eran el tipo de rumores que la industria mantenía en estado de suspensión perpetua, suficientemente ruidos como para generar titulares, pero suficientemente ambiguos como para ser negados plausiblemente. Y Mijares, que no era un hombre de confrontación ni de escenas dramáticas, navegaba esos rumores con la misma dignidad silenciosa con la que había navegado toda su carrera, no respondiendo, no alimentando el fuego, confiando en que la verdad eventualmente se impondría.
Pero la verdad que se impuso no fue la que Mijares esperaba. En febrero de 2011, Lucero viajó a Acapulco con sus hijos. Era un viaje familiar, según la versión oficial, un descanso entre compromisos profesionales. Mijares no la acompañó. estaba en otra ciudad cumpliendo con una agenda de conciertos que lo mantenía en movimiento constante, la separación física, esa separación que según el propio Mijares había sido la constante de su matrimonio durante años, se repitió una vez más sin que nadie le asignara importancia particular, hasta
que las fotografías aparecieron. Los paparasis de Acapulco, esos fotógrafos especializados en capturar a celebridades en momentos de vulnerabilidad, obtuvieron imágenes de lucero en la playa junto a sus hijos y junto a un hombre mayor que los medios identificaron rápidamente como Michel Cury.
Las fotos no mostraban nada explícitamente comprometedor. No había besos, no había abrazos románticos, solo la presencia de un hombre que no era el esposo de Lucero, acompañándola en un viaje familiar donde el esposo estaba ausente. Pero en la industria del entretenimiento las fotos no necesitan ser explícitas para ser devastadoras.
Lo que importa no es lo que muestran, sino lo que sugieren. Y lo que esas fotografías sugerían era suficiente para detonar una crisis que llevaría al matrimonio más famoso de México a su fin. La publicista de lucero reaccionó inmediatamente con una versión que en retrospectiva resultaría insostenible. Explicó que el hombre de las fotos era el padrino de bautizo de los hijos de lucero.
Una explicación técnicamente posible, pero que los periodistas de espectáculos, acostumbrados a detectar cortinas de humo, recibieron con un escepticismo que se convertiría en certeza pocos días después. Y fue en ese momento, con las fotografías circulando en todos los medios, con los rumores alcanzando un volumen que ya no podía ser ignorado, con la versión del padrino de bautizo, desmoronándose bajo el peso de preguntas que no tenían respuesta satisfactoria cuando Manuel Mijares recibió la llamada.
No fue Lucero quien llamó, no fue un periodista buscando confirmación, no fue un amigo alertándolo sobre las fotos. La llamada vino de alguien dentro de la estructura de poder que rodeaba a Lucero, alguien cuya identidad Mijares nunca ha revelado públicamente, pero cuyo mensaje fue tan claro, tan directo y tan desprovisto de cualquier consideración humana, que el cantante entendió en cuestión de segundos que no estaba recibiendo una noticia sino un ultimátum.
Lo que esa voz le dijo al teléfono esa noche, mientras Mijares estaba solo en una suite de hotel, procesando las imágenes que había visto en las noticias apenas horas antes, fue algo que ningún hombre debería tener que escuchar sobre su propio matrimonio a través de una llamada telefónica de un tercero. Me dijeron que la situación ya no era manejable, que las fotografías eran solo la punta del iceberg, que había más material que podía salir a la luz y la situación no se controlaba rápidamente y que la única forma de controlarla era un
anuncio conjunto de separación, amistoso, civilizado, diseñado para proteger la imagen de ambos, pero especialmente la imagen de Lucero, cuya marca como novia de América era un activo multimillonario que no podía ser dañado por un escándalo de infidelidad. La persona que llamó le presentó a Mijares un escenario con dos opciones.
La primera, aceptar el divorcio en los términos que se le estaban proponiendo. Emitir un comunicado conjunto hablando de separación de mutuo acuerdo, mantener una relación cordial por el bien de los hijos y crucialmente nunca hablar públicamente sobre las verdaderas razones de la separación. A cambio, recibiría condiciones favorables en la custodia de sus hijos.
El proceso sería rápido e indoloro, y su propia imagen pública quedaría intacta como la del caballero que manejó su divorcio con dignidad. La segunda opción, resistirse, intentar luchar por su matrimonio, confrontar públicamente las razones de la ruptura, exigir explicaciones, buscar responsables y enfrentar las consecuencias de esa resistencia.
una guerra mediática donde la maquinaria de relaciones públicas que protegía a Lucero se activaría en su contra, donde los rumores se convertirían en titulares, donde la narrativa pública se diseñaría para presentarlo no como el esposo traicionado, sino como el marido controlador que no aceptaba el final de un matrimonio que llevaba años muerto.
La voz al teléfono fue clara. La primera opción protegía a todos, especialmente a los hijos. La segunda opción destruiría a todos. especialmente a los hijos. Y la decisión debía tomarse en las siguientes 48 horas, antes de que los medios escalaran la historia a un punto donde el control narrativo ya no fuera posible.
Mijares escuchó todo en silencio. No gritó, no insultó, no amenazó. Cuando la llamada terminó, según lo que personas cercanas a él han reconstruido a lo largo de los años, se sentó en el borde de la cama de la suite del hotel Princess y permaneció inmóvil durante un tiempo que nadie puede precisar. Podían haber sido minutos, podían haber sido horas.
Lo único que se sabe con certeza es que cuando Manuel Mijares se levantó de esa cama, el hombre que se puso de pie no era el mismo que se había sentado. El soldado del amor acababa de perder su última batalla y la había perdido sin siquiera tener la oportunidad de pelearla. Las 48 horas que siguieron a la llamada fueron, según quienes estuvieron cerca de Mijares durante ese periodo, las más oscuras de su vida.
No porque llorara, no porque gritara, no porque destruyera la habitación del hotel en un arranque de furia como habrían hecho otros hombres en su situación, sino porque hizo algo que resultaba mucho más perturbador para quienes lo conocían. se quedó en silencio. Un silencio absoluto, impenetrable, tan diferente de su personalidad habitualmente cálida y comunicativa, que las personas que intentaron hablar con él durante esas horas describen la experiencia como intentar conversar con alguien que está físicamente presente, pero emocionalmente en otro lugar. Mijares
llamó a su madre. Esa fue la primera llamada que hizo después de colgar el teléfono. María del Pilar Morán, la mujer asturiana que había reconocido el talento de su hijo cuando era un niño cantando en el coro escolar, escuchó lo que Manuel le contó sin interrumpirlo y cuando terminó, según lo que personas cercanas a la familia han relatado, le dijo algo que revelaba tanto su amor maternal como su indignación.
le dijo que ella siempre había sospechado que una madre sabe que las señales habían estado ahí durante años, pero que ella había respetado el espacio de su hijo para descubrirlas por sí mismo, esperando equivocarse, pero temiendo tener razón. La madre de Mijares eventualmente haría declaraciones a TV Notas donde expresaría su convicción de que Lucero había sido infiel.
No usó lenguaje diplomático, no calibró sus palabras para proteger relaciones públicas. habló con la franqueza brutal de una madre que ve a su hijo destruido y que señala directamente a quien considera responsable. Esas declaraciones que contrastaban radicalmente con el silencio elegante que Mijares mantendría públicamente durante años fueron quizás el único momento donde la verdad emocional de la situación se filtró sin filtros al dominio público.
Pero en esas 48 horas cruciales entre la llamada y la decisión, Mijares no estaba pensando en declaraciones públicas ni en estrategias mediáticas, estaba pensando en sus hijos. José Manuel tenía 9 años, Lucerito tenía cinco, dos niños cuya vida hasta ese momento había transcurrido dentro de la burbuja protectora de una familia que con todas sus disfunciones privadas les proporcionaba estabilidad.
Dos niños que iban a la escuela sin que los compañeros les preguntaran por qué sus padres estaban en los titulares de las revistas de chismes. Dos niños que todavía podían ser niños sin la carga de ser hijos de un escándalo público. Y fue pensando en esos dos niños. No en su orgullo herido, ni en su corazón roto, ni en su reputación pública, donde Mijares encontró la respuesta al ultimátum que había recibido por teléfono.
Elegió la primera opción. Eligió ceder. No porque fuera débil, no porque le faltara valor para pelear, no porque aceptara que lo que le estaban haciendo fuera justo, sino porque entendió, con la claridad que solo da el dolor más profundo, que pelear significaba convertir a sus hijos en daños colaterales de una guerra mediática que no les pertenecía, que resistirse significaba exponer a José Manuel y Lucerito, a titulares, especulaciones, preguntas crueles de compañeros de escuela y la destrucción pública de la imagen que tenían de su
madre. padre y que ninguna victoria personal, ninguna reivindicación de su honor, ninguna demostración pública de que él era la parte agraviada, valía el precio de dañar a dos niños que no habían pedido nacer en una familia donde el amor de sus padres era un producto comercial antes de ser un sentimiento humano.
Mijares eligió ser padre antes que ser víctima y esa elección, que desde afuera parecía pasividad, fue en realidad el acto más valiente de su vida. En marzo de 2011, semanas después de la llamada, Lucero y Mijares emitieron un comunicado conjunto que informaba al público que su matrimonio de 14 años había llegado a su fin de mutuo acuerdo.
El comunicado era un ejemplo perfecto de ingeniería narrativa, cuidadosamente redactado para transmitir civilidad, respeto mutuo y la prioridad compartida del bienestar de los hijos. No mencionaba razones específicas, no señalaba culpables, no ofrecía detalles que pudieran alimentar la voracidad de los medios de espectáculos.
Era, en términos de comunicación de crisis, una obra maestra de control de daños. Y detrás de cada palabra de ese comunicado estaba la mano invisible de la maquinaria que había orquestado todo, la misma maquinaria que había televisado la boda, que había construido la marca Lucero Mijares, que había convertido un matrimonio en un producto comercial y que ahora, cuando ese producto dejó de funcionar, lo descontinuaba con la misma eficiencia corporativa con la que se retira del mercado, un artículo que ya no genera beneficios. La reacción pública fue
exactamente la que los estrategas habían diseñado. Tristeza generalizada, sí, sorpresa moderada también, pero no escándalo, no indignación, no guerra de titulares. El divorcio de Lucero y Mijares fue procesado por el público como el final triste, pero civilizado de una historia de amor que simplemente no funcionó.
Exactamente la narrativa que la llamada nocturna había impuesto como condición. Los medios especularon, por supuesto, algunas versiones apuntaban a infidelidad, otras a un supuesto contrato matrimonial que había expirado después de cumplir todas sus cláusulas, incluyendo la cantidad de años juntos y el número de hijos que debían tener.
Otras más sugerían que el matrimonio había sido una construcción de Televisa desde el principio, un producto diseñado para generar rating, que fue desmantelado cuando dejó de ser comercialmente viable. Cada versión contenía fragmentos de verdad mezclados con especulación, creando un mosaico donde la imagen completa era imposible de discernir.
Y Mijares, cumpliendo al pie de la letra lo que le habían exigido aquella noche por teléfono, no habló, no desmintió, no confirmó, no ofreció su versión, no buscó simpatía pública, no intentó posicionarse como víctima, simplemente guardó silencio y dejó que la narrativa oficial hiciera su trabajo. Ese silencio le costó más de lo que cualquiera puede imaginar.
Porque guardar silencio cuando tienes razón es una forma de tortura que solo quienes la han experimentado pueden describir. Es despertar cada mañana sabiendo que el mundo tiene una versión incompleta de tu historia. es leer titulares que especulan sobre las razones de tu divorcio, sabiendo que la verdad es más simple y más dolorosa que cualquier teoría conspirativa.
Es escuchar a personas opinar sobre tu vida privada con una autoridad que no les corresponde, mientras tú, que eres el único que realmente sabe lo que pasó, te muerdes la lengua porque prometiste no hablar. Y es sobre todo ver a tus hijos cada día y saber que tu silencio es lo que los protege, que cada palabra que no dices es un escudo que se interpone entre ellos y el circo mediático que los devoraría si la verdad saliera completa.
Tu dolor procesado en silencio, en habitaciones de hotel, en camerinos antes de subir al escenario, en los asientos traseros de camionetas que te llevan de un concierto a otro. Es el precio que pagas para que José Manuel y Lucerito puedan seguir siendo niños normales en un mundo que no tiene nada de normal.
Miares pagó ese precio durante años. lo pagó cada vez que subía al escenario y cantaba canciones de amor a un público que no sabía que el hombre que les cantaba sobre el amor acababa de experimentar su forma más brutal de destrucción. Lo pagó cada vez que un periodista le preguntaba sobre Lucero y él respondía con una sonrisa que era simultáneamente el gesto más generoso y más doloroso de su repertorio emocional.
Lo pagó cada vez que veía fotografías de lucero con Michel Curi y tenía que procesar en privado lo que el mundo procesaba como simple chisme de farándula. 9 años después del divorcio, en diciembre de 2020, Mijares finalmente habló. No todo, no la versión completa, no los detalles de la llamada nocturna, ni del ultimátum, ni de la decisión que tomó en aquella suite de hotel, pero habló lo suficiente como para corregir parcialmente el registro público.
En una entrevista con Jordi Rosado explicó que la causa principal del divorcio había sido la distancia generada por las agendas incompatibles de ambos, que las diferencias de edad habían sido un factor, que ambos viajaban tanto que se convirtieron en una pareja donde siempre estaba uno o el otro, pero raramente los dos juntos.
Fue una versión diplomática, una versión que protegía a Lucero, que protegía a los hijos, que protegía la relación cordial que ambos habían construido después del divorcio. Una versión que era técnicamente verdadera, pero que omitía capítulos enteros de una historia que solo Mijares conocía completamente. Y cuando Jordi le preguntó si había habido infidelidad, Mijares hizo algo que definía perfectamente quién era como ser humano.
Esquivó la pregunta sin mentir. No dijo que no, pero tampoco dijo que sí. Simplemente redirigió la conversación hacia el territorio seguro de las generalidades, dejando que su silencio sobre el tema específico dijera más que cualquier declaración explícita podría haber dicho. Los que lo conocían entendieron, los que habían estado cerca del proceso entendieron.
Y los millones de personas que vieron esa entrevista y que llevaban 9 años preguntándose qué había pasado realmente entre Lucero y Mijares, entendieron, aunque quizás no conscientemente, que detrás de la sonrisa amable y las respuestas diplomáticas de Manuel Mijares había un hombre que sabía más de lo que decía y que había elegido una vez más proteger a otros a costa de su propia verdad, porque eso era lo que Manuel Mijares hacía, proteger, ceder, absorber el dolor.
para que otros no tuvieran que sentirlo. Era su naturaleza más profunda, forjada en aquellos 7 años de anonimato cantando en bares donde nadie lo conocía, cultivada por unos padres que le enseñaron que la fortaleza verdadera no se demuestra gritando, sino sosteniendo el silencio, cuando gritar sería más fácil. El soldado del amor había cedido la batalla más importante de su vida, pero lo había hecho por la única razón que justifica cualquier rendición.
Amor, no amor romántico, amor paternal. El tipo de amor que no aparece en las canciones de balada ni en las telenovelas de Televisa. El tipo de amor que se demuestra no con flores y serenatas, sino con sacrificios que nadie ve, con silencios que nadie agradece y con decisiones que el mundo interpreta como debilidad, pero que en realidad requieren más fuerza que cualquier acto de confrontación.
Y mientras el mundo debatía si el divorcio había sido por infidelidad, por contrato vencido o por desamor, Manuel Mijare seguía subiendo al escenario cada noche a cantarle al amor con una voz que increíblemente no había perdido ni un gramo de su poder emocional, como si el dolor, en lugar de destruir su instrumento, lo hubiera afinado, como si cada herida que guardaba en silencio se transformara en resonancia vocal.
como si el sufrimiento que no podía expresar con palabras encontrara su única salida posible a través de la música. Hay algo que sucedió después del divorcio que nadie anticipó y que quizás sea la parte más extraordinaria de toda esta historia, algo que desafía toda lógica de la industria del entretenimiento, donde los divorcios de celebridades se convierten invariablemente en guerras públicas, en batallas por la custodia transmitidas por televisión, en declaraciones cruzadas que alimentan ciclos noticiosos durante meses y que dejan a ambas partes
y especialmente a los hijos emocionalmente devastados. Manuel Mijares y Lucero no hicieron nada de eso y la razón por la que no lo hicieron tiene un nombre, Manuel Mijares, porque fue Mijares quien estableció el tono de la relación postdivorcio. Fue él quien decidió conscientemente, deliberadamente, contra todo instinto de autopreservación emocional, que la madre de sus hijos no sería su enemiga, que la mujer que lo había herido de la manera más profunda que un ser humano puede herir a otro, seguiría siendo tratada
con respeto, con cordialidad, con una calidez pública que confundía a los observadores externos y que desesperaba a quienes querían verlo explotar, señalar culpables y reclamar el papel de víctima que legítimamente le correspond respondía. Mijares no solo perdonó, construyó algo mucho más difícil que el perdón.
construyó una nueva relación funcional sobre las ruinas de la anterior, una relación donde él y Lucero podían estar juntos en eventos familiares sin tensión visible, donde podían subir al mismo escenario y cantar duetos ante miles de personas sin que el público detectara amargura o resentimiento, donde podían criar a sus hijos en un ambiente de cooperación que ningún juez de familia podría haber impuesto por sentencia, pero que Mijares implementó por pura voluntad.
La gira hasta que se nos hizo, donde Mijares y Lucero se presentaban juntos en el Auditorio Nacional y en otros recintos masivos de México, era la demostración más visible de esa relación reconstruida. Sobre el escenario cantaban juntos con una complicidad que parecía desmentir cualquier rumor de conflicto.
Bromeaban, se miraban con afecto, se complementaban musicalmente con la naturalidad de dos personas que se conocen profundamente. Y el público, habido de creer que el cuento de hadas no había terminado completamente, llenaba esos conciertos con la esperanza de que quizás algún día Lucero y Mijares volverían a estar juntos. No volverían.
Mijares lo sabía. Lucero lo sabía, pero ninguno de los dos destruía la ilusión del público, porque esa ilusión, esa fantasía colectiva de reconciliación era inofensiva y les permitía a ambos seguir trabajando juntos de manera rentable y emocionalmente sostenible. era, si se quiere ver con cinismo, un último acto de la marca Lucero Mijares, ya no como matrimonio, sino como sociedad profesional construida sobre los restos de un amor que había sido real, pero que la industria había triturado.
Lo que el público no veía era lo que sucedía después de los conciertos, cuando las luces se apagaban, cuando Lucero se iba por un lado del backstage y Mijares por otro, cuando él regresaba a su departamento solo. y ella regresaba a una vida donde Michel Curi ocupaba el espacio que Mijares había dejado vacío. Esos momentos invisibles para las cámaras y los fans, eran el precio real del acuerdo que Mijares había aceptado aquella noche en Acapulco.
Pero Mijares encontró algo en esa soledad que muy pocos hombres en su situación habrían encontrado. Paz. No la paz eufórica de quien ha superado completamente el dolor, sino la paz tranquila de quien ha decidido que el dolor no va a definirlo. Capaz de un hombre que después de perder la batalla más importante de su vida descubrió que seguía de pie, que su voz seguía funcionando, que sus hijos lo amaban, que el público que había crecido con sus canciones seguía comprando boletos para verlo cantar y que la vida, aunque radicalmente diferente de lo que
había planeado, todavía tenía sentido. Esa paz se manifestó de maneras que sorprendieron a quienes lo conocían. Mijares, que durante su matrimonio había sido una presencia pública relativamente seria y formal, se convirtió después del divorcio en alguien más relajado, más espontáneo, más dado al humor y a la autoirronía.
En entrevistas bromeaba sobre su situación sentimental con una ligereza que desconcertaba a los periodistas acostumbrados a extraer drama de los divorcios de celebridades. En sus conciertos interactuaba con el público con una apertura que no había mostrado antes, como si la destrucción de su matrimonio hubiera demolido también las paredes de contención que mantenía entre su persona pública y su persona real.
Y en su relación con Lucero, Mijares demostró algo que la industria del entretenimiento rara vez presencia, que es posible tratar con dignidad a alguien que te lastimó profundamente, no por masoquismo, no por debilidad, sino por la comprensión adulta de que las personas que nos hiereren no siempre lo hacen por maldad. A veces lo hacen porque están atrapadas en sus propias circunstancias, sus propias presiones, sus propias limitaciones y que juzgarlas con la furia del momento es más fácil, pero menos justo que intentar entenderlas con
la perspectiva que solo dan el tiempo y la madurez. Cuando los periodistas le preguntaban cómo era posible que mantuviera una relación tan cordial con su exesposa, Mijares respondía con frases que parecían simples, pero que contenían capas de significado que solo quienes conocían la historia completa podían apreciar.
“Cuando quieres a alguien y sabes que es feliz, te sientes bien”, dijo en una entrevista. Esas palabras pronunciadas con la sonrisa característica de un hombre que había aprendido a sonreír a pesar de todo, podían interpretarse como generosidad emocional genuina o como el último acto de obediencia al acuerdo que le habían impuesto aquella noche por teléfono.
Probablemente eran ambas cosas simultáneamente. Lucero, por su parte, confirmó públicamente su relación con Michel Curios después del divorcio. Y Mijares reaccionó exactamente como se esperaba de él, con elegancia. con aceptación, sin un solo comentario que pudiera interpretarse como resentimiento.
La narrativa pública se consolidó. Lucero y Mijares eran el ejemplo de cómo manejar un divorcio con madurez, el modelo a seguir para parejas famosas que se separan, la prueba de que es posible terminar un matrimonio sin destruir una familia. Nadie sabía que esa narrativa había sido diseñada en una llamada telefónica a las 3 de la madrugada en un hotel de Acapulco.
Nadie sabía que la elegancia de Mijares no era solo un rasgo de carácter, sino una condición impuesta bajo amenaza de destrucción mediática. Nadie sabía que el hombre más bueno de la industria musical mexicana había sido obligado a elegir entre su verdad y sus hijos y que había elegido a sus hijos con una determinación que no admitía negociación.
Y mientras la industria lo celebraba como ejemplo de madurez postdivorcio, mientras los medios lo aplaudían por no caer en el juego del escándalo, mientras el público lo admiraba por mantener la dignidad en circunstancias que habrían destruido a hombres con la mitad de su fortaleza, Manuel Mijares cargaba solo con el peso de una verdad que no podía compartir.
Una verdad sobre una llamada, una verdad sobre un ultimátum, una verdad sobre una noche en Acapulco, donde le arrancaron el derecho a pelear por su propio matrimonio y le vendieron la rendición como la única opción razonable. Pero la historia de Mijares no termina con la rendición, termina con algo que nadie esperaba, algo que el sistema que lo obligó a ceder no anticipó y que demuestra de la manera más contundente posible que los hombres buenos no son devorados por el sistema, son transformados por él. Y lo que emerge de
esa transformación puede ser más poderoso que cualquier cosa que existía antes. Porque lo que Manuel Mijares construyó después de esa noche en Acapulco no fue una carrera de resentimiento ni una vida de amargura disfrazada. construyó algo que la industria del entretenimiento mexicano no había visto antes.
Un modelo de masculinidad que no necesitaba destruir a otros para afirmarse. Un hombre que podía ser fuerte sin ser agresivo, que podía perder sin ser derrotado, que podía ceder sin ser débil y que podía cantar sobre el amor con absoluta credibilidad emocional, no a pesar de haber sido herido, sino precisamente porque había sido herido y había elegido no convertir esa herida en un arma.
Esa es la victoria que el sistema no previó, la victoria silenciosa de un hombre que perdió una batalla, pero ganó algo infinitamente más valioso. el respeto de todos los que lo conocen. La admiración de un público que intuye que detrás de la sonrisa hay una historia que nunca ha sido contada completamente y la certeza de que sus hijos, José Manuel y Lucerito, crecieron viendo no a un padre amargado, sino a un padre que les enseñó con el ejemplo que la verdadera fortaleza no consiste en ganar todas las batallas, sino en mantener la dignidad
cuando pierdes la más importante. En febrero de 2025, Manuel Mijares cumplió 67 años. Lo celebró como celebraba todo desde hacía más de una década, con discreción, con su círculo íntimo, sin alfombras rojas ni transmisiones televisivas. El hombre cuya boda había sido vista por todo México en 1997 con 52 puntos de rating, había aprendido que los momentos más importantes de la vida no necesitan audiencia, necesitan autenticidad.
Y la autenticidad, como Mijares había descubierto de la manera más dolorosa posible, era exactamente lo que la industria del entretenimiento te arrebataba cuando le permitías controlar tu vida privada. Esa noche de cumpleaños, según personas cercanas a él, Mijares hizo algo que se había convertido en un ritual privado desde 2011.
Después de que los invitados se fueron, después de que las luces se apagaron y la casa quedó en silencio, se sentó solo con su guitarra y tocó durante horas. No canciones de su repertorio, no los éxitos que miles de personas coreaban en sus conciertos, sino canciones que nadie conocía. Canciones que había compuesto en los años posteriores al divorcio, pero que nunca había grabado ni publicado.
Canciones que existían exclusivamente en el espacio privado entre sus dedos y las cuerdas, entre su voz y las paredes de una habitación donde no había cámaras, ni productores, ni contratos, ni ultimátums telefónicos a las 3 de la madrugada. Esas canciones, según quienes han tenido el privilegio de escucharlas en esas sesiones nocturnas privadas, son las mejores que Mijares ha escrito en su vida.
No las más comerciales, no las más pulidas, pero las más honestas, las que contienen todo lo que no pudo decir durante 14 años de matrimonio mediático y los años de silencio obligado que siguieron, las que dicen sin nombres ni acusaciones directas. Lo que se siente ser un hombre bueno en una industria que confunde la bondad con la debilidad.
Lo que se siente amar a alguien que pertenece más al público que a ti. Lo que se siente recibir una llamada a medianoche que te informa que tu vida acaba de cambiar y que no tienes voz ni voto en el asunto. Y lo que se siente levantarte al día siguiente, mirarte al espejo y decidir que el hombre que te devuelve la mirada no va a romperse.
No importa cuántas veces el mundo intente romperlo. Nadie sabe si esas canciones algún día serán publicadas. Mijares nunca ha hablado de ellas públicamente, pero su existencia, confirmada por personas de su confianza, revela algo fundamental sobre quién es Manuel Mijares en su nivel más profundo. Un hombre que procesa el dolor a través de la música, que convierte las heridas en melodías, que no necesita que el mundo escuche su verdad para que esa verdad exista.
Le basta con cantarla solo en la oscuridad, sabiendo que las paredes de su casa son las únicas testigos de una historia que el público conoce a medias y que probablemente nunca conocerá completa. Y quizás eso esté bien. Quizás la historia completa no necesita ser contada. Quizás el misterio que rodea la noche de Acapulco, la llamada, el ultimátum, la decisión de ceder, es más elocuente que cualquier confesión detallada podría ser.
Porque lo que las personas ven cuando miran a Manuel Mijares hoy no es a un hombre derrotado, es a un hombre que sobrevivió. Un hombre que atravesó el fuego de la destrucción más íntima que puede experimentar un ser humano, la destrucción de su familia. Y salió del otro lado, no carbonizado, sino templado, como el acero que se fortalece cuando se expone a temperaturas extremas.
La relación entre Mijares y sus hijos es, según todas las fuentes disponibles, extraordinaria. José Manuel, que nació en 2001 y creció viendo a su padre navegar el divorcio con una dignidad que contradecía toda la toxicidad de la industria que lo rodeaba, se ha desarrollado como un joven equilibrado que ha mantenido un perfil bajo notable, considerando que ambos padres son celebridades masivas.
y Lucero Mijares, nacida en 2005, ha emergido como un talento vocal prodigioso que ha cautivado al público mexicano con apariciones junto a sus padres, donde su voz, una fusión extraordinaria de los registros de Mijares y Lucero, promete una carrera que podría superar a la de ambos. Cuando Lucerito canta junto a su padre en el escenario, hay un momento que los fans más atentos han notado.
Miares la mira con una expresión que trasciende el orgullo paternal convencional. Es una mirada que contiene capas de significado que solo él puede descifrar completamente. Orgullo, sí, amor incondicional, absolutamente. Pero también algo más sutil, la certeza de que todo lo que sacrificó, todo lo que cayó, todo lo que se dio aquella noche en Acapulco valió la pena, porque el resultado de ese sacrificio está de pie junto a él en el escenario, cantando con una voz que lleva la herencia genética de dos artistas extraordinarios
y la herencia emocional de un padre que eligió protegerla sobre protegerse a sí mismo. Esa mirada es la refutación más contundente posible de la lógica del sistema que intentó destruirlo. El sistema operaba bajo la premisa de que las personas son reemplazables, que los matrimonios son productos comerciales, que el amor es una variable controlable y que los hombres buenos pueden ser manipulados porque su bondad los hace predecibles.
Y durante un momento, en aquella noche de Acapulco, el sistema tuvo razón. Manipuló a Mijares exactamente como había previsto, lo obligó a ceder exactamente como había calculado, lo silenció exactamente como había exigido. Pero lo que el sistema no calculó fue el largo plazo. No calculó que el silencio de Mijares, en lugar de destruirlo, lo fortalecería.
No calculó que la dignidad con la que manejó su divorcio lo convertiría en una figura más respetada y más querida que nunca. no calculó que su relación con Lucero, reconstruida sobre las cenizas del matrimonio destruido, se convertiría paradójicamente en una de las alianzas profesionales más exitosas de la música mexicana.
Y no calculó que sus hijos, criados por un padre que eligió la paz sobre la guerra, crecerían no como víctimas de un divorcio escandaloso, sino como seres humanos equilibrados que aprendieron de su padre la lección más valiosa que un padre puede enseñar. que la verdadera fuerza no se mide por las batallas que ganas, sino por las que eliges no pelear.
Manuel Mijares sigue cantando. A los 67 años, su voz mantiene una potencia y una calidez que desafían la biología. Los conciertos con Emanuel llenan el Auditorio nacional con la regularidad de un ritual cultural mexicano. Las giras con lucero demuestran que dos personas pueden construir algo productivo y respetuoso sobre los restos de un amor que la industria destruyó.
Y las apariciones con Lucerito prometen una nueva generación de música que llevará el apellido Mijares a territorios que ni el propio Manuel había soñado. Pero si alguna vez tienes la oportunidad de verlo en concierto, si alguna vez estás lo suficientemente cerca como para observar su rostro entre canción y canción, cuando las luces bajan y el público guarda silencio por un instante antes del siguiente tema, fíjate bien.
Fíjate en ese momento donde Mijares mira hacia un punto indefinido del auditorio con una expresión que no es tristeza ni alegría, sino algo intermedio, algo que no tiene nombre en español, pero que los alemanes llamarían sucht, un anhelo profundo por algo que fue, que pudo haber sido y que nunca será.
En ese momento, Mijares no está pensando en la siguiente canción. No está calculando el ritmo del show ni evaluando la respuesta del público. Está recordando, está recordando una noche en Acapulco donde un teléfono sonó y un hombre bueno descubrió que ser bueno no te protege de las personas que no lo son. Está recordando la voz al otro lado de la línea que le presentó dos opciones y le quitó la tercera, que era la única que importaba.
la opción de ser escuchado, de contar su verdad, de defender su dignidad sin tener que sacrificar a sus hijos en el proceso. y está recordando la decisión que tomó, la decisión de ceder, la decisión que el mundo interpretó como madurez, que sus amigos interpretaron como nobleza, que su madre interpretó como injusticia, que sus hijos quizás algún día interpretarán como el acto de amor más grande que un padre puede hacer y que él en la honestidad brutal de sus noches a solas con la guitarra interpreta simplemente como lo que fue. La única opción que
tenía un hombre bueno en un sistema diseñado para explotar la bondad, porque esa es la verdad más incómoda de esta historia, ¿no? Que Manuel Mijares fue traicionado. Las traiciones ocurren todos los días, no que fue silenciado. Los silencios impuestos son moneda corriente en la industria del entretenimiento, no que fue obligado a ceder.
Las personas ceden ante el poder constantemente. La verdad incómoda es que Manuel Mijares hizo todo bien y aún así perdió. Fue honesto y perdió. Fue leal y perdió. Fue buen esposo, buen padre, buen profesional, buena persona y perdió. No porque la bondad sea insuficiente, sino porque el sistema dentro del cual operaba no estaba diseñado para recompensar la bondad, estaba diseñado para explotarla.
Y cuando la explotación alcanzó su límite natural, cuando ya no había más bondad que extraer, el sistema lo descartó con una llamada telefónica a medianoche y una ventana de 48 horas para aceptar su propia destrucción. Esa es la historia que Manuel Mijares nunca ha contado completa.
Esa es la historia que vive en las canciones que toca solo en su casa después de medianoche. Es la historia que explica por qué cuando lo ves sonreír en un escenario, esa sonrisa tiene una profundidad que no se puede fabricar, porque es la sonrisa de un hombre que conoce el costo real de la bondad, que sabe exactamente cuánto duele ser buena persona en un mundo que castiga a los buenos y que, a pesar de saberlo, a pesar de haberlo vivido en carne propia, elige seguir siendo bueno.
No por ingenuidad, no por debilidad, no por falta de alternativas, por convicción, porque Manuel Mijares entiende algo que los hombres de poder que lo manipularon aquella noche en Acapulco nunca entenderán, que la bondad no es una estrategia, no es una táctica, no es una posición negociable. La bondad es una decisión que se toma cada mañana al despertar, sabiendo perfectamente que el mundo puede castigarte por ella y eligiendo tomarla de todas formas, no porque garantice resultados, sino porque define quién eres y quién eres. Al final
de todo, cuando las luces se apagan, cuando los aplausos terminan, cuando los contratos se vencen y los matrimonios se disuelven, es lo único que realmente te pertenece. A Manuel Mijares le quitaron muchas cosas aquella noche en Acapulco. Le quitaron su matrimonio, le quitaron su derecho a la verdad pública, le quitaron la posibilidad de pelear por lo que era suyo, le quitaron la narrativa de su propia vida y la reemplazaron con una versión editada para consumo masivo.
Pero hay algo que no pudieron quitarle, algo que ninguna llamada telefónica, ningún ultimátum, ningún sistema de poder, por grande y sofisticado que sea, puede arrebatarle a un hombre que ha decidido que su integridad no está en venta. No pudieron quitarle su voz. Y con esa voz, cada noche, en escenarios de todo el mundo, Manuel Mijares cuenta la verdad.
No con palabras, no con declaraciones, no con confesiones ante cámaras ni entrevistas explosivas. con música, porque la música es el único lenguaje que el poder no puede censurar. El único territorio donde un hombre bueno puede decir exactamente lo que siente sin pedir permiso a nadie. El único espacio donde el soldado del amor puede pelear sus batallas sin que ningún sistema le imponga las reglas de combate.
Y cada vez que Mijares abre la boca para cantar, cada vez que esa voz extraordinaria que su madre descubrió en un coro escolar de la Ciudad de México llena un auditorio con una emoción que no se puede falsificar, gana. No, la batalla de Acapulco. Esa batalla está perdida para siempre, pero gana algo más grande. La guerra por su propia identidad, la guerra por el derecho a ser quien realmente es.
Sin disfraces, sin guiones, sin narrativas impuestas por personas cuyo interés en su vida nunca fue su bienestar, sino su utilidad. Manuel Mijares hoy exactamente quien siempre fue, un hombre bueno con una voz extraordinaria que elige cada día seguir cantando. Y esa elección en un mundo que premia la crueldad y castiga la decencia es el acto más revolucionario que un ser humano puede realizar. M.