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Manuel Mijares: LA ASQUEROSA Llamada que Recibió en Acapulco una Noche…Y Por la que Tuvo que Ceder

No una de las más famosas. La más famosa. Había comenzado su carrera como niña actriz. Había protagonizado telenovelas que rompieron récords de audiencia, había lanzado una carrera musical exitosa y había sido bautizada por la prensa con un título que ninguna otra mujer en la historia del entretenimiento mexicano había recibido. La novia de América.

Un título que no solo describía su popularidad, sino que definía su función dentro del ecosistema de Televisa. Lucero no era simplemente una artista, era un símbolo, una marca, un producto cultural que la televisora más poderosa de América Latina había construido meticulosamente durante dos décadas y que generaba millones de dólares anuales en publicidad, telenovelas, discos y merchandising.

Y Emilio Azcárraga, Milmo, el tigre, el dueño de Televisa, tenía planes muy específicos para su producto más valioso. planes que incluían a Manuel Mijares de maneras que el cantante, con su humildad genuina y su confianza en la bondad de las personas nunca sospechó. Porque lo que Manuel Mijares no sabía cuando conoció a Lucero a mediados de los 90, cuando se enamoró de ella con la intensidad honesta de un hombre que había esperado toda su vida para encontrar a la persona correcta, cuando le propuso matrimonio con un anillo que

representaba todo lo que había ganado con 30 años de trabajo honesto, era que su historia de amor ya había sido evaluada, aprobada y estratégicamente instrumentalizada por personas cuyo interés en el matrimonio no tenía nada que ver con el amor y todo que ver con en el rating y la llamada que recibiría en Acapulco años después sería la prueba definitiva de que en Televisa incluso el amor más genuino podía ser convertido en mercancía y que cuando la mercancía dejaba de ser rentable se descartaba sin importar cuántas vidas quedaran

destruidas en el proceso. La historia de cómo Manuel Mijares y Lucero se convirtieron en pareja es en su superficie una de las historias de amor más hermosas del entretenimiento latino. un cantante de 40 años con una carrera sólida construida a base de talento y trabajo honesto. Ella, una estrella de 27 años que había crecido frente a las cámaras de Televisa y que representaba todo lo que México idealizaba en una mujer.

Belleza, talento, carisma y una sonrisa que podía iluminar un estudio de televisión completo. Se conocieron en los círculos profesionales de la industria musical mexicana, donde ambos eran figuras consolidadas, pero que operaban en órbitas ligeramente diferentes. Mijares era el mundo de la balada romántica, los conciertos íntimos, los festivales internacionales.

Lucero era el mundo de las telenovelas, los programas de variedades, la maquinaria televisiva de Televisa. La primera vez que Mijares vio a Lucero, según lo que él mismo confesaría décadas después en una entrevista con Jordi Rosado, le encantó. Usó exactamente esa palabra. Me encantó. Pero inmediatamente su pragmatismo de hombre maduro lo hizo notar algo que su corazón prefería ignorar. La diferencia de edad.

11 años lo separaban. Él había nacido en 1958, ella en 1969. En los 90, cuando comenzaron a acercarse sentimentalmente, esa diferencia no parecía significativa. Él tenía 38 años, ella 27. Ambos estaban en la plenitud de sus carreras. Ambos eran solteros sin compromisos previos de matrimonio. La edad era un número, no un obstáculo.

Pero Mijares, con esa lucidez silenciosa que lo caracterizaba, intuyó desde el principio que esos 11 años podrían convertirse en un problema con el paso del tiempo. Ese fue el problema, admitiría años después, con la honestidad brutal de quien ha tenido décadas para reflexionar sobre sus errores y los errores de otros.

No porque 11 años fueran una diferencia insalvable, sino porque esos 11 años representaban algo más profundo. Dos personas en etapas diferentes de la vida, con ritmos diferentes, con necesidades diferentes, atrapadas en una industria que no permitía que las relaciones evolucionaran a su propio ritmo.

El noviazgo duró un año, un año de escenas privadas, de llamadas telefónicas nocturnas, de esa danza cuidadosa que las celebridades ejecutan cuando intentan construir algo genuino bajo la mirada constante de los medios de comunicación. Mijares, que había mantenido su vida personal alejada de la prensa durante toda su carrera, de pronto se encontraba en el centro del huracán mediático simplemente por estar con Lucero, porque estar con Lucero significaba estar con la novia de América.

Y la novia de América no le pertenecía solo a Mijares, le pertenecía a México entero o más precisamente le pertenecía a Televisa. Y aquí es donde la historia se complica de maneras que Mijares, con su confianza en la buena fe de las personas no anticipó. Emilio Azcárraga. Milmo, El tigre se enteró del romance entre Lucero y Mijares con el interés que un CEO muestra cuando dos de sus activos más valiosos están a punto de fusionarse.

No lo vio como una historia de amor, lo vio como una oportunidad de negocio y la propuesta que le hizo a Lucero fue formulada con la elegancia de quien sabe disfrazar una transacción comercial como un gesto de cariño paternal. A mí me gustaría mucho que toda la gente en México pudiera verte el día de tu boda, que pudiera verte casándote”, le dijo Azcárraga a Lucero, según lo que ella misma reveló años después en su podcast y en entrevistas con Jorge Ramos y Jordi Rosado. La propuesta sonaba romántica.

El hombre más poderoso de la televisión mexicana quería regalarle a México el espectáculo de ver a su novia de América casándose con el soldado del amor. Era un cuento de hadas hecho realidad, transmitido en vivo para que nadie se lo perdiera. Lucero consultó con Mijares y con su madre, Lucero León, quien había sido su guía y protectora desde que era niña.

La propuesta fue analizada, discutida y finalmente aceptada. Lo que Lucero revelaría décadas después fue un detalle que en su momento había sido objeto de especulación interminable. Sí, hubo pago. Televisa compensó económicamente a la pareja por la transmisión de la boda. Lucero nunca especificó la cantidad exacta, pero confirmó que la versión de que habían sido contratados para casarse era una distorsión de la realidad.

Se casaron porque se amaban. aceptaron televisar la boda porque la propuesta de Azcárraga incluía una compensación que, combinada con la relación de cariño genuino que Lucero tenía con el tigre, hacía que rechazarla pareciera innecesario. El 18 de enero de 1997, el Colegio de las Bizcaínas en el centro histórico de la Ciudad de México se transformó en el escenario de lo que la prensa bautizó inmediatamente como la boda del siglo.

Silvia Pinal condujo la transmisión televisiva. Las cámaras de Televisa capturaron cada momento la llegada de Lucero en su vestido diseñado por Mitzi. Mijares esperando en el altar con una sonrisa que millones de mexicanos interpretaron como la expresión más pura de la felicidad, los votos matrimoniales, el beso, el primer baile de los novios.

El rating fue de 52 puntos. 52 puntos. Para poner esa cifra en perspectiva, superó a los Super Bowls de la época. se convirtió en el evento televisivo más visto de 1997 y en uno de los 10 programas con mayor audiencia en toda la historia de Televisa. México entero se detuvo para ver a Lucero y Mijares casarse. Era, como la propia Lucero describiría después, un cuento de hadas.

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