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Ana Bertha Lepe: El turbio PACTO con el presidente

Su imagen proyectaba una estética  impecable combinada con una simpatía magnética que llenaba salas  enteras. Los espectadores pagaban boletos sin cesar para verla actuar junto a gigantes de la taquilla como Mario Moreno Cantinflas, Germán Valdés Tintán y la experimentada Sara García.

 Sin embargo, detrás del glamur y los reflectores operaba una trampa perfecta. Todo el dinero generado, miles de billetes en  pesos y dólares, era interceptado directamente por Guillermo Lepe. El padre se instauró como representante legal absoluto y único titular de las cuentas bancarias.  Anaberta carecía de chequeras o acceso real a sus propias ganancias.

 Vivía bajo una estricta mesada, sometida a un control económico total que le impedía disfrutar del fruto de su extenuante trabajo frente a las cámaras.  Su progenitor decidía qué vestía, dónde viajaba y cuánto podía gastar en su vida diaria, tratándola como una simple empleada de su propio imperio. Este inmenso  volumen de ingresos y la fama desbordante de la actriz no pasaron desapercibidos  en las altas esferas.

 Semejante exposición mediática captó la obsesión del hombre con mayor influencia  del país en aquella época. Pronto se gestó un turbio acuerdo en las sombras, donde su propio círculo consanguíneo pactaría entregarla como una especie de garantía financiera, buscando protección absoluta y privilegios económicos a cambio de  su total sumisión.

Mientras la estrella  brillaba en los escenarios y multiplicaba sus ganancias, el administrador de su fortuna disfrutaba de un derroche  sin precedentes. A lo largo de la segunda mitad de la década de los 50,  Guillermo Lepe vaciaba sistemáticamente las arcas generadas por su hija para costear un estilo  de vida extravagante.

 Recorría las calles de la ciudad al volante de un vistoso cadilac convertible  de color rojo brillante. coronaba su atuendo con un costoso sombrero Stedson e intimidaba a sus  socios comerciales, portando siempre en la cintura su inseparable pieza de metal alemán, imitando a la perfección la arrogancia de un acaudalado magnate petrolero texano.

 El dinero fluía a raudales, financiando caprichos personales directamente del sudor de  la artista. Toda esa enorme liquidez acumulada en las cuentas necesitaba materializarse en bienes raíces. El patriarca adquirió un inmenso rancho rural en el municipio de Texcoco, en el Estado de México. Esta vasta propiedad, rodeada  de hectáreas y lujos rústicos, fue diseñada inicialmente como el trofeo máximo de su éxito financiero y un lugar de descanso exclusivo.

 Paradójicamente, esos mismos muros  terminarían convertidos en su asilo definitivo años más tarde, cuando el rechazo absoluto de la industria tocara a su puerta. Para proteger su principal fuente de capital, el padre diseñó un estricto cerco de seguridad durante las presentaciones nocturnas en el cabaret La Fuente. Guillermo operaba como un auténtico guardia privado.

 Él mismo custodiaba la puerta del camerino, filtraba a los visitantes y vigilaba las mesas cercanas al escenario. Nadie podía acercarse a la actriz sin pasar por el escrutinio  de este celoso custodio, cuya única misión era garantizar que ningún pretendiente interfiriera con  su máquina de hacer billetes. En la cumbre de su carrera, un factor externo desestabilizó la balanza.

 Adolfo López  Mateos, una figura de inmenso peso político, comenzó a ejercer una fuerte influencia sobre la estrella. Aquel contacto, que inició como un galanteo sutil, mutó rápidamente en una dinámica de control. donde se mezclaban intereses de estado y cuantiosas ventajas financieras. Todo este acercamiento transcurrió bajo la complacencia y el estímulo del entorno familiar de la actriz.

 El patriarca no dudó en utilizar el atractivo de su descendiente para sentarse en las mesas donde se repartía la verdadera riqueza del territorio nacional.  En la intimidad de su círculo de confianza, Anaberta confesaría que su  notable estética resultó ser su peor condena con profunda amargura. admitió que fue tratada como una simple moneda de cambio.

 Su propio progenitor la entregó ante las más altas esferas del poder para obtener licitaciones, contratos  ventajosos y un blindaje económico inquebrantable. La protagonista vivía atormentada, asfixiada bajo este yugo, sintiendo que sus días transcurrían  en una prisión de cristal con barrotes de oro. sabía perfectamente que el influyente mandatario solo la consideraba un trofeo más para su colección, mientras ella no tenía voz ni voto sobre su cuenta bancaria.

  Su estabilidad emocional se resquebrajaba al comprobar que tanto su patrimonio como su dignidad eran  administrados por terceros. Justo cuando la estrella planeaba escapar de estas  garras buscando un compromiso matrimonial sincero que le devolviera el manejo  de sus finanzas, una decisión desesperada por parte de su custodio encendería el conflicto familiar más turbio e irreversible de la farándula.

La luz  de la emancipación apareció en el horizonte financiero cuando la actriz inició un noviazgo legítimo con Agustín  de Anda, un apuesto talento de la gran pantalla. Este galán no era  un desconocido de la industria. Se trataba del heredero directo del afamado e influyente productor cinematográfico Raúl de Anda.

 Para la estrella, este romance representaba mucho más que afecto sincero. Era su oportunidad  real de escapar de una vez por todas del asfixiante cerco económico  que su progenitor ejercía sobre sus ingresos diarios. A principios del año 1960,  la pareja decidió dar el paso definitivo y anunció formalmente su enlace matrimonial programado para el mes de junio  de ese mismo calendario.

 Ya se hablaba de los lujosos preparativos y de la nueva residencia que compartirían. La noticia cayó como  una piedra en el seno familiar. El anuncio desató un auténtico pánico económico en Guillermo Lepe, quien vio gravemente amenazada su inagotable  fuente de efectivo. Si su hija firmaba el acta civil, los derechos sobre sus jugosos contratos pasarían a ser administrados por su  nuevo esposo, dejándolo a él fuera del lucrativo negocio.

 Presa de la desesperación por  retener el control, el patriarca intentó descarrilar la relación utilizando la vieja trampa del  soborno. buscó a Agustín y le ofreció una cuantiosa suma de dinero en efectivo para que cancelara el compromiso de inmediato. Durante esa tensa reunión le advirtió que un personaje sumamente poderoso de la política nacional tenía intereses sobre ella y que una boda traería consecuencias ruinosas.

 Sin embargo, el joven rechazó la oferta con firmeza, negándose a vender sus sentimientos  o intimidarse por las amenazas veladas de un administrador acorralado. Todo colapsó la noche del 29 de mayo. Agustín acompañó a la estrella al prestigioso cabaret La Fuente. Mientras ella se preparaba en su camerino para presentar el acto estelar que atraía a cientos  de espectadores de pago.

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