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¿POR QUÉ VICENTE EVITÓ A LUCHA VILLA CADA MES DE ABRIL?

Martes 14 de abril de 2009, 6:47 de la mañana, en el rancho Los Tres Potrillos, en Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco, Vicente Fernández le dice a su asistente personal, Guadalupe Martínez Soto, que cancele todas las llamadas del día, todas, sin excepciones. Guadalupe, que lleva 17 años trabajando para la familia, ya conoce el ritual.

Cada abril es lo mismo. Vicente se encierra, revisa papeles viejos en su estudio, pone discos que nunca toca el resto del año y, sobre todo, no contesta el teléfono, especialmente si quien llama tiene un nombre que él pronuncia con una mezcla extraña de cariño y dolor. Lucha Villa. Ese mismo martes a las 8:15 de la mañana en su residencia de la Ciudad de México, ubicada en Polanco sobre avenida Presidente Masaric número 244, Lucha Villa marca por quinta vez consecutiva el número privado de Vicente, cinco timbrazos. Guzón de voz,

cuelga sin dejar mensaje, lo ha hecho cada 14 de abril. durante los últimos 23 años nunca deja mensaje, él nunca contesta. Es un ritual que ambos ejecutan con la precisión de quienes conocen cada paso de una coreografía dolorosa que llevan bailando décadas, lo que comenzó como una amistad legendaria en los escenarios del México de los años 60, donde Vicente Fernández y Lucha Villa compartían micrófonos, giras interminables por pueblos polvorientos y madrugadas de tequila con mariachi, terminó convertido en este silencio

calculado que llega puntual cada mes de abril. Un silencio que pesa más que cualquier palabra. Un silencio que esconde una historia que ni sus familias más cercanas conocen completa. Una historia que tiene que ver con una noche específica, una decisión imposible y una tercera persona cuyo nombre ambos dejaron de pronunciar en voz alta hace tanto tiempo, que ya casi parece que nunca existió. Pero existió.

Y abril es el mes en que esa existencia se vuelve insoportablemente presente para entender por qué Vicente Fernández huía cada abril como si escapara de un fantasma. Y por qué Lucha Villa insistía en llamarlo sabiendo que no respondería. Hay que retroceder 43 años. Hay que volver a un México donde la música ranchera era la columna vertebral de la identidad nacional, donde los cantantes no eran solo artistas, sino portadores de códigos de honor inquebrantables y donde una sola noche podía cambiar el curso de vidas enteras sin que el público jamás

se enterara. Hay que volver a abril de 1966. En ese entonces, Vicente Fernández tenía 26 años y aún no era el icono que llegaría a ser. Era un cantante prometedor, hambriento, con una voz que hacía voltear cabezas, pero sin el imperio que construiría después. Lucha Villa, 5 años mayor que él, ya era una estrella consolidada.

Había debutado en el cine en 1955. Su voz ronca y poderosa, ya había conquistado auditorios completos y cuando entraba a un lugar todos lo notaban. Ella era luz pura. Vicente era fuego contenido esperando explotar. Se conocieron en 1964 durante una gira por el Bajío organizada por la promotora espectáculos Rodríguez, propiedad de don Esteban Rodríguez Villegas, un empresario de Guadalajara que manejaba a los artistas rancheros más importantes de la época.

La gira incluía 32 presentaciones en 40 días. Aguas Calientes, Zacatecas, San Luis Potosí, Guanajuato, Querétaro, autobuses viejos, hoteles de paso, comida fría y esa hermandad que solo se forma cuando compartes el camino con alguien que entiende el oficio desde las tripas. Vicente y Lucha conectaron desde el primer ensayo.

Él admiraba su presencia escénica, la forma en que ella dominaba el silencio antes de atacar una nota alta. Ella veía en él algo que le recordaba a los grandes que había conocido. Esa mezcla de humildad y hambre, de respeto por la tradición y sed de trascendencia. Después de los shows, mientras el resto del equipo se dispersaba, ellos dos se quedaban conversando en lobis de hoteles con pisos de mosaico rajado, fumando cigarros delicados, bebiendo brandy presidente en vasitos de plástico que conseguían en las gasolineras del camino. Hablaban de todo, de sus

familias, de sus miedos. Vicente le contaba sobre su padre Ramón Fernández Barba, un ranchero de Went Titán el Alto que nunca creyó que la música pudiera ser un oficio serio. Lucha le hablaba de Camargo, Chihuahua, donde nació como luz Elena Ruiz Bejarano, y de cómo tuvo que huir de casa a los 14 años, porque su padrastro no entendía que ella había nacido para cantar, no para casarse con el primer hombre que ofreciera dote.

Pero sobre todo hablaban de lo que significaba cargar con el peso de representar algo más grande que uno mismo. La música ranchera no era solo entretenimiento, era identidad. Era la voz de un país que se miraba al espejo y se reconocía en esos gritos de dolor y orgullo. Cada canción era un pacto con generaciones que esperaban que tú mantuvieras viva una llama y ese peso, esa responsabilidad podía ser hermosa y aplastante al mismo tiempo.

La amistad creció en 1965, cuando Vicente enfrentó una crisis personal devastadora después de que su primera hija naciera con complicaciones de salud que los médicos del Hospital Civil de Guadalajara no pudieron resolver completamente. Fue Lucha quien lo sostuvo. Ella le consiguió contactos con médicos especializados en la Ciudad de México.

Le prestó dinero sin pedirle documentos ni plazos y lo escuchó llorar una madrugada completa en el camerino del Teatro Blanquita después de un show donde él tuvo que salir a cantar Volver Volver mientras por dentro se estaba desmoronando. En 1966, cuando Lucha pasó por un divorcio brutal de su segundo esposo, el empresario tapatío Jorge Labat Ballardo, que la acusó públicamente de abandono del hogar y de anteponer su carrera a sus deberes como esposa.

Vicente fue quien la defendió en privado ante empresarios y productores que comenzaban a dudar si valía la pena contratar a una mujer con problemas personales. Él usó su influencia creciente para garantizar que ella mantuviera sus contratos, que su nombre siguiera apareciendo en los carteles principales. Para marzo de 1966, su amistad era ya legendaria en el ambiente.

Los mariaches que trabajaban con ambos comentaban que cuando Vicente y Lucha cantaban juntos, algo mágico pasaba. No era romance, era algo más raro y más profundo. Era reconocimiento mutuo. Era saberse entendidos en un mundo donde pocos comprendían lo que significaba vivir para una canción. Pero había alguien más en esta historia, alguien cuya presencia cambiaría todo.

Su nombre era Miguel Acéz Mejía. Miguel, conocido como el rey del falsete, tenía 51 años en 1966. Era una leyenda viva. Había grabado más de 200 discos. Había actuado en 73 películas y su voz era reconocible en cualquier rincón de la República. Pero para abril de 1966, Miguel estaba atravesando la crisis más oscura de su vida.

Su esposo, María Estela Pimentel, acababa de morir en enero de ese año tras una larga enfermedad que le consumió los ahorros de décadas. Sus hijos, Miguel Ángel y María Cristina, apenas podían mirarlo porque él se había sumergido en el alcohol de una manera que asustaba a quienes lo conocían. Vicente y Lucha habían conocido a Miguel años atrás, pero la relación se intensificó en marzo de 1966, cuando los tres coincidieron en una serie de grabaciones para la disquera RSA Víctor en los estudios de Insurgente Sur número 1883 en la ciudad de México. El productor de

esas sesiones, don Mariano Rivera Conde, un hombre de 67 años con cinco décadas en la industria musical, había organizado un proyecto ambicioso, un disco colectivo donde diferentes generaciones de cantantes rancheros interpretarían composiciones de José Alfredo Jiménez en versiones especiales. Durante esas grabaciones que se extendieron del 7 al 23 de marzo de 1966, los tres pasaban largas horas juntos.

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