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Lee Radziwill: La Hermana Olvidada de Jackie Kennedy

Llegó el año 1947 y con él el momento de la puesta de largo de Jacki. En la alta sociedad de la época ser nombrada la debutante del año no era un simple título frígolo, era la coronación social que garantizaba los mejores partidos matrimoniales. Jackie, con su rostro inusual y su elegancia innata, arrasó.

Los columnistas de chismes la bautizaron como la reina debutante. Su rostro aparecía en los periódicos. Su nombre estaba en boca de todos los solteros de oro de la costa este. Lee, observando desde los márgenes de su internado, sentía que la historia se arrepetía. Otra vez Jacki, siempre Jacki. Cuando llegó el turno de Lee de debutar tres años después, la presión era asfixiante.

Ella era objetivamente más hermosa que Jackiei, con rasgos más finos y una figura que la moda empezaba a valorar más, pero la sombra de la hermana mayor era alargada. Jackie ya estaba trabajando como fotógrafa inquisidora para un periódico de Washington, entrevistando a senadores y moviéndose en círculos de poder.

Lee sentía que su propia vida carecía de propósito. No quería ser una copia de su hermana, quería superarla. Decidió que su camino no sería el del intelecto o el trabajo duro, sino el del estilo absoluto y la conquista social rápida. Mientras Jackie buscaba un hombre con poder político, Lee buscaba un escape. No quería estudiar en la universidad.

No quería seguir las reglas de su madre ni vivir bajo las expectativas de su padre. quería huir y la forma más rápida de huir para una chica de su clase en los años 50 era el matrimonio. Pero no cualquier matrimonio. Le necesitaba alguien que la validara, alguien que la hiciera sentir que ella era la protagonista de su propia película.

Así que con apenas 20 años puso sus ojos en Michael Campfield. Él era guapo, trabajaba en el mundo editorial y lo más importante, se rumoreaba que era el hijo ilegítimo del duque de Kent, un miembro de la realeza británica. La posibilidad de tener sangre real en su futura descendencia fue un afrodicíaco irresistible para Lee.

Se casaron en una boda fastuosa y por un momento, solo por un breve momento, Lee sintió que había ganado. Se mudaron a Londres, lejos de Nueva York, lejos de la presión de los bubié y lejos, sobre todo, de Jacki. Londres en los años 50 era un escenario vibrante, gris y lleno de oportunidades para una joven americana con dinero y buen gusto.

Lee se sumergió en la vida social británica como pez en el agua. Por primera vez era simplemente la señora Campfield, una mujer chic y encantadora, y no la hermana pequeña de nadie. decoró su casa con un estilo que dejaba boqui abiertos a los aristócratas ingleses, mezclando lo clásico con toques de modernidad atrevida. Empezó a marcar tendencias.

Las revistas de moda, que antes solo tenían ojos para Jackie, comenzaron a notar a Lee. Pero la felicidad con Michael Campfield tenía fecha de caducidad. El rumor de su sangre real era solo eso, un rumor. Y la realidad era que Michael tenía problemas con el alcohol. y carecía de la ambición feroz que Leí había heredado de su padre.

Mientras tanto, al otro lado del océano llegaban noticias que sacudían los cimientos de la nueva confianza de Lee. Su hermana Jackie se había casado y no con cualquier hombre. Se había casado con John Fitcheral Kennedy, un joven senador con un carisma arrollador y un futuro que apuntaba directamente a la Casa Blanca. La boda de Jacki fue el evento del año.

Lee, que había cruzado el Atlántico para ser la dama de honor, se encontró de nuevo relegada al papel secundario. Vio como su hermana se convertía en parte de una dinastía política, una especie de realeza americana. Su propio matrimonio con un editor en Londres de repente le pareció pequeño, insignificante. La rivalidad se encendió de nuevo, más caliente que nunca.

Le regresó a Londres con una insatisfacción que le quemaba la piel. Su marido ya no era suficiente. Su vida ya no era suficiente. Necesitaba más. Necesitaba un golpe de efecto que la pusiera, si no por encima de Jackie, al menos en un nivel donde su hermana tuviera que mirarla con respeto. Y entonces, en una fiesta llena de humo y champán, sus ojos se cruzaron con los de un hombre mayor, calvo, con acento polaco y un título que resonaba como música celestial en los oídos de Le.

Era el príncipe Stanisla Ratziwil. Stanislás Ratziwi, a quien todos llamaban Stass, no era el típico galán de Hollywood. Era 25 años mayor que Lee. Tenía un mostacho anticuado y una figura corpulenta. Pero Stas tenía algo que ni el dinero de los Kennedy ni el encanto de los Bubier podían comprar. Historia. Pertenecía a una de las familias nobles más antiguas de Europa.

Un linaje que se remontaba a siglos de reyes y guerreros polacos. Aunque su fortuna había mermado y vivía como un exiliado en Londres, conservaba el título de príncipe. Y eso significaba que si Lee se casaba con él se convertiría en princesa. Su alteza serenísima, la princesa Lee Ratziw. El título rodaba por su lengua con un sabor dulce y embriagador.

Era la carta ganadora que había estado buscando. Jackie podía ser la esposa de un senador, quizás incluso de un presidente. Bien, pero lee sería realeza, no realeza metafórica americana, sino realeza europea auténtica. El escándalo no se hizo esperar. Lee aún estaba casada con Michael Campfield. Stas estaba casado con su segunda esposa, pero para una mujer con la determinación de un bubié, estos eran meros trámites burocráticos.

El divorcio fue rápido y doloroso, pero Lee no miró atrás. En 1959 se casó con STAZ en una ceremonia civil. La Iglesia Católica no reconoció la unión inicialmente, pero aí no le importaba. Había conseguido su corona. Se instalaron en una mansión cerca del palacio de Buckingham. Ahora, cuando las invitaciones llegaban, llevaban impreso su título real.

Lee empezó a vivir la vida con la que había soñado. Fiestas exclusivas, viajes a la riviera, amistades con artistas y diseñadores. Sin embargo, había una nube en su horizonte dorado. Mientras ella pulía su título de princesa en Londres, en Estados Unidos, comenzaba una campaña electoral que cambiaría la historia del mundo. Su cuñado, John F.

Kennedy anunciaba su candidatura a la presidencia y Jackie, su eterna rival, se preparaba para el papel de su vida. La carrera había cambiado de carril. Ya no se trataba de quién tenía el mejor marido, sino de quién conquistaría el mundo. Y Lee, desde su palacio en Londres, sabía que no podía quedarse fuera de esa batalla.

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