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María Callas: La Usó, la Dejó… y Eligió a Otra Mujer

De Hidalgo se convertiría en la figura materna que Evangelia nunca fue. La trató con rigor, pero también con ternura. La formó no solo en el Velcanto, sino en la historia de la ópera, en la actuación escénica, en la comprensión profunda de los personajes que tendría que encarnar en los escenarios del mundo. Bajo su guía, María dejó de ser una estudiante brillante para convertirse en algo mucho más difícil de definir y mucho más difícil de olvidar.

Y mientras todo esto ocurría, Europa se hundía en la guerra. La ocupación nazi de Grecia comenzó en abril de 1941 y convirtió Atenas en una ciudad de hambre, miedo y silencio forzado. Las calles que antes resonaban con vida se vaciaron, los mercados escaseaban, la gente moría de inanición en las aceras. Y sin embargo, en medio de ese horror cotidiano, María Cala seguía cantando.

No era insensibilidad. era supervivencia de otro tipo. La música era el único territorio donde el mundo exterior no tenía poder sobre ella. Dentro de una partitura, dentro de un personaje, dentro de esa arquitectura invisible de notas y silencios, María encontraba algo que la realidad le negaba con brutalidad.

encontraba orden, encontraba belleza, encontraba un lugar donde existir con pleno derecho. Durante los años de ocupación, María comenzó a cantar en la ópera nacional de Atenas, una institución que los ocupantes alemanes permitieron que continuara funcionando, en parte por su propio placer cultural y en parte porque suprimir la ópera habría generado una resistencia simbólica que no convenía provocar.

Fue así como una joven de 17 años debutó profesionalmente en un escenario real ante un público real en circunstancias que nadie habría elegido libremente. Su debuto oficial tuvo lugar en 1942 con el papel de Beatriche en la ópera Bocacho de Franz von Fonsupé. No fue una actuación que sacudiera al mundo, pero sí fue suficiente para que quienes estaban en esa sala comprendieran que estaban ante algo inhabitual.

Había en aquella muchacha una presencia escénica que no se corresponde con la edad ni con la experiencia. Era como si el escenario la reconociera, como si el espacio entero se reorganizara a su alrededor en cuanto ella aparecía. Al año siguiente llegó el papel que comenzaría a definir su leyenda Tosca de Y como Puchini.

Un personaje de pasión extrema, celos devastadores y un amor que conduce directo a la tragedia. María tenía 19 años cuando lo interpretó por primera vez. Y los que la vieron aquella noche decían que no parecía estar actuando, parecía estar viviendo algo que ya conocía por dentro, una intensidad. que asustaba un poco, que incomodaba de la misma manera en que incomoda ver a alguien demasiado honesto en público.

Pero la guerra también dejó sombra sobre su reputación. Años más tarde, sus enemigos, y los tuvo muchos, la acusarían de haber colaborado con los ocupantes al cantar para ellos. Fue una acusación que la persiguió durante tiempo y que ella siempre rechazó con la misma respuesta. Cantaba para sobrevivir, cantaba para seguir estudiando, para comer, para mantener viva la llama de lo único que sabía hacer con toda su alma.

No había en eso traición alguna, había necesidad. Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas. La relación con su madre se deterioraba en paralelo con el avance de los años. Evangelia administraba los ingresos de María con una autoridad que no admitía discusión. decidía qué contratos aceptar, qué maestros consultar, qué imagen proyectar.

María era su obra y las obras no opinan sobre el artista que las creó. Al menos eso pensaba Evangelia. María, mientras tanto, acumulaba en silencio una rabia que aún no sabía muy bien cómo nombrar ni a dónde dirigir. Terminada la guerra, con Grecia exhausta y destrozada, María tomó la decisión que marcaría el inicio de su vida adulta como artista.

Regresaría a Estados Unidos. Volvería a Nueva York, la ciudad donde había nacido, para intentar construir una carrera internacional desde cero. Tenía 22 años. Una voz que podía detener el tiempo y una determinación que asustaba a quienes se ponían en su camino. Nueva York no la recibió con los brazos abiertos. El Metropolitan Opera, el templo más poderoso de la ópera en el continente americano, la escuchó y le ofreció condiciones que ella consideró inaceptables.

Dos roles en inglés que no correspondían a su registro ni a su visión artística. María los rechazó. Fue un acto de orgullo que muchos interpretaron como arrogancia y que ella consideraba simplemente necesario. No iba a empezar mal para empezar rápido. Prefería esperar y empezar bien. La espera no fue larga.

En 1947 llegó la llamada que lo cambiaría todo. Giovanni Batista Meneguini, un empresario italiano adinerado y melómano apasionado, la invitó a cantar en la Arena de Verona, el escenario más grandioso de Italia. Una prueba de fuego ante un público que conocía la ópera como pocos en el mundo. María aceptó sin dudar.

llegó a Italia con una maleta, una partitura de la Yoconda de Amil Kare Ponquieli y una certeza absoluta de que estaba exactamente donde debía estar. Italia la recibió de una manera que ningún otro lugar del mundo lo había hecho hasta entonces. La recibió como si la estuviera esperando, como si esa voz fuera el eslabón perdido de una cadena que llevaba siglos buscando completarse.

La actuación en Verona fue una revelación, no solo para el público italiano, sino para ella misma. Cantar en aquella arena romana bajo el cielo abierto ante miles de personas que guardaban silencio como si hubieran olvidado respirar, le dio una dimensión nueva a su propia voz. descubrió que podía llenar no solo un teatro, sino el aire libre de una noche de verano.

descubrió que su instrumento no tenía fronteras físicas reconocibles y fue allí, en ese verano italiano de 1947, donde conoció a Giovanni Batista Meneguini, el hombre que se convertiría en su marido, el hombre que la protegería, la impulsaría y la amaría con una devoción que María, acostumbrada al amor condicional de su madre, no sabía muy bien cómo recibir.

Meneguini tenía 51 años, María tenía 23 y entre ellos nació algo que no era exactamente pasión romántica, sino algo más parecido a un pacto. Un pacto en el que cada uno encontraba en el otro lo que le faltaba. Giovanni Batista Meneguini era un hombre que había construido su fortuna con ladrillos y cemento en el negocio de los materiales de construcción, lejos de cualquier escenario y de cualquier foco de luz.

Pero amaba la ópera con la devoción silenciosa de quien sabe que nunca podrá participar en ella y por eso la contempla desde afuera con una intensidad casi religiosa. Cuando escuchó a María cantar en Verona aquella noche de julio, algo en él se reorganizó para siempre. No fue solo admiración artística, aunque eso también estaba presente con toda su fuerza.

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