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¿Por qué PERDIMOS EN AGUA PRIETA? | La Confesión del General VILLA

Ese pueblo se llamaba Agua Prieta. y lo separaban apenas unos metros de una ciudad estadounidense, Douglas, en Arizona. Tomar agua prieta significaba abrir esa puerta. Por eso Villa puso ahí la mira. El problema fue cómo llegar. La marcha hacia Sonora se convirtió en una pesadilla. Villa ya no contaba con los trenes que en sus mejores tiempos transportaban a su ejército de un extremo a otro del país.

Ahora le tocó cruzar a pie y a caballo, arrastrando cañones por desfiladeros helados y barrancos imposibles de la Sierra Madre. Los hombres avanzaban hambrientos, agotados, dejando atrás animales muertos y compañeros que no aguantaban el frío de la altura. En ese camino brutal, Villa perdió incluso a uno de sus lugarenientes, más temidos y fieles, Rodolfo Fierro, que murió ahogado al hundirse en un pantano con el peso del oro que cargaba encima.

Era un mal presagio y los soldados lo sintieron. Cuando por fin la columna villista se acercaba a su objetivo, llegó una noticia desde la lejana ciudad de Washington. Una noticia que para Villa fue peor que cualquier emboscada. El 19 de octubre de 1915, el gobierno de Estados Unidos, encabezado por el presidente Wood Rrowe Wilson, reconoció oficialmente al gobierno de Venustiano Carranza como la autoridad legítima de México y junto con Estados Unidos lo hicieron seis países más de América Latina.

Hay que detenerse a explicar qué significaba esto, porque es el corazón de toda nuestra historia. Reconocer de facto a un gobierno quiere decir tratarlo como el gobierno real del país, intercambiar embajadores, hacer negocios con él, dejarle comprar armas. Pero lo más grave venía en la letra chica. Al reconocer a Carranza, Washington también decretó un embargo.

A partir de ese momento, las únicas fuerzas en México que podían comprar legalmente armas y municiones estadounidenses eran las de Carranza para todos los demás. Y villa sobre todo era ese todos los demás. La frontera quedaba cerrada con candado. Justo cuando más las necesitaba, a Villa le cortaron de tajo las armas. Para entender la magnitud del golpe, hay que recordar algo que hoy parece increíble.

Durante años, Villa había sido el revolucionario favorito de los estadounidenses. Compraba sus armas al norte de la frontera, daba entrevistas a periodistas gringos. posaba para sus cámaras y llegó a hablar del presidente Wilson casi con admiración, como si fuera un idealista, un amigo de los pobres. Villa creyó de verdad que Estados Unidos estaba de su lado.

Por eso el reconocimiento a Carranza no lo vivió como una simple maniobra diplomática, lo vivió como una apuñalada por la espalda. ¿Por qué Wilson tomó esa decisión justo en ese momento? Las razones eran frías y calculadas, y tenían poco que ver con quién era buena o mala persona. El mundo estaba en llamas. En Europa rugía la Primera Guerra Mundial y Estados Unidos necesitaba un México estable y predecible en su frontera sur, no un país roto en mil facciones donde Alemania pudiera meter mano.

De los caudillos que quedaban en pie, Carranza era el que controlaba más territorio y el que ofrecía algo parecido a un gobierno funcional. Para Washington, apostar por Carranza era apostar por el orden. La justicia o las lealtades del pasado no entraban en la cuenta. Villa, furioso, captó al instante lo que esto significaba.

Desde Sonora lanzó un manifiesto encendido acusando a Carranza de traicionar a la patria, de haber vendido la soberanía de México a cambio del apoyo extranjero. Estaba convencido de que su rival había hecho concesiones secretas y vergonzosas a los gringos. Y aunque su rabia era política, escondía una verdad estratégica demoledora.

El campo de batalla acababa de inclinarse en su contra antes incluso de disparar el primer tiro. Porque mientras Villa cruzaba a duras penas la sierra, sin trenes, sin armas frescas y con sus hombres exhaustos, en la orilla estadounidense estaba tejiendo algo que él aún no alcanzaba a imaginar, algo que convertiría agua prieta no en una puerta abierta hacia su renacimiento, sino en una trampa perfecta.

La trampa no se construyó con balas, se construyó con cálculo, con cemento y, sobre todo con una decisión tomada lejos del desierto. Para entenderla, conozcamos al hombre que esperaba a Villa del otro lado. Se llamaba Plutarco Elías Calles. Y en aquel entonces era apenas un general carrancista poco conocido, un exmaestro de escuela sonorense de mirada dura y mente metódica.

Nadie imaginaba que ese hombre llegaría años después presidente de México, pero ya en agua aprieta mostró la clase de cabeza que tenía, fría, paciente y obsesionada con la preparación. Calles no era un guerrero romántico como Villa, era un ingeniero de la defensa y lo que hizo en Aguaprieta fue sencillamente convertir un pueblo polvoriento en una fortaleza moderna.

Aprendiendo de lo que ya había funcionado en Celaya, Calles mandó cabar un anillo de trincheras alrededor de la población. No eran zanjas improvisadas. Tenían pedestales firmes para montar las ametralladoras, de manera que cada arma pudiera barrer el terreno sin moverse. Frente a las trincheras tendió franjas anchas de alambre de púas, esa maraña metálica que detiene en seco a un caballo a galope.

Más allá, en la tierra abierta por donde tendría que pasar cualquier atacante, sembró escondidas. instaló una red telefónica para que sus oficiales se comunicaran al instante de un extremo a otro de la línea. Tendió tuberías con tomas de agua, montó almacenes con comida para resistir un sitio largo y hasta organizó dos hospitales con bancos de sangre porque calles no pensaba en una escaramuza, pensaba en una matanza y quería estar listo para curar a los suyos.

Pero la pieza más astuta de todo su sistema apuntaba al cielo. Calles colocó tres reflectores potentísimos en puntos estratégicos del perímetro. Reflectores eléctricos capaces de lanzar acces de luz blanca a través de la oscuridad. Calles había adivinado algo fundamental sobre su enemigo. Sabía que Villa, debilitado y con menos hombres de los que aparentaba, intentaría compensar su desventaja atacando de noche, usando la oscuridad como escudo.

Así que preparó la herramienta exacta para arrancarle ese escudo de las manos. Si los villistas venían a oscuras, él simplemente encendería el sol. Todo esto ya era formidable, pero faltaba el ingrediente que terminó de sellar el destino de Villa y ese ingrediente lo puso Estados Unidos. Recordemos la geografía.

Agua Prieta está pegada a Douglas, Arizona, separadas apenas por la línea fronteriza. Carranza necesitaba reforzar la guarnición de calles con tropas frescas, pero esos refuerzos estaban lejos. y mandarlos por territorio mexicano significaba un viaje largo y peligroso expuesto a los propios villistas. Entonces se dio una jugada que en circunstancias normales habría sido impensable.

El gobierno de Estados Unidos autorizó que los soldados carrancistas viajaran por dentro de su propio territorio. Es decir, las tropas de Carranza subieron a los ferrocarriles estadounidenses, cruzaron tranquilamente por Arizona y otros estados gringos y bajaron justo en Douglas a unos pasos de agua prieta listas para reforzar la defensa.

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