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Su LLAMADA a EMERGENCIAS te dejará HELADO | El CASO RESUELTO de Teri Jendusa

 Sin nada más que decir, analicemos juntos todos los detalles de esta historia criminal. El interior de un depósito de almacenamiento estaba oscuro, silencioso y helado. Cuando los agentes forzaron la entrada, apenas podían distinguir las siluetas de cajas y contenedores apilados. El aire era denso, frío, casi inmóvil.

 Comenzaron a gritar esperando una respuesta, anunciando que eran la policía y los paramédicos. Entre los objetos almacenados, algo llamó su atención. un cubo de basura grande con la tapa asegurada completamente con cinta adhesiva. Cerca de él, en una esquina, había un bate de béisbol de dos tonos, negro y madera, con manchas que parecían sangre seca.

 Se acercaron con rapidez, apartaron lo que estaba encima del cubo, cortaron la cinta y levantaron la tapa. Dentro, en posición fetal, estaba Terry. Su cuerpo estaba rígido, sus ojos inflamados y cerrados, el rostro hinchado y amoratado. Tenía una herida profunda en la cabeza. A pesar de todo, seguía respirando. Había sido golpeada, atada y abandonada dentro de ese recipiente lleno de nieve y hielo.

 Y aún así seguía aferrándose a la vida. La trasladaron de inmediato al hospital. Había permanecido casi 27 horas atrapada en condiciones extremas. Su temperatura corporal descendió por debajo de los 30 gr. Los médicos sabían que cada minuto contaba. Había recibido decenas de golpes con un bate de béisbol. Su cabeza sangraba. Su cuerpo estaba severamente comprometido por la hipotermia y la congelación.

Milagrosamente estaba viva, pero no fuera de peligro. Cuando despertó, lo primero que preguntó no fue por su estado. Preguntó por sus hijas. Necesitaba saber si estaban a salvo. Cuando le confirmaron que las niñas estaban bien y que David estaba bajo custodia, sintió una oleada de alivio. Sin embargo, la tragedia no había terminado.

 Debido a las lesiones y al trauma físico extremo, perdió el embarazo que apenas había comenzado a celebrar. La pérdida fue devastadora. Además, la congelación obligó a los médicos a amputarle los dedos de los pies. Inicialmente se temía que también perdería piernas y antebrazos, pero logró conservarlos. Cuando le explicaron la amputación, respondió con serenidad.

Lo importante era que estaba viva, que sus hijas estaban vivas. Los médicos calcularon que de haber pasado una hora más sin ser encontrada, probablemente no habría sobrevivido. Pero esa escena en el hospital, marcada por cicatrices físicas y una pérdida irreparable, no comenzó en aquel depósito helado.

 No fue un acto aislado ni una explosión repentina de violencia. Fue la consecuencia de una historia que había empezado años antes, cuando todo parecía estabilidad y promesas de amor. Para entender cómo terminó luchando por su vida dentro de un cubo de basura, hay que regresar al inicio. En 1996, Terry Yendusa celebraba su matrimonio con David Larsen.

 Desde el exterior parecía el comienzo de una vida feliz. Con el tiempo, la pareja dio la bienvenida a dos hijas, Amanda y Holly. La familia crecía y todo aparentaba normalidad, pero la imagen que proyectaban no reflejaba lo que ocurría puertas adentro. David comenzó a mostrar un comportamiento controlador, discutía por detalles mínimos, exigía explicaciones constantes y manipulaba emocionalmente a Terry.

 Cuando se enfurecía, la culpaba a ella por sus propios estallidos. Le repetía que si él perdía el control, era porque ella no hacía lo suficiente para evitarlo. La violencia escaló. En una ocasión le golpeó la cabeza contra una puerta. En otra un simple incidente, una caja de pasta sobre la encimera mientras preparaba la cena provocó un ataque de ira desproporcionado.

La empujó mientras su hija pequeña lloraba en brazos. Terry vivía con miedo. Intentaba mantenerlo satisfecho, evitar discusiones, anticiparse a cualquier cosa que pudiera molestarlo, pero comprendió que nada era suficiente. Un día, sosteniendo a su bebé de apenas dos meses después de otro episodio de agresión, tuvo una claridad dolorosa.

 No podía permitir que sus hijas crecieran en ese ambiente. Fue entonces cuando decidió que debía irse. Después de años de soportar agresiones físicas y manipulación constante, Terry entendió que el peligro ya no era solo para ella. Cuando presenció cómo su hija lloraba aterrada tras uno de los estallidos de David, comprendió que la violencia no era un episodio aislado, era el entorno en el que estaban creciendo.

 Durante mucho tiempo se había culpado a sí misma. Él le repetía que si ella cambiaba, si hacía las cosas mejor, él no se enfadaría. Pero finalmente entendió que el problema no era ella. Decidió poner fin al matrimonio. El divorcio se formalizó el 31 de enero de 2001. Sin embargo, la resolución judicial no trajo la paz que ella esperaba.

 El tribunal otorgó custodia compartida. A pesar de los antecedentes de maltrato, Terry estaba obligada legalmente a permitir que David viera a Amanda y Holly. El mismo día que salieron del juzgado, él se acercó. y le dijo que iba a lamentar lo que había hecho. Aquella frase no fue un comentario al aire, fue una advertencia. Aunque había escapado del matrimonio, la amenaza seguía presente cada vez que debía entregar a sus hijas para las visitas programadas.

El miedo no desapareció con el divorcio, simplemente cambió de forma. En medio de esa tensión constante, Terry conoció a Nick Nikolai. Con él experimentó algo que hacía tiempo no sentía. Tranquilidad. Nick se relacionaba con las niñas con paciencia y cariño. No imponía miedo, no gritaba, no controlaba. Terry volvió a confiar.

La relación avanzó y en 2003 se casaron. Para ella significaba empezar de nuevo, recuperar la estabilidad que le había sido arrebatada. Pero para David, aquel matrimonio fue una provocación. Tiempo atrás le había advertido que lamentaría rehacer su vida. Ahora reforzaba esa idea con argumentos religiosos.

 Le decía que ante los ojos de Dios seguían casados, que su nueva unión era una ofensa divina, que estaba desobedeciendo la voluntad superior, ya no podía controlarla dentro del matrimonio y esa pérdida de dominio lo enfurecía. Terry percibía que su actitud había cambiado. Algo en él se había endurecido. El 31 de enero de 2004 se acercaba el aniversario de su divorcio.

 Terry no sabía que esa fecha sería elegida como escenario para llevar a cabo su amenaza. Esa mañana Terry se preparó para recoger a Amanda y Holly en la casa de su padre después de la visita correspondiente. Nick se ofreció a acompañarla, pero ella decidió ir sola. Temía que la presencia de su esposo pudiera provocar una reacción imprevisible en David delante de las niñas.

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