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Astrid de Bélgica: Murió con 29 Años y Dejó a Tres Hijos Sin Madre

La conversión no fue un trámite, fue al parecer un proceso genuino que la marcó de manera duradera. Con ese obstáculo resuelto, el camino hacia el altar quedó despejado. Y en noviembre de 1926, en una ceremonia celebrada en Estocolmo que reunió a las casas reales de media Europa, Astrid de Suecia se convirtió en la esposa del príncipe heredero de Bélgica. Tenía 21 años.

Ante ella se abría un horizonte nuevo, luminoso e incierto al mismo tiempo. La llegada de Astrida, Bélgica fue un momento que sus contemporáneos recordarían durante détadas. Bruselas, en el invierno de 1926, era una ciudad que aún llevaba en sus calles y en sus memorias las cicatrices de la Primera Guerra Mundial.

un pueblo que había sobrevivido a la ocupación, que había visto morir a sus hijos en las trincheras, que había reconstruido su vida ladrillo a ladrillo y con una determinación que impresionaba a los observadores extranjeros. Ese pueblo recibió a Astrid con una mezcla de curiosidad y cautela. Era una princesa extranjera, protestante convertida, hija de una familia real que muchos belgas conocían solo de oídas.

Los protocolos de la corte de Bruselas eran considerablemente más rígidos que los de las cortes escandinavas, y nadie sabía si aquella joven sueca sería capaz de adaptarse a un entorno tan diferente del que venía. Astrid lo comprendió desde el primer día y, en lugar de atrincherarse en el protocolo o de intentar imponer sus costumbres, hizo algo mucho más inteligente.

Empezó a escuchar, a observar, a preguntar. Aprendió el francés con una fluidez que sorprendió incluso a sus profesores, no solo porque lo necesitaba, sino porque quería entender los matices, los giros propios del idioma, las frases que los belgas usaban entre ellos en los mercados y en las cafeterías. Quería hablarles en su idioma, no solo con las palabras, sino con el espíritu de esas palabras.

No tardó mucho en comenzar a aparecer en actos públicos que se salían del guion habitual de la realeza. Visitaba hospitales y no solo posaba para las fotos, sino que se sentaba junto a los enfermos y conversaba con ellos. Aparecía en barrios obreros y no llevaba el séquito intimidante que solía acompañar a los miembros de la familia real.

Preguntaba por los niños, por las condiciones de trabajo, por lo que necesitaban. Los belgas tardaron muy poco en rendirse. La prensa comenzó a llamarla la reina del pueblo, antes incluso de que fuera reina. Los fotógrafos la perseguían por las calles con una devoción que pocos personajes públicos de la época provocaban. Y ella, lejos de esquivar esa atención, la usaba con una habilidad notable para acercar la monarquía a la gente, para recordar a los ciudadanos que detrás de la corona había seres humanos capaces de sentir lo que ellos sentían.

La vida doméstica que construyó junto a Leopoldo también llamó la atención. En una época en la que los príncipes herederos llevaban existencias públicas y privadas completamente separadas, Astrid y Leopoldo aparecían juntos en público con una naturalidad que rompía todos los moldes. Caminaban del brazo, se reían, se miraban con una complicidad que los súbditos reconocían y que los hacía sentir que aquello era real, no una representación.

Y en ese escenario de amor aparente y de genuina conexión con el pueblo, llegó el primer hijo, el primero de tres, el primero de una familia que parecía destinada a ser el símbolo perfecto de una monarquía moderna, humana y cercana. El 17 de octubre de 1927, Astrid dio a luz a su primera hija, a quien pusieron por nombre Josefina Carlota.

La noticia fue recibida con una alegría genuina en Bélgica, aunque algunos en los círculos más conservadores de la corte habrían preferido que el primogénito fuera varón. Pero Astrid no parecía perturbada por esas expectativas. Abrazó la maternidad con la misma entrega con la que había abrazado todo lo demás. Lo que llamó la atención en esos años no fue solo el hecho de que Astrid fuera una madre cariñosa, algo que en principio podría esperarse de cualquier mujer en su situación.

Lo que sorprendió fue la manera en que ejercía esa maternidad. En una época en que los hijos de la realeza eran criados casi exclusivamente por nodrizas e institutrices, Astrid se implicó de una manera que rompía el protocolo. Amamantó a sus hijos, los bañó con sus propias manos, jugó con ellos en el suelo del palacio. Esas imágenes cuando llegaban a la prensa causaban un efecto casi hipnótico en el público, porque había algo en ellas que no se había visto antes en la historia reciente de la monarquía belga.

Había humanidad pura y sin artificios. Había una mujer que era a la vez reina y madre y que no veía contradicción entre ambas cosas. En 1930 llegó el segundo hijo Balduino, que con el tiempo se convertiría en el rey Balduino io, uno de los monarcas más respetados de la historia belga. Y dos años después, en 1932, nació Alberto, quien también llegaría a ceñir la corona de Bélgica décadas más tarde. Tres hijos en 5 años.

una familia que a los ojos del mundo parecía la encarnación de la estabilidad y la felicidad. Pero mientras la familia crecía y la popularidad de Astrid alcanzaba cotas que ningún miembro de la familia real belga había conocido en tiempos recientes, en el horizonte político de Europa comenzaban a acumularse nubes que nadie quería ver.

El continente salía a trompicones de la crisis económica que había seguido al crack de 1929. Los partidos extremistas ganaban terreno en Alemania, en Italia, en varios países del este. El mundo de entre guerras era un mundo en equilibrio precario y quienes miraban con atención lo sabían. Astrid no era ajena a ese contexto.

Las personas que trabajaban a su lado describen a una mujer que leía los periódicos con atención, que hacía preguntas incómodas, que preguntaba a los ministros y diplomáticos, cosas que se salían del ámbito estrictamente protocolar. No era una figura decorativa que ignoraba lo que ocurría más allá de los jardines del palacio.

Era una mujer informada, consciente, preocupada y al mismo tiempo seguía visitando hospitales, seguía sentándose junto a los enfermos, seguía impulsando proyectos sociales que nadie en la corte había considerado antes como responsabilidad de la familia real. Uno de esos proyectos fue el impulso de guarderías para los hijos de madres trabajadoras, una iniciativa que en el contexto social de la época era sencillamente adelantada a su tiempo.

El año 1934 llegó cargado de presagios que nadie quiso interpretar como tales en su momento. enero se convirtió en el mes más frío de los últimos años en Bélgica y en el palacio real había una tensión contenida, casi imperceptible para los de afuera, pero evidente para quienes vivían y trabajaban en él.

El rey Alberto Io, suegro de Astrid y monarca en ejercicio, era un hombre que combinaba la majestad propia de su cargo con una inclinación por la aventura física que a veces preocupaba a quienes lo rodeaban. El rey caballero, como lo llamaban sus súbditos con una mezcla de admiración y ternura, era un alpinista apasionado.

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