Sin licencia no podía pelear. Sin pelear no podía ganar dinero. Sin dinero no podía hacer lo que era. El círculo se cerró de golpe y fue entonces cuando Ricardo Moreno llegó a suplicarle al escritor Luis Espota, [música] que en ese momento era presidente de la comisión de boxeo, que le devolviera el permiso para pelear. fue a verlo, se paró frente a él y con toda la humildad que un hombre orgulloso puede reunir, le dijo [música] con esas palabras exactas, “Deme permiso de pelear, señor Espota.
Tengo necesidad de ganar algunos centavos para mantener a mi familia, a mi jefecita, a mi mujer, a mis hijos. Si me dan [música] permiso, les prometo, ahora sí que me voy a portar bien. Voy a caminar derechito. Ahora sí, el hombre que tenía dos Cadilac con rines de oro, el que encendía cigarros con billetes de [música] 100 pesos, el que era amigo de Tin Tan y de Cantinflas, parado frente a un escritor, [música] suplicando permiso para ganar unos centavos y mantener a su familia, le devolvieron la licencia.
Pero el pajarito ya no era el mismo. El cuerpo acusaba los años de excesos. El alcohol no paraba y las apuestas se sumaron al problema. Primero las peleas de gallos, luego el hipódromo. Llegó a comprar dos caballos de carreras. Dos caballos que se comieron lo que quedaba de sus ahorros sin dejar ni rastro. Y la casa del Pedregal, la que le había comprado a su madre evaluada en 600,000 [música] pesos, la vendió al actor Manuel Capetillo.

¿En cuánto la vendió? En 400,000 pesos, 200,000 pesos menos de lo que valía. Porque necesitaba el dinero rápido, porque ya no podía esperar. Porque la desesperación no te deja negociar bien. Así se deshacía de todo, con prisa, con urgencia, perdiendo en cada operación sin calcular lo que dejaba en el camino.
Y cuando ya no quedó nada que vender, llegó el peor periodo de su vida. Pero para que entiendas de verdad la dimensión de esa caída, primero hay que saber lo grande que fue este hombre. Eso es lo que sigue la gloria Ricardo Moreno. Escamilla llegó a la Ciudad de México con las manos vacías. Era de Chalchighiüites, Zacatecas, un pueblo en la sierra donde la vida se medía por el peso que podías cargar en la espalda.
Te dejó la escuela siendo chamaco para trabajar como barretero en las minas, rompiendo piedra debajo de la tierra. con el polvo de la mina en los pulmones desde temprana edad, con el cuerpo acostumbrado al esfuerzo físico desde antes de los 15 años. Cuando llegó a la capital, consiguió trabajo cuidando coches en un estacionamiento. Eso era lo que tenía Ricardo Moreno cuando llegó a la Ciudad de México.
Un trabajo de cuidador de coches y esas manos. Hasta que alguien lo vio, hasta que alguien vio lo que traía en las manos. El entrenador Jesús Cuate Pérez lo descubrió en un gimnasio. Lo vio golpear por primera vez y no necesitó ver más. lo incorporó a su establo ese mismo día, el 16 de junio de 1954, con 17 años, Ricardo Moreno debutó como boxeador profesional, sin haber peleado nunca como amateur, sin preparación previa, directamente al profesionalismo con 17 años, su primer rival, Óscar Díaz.
El resultado, knockout. Y desde ese primer combate arrancó algo que México no había visto. Ricardo el pajarito Moreno ganó 19 de sus primeras 20 peleas. Las 19 victorias, todas por knockout. 19 de 19. No había rival que aguantara sus puños más de unos rounds. La mayoría caía antes del quinto asalto. Era tan devastadora su pegada que algunos retadores renunciaban a enfrentarlo solo con verlo entrenar en el gimnasio.
Dicen que ponchaba literalmente [música] la pera de entrenamiento. No la meneaba, no la hacía vibrar, la ponchaba. Los que lo vieron entrenar en esos años cuentan que se paraba frente a la pera, le metía tres golpes y la pera quedaba colgando rota del techo. Con esa pegada ganaba sus peleas. Rápido, limpio, sin piedad.
Y en Oakland, California, pero en una pelea de 1964, noqueó primero al árbitro Bernv, que se cruzó en el momento equivocado, y un segundo después noqueó a su verdadero rival Fernando Sota, al árbitro y al rival en la misma pelea. Eso es lo que era el pajarito moreno. La revista The Ring lo colocó en el puesto número 76 [música] de los 100 mejores noqueadores de todos los tiempos en la historia del boxeo mundial.
De toda la historia, no solo de México, del mundo entero. Al lado de los más grandes que el boxeo ha dado. Con esa fama y ese poder, México lo adoptó como a un ídolo. Y en 1956 llegó la noche que lo puso en la cima. El 28 de abril de 1956, un día después de la inauguración de la Arena México, el pajarito noqueó al cubano Óscar Suárez y fue levantado en hombros por la multitud.
El primer boxeador en salir así de la Arena México, recién inaugurada con cantinflas como su padrino esa noche. El hombre más famoso de México aplaudiendo a ese muchacho de Zacatecas. [música] El dinero empezó a llover, 8 millones de pesos en toda su carrera calculó su amigo cercano Julio Coria. Los dos cadilac convertibles con rines de oro.
La casa en el pedregal para su mamá valuada en 600,000 pesos. Los anillos de diamantes, los trajes y las corbatas, las películas con resortes, con viruta y capulina. 20,000 pesos por cada película. La amistad con Tin Tan con Ana Berta Lepe, la Miss México de 1953 con la élite de la farándula mexicana de los 50. Eso fue el pajarito moreno en su momento de gloria.
Un minero de Chalchighiües que llegó a cuidar coches en un estacionamiento y terminó siendo el noqueador más temido de México y uno de los 100 mejores noqueadores del planeta. Pero algo en todo ese brillo estaba mal desde el principio. Una grieta que nadie vio porque nadie quiso verla. Guárdate esa imagen, el pajarito en la cima, con el cadilac, con los anillos, con los amigos famosos, con la casa de su mamá en el pedregal, porque lo que viene después la va a romper en pedazos.
Y necesitas tener bien claro lo alto que era para entender lo brutal que fue la caída. Cuando se rompió, se rompió de golpe. Tercera revelación. Después de perder la licencia, después de vender la casa del pedregal por menos de lo que valía, [música] después de que los caballos del hipódromo se comieron sus últimos ahorros, Ricardo Moreno siguió peleando hasta 1967, 13 años después de su debut.
Pero los últimos años [música] ya no eran los mismos. Ya no era el pajarito que noqueaba a todos en el primer asalto. Era un hombre mayor con el cuerpo [música] dañado, peleando por necesidad más que por gloria. Hay algo muy duro en ver a un gran noqueador pelear cuando el poder ya no está. Cuando el mismo hombre que ponchaba [música] la pera de entrenamiento ahora llega al quinto, al sexto, al séptimo round y el rival todavía está de pie.
Eso fue el [música] pajarito en sus últimos años de carrera. Un hombre que peleaba porque no sabía qué [música] más hacer, porque el ring era lo único que conocía y porque necesitaba el [música] dinero de cada pelea para sobrevivir. Colgó los guantes en 1967 [música] con un récord de 60 victorias y 59 de ellas por knockout.
[música] Y con las manos vacías, todo lo que había ganado ya no estaba. Su matrimonio se había roto en el camino. Sus hijos crecieron sin él cerca. Los amigos de la farándula habían desaparecido uno por uno. Tintán [música] no estaba, Capulina no estaba, Anaberta Lepe no estaba, los que llegaron con el éxito se fueron con el dinero.
