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El SECRETO OSCURO de VICENTE FERNÁNDEZ: Su Esposa REVELA que la MUERTE le visitaba antes de sus…

 No solo el cantante, no solo el hombre mujeriego que todos conocían, sino el hombre atormentado por algo que nadie podía ver, excepto él. Mara sintió como el ambiente en la habitación cambiaba inmediatamente. ¿A qué te refieres, Cuquita?, preguntó inclinándose hacia delante. Cuquita respiró profundo, cerrando los ojos como si estuviera reuniendo el valor para continuar.

 Vicente veía cosas, presencias, sombras, desde que era joven, desde antes de que nos conociéramos, pero se intensificó cuando su carrera despegó y había una presencia en particular que lo visitaba antes de cada concierto importante. Él la llamaba la flaca. Era su manera de referirse a la muerte sin nombrarla directamente y ella venía cada vez sin falta.

 El silencio que siguió fue absoluto. Mara, quien había entrevistado a cientos de celebridades, nunca había escuchado nada así. “¿Estás diciendo que Vicente veía a la muerte?”, preguntó Mara. Su voz apenas un susurro. Cuquita avanzando lentamente, las lágrimas comenzando a formarse en sus ojos. No solo la veía.

hablaba con ella, negociaba con ella. Antes de cada concierto importante, especialmente en el Auditorio Nacional, en el Madison Square Garden, en todos esos lugares donde él se jugaba su reputación, ella aparecía y Vicente tenía que hacer un ritual. Si no lo hacía, decía que algo malo pasaría, que alguien moriría, que él moriría.

 Así que lo hacía religiosamente durante más de 50 años. Mara estaba completamente inmóvil procesando lo que estaba escuchando. Y tú, tú lo viste hacer estos rituales, ¿Penciaste estas apariciones? Cuquita, económica con la cabeza. Nunca vi lo que él veía. Nadie podía verlo excepto él. Pero vi los rituales, vi su terror cuando sentía que ella estaba cerca y vi lo que pasaba cuando no podía completar el ritual a tiempo.

 Cuquita hizo entonces algo inesperado, se levantó de su silla y le pidió a las cámaras que la siguieran. Caminó por los pasillos del rancho los tres potrillos por corredores que miles de fans habían caminado durante años sin saber qué secretos guardaban esas paredes. Llegó a una puerta al final de un pasillo que parecía ordinaria, pero que Cuquita abrió con una llave que sacó de su bolsillo.

 “Nadie ha entrado aquí desde que Vicente murió”, explicó mientras abría la puerta. “Ni siquiera mis hijos, solo yo tengo la llave y solo yo sé lo que hay adentro.” La cámara entró detrás de ella a una habitación pequeña sin ventanas, iluminada solo por una lámpara antigua y lo que mostraba la habitación era escalofriante.

 Las paredes estaban cubiertas de imágenes religiosas, no solo católicas, aunque había muchas vírgenes, Cristos y santos. También había imágenes de la Santa Muerte, veladoras negras y rojas, amuletos colgando de las vigas del techo y en el centro de la habitación un altar. Un altar elaborado con niveles cubierto de velas de todos colores, fotografías de Vicente en diferentes etapas de su carrera y en el centro exacto, una figura pequeña vestida de blanco con una guadaña en las manos.

 La cámara hizo zoom. Era una estatuilla de la Santa Muerte. Este era el lugar secreto de Vicente”, explicó Cuquita con voz temblorosa. Aquí era donde venía antes de cada concierto cuando estaba en el rancho. Aquí era donde hacía sus rituales. Aquí era donde hablaba con ella. Mara, completamente absorbida, preguntó, “¿Desde cuándo hacía esto, cuándo comenzó?” Cuquita caminó hacia el altar y tocó suavemente una de las fotografías viejas y descoloridas.

1966, respondió. El año en que murió su madre, doña Paula. Vicente estaba destrozado. Su mamá había sido todo para él y una semana después del funeral, él juró que la vio parada al pie de su cama en medio de la noche. Pero no era su mamá. Era algo que se parecía a ella, pero no era ella.

 Tenía los ojos vacíos y cuando abrió la boca para hablar, lo que salió no era su voz. era algo más antiguo, más frío. Le dijo, “Te he estado esperando, Vicente, y voy a estar contigo en cada escenario. Cada vez que cantes, yo estaré ahí, mirándote el momento en que cometas un error.” Vicente, según contó Cuquita, despertó gritando esa noche.

Estaba empapado en sudor frío y desde ese momento nunca volvió a ser el mismo. “Comenzó a tener miedo de los escenarios,”, continuó Cuquita. Él, que nunca había temido a nada ni a nadie, de repente tenía pánico de subir a cantar. Yo no entendía qué estaba pasando. Pensé que era depresión por la muerte de su mamá, pero una noche finalmente me lo confesó.

 Me dijo, “Cuquita, algo me está siguiendo. Algo que quiere llevarme y solo hay una manera de mantener a raya.” Fue entonces cuando comenzó con los rituales. “Los primeros rituales eran simples,”, explicó Cuquita. Vicente rezaba el Padre Nuestro tres veces antes de subir al escenario. Se persignaba mirando al cielo. Llevaba medallas de la Virgen de Guadalupe en sus bolsillos.

“Pero no era suficiente”, dijo Cuquita. Su voz ahora apenas un susurro. Porque las visitas continuaban y se volvían más frecuentes, más intensas. Él decía que podía sentir su presencia en su camerino, que veía su sombra moviéndose en las esquinas, que escuchaba su respiración detrás de él cuando estaba solo.

 Y una noche después de un concierto en Guadalajara en 1970 la vio completamente, no como su madre esta vez, sino como ella realmente era, una figura alta, delgada, vestida de blanco sucio, con una guadaña en una mano y una rosa marchita en la otra, y ella le habló directamente. ¿Qué le dijo?, presionó Mara, completamente absorbida en la narración.

 Cuquita se limpió las lágrimas antes de responder. Le dijo, “Vicente, tu voz me pertenece. Cada nota que cantas es un pago adelantado por el tiempo extra que te estoy dando, pero eventualmente vendrás conmigo y cuando ese día llegue no habrá negociación, no habrá escape. Así que mientras tanto, págame antes de cada concierto.

 Enciende una vela para mí, deja una ofrenda, reconóceme, porque si me olvidas, si dejas de honrarme, vendré por ti esa misma noche. Vicente, completamente aterrorizado, aceptó el trato. ¿Qué otra opción tenía? No podía dejar de cantar. La música era su vida, su identidad, su propósito. Así que comenzó a hacer las ofrendas.

 Al principio era discreto, explicó Cuquita. una vela blanca en su camerino, una pequeña oración antes de subir al escenario, pero con el tiempo se volvió más elaborado. Comenzó a llevar amuletos específicos, a hacer rituales más complejos y, eventualmente construyó este cuarto secreto aquí en el rancho, un lugar donde podía hacer sus ofrendas en privado, donde nadie lo juzgaría, donde nadie haría preguntas.

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