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La VERDAD OCULTA de VICENTE FERNÁNDEZ: Su HIJO REVELA Las Verdaderas CAUSAS DE SU MUERTE

 Vicente Junior no estaba improvisando, había venido preparado. Sacó una carpeta gruesa llena de documentos médicos. correos electrónicos entre doctores, mensajes de WhatsApp del grupo familiar durante aquellos 128 días de agonía en el Hospital Country 2000 de Guadalajara. Todo esto dijo mientras dejaba caer la carpeta sobre la mesa con un golpe sordo.

 Es la prueba de que lo que le dijeron a México sobre la muerte de mi padre fue una versión editada, conveniente, diseñada para evitar preguntas incómodas. Cuando el periodista abrió la carpeta y comenzó a leer los primeros documentos, entendió que estaba ante una de las revelaciones más explosivas en la historia del espectáculo mexicano.

 Los documentos eran devastadores en su detalle. Había reportes médicos completos desde agosto hasta diciembre de 2021, cada uno marcado con confidencial, solo familia. Había capturas de pantalla de conversaciones entre Vicente Junior, Alejandro, Gerardo y Alejandra en el grupo de WhatsApp familiar titulado Fuerza, papá.

 Había fotografías de Don Chente en el hospital que nunca fueron compartidas con el público. Imágenes donde se veía claramente el deterioro progresivo de su cuerpo. Había correos electrónicos entre los médicos tratantes, discutiendo opciones de tratamiento, pronósticos sombríos y la creciente preocupación de que el paciente no sobreviviría.

 Y lo más impactante de todo, había una carta manuscrita de Vicente Fernández fechada el 15 de julio de 2021, casi un mes antes de su hospitalización. donde daba instrucciones específicas sobre qué hacer si su condición se volvía terminal. Mi padre sabía que algo no estaba bien con su cuerpo desde principios de 2021, reveló Vicente Junior, su voz temblando por la emoción contenida.

 No era solo la edad, no eran achaques normales, era algo más profundo, más serio. Pero él, siendo el hombre orgulloso y terco que era, se negaba a ir al médico. Decía que los doctores solo querían sacarle dinero. Decía que si Dios quería llevárselo, se lo llevaría sin importar cuántas pastillas tomara. El periodista tomaba notas frenéticamente, consciente de que cada palabra que salía de la boca de Vicente Junior era dinamita pura.

Nosotros le suplicábamos que se hiciera estudios. Mi mamá, doña Cuquita, lloraba todos los días rogándole que fuera al hospital, pero él se negaba hasta que un día ya no pudo negarse más. Para entender completamente la magnitud de lo que Vicente Junior estaba revelando, hay que retroceder varios meses antes de aquella fatídica caída del 6 de agosto de 2021.

 Hay que ir a enero de ese mismo año, cuando Vicente Fernández visitó discretamente a un urólogo en Guadalajara para un chequeo de rutina, lo que comenzó como una consulta simple se convirtió rápidamente en algo mucho más serio. El médico, el Dr. Arturo Salinas, detectó niveles elevados de antígeno prostático específico en los análisis de sangre.

 Ordenó una biopsia inmediata. Los resultados llegaron una semana después. cáncer de próstata en etapa dos, con indicios de que podía ser agresivo. Cuando mi padre recibió ese diagnóstico explicó Vicente Junior, entró en pánico. No lo demostró públicamente, pero en privado estaba aterrorizado. Había vencido el cáncer de hígado en 2012, pero este era diferente.

Este tocaba su masculinidad de una manera que él no podía soportar. El cáncer de próstata para un hombre como Vicente Fernández, creado en una cultura de machismo extremo, era más que una enfermedad física. Era un ataque a su identidad como hombre. Las opciones de tratamiento que los médicos le presentaron eran difíciles.

 Cirugía radical que podría dejarlo impotente e incontinente, radioterapia agresiva con efectos secundarios severos o terapia hormonal que suprimiría la testosterona y podría cambiar su cuerpo y su voz. Mi padre escogió la terapia hormonal”, reveló Vicente Junior, porque era la opción que menos afectaría su capacidad de cantar. Su voz era su vida.

 Prefería arriesgar todo lo demás antes que perder su voz. El tratamiento comenzó en febrero de 2021 y fue entonces cuando todo empezó a desmoronarse. Los primeros síntomas fueron sutiles. Un ligero temblor en las manos que Don Chente atribuía al cansancio. Episodios de mareo que explicaba como presión arterial baja, momentos de debilidad en las piernas que justificaba diciendo que había caminado demasiado por el rancho.

Pero para abril los síntomas ya no eran sutiles”, continuó Vicente Junior. Lo vi tropezar varias veces sin razón aparente. Lo vi dejar caer cosas que normalmente sostenía sin problema. Y una noche, cuando fui a visitarlo al rancho, lo encontré sentado solo en la oscuridad llorando.

 Le pregunté qué pasaba y me dijo, “Mi hijo, creo que mi cuerpo me está traicionando.” Vicente Junior se limpió las lágrimas que rodaban por sus mejillas al recordar ese momento. Le rogué que fuera al hospital. Le dije que los síntomas que estaba teniendo no eran normales, pero él se negó. Dijo que no quería que nadie lo viera débil.

 En mayo de 2021, don Chente sufrió su primera caída seria en el rancho. Nadie fuera de la familia lo supo. Se levantó temprano para alimentar a los caballos, algo que había hecho miles de veces. Pero cuando bajaba las escaleras del establo, sus piernas simplemente se dieron debajo de él. Cayó fuertemente, golpeándose la cabeza contra una viga de madera.

 Los empleados del rancho lo encontraron inconsciente 10 minutos después. Fue llevado discretamente a una clínica privada donde le hicieron estudios. Tenía una contusión menor en la cabeza, pero lo más preocupante era que los médicos no podían explicar por qué había perdido el control de sus piernas. Ahí fue cuando comenzaron a sospechar de Guillamán Barré, explicó Vicente Junior.

 Pero no querían asustar a mi padre con un diagnóstico sin estar seguros. Le dijeron que probablemente había sido un episodio de presión baja y lo mandaron a casa con instrucciones de descansar. Pero los episodios continuaron. En junio, don Chente perdió la sensibilidad en sus pies durante varios días. En julio comenzó a tener dificultad para levantar los brazos por encima de su cabeza y para finales de julio, su familia ya sabía que algo estaba terriblemente mal.

 Tuvimos una reunión familiar el 28 de julio, recordó Vicente Junior. Todos estábamos ahí, mis hermanos, mi mamá, algunos de los nietos mayores y le dijimos a mi padre que no era negociable. Tenía que ir al hospital y hacerse todos los estudios necesarios. Ya no era solo por él, sino por nosotros, porque no podíamos vivir con la incertidumbre de no saber que lo estaba matando lentamente.

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