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Pedro Armendáriz regresaba de noche a la casa de su infancia sin que nadie supiera por qué.

 Pedro Armendaris Hastings  nació el 9 de mayo de 1912 en la ciudad de México, hijo de  Pedro Armendaris García y de Adela Hastings, una mujer de origen norteamericano cuya presencia en la familia dejó una huella contradictoria. Por el lado paterno, sangre mexicana pura de Sonora. Por el materno, una línea anglosajona que el propio actor nunca supo del todo cómo integrar.

 Los que lo conocieron en los años de gloria de la época de oro dicen que esa fractura interna fue siempre su combustible y su cruz al mismo tiempo, que cuando filmaba escenas de furia  no estaba actuando, que cuando sus ojos se ponían vidriosos delante de la cámara había algo real ahí adentro que la lente alcanzaba a capturar sin que él lo pudiera controlar del todo.

 La infancia en esa casa de la colonia Guerrero fue breve y convulsa. Su madre murió cuando él tenía apenas 7 años. Siete. Una edad en que la mente de un niño todavía no tiene el lenguaje para procesar la pérdida, así que la guarda en otro lugar, la entierra en una cámara interna que no tiene llave visible. Según algunos cronistas que investigaron la vida temprana del actor, la muerte de Adela Hastings dejó un vacío que la familia intentó cubrir con silencio y con trabajo.

 El padre se fue a Estados Unidos poco después. Pedro y su hermana quedaron al cuidado de familiares. La casa siguió en pie, los muebles siguieron donde estaban. Pero algo cambió en la energía de ese lugar que los que la habitaron después describieron décadas más tarde con una palabra que se repite demasiado como para ser coincidencia.

Pesadez. Esa palabra la usó por primera vez en público una mujer que trabajó como empleada doméstica en la propiedad durante los años 50, cuando la casa ya había pasado por varias manos y ya nadie recordaba del todo su historia completa. Su testimonio recogido por un  periodista de nota roja que lo publicó en un tabloide capitalino, cuyo nombre prefiero no mencionar para no darle más crédito del que merece, decía algo que llamó la atención de  varios investigadores independientes que documentaron la vida del actor en los

años que siguieron a su muerte. Decía que en las noches, cuando la casa quedaba sola y ella cerraba desde adentro antes de subir a su cuarto, escuchaba pasos en el corredor de la planta baja, pasos que se detenían frente a la puerta del cuarto trasero y luego nada, silencio absoluto, como si quién caminaba supiera que no podía entrar, que había en ese  cuarto trasero que incluso los fantasmas, si que existían parecían respetar como un límite que no se cruza.

Para entender lo que algunos investigadores encontraron o creyeron encontrar, hay que entender primero  quién fue Pedro Armendariz antes de ser Pedro Armendariz, antes del cine, antes de los contratos con la RKO, antes de que John Ford lo pusiera frente a Henry Fonda y ante el mundo entero. Hay que entender al muchacho que creció en esa casa sin madre y con un padre ausente, rodeado de una ciudad que en los años 20 todavía digería las cicatrices de la revolución.

 Una ciudad donde la violencia no era noticia, sino paisaje, donde desaparecían personas y nadie preguntaba demasiado, donde las casas guardaban secretos porque la alternativa era peor. Pedro llegó a los Estados Unidos siendo adolescente.  Estudió en el Polytechnic State College de San Luis Obispo, California.

 regresó a México a principios de los años 30 con un inglés perfecto, una presencia física que intimidaba y una ambición que los que lo conocieron en esa época describían como algo casi mineral, algo que venía de dentro y no tenía negociación. Entró al cine en 1935. Para 1943 era ya la figura más importante del cine mexicano, el actor que Emilio Fernández, el indio, usaba una y otra vez como eje de sus películas más ambiciosas.

 María Candelaria, Flor Silvestre, la perla basada en el cuento de Steinbeck  que le abrió las puertas de Hollywood de par en par. Pero en los estudios, según malas lenguas que corrieron por décadas entre asistentes de producción y extras que trabajaron con él, había una versión de Pedro Armendaris que en la pantalla no mostraba del todo.

 un hombre con una sombra pegada a los talones que no venía de ningún papel sino de algún lugar más antiguo, más interior, más conectado quizás con aquella casa de la colonia Guerrero, donde perdió a su madre y donde el tiempo para él se detuvo de una manera que nunca logró del todo preparar. Hay una anécdota que circuló entre los íntimos del actor durante los años 40 y que varios cronistas recogieron sin poder confirmarla del todo.

 Decía que Armendaris, en los momentos de mayor estrés durante un rodaje, desaparecía durante horas. No avisaba, no dejaba recado, simplemente no estaba. Y cuando regresaba tenía los ojos de quien acaba de sostener una conversación larga y difícil con alguien que los demás no podían ver. El director Emilio Fernández, que era hombre de carácter y no toleraba tardanzas ni ausencias, hizo una  sola excepción en toda su carrera con un solo actor, con Pedro, porque sabía, según contaron quienes estuvieron  presentes, que cuando Pedro desaparecía y regresaba

así con esa mirada, la toma siguiente salía perfecta siempre, como si el actor hubiera ido a buscar algo a un lugar donde los demás no tenían acceso y volviera cargando con ello. ¿A dónde iba? Nadie lo supo con certeza,  pero posibles comentarios decían que más de una vez cuando los rodajes se hacían en la ciudad de México, el chóer que lo llevaba a los estudios Churubusco lo encontraba por la mañana  sentado en el automóvil esperando, pero con la ropa diferente a la que había usado el día anterior, como si hubiera

pasado la noche en otro lugar y regresado de madrugada para que nadie lo viera llegar. Y ese lugar, según quienes rastrearon sus movimientos con más cuidado que los biógrafos oficiales, era siempre  el mismo. La casa de la infancia, la casa de la colonia Guerrero, la casa donde murió su madre, la casa del cuarto trasero que nadie quería usar.

 Hay que detenerse aquí un momento para entender la geografía de esa propiedad, porque la geografía importa. La casa era una construcción típica de principios del siglo XX en el centro de México. Planta baja con zaguán, patio interior, habitaciones distribuidas alrededor del patio y una zona posterior que originalmente servía de bodega o de cuarto de servicio.

 La particularidad de esa zona trasera, según los planos catastrales que un investigador independiente logró consultar en el Archivo General de la Ciudad de México hace ya algunas décadas, era que tenía una construcción secundaria debajo, una especie de sótano o cámara subterránea que no aparecía en los planos originales de la edificación, pero sí en un levantamiento posterior que se hizo en los años 40, cuando la propiedad cambió de manos por primera vez después de la muerte de  la madre de Armendaris. Ese espacio

subterráneo no era inusual para la época. Muchas casas del centro tenían cámaras  similares, algunas para almacenar agua, otras para guardar víveres en épocas de calor, otras que databan de periodos coloniales y que las construcciones del siglo XX simplemente habían absorbido sin documentar del todo.

  Pero lo que llamó la atención del investigador que revisó esos planos fue algo más específico. La cámara subterránea de la casa de Armendaris tenía, según el levantamiento de los años 40,  una modificación que no correspondía a ninguna de las funciones utilitarias que normalmente se le asignaban a esos espacios.

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