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LUCÍA MÉNDEZ: El AMANTE que la DESTRUYÓ… y el HIJO que Luis Miguel NUNCA RECONOCIÓ

 Ese hijo se llama Pedro Antonio Torres Méndez. Y la pregunta que durante cuatro décadas la prensa mexicana le ha hecho a Lucía Méndez sin obtener nunca una respuesta clara es la misma pregunta que millones de mexicanos siguen susurrando hoy. La pregunta es brutalmente simple. ¿Es Pedro Antonio el hijo biológico de Luis Miguel? Lucía siempre ha dicho que no.

 Lo ha dicho enojada, lo ha dicho llorando, lo ha dicho en entrevistas de Ventaneando, en conferencias de prensa, en redes sociales, en transmisiones en vivo. Pero hay algo que ningún periodista mexicano se atreve a preguntarle en voz alta. Algo que las amistades de su entorno comentan en voz baja desde hace 40 años. Algo que un mozo de un hotel de Polanco juró haber visto la madrugada del 4 de marzo de 1985, algo que un asistente personal de Luis Miguel en una entrevista grabada y nunca publicada del año 2006 según testimonios, llegó a confirmar con

detalle de fechas y lugares. Esta noche vamos a hablar de eso. Pero antes de llegar al hotel Camino Real, antes de la habitación 814, antes del muchacho de 15 años durmiendo entre sábanas de Seda Blanca, hay que entender tres cosas sobre Lucía Méndez que nadie cuenta. Tres cosas que su entorno ha intentado silenciar durante medio siglo.

 Tres cosas que esta noche vas a descubrir. Primero, el verdadero origen del romance con Luis Miguel y la fecha exacta en que comenzó algo que en cualquier otro país habría sido considerado un delito, pero que en el México de los años 80 nadie se atrevió a llamar por su nombre. Segundo, la relación previa de Lucía con Luisito Rey, el padre de Luis Miguel.

 Una relación tóxica, manipuladora, oscura, que terminó con un pacto profesional que cambió la vida de los tres protagonistas para siempre. Y tercero, la verdad sobre el embarazo de Lucía Méndez en 1983 y la fecha real, no la oficial en que nació Pedro Antonio. Una fecha que, según testimonios de personas cercanas a la diva, no coincide con la que aparece en los registros públicos.

 Una fecha que abre una pregunta incómoda. ¿Quién es realmente el padre del hijo único de Lucía Méndez? Aquí no hablamos de chismes, hablamos de declaraciones grabadas, de entrevistas que tu memoria recuerda, de fotografías que circularon en revistas como TV y novelas y hola,  de confesiones que la propia Lucía hizo en cámara, contradiciéndose una y otra vez a lo largo de las décadas.

 Para entender como Lucía Méndez Pérez pasó de ser una niña de pueblo en León, Guanajuato, a una de las divas más controvertidas del espectáculo mexicano, hay que regresar mucho antes del escándalo Luis Mirel, antes de Televisa, antes de Andrés García, antes de las telenovelas. Hay que regresar a una casa modesta en el centro de León, donde una niña aprendió desde muy temprano que ser bonita en México es una bendición y al mismo tiempo una sentencia.

 Una  sentencia que se cumple cuando los hombres adultos empiezan a mirarte de manera distinta, cuando los productores empiezan a hacer comentarios que tu madre finge no escuchar cuando las puertas se abren más rápido que para las demás muchachas, pero al precio de una sumisión que nadie te explicó cuando aceptaste el contrato.

 León, Guanajuato, 26 de enero de 1955. una ciudad industrial conocida por sus zapaterías, por sus calles empedradas y por una clase media católica que rezaba más por la moralidad pública que por la propia. En una casa de la colonia Centro nace Lucía Leticia Méndez Pérez, segunda hija de un comerciante de calzado llamado Rafael Méndez y de una ama de casa estricta llamada Lucía Pérez.

 La familia no era rica, tampoco era pobre. Era de esa clase media leonesa que se moría por aparentar más de lo que tenía.  que mandaba a sus hijas al catecismo a los 6 años, que les enseñaba a caminar como señoritas a los ocho, que les advertía con frases sembradas en la mesa durante la comida, que el cuerpo de una mujer era un templo y que ese templo se cuidaba en silencio, sin presumirlo, sin negociarlo, sin compartirlo.

 Lucía creció escuchando esas frases, las absorbió como un manual de supervivencia y al mismo tiempo, según testimonios de personas que la conocieron en la adolescencia, las desafió cada vez que pudo. Lucía era una niña distinta. Tenía algo en la mirada que las otras niñas de león no tenían.

 Una mezcla de inocencia y desafío, de ternura y filo, de dulzura y ambición. Y los adultos lo notaban, los notaban mucho. A los 14 años, Lucía ya tenía un cuerpo de mujer mayor. A los 15  ya recibía propuestas de matrimonio. A los 16 su padre tuvo que sacar a un cliente de la zapatería familiar porque el hombre casado, padre de cinco hijos, había empezado a frecuentar la tienda sin necesidad realos.

Solo iba a verla, solo iba a hablarle, solo iba a coleccionar minutos junto a esa adolescente que en León empezaba a ser conocida como la muchacha más bonita de la ciudad. Lucía aprendió, sin que nadie se lo dijera con palabras, que su rostro era una herramienta, que su cuerpo era una carta de presentación, que la belleza en el México de los 60 era una llave que abría puertas que ningún diploma podía abrir.

 Y entonces, a los 17 años ocurrió lo que tenía que ocurrir. Lucía Méndez ganó un concurso de belleza local, después  uno regional, después uno nacional. Y un día de finales de 1972, un cazatalentos de Televisa que andaba buscando rostros nuevos para la naciente fábrica de telenovelas del canal de las estrellas, la vio en una fotografía y le hizo a su padre la llamada que cambiaría todo.

 una llamada donde no se prometía nada concreto, solo se sugería, solo se hablaba de posibilidades, solo se mencionaba con la elegancia engañosa de los productores mexicanos que la muchacha tenía algo especial y que valía la pena que viajara a la ciudad de México para una prueba de cámara. Su madre se opuso, su padre dudó. La Iglesia de la familia advirtió contra los peligros de la capital, pero lucía con esa terquedad silenciosa que la caracterizaría toda su vida.

 ya había decidido. A los 18 años hizo las maletas,  se subió a un autobús con destino a la terminal del norte y llegó a la ciudad de México con 400 pesos en el monedero, un vestido de dos piezas color verde menta y una foto firmada de María Félix que llevaba como amuleto. Lo que le pasó en esos primeros meses no es lo que ella ha contado oficialmente en las entrevistas autorizadas de su carrera.

 Lo que le pasó, según testimonios de personas que trabajaron con ella en los pasillos de Televisa de 1972 y 1973,  fue exactamente lo mismo que le pasó a todas las muchachas bonitas de su generación. Hubo productores casados  que la invitaron a cenar. Hubo ejecutivos que la mandaron a llamar a oficinas privadas a las 9 de la noche.

Hubo un escándalo silenciado con un director de cine cuyo nombre Lucía nunca pronunció en público, pero que sus colegas de la época recuerdan perfectamente. Y hubo, sobre todo, un aprendizaje, el aprendizaje brutal de cómo una mujer joven y bonita puede convertir el deseo masculino en una moneda de cambio sin que se note demasiado.

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