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EL SANTO Y CANTINFLAS : EL SECRETO QUE LE OCULTARON A MÉXICO POR 40 AÑOS

Lo que pasó dentro de ese camerino [música] nadie lo presenció. No hay testigos directos. Pero hay algo que sí quedó registrado en las memorias [música] de personas que trabajaban en los estudios esa noche, que Cantinflas llegó a su siguiente rodaje diferente, más callado que de costumbre, con la mirada de alguien que acaba de escuchar algo que no [música] puede desescuchar y que de ahí en adelante, cada vez que alguien en el gremio mencionaba a el santo en su presencia, Cantinflas cambiaba el tema con una destreza. que parecía ensayada.

Lo que ocurrió en ese camerino, según la reconstrucción [música] que hice con los testimonios disponibles, fue algo así. El santo llegó sin máscara, eso ya era inusual. En esa época el santo no salía sin máscara ni al baño si había alguien más en el cuarto. Llegó sin máscara [música] y Cantinflas lo miró a la cara por primera vez.

No dijo nada durante varios segundos. [música] Después dijo una cosa. ¿Cuánto tiempo llevas cargando eso solo? No era una pregunta, era un reconocimiento. El santo le contó lo de 100 fuegos, el chantaje, la amenaza, las condiciones del contrato que 100 fuegos quería que firmara. Un contrato que le daría al [música] productor control total sobre los derechos de imagen del santo por 15 años.

15 años. El santo tendría que filmar lo que 100 fuegos dijera, aparecer donde 100 fuegos dijera, cobrar lo que 100 fuegos decidiera. Y a cambio, 100 fuegos mantendría el secreto. Era esclavitud con nombre en contrato. Cantinflas escuchó todo y cuando el santo [música] terminó hizo algo que nadie esperaba. Se rió, no de burla.

se rió con la risa del hombre que reconoce la situación porque ya [música] la vivió y dijo algo que el santo no esperaba escuchar. Yo conozco a C fuegos desde 1947 y sé exactamente cómo se para ese hombre. Lo que Cantinflas sabía sobre Arturo 100 fuegos era el tipo de información que solo existe en las conversaciones que los hombres poderosos [música] tienen cuando creen que no hay nadie escuchando.

En 1948, [música] Cantinflas había estado a punto de firmar un contrato con la productora de 100 fuegos. El [música] trato se cayó por razones que Cantinflas nunca explicó públicamente, pero lo que sí quedó en la memoria [música] de Mario Moreno y en la de nadie más era lo que había visto durante las negociaciones.

Había visto los métodos de Cfuegos, había visto cómo operaba y había guardado esa información en el mismo lugar donde guardaba todo lo que algún día podía ser útil. en el silencio, porque Cantinflas entendía algo sobre el poder que muy poca gente entiende. El poder no está en lo que dices, el poder está en lo que podrías decir y no dices.

Cantinflas tenía información sobre 100 fuegos, información que el productor no sabía que él tenía y esa asimetría era la única arma que el santo necesitaba. Pero aquí viene lo que hace esta historia más complicada de lo que parece. Cantinflas no tenía por qué ayudar al santo. No lo conocía bien. No le debía nada. Ayudarlo implicaba involucrarse en un conflicto que no [música] era suyo, con un hombre peligroso que podía convertirse en enemigo en un momento en que su propia carrera [música] estaba en su punto más alto y no necesitaba complicaciones.

Cualquier persona racional [música] mirando esa ecuación habría dicho que lo siento mucho, pero ese no es mi problema. Cantinflas no dijo eso. Cantinflas dijo, “Dame tres días.” Lo que Cantinflas hizo en esos tres días es la parte de la historia que más revela sobre quién era ese hombre fuera de la pantalla.

No fue a un abogado, no fue a un periodista, no fue a nadie del gremio que pudiera filtrar la información. fue a buscar a tres personas específicas, tres personas que habían trabajado con 100 fuegos en distintos momentos de la última década y con cada una tuvo una conversación privada que duró entre una y dos horas.

No les preguntó sobre el chantaje al santo, les preguntó sobre negocios, sobre contratos, sobre cómo había sido trabajar con 100 fuegos. Y escuchó, solo escuchó. Al tercer día, Cantinflas sabía exactamente lo que necesitaba saber. 100 fuegos tenía un problema propio que había estado ocultando cuidadosamente durante años.

Un problema que involucraba dinero del gobierno. Dinero que había fluido hacia producciones que nunca se filmaron. Dinero que había desaparecido en cuentas que no correspondían a ninguna empresa registrada. No era un rumor, era un hecho documentado en papeles que sin fuegos pensaba que nadie tenía, pero que tres personas distintas, sin saberlo, le habían confirmado a Cantinflas desde ángulos diferentes.

Al cuarto día, Cantinflas pidió una reunión con Arturo Cen Fuegos, a solas, sin testigos, en la oficina del productor en los estudios Churubusco. esa reunión tampoco hay testigos, pero lo que sí existe es el resultado. Arturo Cen Fuegos nunca reveló la identidad del santo, nunca habló del chantaje, nunca volvió a acercarse a Rodolfo Guzmán Huerta con ninguna propuesta de ningún tipo.

Y en los meses siguientes discretamente 100 fuegos empezó a retirarse del negocio del cine. Para 1955 ya no aparecía su nombre en ningún crédito de producción. Para 1958 había dejado completamente la industria. ¿Qué le dijo Cantinflas en esa reunión? Nadie lo sabe con certeza, pero hay algo que una persona que lo conoció bien dijo años después.

dijo que Cantinflas tenía un talento que no aparecía en ninguna de sus películas. El talento de hablar sin decir exactamente lo que estaba diciendo, dejar claro que sabías algo sin mencionar que era ese algo, de convertir una conversación en un espejo donde el otro hombre veía reflejado su propio miedo, el peladito que hacía reír a millones con palabras que no significaban nada.

Sabía también usar las palabras con una precisión quirúrgica cuando lo que estaba en juego lo requería. 100 fuego salió de esa reunión sabiendo que si tocaba al santo, Cantinflas hacía público algo que lo destruía, sin que Cantinflas hubiera dicho explícitamente cuál era ese algo. Eso es poder. Eso es lo que Mario Moreno guardaba detrás de la sonrisa del peladito.

Después de esa noche, la amistad de entre el Santo y Cantinflas [música] entró en una fase que ninguno de los dos podría haber predicho. Se volvieron cercanos. No públicamente, nunca públicamente. En público eran dos figuras del espectáculo mexicano que se saludaban con cortesía cuando coincidían en eventos, que se mencionaban con respeto en entrevistas, que nunca daban indicios de que hubiera algo más entre ellos.

Pero en privado era diferente. Cantinflas fue a ver luchar al santo varias veces, siempre desde un lugar discreto. Nunca en las primeras filas donde las cámaras pudieran capturarlo. Entraba y salía sin que nadie lo reconociera. O si alguien lo reconocía, lo ignoraba porque entendía que Cantinflas en ese lugar, en ese [música] momento, no quería ser Cantinflas.

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