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El Último Diez: La Vida Secreta de Juan Román Riquelme, el Ídolo que Conquistó el Mundo pero Nunca Abandonó su Barrio

El 28 de noviembre del año 2000, el mundo del fútbol se detuvo en el Estadio Nacional de Tokio. Aquella noche, un joven de apenas 22 años, con un andar pausado y una inteligencia que parecía desafiar las leyes del tiempo, le entregó dos asistencias magistrales a Martín Palermo para que Boca Juniors doblegara al todopoderoso Real Madrid de Zinedine Zidane, Luis Figo, Raúl y Roberto Carlos. Aquel “pibe” de Don Torcuato no solo ganaba la Copa Intercontinental; estaba inscribiendo su nombre en el panteón de los elegidos. Veintiséis años después de aquel hito histórico, la realidad de aquel héroe es diametralmente opuesta a la que dicta el manual del deportista exitoso.

Hoy, Juan Román Riquelme se levanta cada mañana con la misma sencillez de siempre. Sube a su camioneta y se dirige a la carnicería de su barrio, Don Torcuato, en el conurbano bonaerense. El carnicero, que lo conoce desde que era un niño con el sueño de ser futbolista, le pesa las tiras de asado, intercambian una charla breve y natural, y Román se marcha. Sin equipos de seguridad, sin la estridencia de las cámaras, sin escándalos mediáticos. Es, sencillamente, un vecino más.

¿Cómo es posible que el hombre que levantó tres Copas Libertadores, que fue semifinalista de la Champions League y que es, por consenso de muchos, el mejor número 10 de la última generación, haya elegido una vida de anonimato en el mismo barrio donde nació? La respuesta no está en los trofeos, sino en la historia que se construyó mucho antes de que el mundo conociera su nombre.

El Tejido de una Infancia en la Villa San Jorge

Juan Román Riquelme nació el 24 de junio de 1978, apenas un día después de que Argentina conquistara su primer Mundial en el Monumental. Mientras el país celebraba, en el Hospital de San Fernando llegaba al mundo el hombre que, décadas después, redefiniría la figura del enganche clásico. Su hogar estaba en la Villa San Jorge, un asentamiento humilde de Don Torcuato caracterizado por calles de tierra, viviendas precarias y un ritmo de vida marcado por la carencia, pero también por una calidez humana indestructible.

Román fue el primogénito de una familia de once hermanos. En esa casa, el ruido era una constante y el espacio un lujo inexistente. Su padre, Ernesto “El Cacho”, y su madre, María Ana, trabajaban sin descanso. En ese entorno, Riquelme aprendió la lección más importante de su vida: el valor de lo compartido. No tuvo una colección de zapatos, apenas un par; no siempre jugó con pelotas de cuero, pero tuvo algo invaluable: una cancha de tierra a metros de su casa donde el tiempo se detenía. Fue allí donde desarrolló esa economía de esfuerzo, esa pausa que desconcertaba a sus rivales y que se convertiría en su sello distintivo.

Los Rechazos: La Formación de un Carácter

El camino hacia la gloria estuvo pavimentado de rechazos. A los 12 años, llegó a las inferiores de Boca Juniors tras un breve paso por Argentinos Juniors. En su formación, fue tildado de “demasiado flaco” y “demasiado tranquilo”. Los ojeadores de los años 90 no buscaban a alguien que pensara; buscaban a alguien que corriera y presionara. Riquelme, sin embargo, jugaba a otro deporte: jugaba al ajedrez con un balón de fútbol.

Su debut en Primera División el 6 de octubre de 1996, de la mano de Silvio Marzolini, marcó un quiebre. Los hinchas de la Bombonera, un público históricamente exigente y conocedor, se quedaron en silencio al verlo tocar la pelota. Fue un momento de reconocimiento silencioso: habían visto algo diferente. Poco después, con la llegada de Carlos Bianchi, el equipo se organizó a su alrededor. Fue la simbiosis perfecta: un entrenador que entendía la genialidad y un jugador que necesitaba libertad total.

El Exilio en Barcelona y la Consagración en Villarreal

El paso por el Barcelona de Louis van Gaal (2002) fue el primer gran choque de realidad. El sistema rígido y mecanicista de Van Gaal era el enemigo natural de la libertad creativa de Riquelme. Fue una experiencia traumática que, lejos de hundirlo, reafirmó su identidad. Riquelme comprendió que él no era un jugador para encajar en sistemas europeos rígidos; era un jugador para dictar sus propias reglas.

En el Villarreal de Manuel Pellegrini, encontró su lugar en el mundo. El “Submarino Amarillo”, un club de una pequeña ciudad valenciana, se codeó con la realeza europea llegando a semifinales de la Champions League. Aquella noche de 2006, cuando falló el penal frente al Arsenal de Jens Lehmann en el último minuto, el mundo entero vio a un hombre procesar la derrota en absoluto silencio, sin gestos exagerados, con la dignidad estoica que lo acompañaría siempre. “Fui yo quien decidió patearlo. Estoy en paz con eso”, diría años después.

La Coherencia Radical: El Hombre Detrás del Presidente

La vida de Riquelme está definida por lo que eligió no tener. En un mundo donde la figura del futbolista está vinculada al consumo desenfrenado, a las redes sociales y a la exposición constante, él ha construido su propia burbuja de normalidad. No posee redes sociales personales; no tiene una vida social en eventos de celebridades; no persigue la ostentación de los autos de lujo.

Su centro de gravedad es Don Torcuato. Su casa en el barrio privado es amplia y cómoda, pero su centro neurálgico es la parrilla, donde sus amigos de la infancia —los mismos con los que compartía una pelota de trapo en la villa— llegan sin avisar. Para Riquelme, el éxito no se mide en seguidores de Instagram, sino en la capacidad de mantener intactos los vínculos que se formaron antes de que el dinero y la fama se volvieran el eje de su vida.

Esta coherencia es lo que lo vuelve una figura tan magnética como misteriosa. Riquelme sabe que la fama es prestada, pero la identidad de barrio es eterna. Va a la panadería, compra el pan, va a la carnicería y compra su asado, y lo hace no como un acto de humildad fingida, sino porque nunca dejó de ser aquel pibe de la villa San Jorge.

Conclusión: La Obra Sobrevive al Autor

Hoy, Juan Román Riquelme no solo es el presidente de Boca Juniors; es el guardián de una forma de entender el fútbol que está en peligro de extinción: el valor de la pausa, la importancia de la inteligencia por sobre la potencia física, y la necesidad de ser fiel a uno mismo en un sistema que presiona para que todos seamos iguales.

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