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Ana Luisa Peluffo falleció a los 96 años.En su funeral,su hijo abrazó su retrato y lloró amargamente

El último adiós. La mañana amaneció gris, como si el cielo mismo hubiera decidido vestirse de luto. En la Ciudad de México, una llovisna fina caía sobre las calles empedradas cercanas a la iglesia donde se llevaría a cabo el funeral. El sonido de las gotas golpeando las viejas ventanas de cristal se mezclaba con el murmullo contenido de las personas que ya comenzaban a reunirse.
Ana Luisa Pelufo, la mujer que durante décadas había iluminado la pantalla grande con su elegancia, su fuerza y su mirada inconfundible, había partido a los 96 años. La noticia, aunque esperada por su avanzada edad, había caído como un mazazo en el corazón de quienes la amaban y admiraban. No era solo la pérdida de una actriz, era la despedida de un capítulo entero de la historia del cine mexicano.


Dentro de la iglesia, el aroma a flores blancas impregnaba el aire. Lirios, rosas y gardenias cubrían casi por completo el altar. En el centro, sobre un pedestal forrado de terciopelo negro, descansaba un gran retrato de Ana Luisa en sus años de esplendor. El cabello recogido, los labios pintados de un rojo profundo y esa mirada que incluso impresa parecía capaz de atravesar el alma.
Frente a la imagen, su hijo Rodrigo permanecía de pie. Sus manos temblaban mientras sostenía el marco dorado y sus ojos hinchados por el llanto. Se negaban hasta a apartarse de aquel rostro inmortalizado. Rodrigo no lloraba como quien derrama unas cuantas lágrimas discretas. Lloraba con el desgarro de un niño que pierde a su madre por primera vez.
Su pecho subía y bajaba en un ritmo irregular, como si cada soyoso le arrancara un pedazo de aire. Varias personas intentaron acercarse para consolarlo, pero él solo estrechaba el retrato contra sí, como si en ese gesto pudiera devolverle la vida. La gente observaba en silencio, comprendiendo que había momentos de dolor, que solo podían vivirse en soledad, aunque se estuviera rodeado de cientos.
Entre los asistentes se mezclaban rostros conocidos y anónimos. Actores veteranos que alguna vez compartieron set con Ana Luisa, recordaban anécdotas en voz baja. Algunos contaban como en pleno rodaje ella se adelantaba a saludar a cada técnico, cómo se quedaba horas extra para repetir escenas y asegurarse de que todo saliera perfecto.
Otros evocaban sus inicios. Cuando aún era una joven que desafiaba los prejuicios de una época que no siempre veía con buenos ojos a las mujeres que elegían la actuación como profesión, cada historia parecía encender una chispa en la memoria colectiva de quienes la escuchaban, como si al recordarla pudieran retenerla un poco más.
Rodrigo, ajeno a las conversaciones, seguía aferrado a la imagen. Sus dedos recorrían con suavidad el cristal. Deténdose en la curva de la sonrisa de su madre, en la línea de su cuello, como si cada detalle pudiera transmitirse a través de la piel. Cerró los ojos y en un susurro apenas audible dijo, “Te extraño, mamá.
¿Cómo voy a seguir sin ti?” La misa comenzó. El sacerdote, con voz grave y pausada, habló de la trascendencia del alma y de cómo las obras de una persona permanecen más allá de la muerte. mencionó que la verdadera inmortalidad no está en el cuerpo, sino en el legado que se deja. Mientras hablaba, Rodrigo parecía sumergido en una especie de trance, reviviendo imágenes de su infancia.
Su madre ayudándolo a memorizar poemas para la escuela, su risa estallando en la cocina mientras horneaban galletas, sus consejos dichos con firmeza, pero siempre con ternura. El féretro, cerrado y cubierto por un manto blanco, reposaba a un costado del altar. Era extraño pen

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