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¡Cuando descubrió quién era su esposa, ya era demasiado tarde! El caso de Robert Curley

¡Cuando descubrió quién era su esposa, ya era demasiado tarde! El caso de Robert Curley

Quien emprende el viaje de compartir su vida con otra persona, difícilmente sospecha que en las puertas de ese nuevo destino le aguarda un desenlace fatal en lugar de la felicidad prometida. La realidad, siempre caprichosa, se encarga de desbaratar cualquier idealismo, demostrando que los senderos hacia la tragedia suelen disfrazarse con las intenciones más nobles.

El almanaque marcaba el año 1959 cuando Robert Curly nació en tierras irlandesas. Apenas unos meses después, su familia recogió sus escasas pertenencias para cruzar el Atlántico en busca de fortuna. Se instalaron en Wolbury, un enclave minero de Pennsylvania marcado por Eloyin y el esfuerzo diario.

Allí, el progenitor de Robert, curtido en la construcción, levantó un negocio propio que, de forma natural arrastró al pequeño hacia el sector de las estructuras y los planos. Su madre dividía las jornadas entre las labores del hogar y el servicio comunitario en la iglesia local. Aunque los recursos económicos escaseaban, las carencias se suplían con el afecto y los valores tradicionales que se inculcaban en las cenas familiares.

Desde la infancia, Robert demostró una inclinación inusual por la tecnología. Siendo un crío que apenas lograba sostener las herramientas, pasaba las horas desarmando cualquier aparato electrónico que encontraba en casa. Ningún mecanismo escapaba a su curiosidad. Separaba los componentes uno a uno y mediante una habilidad casi mágica lograba que volvieran a funcionar.

No obstante, esa temprana fijación estuvo a punto de provocar una desgracia cuando con 10 años intentó dar corriente a una lámpara casera hecha con piezas de desguace, provocando un amago de incendio. Lejos de castigarlo, sus padres asumieron el incidente como una prueba irrefutable del talento natural de su hijo para la electricidad.

Durante su etapa en el instituto, decidió integrarse en el taller de teatro, aunque su labor se desarrollaba exclusivamente detrás de las bambalinas, controlando la iluminación y el cableado de los montajes. Las asignaturas científicas nunca le supusieron un reto y sus calificaciones técnicas rozaban siempre la perfección.

compaginaba los estudios con un empleo vespertino en un negocio de reparaciones del vecindario. En 1977, tras graduarse, se matriculó en una academia técnica para profesionalizarse. Dominaba las materias teóricas con asombrosa facilidad y aprovechaba cada momento libre para realizar prácticas en talleres de la zona, ganando una experiencia que sus compañeros de aula tardarían años en adquirir.

Su constancia dio frutos a finales de la década de los 80, cuando obtuvo la titulación oficial de electricista y se incorporó a una importante firma de instalaciones en Willbully. En la empresa se ganó la reputación de ser un profesional obsesivo, capaz de verificar una misma conexión infinidad de veces antes de dar el trabajo por concluido.

Dicha meticulosidad encandiló a sus superiores, quienes no dudaron en confiarle los encargos de mayor envergadura. A pesar de que sus allegados conocían su tendencia a enimismarse, un rasgo que a veces ralentizaba su ritmo laboral. terminó convirtiéndose en el instructor de los nuevos empleados de la compañía.

Sin embargo, las aspiraciones de Robert iban más allá de un empleo estable. Su mente planeaba constantemente la creación de un negocio propio, un proyecto que compartía con sus allegados mientras diseñaba estrategias sobre el papel. Anhelaba fundar una corporación especializada en alta tensión que traspasara los límites de Pennsylvania hasta consolidarse a nivel nacional.

Pese a sus desvelos profesionales, la relación con los suyos seguía siendo prioritaria, en especial el vínculo con su hermana Ángela, 3 años menor y de profesión docente. Ella poseía un carácter abierto y sociable que contrastaba con la timidez de Robert, formando un equilibrio perfecto entre lógica y sentimiento.

El almuerzo dominical en el domicilio paterno era un rito inquebrantable para ambos. El destino cambió de rumbo en 1989. Durante una celebración empresarial, Robert conoció a Johanna, una mujer dedicada al sector financiero, cuya vitalidad encajó de inmediato con el perfil cuadriculado del electricista. Formaban un equipo idóneo donde la capacidad organizativa de ella equilibraba los despistes de él.

Johana cargaba con un pasado dramático. Se había quedado viuda tras un violento accidente automovilístico en el que falleció su primer cónyuge. Un suceso que tras un largo proceso judicial le reportó una compensación de $,700,000. De aquel enlace nació una niña con la que Robert congenió desde el primer día hasta el punto de planear su adopción legal.

Tras contraer matrimonio con Joanna en 1990, la mujer se convirtió en el principal apoyo para las metas comerciales de su esposo. Mientras Robert ponía en marcha su negocio, mantenía su faceta solidaria realizando instalaciones eléctricas gratuitas en hogares de ancianos y repando averías en viviendas de familias vulnerables.

En el sótano de la vivienda común habilitó un espacio de trabajo donde pasaba las horas ideando prototipos. Hacia 1991, el matrimonio parecía transcurrir por un camino de estabilidad y armonía absoluta. Con la llegada del otoño, no obstante, la salud de Robert empezó a resquebrajarse. Comenzó a experimentar migrañas recurrentes, pérdidas de equilibrio y un cansancio inexplicable que aparecía y desaparecía por temporadas.

Él achacó los síntomas a la presión laboral o a un proceso vírico común, ignorando el calvario que se le venía encima. A las puertas de 1991, el electricista continuaba su rutina en Wbury, considerado por todos como un ciudadano ejemplar y siempre dispuesto a cooperar. La mañana del domingo primero de diciembre de 1991 amaneció encapotada en Penilvania.

Robert tomó un desayuno ligero a pesar de notar ciertas molestias estomacales, pues no era propenso a detenerse por dolencias menores. Salió de casa a las 8 en punto con la intención de despachar sus asuntos domésticos antes de reunirse con Johana para almorzar en un local cercano. En el supermercado habitual, la cajera se percató de que algo a no malo le ocurría al notar sus movimientos torpes y desorientados.

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