EDITH GONZÁLEZ REVELÓ antes de morir EL ASQUEROSO ENCUBRIMIENTO entre ERNESTO ALONSO y TELEVISA
29 de mayo de 2019, Ciudad de México. Una mujer de 54 años, con el cuerpo devorado por un cáncer que ya había llegado a los pulmones, tomó su teléfono desde una cama del Hospital Ángeles Interlomas y escribió lo que sería su último mensaje público. Hoy se nos da una nueva oportunidad para amar. Ya sé que suena mega cursi, pero es neta amar cada segundo, disfrutar del don de la vida.
Hasta el movimiento más simple que hace nuestro cuerpo es símbolo de libertad y amor. Así que gózalo. 15 días después, la familia pidió que la desconectaran. Edit González murió el 13 de junio de 2019 tras 3 años de batalla contra el cáncer de ovario luego de ser declarada con muerte cerebral. Su acta de defunción registró una insuficiencia respiratoria aguda de 12 horas, un derrame pleural bilateral de 4 días y un cáncer en etapa metastásica que ya no tenía vuelta atrás.
Pero mientras el país entero lloraba a la actriz que había sido Mónica de Altamira, Elena Tejero y doña Bárbara, algo permaneció flotando en el aire. Algo que Edit había dicho en entrevistas sueltas durante sus últimos años de vida, en transmisiones de Instagram que pocos vieron completas, en conversaciones con periodistas que solo publicaron fragmentos, algo sobre Televisa, sobre cómo funcionaba realmente la máquina detrás de las telenovelas, sobre los contratos que no existían, los pagos que nunca llegaban, los productores que decidían quién vivía
y quién moría profesionalmente. y sobre Ernesto Alonso, el hombre al que llamaban el señor telenovela, el arquitecto invisible de un sistema que construyó carreras con una mano y las destruyó con la otra. Guarda ese nombre, Ernesto Alonso, porque esta historia no se entiende sin él. Y lo que vas a descubrir no es solo la vida de Edit González, es la radiografía de un sistema que durante décadas operó como un pacto de silencio entre productores, ejecutivos y una empresa que se convirtió en el monopolio más poderoso
del entretenimiento en español. ¿Cuántos actores trabajaron gratis en Televisa sin atreverse a reclamar? ¿Cuántas actrices fueron castigadas por decisiones que no tenían nada que ver con su talento? ¿Cuántos contratos se firmaron con la palabra y se rompieron con una llamada telefónica? ¿Y cuántas carreras se destruyeron por el simple acto de quedar embarazada? En este video vas a descubrir cuatro cosas que cambian por completa la historia de Edit González y de Televisa.
La primera, la telenovela completa que Edith protagonizó durante un año entero y por la que no recibió un solo peso porque el contrato era verbal y el dueño de Televisa le dijo con esas palabras exactas que ya la habían engañado. La segunda, el sistema de producción que Ernesto Alonso ayudó a crear en Televisa, un sistema donde los derechos de los creadores no valían nada y donde 172 telenovelas fueron cedidas por 100 años en un contrato que un juez declaró ilegal.
La tercera, el día exacto en que Televisa la corrió por estar embarazada y las palabras que usó el productor para justificarlo. Y la cuarta, la que conecta todo, la que Edit dejó entrever antes de morir y que explica por qué cayó durante tanto tiempo. Lo que realmente le costó haber sido la favorita de un sistema que no tenía favoritos, solo herramientas desechables.
Si te vas antes del final, te pierdes la cuarta y la cuarta es la que explica todo. Para entender lo que Edith González reveló, hay que entender primero de dónde venía. Y de dónde venía era de un lugar donde nadie la esperaba. Monterrey, Nuevo León. 10 de diciembre de 1964. Una familia de clase trabajadora que no tenía ninguna conexión con el mundo del espectáculo.
Su madre, Ofelia Fuentes, era una mujer práctica, dura, con las manos curtidas de sacar adelante una casa. No había cámaras en esa familia, no había reflectores. Lo que había era una niña que desde muy pequeña hablaba como si estuviera actuando y se paraba frente al espejo como si hubiera un público del otro lado. La familia se mudó a la Ciudad de México cuando Edit era pequeña y fue en esa ciudad en algún momento alrededor de 1970 cuando una amiga de su madre le dijo algo que cambiaría la historia para siempre.
Tu hija tiene algo, deberías llevarla a un programa de televisión. Ofelia Fuentes, que no sabía nada del medio, que no tenía contactos, ni experiencia ni estrategia, hizo lo único que podía hacer. Llevó a su hija como espectadora al programa siempre en domingo y ahí, entre el público, sentada en una butaca, Edit González fue seleccionada para participar en un sketch junto al actor Rafael Valedón y Marta Rod. Tenía 5 años.
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No sabía lo que estaba pasando, pero las cámaras sí. Guarda esta imagen. Una niña de 5 años sin entrenamiento, sin contactos, sin nada más que una madre que la llevó de la mano a un foro de televisión porque una vecina le dijo que su hija tenía algo. Esa niña en ese foro, ese día, entró a un sistema que la iba a elevar hasta la cima y después la iba a escupir cuando dejara de ser útil.
Piensa en eso un momento. Televisa no descubrió a Edit González. La encontré como se encuentra una pieza que falta en una maquinaria. Y desde el momento en que esa niña pisó el foro de Siempre en domingo, su destino quedó atado a una empresa que decidió todo. ¿Qué papeles hacías? ¿Cuánto cobrabas? ¿Con quién trabajabas? ¿Cuándo subías y cuándo caías? Esa empresa era Televisa.
Y el hombre que había diseñado el modelo de producción de telenovelas que Televisa usaba como columna vertebral era uno solo. Ernesto Alonso. Ernesto Ramírez Alonso. Nacido el 28 de febrero de 1917 en Aguascalientes. Actor, director, productor. El hombre que inventó la telenovela mexicana tal como el mundo la conoce. Desde 1960, cuando produjo el otro, su primera telenovela.
Hasta su muerte el 7 de agosto de 2007, Ernesto Alonso produjo 157 telenovelas para Televisa. 157. Trabajó 52 años para la misma empresa. Fue quien desarrolló las reglas del juego, cómo se escribían las historias, cómo se seleccionaban los actores, cómo se manejaban los contratos. Y las reglas eran claras. El productor era Dios.
El actor era arcilla y la empresa era el templo donde todo ocurría. Pero lo que se descubriría décadas después revelaría que Ernesto Alonso, el hombre que construyó ese sistema, fue también una de sus víctimas y que lo que Edit González denunció antes de morir no era un problema de una actriz contra un productor.
Era el síntoma de una enfermedad que llevaba medio siglo pudriéndose en el corazón de la televisión mexicana. Edith González entró a ese sistema a los 5 años y nunca salió. Después de Siempre en domingo se convirtió en actriz infantil de Televiteatros. Su primer crédito fue en Cosa Juzgada en 1970. Después vinieron Lucía Sombra, El amor tiene cara de mujer, mi primer amor, los miserables.
En 1974, a los 9 años, ganó un premio Heraldo como artista de revelación. En 1977 debutó en el cine con Alucarda, la hija de las tinieblas. Y en 1979, a los 15 años apareció en Los ricos también lloran, la telenovela que la hizo conocida en todo el continente. A los 15 años ya era una veterana. A los 18 ya era protagonista de su propia telenovela, Bianca Vidal.
A los 22 ya tenía una carrera más larga que la de actores que le doblaban la edad. Y todo eso ocurrió bajo el paraguas de Televisa, bajo las reglas de Ernesto Alonso, bajo un sistema donde un presionado de manos valía más que un contrato firmado, donde una actriz podía trabajar un año entero por la palabra de un productor y descubrir al final que esa palabra no valía nada.
Y nadie en ese momento, ni Edith, ni su madre, ni el público que la adoraba, podía imaginar lo que ese sistema le iba a cobrar, ni el precio exacto que tendría atreverse a decirlo en voz alta. Edit González hizo algo que casi ningún actor de Televisa se atrevía a hacer en los años 80. Se fue. No se fue por pelea, no se fue por escándalo, se fue a estudiar.
A los veintitantos años, con una carrera que cualquier actriz habría matado por tener, Edith tomó sus maletas y se fue a Nueva York, a Londres, a París. Estudió en la academia de Lee Strasburg, el templo del método actoral que había formado a Marlon Brando y al Pacino. Estudió en el Neighborhood Playhouse. Estudió en el Actors Institute.
Mientras sus compañeras de generación en Televisa peleaban por el protagonista de la siguiente telenovela, Edith González, estaba en un salón de clases en Manhattan aprendiendo hasta a actuar de verdad. ¿Por qué se fue? Porque entendió algo que pocos actores de Televisa entendían, que el sistema te enseña a obedecer, no a actuar.
Que las telenovelas mexicanas de esa época pedían un tipo de interpretación que no tenía nada que ver con el oficio real. Sobre actuación. Gritos, lágrimas de glicerina, caras al primer plano sostenido 5 segundos de más. Ernesto Alonso había creado un lenguaje de telenovela que funcionaba para el rating, pero que destruía al actor por dentro.
Y Edit, que llevaba actuando desde los 5 años, sintió que si no salía a respirar otro aire, se iba a convertir en una máquina de repetir gestos sin saber por qué los hacía. guarda esta decisión. Porque cuando Edith regresó a México, regresó diferente. Regresó con herramientas que nadie más tenía. Regresó sabiendo lo que era un subtexto, lo que era construir un personaje desde adentro, lo que significaba actuar sin que se notara que estabas actuando.
Y regresó a un sistema que no le perdonó haber ido, porque eso es lo que hacía Televisa con los que se iban. los dejaba volver, pero les recordaba quién mandaba y la forma de recordárselo era sutil, casi imperceptible, pero demoledora. Los contratos. En la Televisa de los años 80 y 90, los contratos de muchos actores no existían en papel, eran verbales.
Un productor te llamaba, te decía, “Te quiero para esta novela.” Te daba un número aproximado y empezabas a grabar. No había firma, no había documento, no había protección. Si el productor cumpliera su palabra, cobrabas. Si no la cumplía, no tenías nada que reclamar. Y esto es exactamente lo que le pasó a Edit González.
En una entrevista con Gustavo Adolfo Infante, grabada antes de su muerte y publicada después, Edit reveló lo que había guardado durante años. Ahí quedó un contrato pendiente que no se pagó. Tuve una telenovela que nunca se me pagó. Completita, toda una novela completita. Un año entero de trabajo, grabaciones diarias, escenas de madrugada, ensayos, vestuario, maquillaje, promoción, todo un año de su vida.
Y cuando terminó, nada, cero pesos. La actriz fue a reclamar directamente a Emilio Azcárraga, el dueño de Televisa. Señor, no me pagaron la novela. La respuesta de Azcárraga fue una sola pregunta. ¿La tienes firmada? Edit contestó, “No, señor, era un contrato verbal.” Y Azcárraga, con la frialdad de quien sabe que tiene todas las cartas, le respondió con dos palabras que Edith repitió entre risas amargas. Ya tejó.
Piensa en eso un momento. La estrella de una telenovela completa, una actriz que le daba rating a la empresa, que llenaba el horario estelar, que ponía su cara en las portadas de las revistas para promocionar el producto de Televisa, trabajó un año entero gratis. Y cuando fue a reclamar, el dueño de la empresa le dijo literalmente que la habían engañado.
Sin disculpas, sin compensación, sinvergüenza. Pero aquí viene lo que casi nadie quiso mirar de frente. Ese sistema no lo inventó Azcárraga, lo inventó la estructura de producción que hombres como Ernesto Alonso y otros productores históricos habían construido durante décadas. un sistema donde el productor era el intermediario todopoderoso entre la empresa y el talento, donde el productor decidió quién entraba y quién salía, cuánto se pagaba y cuánto no, quién protagonizaba y quién hacía de extra. Y donde la empresa se lavaba las
manos diciendo, “Yo no manejo los contratos, eso es cosa del productor.” Ernesto Alonso produjo 157 telenovelas bajo ese modelo, 52 años dentro de Televisa. Y cuando murió en agosto de 2007, lo que quedó fue una disputa legal que reveló la magnitud de la trampa. Guarda esta cifra. 172. Ese es el número de producciones cuyos derechos Ernesto Alonso se dio a Televisa en un contrato firmado en 2004, 3 años antes de morir.
Un contrato que establecía la sesión por 100 años. un siglo, toda una vida de trabajo, 52 años de creación entregados por un papel que un juez federal declararía nulo años después porque violaba la ley federal del derecho de autor que no permite sesiones de más de 15 años. Televisa no solo le pagó mal a Edit González, le robó los derechos a su propio arquitecto. La ironía es brutal.
El hombre que creó el sistema de producción que permitía no pagarle a una actriz fue al final víctima del mismo sistema. Ernesto Alonso trabajó medio siglo para Televisa y cuando ya estaba viejo, enfermo, sin fuerzas para pelear, la empresa le hizo firmar un contrato que le quitaba todo.
Su nuera, Teresa Anaya, heredera universal, tuvo que pelear en tribunales durante años para recuperar lo que era suyo. Y entre 1998 y 2004, según la demanda, Televisa no le pagó a Alonso las regalías por la explotación de sus obras, ni siquiera al señor telenovela. ni siquiera al hombre que les había construido el imperio. Lo que vendría después mostraría que Edith González no era la única víctima, que el sistema que Ernesto Alonso ayudó a crear era una maquinaria diseñada para triturar a todos, incluyendo a su propio creador, y que lo que Edith reveló antes
de morir no era un reclamo personal, era la confesión de un testigo que había visto la máquina por dentro durante 49 años. Pero en 1993, nada de eso importaba todavía. En 1993, Edith González estaba a punto de vivir el momento más alto de su carrera. Había regresado de estudiar en el extranjero. Había regresado a los foros de Televisa con hambre y con herramientas nuevas y le ofrecieron el papel que la convertiría en leyenda.
Mónica de Altamira en corazón salvaje. La telenovela se estrenó el 5 de julio de 1993 en el canal de las estrellas. Producida por José Rendón, escrita por María Saratini, basada en la novela de Caridad Bravo Adams y protagonizada por dos actores que juntos generaban una electricidad que salía de la pantalla, Edit González y Eduardo Palomo.
Él era Juan del el hijo ilegítimo de un terrateniente, un hombre salvaje con ojos de fuego. Ella era la condesa Mónica, la mujer atrapada entre el deber y la pasión. La química entre los dos era tan poderosa que durante años el público creyó que habían sido pareja en la vida real. No lo fueron. Lo que tenían era algo más raro y más valioso que un romance, un respeto profesional absoluto y una amistad que duraría hasta que la muerte los separara a los dos.
Corazón Salvaje rompió récords de audiencia. se transmitió en más de 40 países. Edit González pasó de ser una actriz conocida a ser un nombre que se pronunciaba en Italia, en Grecia, en Brasil, en toda Latinoamérica. Era por primera vez en su vida una estrella internacional y Televisa lo sabía y lo explotó.
Y cuando todo terminó, cuando los créditos del último capítulo rodaron en febrero de 1994, Edith González había trabajado 7 meses en la producción más exitosa de su era, pero la telenovela que no le pagaron fue otra, cercana a esos años, según las pistas que ella misma dejó. Después de la salida de Víctor Hugo o Faril, el ejecutivo de Televisa que manejaba las novelas, Edith nunca quiso decir cuál era.
Tal vez por respeto, tal vez por miedo, tal vez porque sabía que nombrarla no iba a cambiar nada, que el sistema seguía funcionando exactamente igual, que otro actor en otro foro estaba trabajando en ese mismo momento con un contrato verbal que podía evaporarse en cualquier instante. Sin que nadie lo supiera todavía, el éxito de Corazón Salvaje le había puesto a Edit González una marca invisible en el frente, la marca de los que son demasiado grandes para controlar.
Y Televisa, que toleraba el talento mientras el talento obedecía, estaba a punto de demostrarle lo que pasaba cuando dejabas de obedecer. Después de Corazón Salvaje, Edit González se convirtió en la actriz más cotizada de Televisa. vinieron, nunca te olvidaré, en 1999, junto a Fernando Colunga y Salomé en 2001, una nueva versión de Colorina que le validó otra nominación al Tevi Novelas.
Pero entre telenovela y telenovela ocurrió algo que cambió su relación con el público y con la industria para siempre. En 1997, Carmen Salinas le ofreció el papel de Elena Tejero en Aventurera, la obra de teatro musical que estaba a punto de estrenar en el salón Los Ángeles. Carmen había pensado primero en Itatí Cantoral, pero Itatí se comprometió con una telenovela de Emilio La Rosa y no pudo.

Edit aceptó y lo que siguió fue una transformación que nadie esperaba porque Edith González no era bailarina, no tenía formación en danza, no había hecho teatro musical en su vida y el papel de Elena Tejero exigía bailar como si la vida dependiera de ello. Entonces hizo lo que siempre hacía cuando algo la superaba, trabajó hasta que dejó de superarla.
Ensayó durante meses, aprendió coreografías que le sacaban el aire, se puso tacones que le destrozaban los pies. Y el 28 de octubre de 1997, cuando se abrió el telón en el salón Los Ángeles, lo que el público vio no fue una actriz de telenovelas intentando bailar, fue una mujer que se había arrancado la piel de personaje para convertirse en otra cosa.
Carmen Salinas lo diría años después con todas las letras, Edit González fue la mejor aventurera de todas. Guarda ese momento porque aventurera le demostró a Edit González algo que Televisa nunca quiso que descubriera, que podía existir fuera del sistema, que su talento no dependía de un productor que le diera un papel, que podía llenar teatro sin necesidad de que una empresa le autorizara el horario estelar.
Y esa independencia, esa certeza de que podía sobrevivir sola fue exactamente lo que Televisa no le perdonó. Pero, ¿qué tenía Televisa contra una actriz que simplemente hacía bien su trabajo? ¿Qué podía amenazar a una empresa que facturaba millas de millones al año? La respuesta es simple y cruel. El ejemplo, una actriz que demuestra que puede triunfar fuera del sistema les demuestra a los demás que el sistema no es indispensable.
Y eso en la Televisa de los años 90 y 2000 era el pecado mortal. Piensa en eso un momento. Una empresa que controlaba el 70% de la televisión abierta en México. Una empresa que decidió qué veían millones de personas cada noche. Una empresa donde un puñado de productores, herederos del modelo que Ernesto Alonso había construido, tenían el poder absoluto sobre las carreras de cientos de actores.
Y en el centro de ese poder estaba una regla no escrita que todos conocían, pero nadie pronunciaba. No muerdes la mano que te da de comer. No hay preguntas al productor. No reclamas lo que no te pagaron. No te embarazas sin permiso. Y entonces llegó 2003 y todo se desmoronó. En ese año pasaron dos cosas que marcaron a Edit González para siempre.
La primera, Eduardo Palomo murió. El 6 de noviembre de 2003, en un restaurante de Los Ángeles, mientras cenaba con su esposa Karina Rico y unos amigos, alguien le contó un chiste. Eduardo se ríó y en medio de la carcajada su corazón se detuvo. Tenía 41 años. Lo trasladaron al hospital Sedar Siní. Después de 45 minutos de intentar revivirlo, fue declarado muerto a las 23:32 horas.
No fumabas, no consuma drogas, llevaba una vida sana. El forense calcula que fue un infarto masivo de miocardio. Juan del había muerto riéndose y Edith González perdió al compañero con quien había construido la telenovela más recordada de su generación. La segunda cosa que pasó en 2003 fue que Edith conoció a Santiago Crel Miranda.
Él era secretario de Gobernación en el sexenio de Vicente Fox, el segundo hombre más poderoso de México. Casado desde hacía 21 años con Beatriz Garza Ríos, con quien tenía tres hijos. Un político panista con aspiraciones presidenciales y Edith González, la actriz más famosa de México, inició con él una relación que se convirtió en el secreto peor guardado del país. Guarda este cruce.
Una actriz que acaba de perder a su compañero de pantalla, un político casado que ocupa uno de los cargos más visibles del gobierno federal. Una relación que si se hacía pública podía destruir la carrera política de él y la carrera artística de ella. Y en medio de esa tormenta, un embarazo.
Constanza Crel González nació el 17 de agosto de 2004 en el Hospital Santa Teresa de la Ciudad de México. Edith la registró únicamente con sus apellidos González Fuentes. No reveló quién era el padre, no dio entrevistas, no publicó fotos con ningún hombre al lado. Durante 4 años, la identidad del padre de Constanza fue el misterio más comentado del espectáculo mexicano.
Y Santiago Crel, que estaba posicionándose para una candidatura presidencial, no dijo una palabra. Pero lo que nadie sabía era que ese embarazo, ese acto de dar vida, iba a ser exactamente lo que Televisa usaría para destruir la carrera de Edit González y que la forma en que lo hicieron revelaría el funcionamiento más oscuro de una empresa que llevaba décadas tratando a sus actrices como producto desechable.
Cuando Edith quedó embarazada, estaba protagonizando Mujer de Madera junto a Jaime Camil y Gabriel Soto. Era 2004, la telenovela se transmitía en horario estelar, los ratings eran sólidos. Edith era la protagonista absoluta y entonces le dijo al productor Emilio La Rosa que estaba esperando un bebé. Le pidió que la dejara seguir en la novela.
Propuso alternativas para justificar el embarazo dentro de la trama o para programar una ausencia temporal. hizo todo lo que un profesional podía hacer para mantener su trabajo sin poner en riesgo la producción. La respuesta de la rosa, según las propias palabras de Edit, fue que no le iba a faltar al respeto y que no iba a usar su embarazo como algo así.
Y acto seguido la corrieron. No la suspendieron, no la pusieron en pausa, la corrieron. Ana Patricia Rojo la reemplazó como protagonista. El personaje de Edith sufrió una explosión que le deformó el rostro y cuando se recuperó en el hospital, su cara y su voz eran las de otra actriz. Así de burdo, así de literal, la borraron de su propia historia.
Yo no me salí de Televisa, a mí me corrieron por estar embarazada”, reveló Edit en una entrevista con Javier Solózano en 2017. Peor que en el internado de monjas del Simón Bolívar, a los 14 años que me corrieron por salir en una fotonovela con el uniforme del colegio. Entonces me embarazo y en Televisa me corren. Me volví a sentir de 14 años.
Piensa en la potencia de esa comparación. una mujer de 39 años con más de tres décadas de carrera, comparando su despido de la empresa más grande de la televisión mexicana con la expulsión de un colegio de monjas, porque la lógica era la misma. En ambos casos, una institución la castigó por algo que no era un delito. En el colegio, por salir en una foto, en Televisa, por estar embarazada.
Y no la corrieron solo de mujer de madera, la corrieron de Televisa entera. Edith intentó volver, hizo mundo de fieras, hizo bailando por un sueño, como haciendo puntos para ver si me recontrataban dijo. Pero no la recontrataron. En lugar de darle otro protagónico en México, la mandaron a Colombia a hacer doña Bárbara, lejos, fuera de vista, fuera del sistema.
Yo creo que se sintieron como medios culposos, diría después con esa ironía suave que usaba para decir las cosas más duras sin levantar la voz. La ironía era dolorosa. La misma empresa que no le pagó una telenovela completa cuando era joven, que la explotó durante décadas con contratos verbales, que la convirtió en estrella internacional con corazón salvaje y facturó millones con su imagen, esa misma empresa la empujó a la calle por el acto de ser madre.
Y cuando se fue a TV Azteca, cuando dijo públicamente, “Ya 9 años de que me volví chica azteca, gracias a Ricardo Salinas, Televisa la trató como a una traidora, como si irse fuera una ofensa y no una consecuencia. Y sin que nadie lo supiera todavía, esa expulsión iba a ser el prólogo de algo mucho peor.
Algo que ni Televisa, ni Santiago Crel, ni el público, ni la propia Edit pudieron anticipar. Algo que comenzó como un dolor abdominal en 2016 y terminó como una sentencia de muerte en un hospital del Estado de México. Santiago Crel tardó 4 años en reconocer a su hija. 4 años. Constanza nació en agosto de 2004 y fue hasta mayo de 2008 cuando el político accedió públicamente lo que todo México ya sabía.
Quiero decir que esa es un acta auténtica y que he reconocido que Constanza es mi hija y aquí con ustedes quiero dar la cara, le dijo al diario Reforma. Dar la cara como si la cara que había que dar fuera la suya y no la de la niña que llevaba 4 años sin apellido paterno. Como si el acto de reconocer a una hija fuera un gesto de valentía y no una obligación que llegaba con 3 años y 9 meses de retraso.
Pero, ¿por qué tardó tanto? La respuesta la conocía todo el mundo político y nadie se atrevía a decirla en voz alta. Santiago Crel tenía aspiraciones presidenciales. Reconocer a una hija fuera del matrimonio, producto de un romance con una actriz de telenovelas, mientras él era secretario de Gobernación, habría destruido su imagen ante el electorado conservador del PAN. Guarda esa lógica.
Un hombre elige su carrera política por encima de su hija y una mujer, Edith González, cargada sola con el embarazo, con la crianza, con las preguntas de la prensa, con los rumores, con las miradas, mientras el padre de su hija se esconde detrás de un escritorio de senador. Y mientras Crel calculaba los costos políticos de ser padre, Edith González reconstruía su vida profesional desde cero.
TV Azteca le abrió las puertas que Televisa le cerró. Hizo Cielo Rojo en 2011 con Mauricio Islas. Hizo Vivir a Destiempo en 2013. Hizo Las Bravo en 2015. Siguió trabajando en teatro. regresó a Aventurera en 2005, apenas 8 meses después de dar a luz a Constanza, con el mismo hambre de siempre, con los mismos tacones que le destrozaban los pies, con el mismo fuego que le había dado el papel 8 años antes.
Carmen Salinas la recibió como se recibe a alguien que nunca debió irse. Pero aquí viene lo que cambia la temperatura de toda esta historia. En 2009 ocurrió algo inesperado. Edith se reencontró con Lorenzo Lazo Margin, un economista y empresario al que había conocido años atrás cuando ambos estaban en otras relaciones.
Lorenzo acababa de perder a su esposa, Concha de la Mora. Edit estaba sola, criando a Constanza, cargando con el peso de una carrera reconstruida a pulso y una vida sentimental que los medios se habían convertido en circo. Se acercaron primero como amigos. Después como algo más y a los pocos meses se comprometieron. Piensa en eso un momento.
Después de décadas de hombres que la usaron, que la escondieron, que la abandonaron, apareció uno que la ha elegido a plena luz del día. Pecado secreto, sin cálculos políticos, sin contratos verbales. Lorenzo Lazo le dio a Edit González lo que ningún productor, ningún político y ninguna empresa le había dado, la certeza de que alguien podía quererla sin condiciones.
El 24 de septiembre de 2010, Edit González y Lorenzo Lazo se casaron en la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar en una boda llena de estrellas del espectáculo y figuras de la política. Edith tenía 45 años, llevaba 40 trabajando y por primera vez en su vida parecía que todo estaba en su lugar. Una hija sana, un esposo que la adoraba, una carrera que seguía funcionando, una paz que había tardado décadas en llegar.
Pero antes de la boda hubo un embarazo que no llegó a término. Edit y Lorenzo esperaban un hijo juntos. La noticia los llenó de ilusión y después, sin aviso, lo perdieron. La actriz cayó en una profunda depresión. No habló de ello públicamente hasta mucho después y cuando habló lo dijo como hablaba de todo lo que le dolía.
Con una frase corta, sin adornos, sin búsqueda de lástima. El dolor estaba en lo que no decía. Guarda esta pérdida. Porque cuando años después el cáncer le arrebató la posibilidad de tener más hijos, esa pérdida anterior cobró un peso distinto, un peso que solo ella y Lorenzo entendían. 2016. Edit González tenía 51 años. Estaba grabando Eva la tráilera para Telemundo.
Sentía dolores abdominales que atribuía al estrés, al ritmo de trabajo, a la edad. Fue al médico, la operaron y encontraron tejidos cancerosos en los ovarios. Cáncer de ovario en estado avanzado. En días pasados fui intervenida porque padecía unos fuertes dolores en la base abdominal y efectivamente encontraron tejidos cancerosos que fueron removidos en su totalidad, publicó en Instagram en agosto de 2016.
Estoy fuerte, llena de vida y trabajando. Solo espero que me acompañen con su amor y respeto. La publicación tenía la misma estructura que todas las cosas que Edit hacía. Primero la verdad, después la fuerza. Al final la petición de que la dejaran en paz. Drama del pecado. Sin victimismo, sin el lenguaje de enfermedad terminal que los medios querían ponerle encima.
Y entonces vino la remisión. En 2017, Edit anunció que el cáncer estaba controlado. Hoy hay un papel oficial que dice remisión. Eso quiere decir que mi cuerpo ha resistido el tratamiento. Quiere decir que mi cáncer está en control. El público respiró. Lorenzo respir. Constanza, que tenía 12 años respiró, pero el cáncer de ovario no respira.
Espera. Mientras tanto, Edith usó los meses de remisión para hacer algo que no había hecho nunca. Hablar, hablar de verdad. En agosto de 2018, a través de sus stories de Instagram, confirmó públicamente que Televisa la había corrido por embarazada. En la entrevista con Javier Solorzano contó los detalles de la expulsión con una claridad que no dejaba espacio para interpretaciones.
En la conversación con Gustavo Adolfo Infante, reveló la telenovela que nunca le pagaron. Cada entrevista era una pieza más del rompecabezas. Cada declaración era un ladrillo que salía de un muro de silencio que llevaba décadas en pie. Pero lo que nadie podía imaginar era que esas revelaciones no eran un ajuste de cuentas, eran un testamento.
Editt González sabía algo que el público no sabía, que el cáncer había regresado y que esta vez no iba a haber remisión, porque en abril de 2019 la revista TV Notas publicó que Edith había tenido nuevos dolores, que los análisis no eran buenos, que la enfermedad había regresado con una agresividad que los médicos no esperaban.
El cáncer de ovario se había vuelto metastásico, había llegado a los pulmones y Edit González, la mujer que se había levantado de cada golpe que la vida le dio, la que aprendió a bailar a los 32 años para demostrar que podía, la que se fue a estudiar a Nueva York cuando era la estrella más grande de Televisa, la que crió sola a una hija mientras el padre se escondía, la que trabajó un año gratis y nunca armó un escándalo.
Esa mujer estaba muriendo y lo sabía. lo supo cuando escribió aquel último mensaje el 29 de mayo. Hoy se nos da una nueva oportunidad para amar. No era una frase motivacional, era una despedida disfrazada de buenos días. Era una mujer que sabía que le quedaban semanas y que eligió usar las palabras que le quedaban, no para quejarse, no para ajustar cuentas, no para maldecir a los que la traicionaron, sino para decirle al mundo que amara, que gozara, que vive cada segundo como si fuera el último, porque para ella ya lo era. Mientras
Edith González moría en un hospital del Estado de México, Televisa seguía facturando con las telenovelas que ella había protagonizado. Corazón Salvaje se reponía en canales de cable. Nunca te olvidaré. Circulaba por plataformas digitales. Salomé generaba clics en YouTube. Cada reproducción, cada click, cada segundo de publicidad vendido alrededor de su cara era dinero que entraba a las arcas de una empresa que la corrió por estar embarazada.
Mientras ella agonizaba, su imagen seguía trabajando para la empresa que la deseaba. La ironía no es brutal, es obscena. Y entonces apareció la revelación final, la que conecta a Edit González con Ernesto Alonso, la que explica por qué el título de este video no habla de una actriz contra una empresa, sino de un encubrimiento.
Un pacto de silencio que duró medio siglo y que solo se quebró cuando los que lo conocían empezaron a morirse. Lo que Edith González reveló en sus últimos años no fueron hechos aislados, fueron piezas de un mismo mecanismo. Y para entender ese mecanismo, hay que mirar lo que le pasó a Ernesto Alonso, porque lo que le pasó a él explica lo que le pasó a ella, y lo que les pasó a ambos explica lo que le pasó a toda una generación de actores mexicanos que crecieron dentro de una empresa que se alimentaba de su talento y los escupía
cuando dejaban de ser rentables. Ernesto Alonso entró a Televisa cuando Televisa todavía se llamaba Telesistema Mexicano. En 1960 produjo el otro, la primera telenovela que marcó al modelo. Desde entonces, durante 47 años consecutivos, Alonso fue el hombre que definió las reglas del juego.
Él decidió a quién accionaba y quién no. Él diseñaba las tramas, él seleccionaba a los protagonistas, él creó las estrellas y durante décadas ese poder le dio una posición que parecía intocable. Lo llamaban el señor telenovela. Era el rostro creativo de la empresa más poderosa del entretenimiento en español y Televisa lo dejaba hacer porque cada telenovela que Alonso producía era una máquina de imprimir dinero.
Pero el poder de Alonso tenía un precio que él no conocía o que conocía y eligió ignorar. Porque mientras Ernesto Alonso producía sus 157 telenovelas, Televisa acumulaba los derechos de todas ellas. Cada guion, cada escena, cada personaje, cada canción, cada segundo de material grabado quedó en manos de la empresa.
Y Alonso, que era el creador de todo eso, no tenía ningún documento que le garantizara una participación permanente en las ganancias que esas obras generarían después de su emisión. Las telenovelas se vendían a cadenas internacionales, se reponían en horarios matutinos, se empaquetaban para mercados extranjeros y Ernesto Alonso, el hombre que las había inventado, recibió lo que Televisa decidió darle, que a veces era algo y a veces no era nada.
Guarda este patrón porque es exactamente el mismo que sufrió Edit González, una actriz que protagonizó una telenovela durante un año y no cobró. un productor que creó 157 telenovelas y no recibió las regalías que le correspondían. El sistema era el mismo. La víctima cambiaba de nombre, pero la máquina funcionaba igual.
Y entonces vino el golpe final. En 2004, 3 años antes de morir, Ernesto Alonso firmó un contrato en el que se dio a Televisa los derechos de 172 producciones por un periodo de 100 años, un siglo. Alonso tenía 87 años cuando firmó ese documento. Estaba viejo, enfermo, sin la energía que le había permitido dirigir imperios durante medio siglo.
y Televisa, la empresa para la que había trabajado 52 años, la empresa que existía en buena parte gracias a él, le puso enfente un papel que le quitaba todo lo que había creado y él firmó. Piensa en eso un momento. 87 años, más de medio siglo construyendo el producto estrella de una empresa. Y el agradecimiento fue un contrato que un juez federal declararía nulo por violar la ley federal del derecho de autor.
Teresa Anaya, su nuera y heredera universal, tuvo que pelear durante años en tribunales para recuperar lo que era legítimo. El juez 1º de distrito en materia civil, Felipe Consuelo Soto, determinó que el contrato era ilegal, que la ley no permite sesiones de derechos patrimoniales por más de 15 años, que Televisa se había apropiado de forma ilícita del trabajo de toda una vida.
Y mientras el caso se peleaba en juzgados, las telenovelas de Alonso seguían generando dinero para la empresa que le robaba los derechos. Pero aquí viene lo más oscuro. Entre 1998 y 2004, según los documentos de la demanda presentada por Teresa Anaya, Televisa no le pagó a Ernesto Alonso las regalías por la explotación de sus obras. 6 años.
6 años en los que las telenovelas de Alonso se vendían, se reponían, se distribuían por todo el mundo y el hombre que las creó no recibirá un peso. La única excepción, según la demanda fueron algunos pagos por la venta en DVD de la Antorcha Encendida de 172 producciones. Televisa le pagó por los de VD de una. La ironía era dolorosa.
El mismo sistema que no le pagó a Edit González por una telenovela completa, tampoco le pagó a Ernesto Alonso por décadas de trabajo. La misma lógica, la misma frialdad, la misma respuesta cuando alguien reclamaba, “¿Tienes un contrato firmado? Y si no lo tenías, ya tejó.” Como le dijo Azcárraga a Edit, “Y si lo tenías, como Alonso, te hacían firmar otro que te quitaba todo por 100 años.
” Eso es lo que Dit González entendió antes de morir. No era un problema personal, no era una venganza de un productor contra una actriz, era un sistema, un sistema diseñado desde sus cimientos para que el talento creara y la empresa se quedara con todo. Un sistema donde los contratos verbales eran la norma, donde las regalías eran una promesa que se cumplía cuando convenía, donde los derechos de los creadores no existían hasta que un juez los declaraba.
y un sistema donde el silencio era la condición para seguir trabajando. Guarde esta conexión. Edith González no mencionó a Ernesto Alonso por nombre en sus entrevistas públicas. No hacía falta. Lo que describió era el mundo que Alonso había construido y en el que ella había crecido. Un mundo donde una niña de 5 años podía entrar a un foro de televisión y salir 49 años después, sin haber cobrado una telenovela, sin tener un contrato que la protegiera, sin poder siquiera embarazarse sin perder todo lo que había construido. El encubrimiento no era un
acto, era una cultura. una cultura de silencio, de obediencia, de gratitud forzada hacia una empresa que te daba la fama con una mano y te la quitaba con la otra. Y Edith lo dijo, no con las palabras que un abogado habría usado, lo dijo con la honestidad de alguien que sabe que le queda poco tiempo. En la entrevista con Solózano, cuando contó que la corrieron por embarazada, no pidió disculpas, no dijo, “Tal vez fue un malentendido, dijo, literalmente me corrieron. Esa es la realidad.
En la conversación con Infante, cuando contó lo de la telenovela sin pagar, no buscó venganza, buscó que quedara registro, que alguien en algún momento pudiera decir, “Esto pasó, esto es lo que hacían.” Y alguien lo dijo en voz alta antes de morirse. Y nadie en ese momento podía imaginar que esas palabras serían las últimas piezas de un rompecabezas que llevaba medio siglo armándose en silencio.
Un rompecabezas que conectaba a una niña de 5 años en un foro de Siempre en domingo con un productor de 87 años firmando un contrato que le robaba su legado. La misma empresa, la misma lógica, el mismo pacto de silencio. El 13 de junio de 2019, a las pocas horas de ser desconectada del soporte vital, Edit González falleció en el Hospital Ángeles Interlomas.
Tenía 54 años. Su acta de defunción registró tres causas: insuficiencia respiratoria aguda de 12 horas, derrame pleural bilateral de 4 días y cáncer de ovario en etapa metastásica. Pero esas tres causas médicas no cuentan la historia completa. No cuentan las 49 temporadas trabajando sin parar.
No cuentan los contratos verbales. No cuentan la telenovela impaga. No cuentan la expulsión por embarazo. No cuentan los 4 años esperando que un político reconociera a su hija. No cuentan el embarazo perdido con Lorenzo. No cuentan las décadas de sonreír frente a la cámara mientras el sistema le sacaba todo y le devolvía migajas.
Su funeral fue en el teatro Jorge Negrete, sede de la Asociación Nacional de Actores. Ella misma lo había planeado. Ella misma había pedido ser velada ahí en el teatro, no en una iglesia, no en una funeraria, en un teatro, porque el teatro fue el lugar donde descubrió que podía existir sin Televisa, el lugar donde fue aventurera, el lugar donde aprendió a bailar cuando todos decían que no podía, el lugar donde se demostró a sí misma que su talento no era propiedad de nadie.
Constanza tenía 14 años cuando murió su madre. La misma edad que tenía Angélica Vale cuando sus padres se divorciaron. La misma edad en la que la vida te obliga a crecer de golpe. Tras la muerte de Edit, la custodia de Constanza pasó a Santiago Creel, el padre que tardó 4 años en reconocerla.
La niña se mudó a vivir con él, con su esposa Paulina Velasco y sus medias hermanas. se aleja de las cámaras, se alejó del espectáculo, eligió un camino distinto al de su madre. Pero en marzo de una movilización feminista del 8 de marzo, Constanza apareció públicamente y dijo algo que Edit habría aprobado con cada célula de su cuerpo.
Protesté por cada mujer desaparecida, violada, violentada, tocada sin su consentimiento, arrebatada de su inocencia o destruida, y por un movimiento que incluye y respeta a las personas trans. Con esto mantengo en vida la memoria de mi mamá, los valores que me enseñó. Piensa en eso un momento. La hija de una mujer que fue corrida de Televisa por embarazarse, que trabajó gratis por un contrato verbal, que tuvo que llorar sola mientras un político se escondía, esa hija creció y se paró frente al mundo a defensor de los derechos de las mujeres. El patrón no se
repitió, se rompió. Y Lorenzo Lazo, el hombre que le dio a Edit los años más estables de su vida, siguió grabándola en redes sociales con una constancia que no buscaba aplausos. publicaba fotos de ella, escribía mensajes en sus aniversarios, mantenía viva la memoria de una mujer que el sistema intentó borrar y que la muerte no pudo silenciar.
Víctor Manuel González, hermano de Edit, reveló que el fallecimiento fue un golpe devastador para la familia, que Constanza necesitaba apoyo tanatológico, que el duelo fue largo y profundo, pero también dijo que la joven estaba bien, que había encontrado su camino, que estaba estudiando, que estaba viviendo la vida que su madre le había comprado con cada sacrificio, con cada silencio roto, con cada batalla peleada dentro y fuera de los foros.
Lo que se descubriría más tarde revelaría algo que conecta la muerte de Editt González, con la muerte de Ernesto Alonso, con la muerte de Eduardo Palomo, con la muerte de la guionista María Saratini. Todos conectados por la misma empresa, todos usados por la misma máquina y todos, de una forma u otra, dejamos atrás cuando dejaron de ser útiles.
Eduardo Palomo murió en 2003 a los 41 años de un infarto. María Saratini, la guionista que hizo de corazón salvaje una obra maestra, también murió. Mariana Levi, que trabajó con Palomo en la pícara soñadora, murió en 2005 de un infarto a los 39 años. Lorena Rojas, que compartió créditos con Palomo en otra producción, murió de cáncer.
Y Edit González, la condesa Mónica, la aventurera, la mujer que se atrevió a hablar, murió en 2019 de cáncer de ovario. El elenco de corazón salvaje se fue convirtiendo en un cementerio y Televisa, la empresa que les dio la fama y les quitó los derechos, siguió transmitiendo las repeticiones como si nada de eso hubiera pasado.
Mientras Edit González agonizaba en un hospital, Corazón Salvaje seguía generando ingresos por repeticiones y ventas internacionales. Mientras Ernesto Alonso llevaba 12 años muerto, sus 157 telenovelas seguían transmitiéndose en todo el mundo. Mientras Eduardo Palomo llevaba 16 años bajo tierra, su imagen de Juan del seguía vendiendo nostalgia.
Mientras los creadores morían, las creaciones seguían facturando. Para la empresa, la ironía no es brutal. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado. Hay una pregunta que nadie le hizo a Edit González en vida y que ahora ya no se puede hacer. La pregunta no es por qué habló, la pregunta es por qué tardó tanto en hablar.
Y la respuesta está en el mismo lugar donde están todas las respuestas de esta historia. En el miedo, no el miedo a la muerte. Kedith se enfrentó con una dignidad que dejó sin palabras a todos los que la conocían. El miedo al sistema. El miedo a que hablar significara no volver a trabajar. El miedo a que reclamar lo que te deben ser más caro que perderlo.
El miedo a que una empresa que controla el 70% de lo que un país ve por televisión pueda borrar tu nombre con una llamada telefónica. Ese miedo mantuvo callada a Edit González durante décadas. El mismo miedo que mantuvo callado a Ernesto Alonso mientras le quitaban los derechos de su obra.
El mismo miedo que mantiene callados hoy a cientos de actores, guionistas, productores y técnicos que saben exactamente cómo funciona la máquina y no se atreven a decirlo porque todavía necesitan que la máquina les dé trabajo. Edith no habló hasta que supo que se estaba muriendo. No habló hasta que el cáncer le quitó el miedo de la única forma en que el miedo se puede quitar. haciendo irrelevante.
Cuando sabes que te quedan meses, los contratos dejan de importar, los productores dejan de dar miedo, las empresas dejan de ser dioses y la verdad que llevaba décadas aplastada bajo toneladas de silencio empieza a salir con la fuerza de algo que ya no se puede contener. Edita habló en 2017, en 2018, en los meses anteriores a su muerte, porque ya no tenía nada que perder y porque sabía que si no lo decía ella, nadie lo iba a decir.
Guarda esta verdad, porque es la verdad central de toda esta historia. El encubrimiento no fue un acto deliberado de un villano contra una víctima. Fue algo peor. Fue un sistema que funcionaba porque todos participaban en él. Los productores que hacían contratos verbales sabían lo que estaban haciendo. Los ejecutivos que no pagaban regalías sabían lo que estaban haciendo.
Los actores que callaban sabían lo que estaban perdiendo. Y la empresa que se beneficiaba de todo eso sabía que mientras el miedo funcionara, nadie iba a hablar. El encubrimiento era colectivo y romperlo requería que alguien decidiera que la verdad valía más que la carrera. Pero, ¿qué verdad exactamente? ¿Qué fue lo que Edith González reveló? que nadie más se atrevió a decir.
Reveló que una actriz podía trabajar un año entero en una telenovela de horario estelar y no cobrar un solo peso porque el contrato era de palabra. Reveló que cuando fue a reclamarle al dueño de Televisa, el hombre más poderoso de los medios en México, la respuesta fue una vulgaridad que básicamente significaba, “Ese es tu problema.
” Reveló que la despidieron de la empresa en la que había trabajado desde los 5 años por el acto de quedar embarazada. reveló que intentó volver, que hizo todo lo que le pidieron para ganarse otra oportunidad y que en lugar de recontratarla la mandaron a Colombia. Reveló que los productores de Televisa querían sobreactuaciones y que el modelo artístico que Ernesto Alonso y otros habían creado era un modelo que destruía a los actores en lugar de formarlos.
y reveló todo esto no desde el rencor, sino desde la experiencia de alguien que conoció la máquina por dentro durante 49 años y que decidió, antes de morirse dejar constancia de cómo funcionaba. Y lo que Ernesto Alonso reveló sin querer fue el otro lado de la misma moneda. Reveló que un productor podía trabajar 52 años para una empresa, crear 157 telenovelas que generaron millas de millones de dólares en ingresos y terminar sus días firmando un contrato que le quitaba los derechos de todo lo que había creado. Reveló que Televisa no
pagó regalías por la explotación de sus obras durante al menos 6 años. reveló que el sistema no solo devoraba actores, devoraba a sus propios creadores, que la máquina no tenía favoritos, que el señor telenovela y la niña que entró a siempre en domingo a los 5 años eran para la empresa exactamente lo mismo, materia prima. Piensa en eso un momento.
El hombre que construyó la fábrica y la mujer que creció dentro de ella terminaron en el mismo lugar, sin derechos, sin protección, sin la dignidad mínima que cualquier trabajador merece. El arquitecto y la obrera, el creador y la creación, ambos descartados cuando dejaron de producir, ambos obligados a pelear en tribunales o en entrevistas por lo que les correspondía.
y ambos derrotados de distintas formas por una empresa que sobrevivió a todos ellos y sigue facturando con su trabajo hasta hoy. Pero aquí viene lo que nadie dice cuando cuenta la historia de Edit González y es lo que la convierte en algo más grande que una anécdota de farándula. Edit González no murió derrotada, murió libre.
Murió habiendo dicho lo que quería decir. Murió habiendo criado a una hija que creció fuerte, independiente, con voz propia. murió casada con un hombre que la amó sin condiciones. Murió sabiendo que Aventurera era suya, que Corazón Salvaje era suya, que Doña Bárbara era suya, aunque los contratos dijeron otra cosa, porque lo que Televisa nunca pudo quitarle fue lo que el público veía en la pantalla.
Una mujer que actuaba como si cada escena fuera la última, una presencia que no se podía fabricar ni comprar ni reemplazar con otra actriz después de una explosión en la trama. Ana Patricia Rojo hizo lo que pudo con Mujer de Madera, pero el público nunca olvidó quién era la verdadera protagonista, porque hay cosas que no se pueden sustituir y Edit González era una de ellas. Hagamos las cuentas.
Edit González debutó a los 5 años. Trabajó 49 años consecutivos. Protagonizó más de 15 telenovelas, hizo más de 20 películas, incluyendo cintas de terror que la convirtieron en la reina del grito en México. Fue la primera aventurera, fue Mónica de Altamira, fue doña Bárbara, fue Salomé.
Estudió actuación en tres países, ganó un premio Heraldo a los 9 años. Llenó teatros durante una década. Crió a una hija sola durante 4 años mientras el padre se escondía. perdió un embarazo, sobrevivió a una expulsión laboral por embarazo, cambió de televisión y siguió triunfando. Se casó con el amor de su vida a los 45 años y peleó contra el cáncer durante 3 años con una serenidad que hizo llorar hasta los periodistas que la cubrían.
Venció al sistema de contratos verbales de Televisa. Venció al estigma de ser corrida de la empresa más grande de la televisión. Venció al silencio que la industria le impuso durante décadas. Venció a Santiago Creel y su cobardía de 4 años. Venció a cada productor que le dijo que no podía, que no servía, que no era suficiente.
Venció al modelo de sobreactuación que Ernesto Alonso había sembrado y que ella desafió con cada personaje que interpretó después de estudiar en Nueva York. Venció al tiempo que se llevó a Eduardo Palomo a los 41, a Mariana Levi a los 39, a Lorena Rojas antes de tiempo, pero no pudo vencer al cáncer.
no pudo vencer a la enfermedad que le comió los ovarios, que le llenó los pulmones de líquido, que le apagó el cerebro 15 días después de su último mensaje de amor. Eso no lo venció. Eso la mató y la mató a los 54 años, cuando todavía tenía historias por contar, personajes por interpretar, batallas por pelear y una hija por ver crecer.
El asqueroso encubrimiento no fue un secreto de pasillo, fue un modelo de negocio, un modelo donde los creadores crean y la empresa se queda con todo, donde los contratos son de palabra cuando conviene y de 100 años cuando conviene más. donde una actriz puede ser la estrella más grande del país. Un lunes y estar en la calle un martes porque se atrevió a ser madre, donde un productor puede inventar un género televisivo que genera millas de millones y morir sin recibir las regalías que le corresponden, donde el silencio es la
moneda de cambio y el miedo es el interés que se cobra. Y la lección no es de Edit González ni de Ernesto Alonso. Es de cualquier persona que haya trabajado dentro de un sistema que le dice, “Agradece que te damos la oportunidad mientras se queda con el 99% del valor que tú generas. Es de cualquier mujer que haya perdido un empleo por embarazarse.
Es de cualquier creador que haya firmado un contrato sin leerlo, porque confiaba en la palabra de alguien más poderoso. Es de cualquier persona que haya callado durante años porque hablar significaba perderlo todo. La lección es esta, el silencio protege al sistema, no al que calla. Y la verdad solo sale cuando alguien decide que ya no tiene nada que perder.
Edith González decidió eso en sus últimos meses de vida y lo que dijo, lo que reveló, lo que dejó grabado en entrevistas y transmisiones de Instagram no fue un chisme, fue un acta de desaparición del sistema que la formó, la explotó, la expulsó y la sobrevivió. Edit González murió el 13 de junio de 2019. La velaron en el teatro Jorge Negrete, como ella pidió, en un escenario con las luces encendidas, rodeada de actores, de compañeros, de gente del medio que lloró de verdad y de gente del medio que fingó llorar porque las cámaras estaban ahí. Y
Constanza, su hija de 14 años, la miró por última vez en un ataque rodeado de flores, en el mismo tipo de lugar donde su madre había aprendido a vivir. Un teatro, un lugar donde se finge para decir la verdad, un lugar donde una mujer puede ser otra sin dejar de ser ella misma, un lugar que Televisa no controlaba.
El último mensaje de Edit González fue sobre el amor, no sobre el rencor, no sobre la injusticia, no sobre los contratos sin pagos, ni los productores abusivos, ni los políticos cobardes, sobre el amor. Hoy se nos da una nueva oportunidad para amar. Esa fue la última palabra pública de una mujer que conoció lo peor del sistema y eligió despedirse con lo mejor de sí mismo.
Y eso, eso que no se puede comprar con ningún contrato ni robar con ninguna cláusula de 100 años es lo que queda. Lo que Televisa no pudo quitarle, lo que el cáncer no pudo borrar, lo que ningún encubrimiento puede silenciar. Edith González, Monterrey, 1964, Ciudad de México, 2019 54 años, 49 de carrera.
Una telenovela impaga, una hija sin apellido paterno durante 4 años, una expulsión por embarazo, un cáncer terminal y un último mensaje de amor que pesó más que todo lo demás junto. Si esta historia te hizo sentir algo, si te hizo pensar en alguien que trabaja en silencio sin recibir lo que merece, si te recordó a una madre que se levanta cada día, aunque el mundo no le dé las gracias, suscríbete a este canal, activa la campanita y déjame un comentario contándome qué parte de la vida de Edit González te tocó más fuerte.
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