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El Último Concierto de Juan Gabriel Duró 3 Horas y Dejó a 18 Mil Personas Sin Palabras

Había cantado enfermo antes. Había cantado con fiebre, con la voz lastimada, con el cuerpo pidiendo descanso en momentos en que el descanso no era una opción que él se permitiera. Había una frase que le gustaba repetir en entrevistas [música] y que sus músicos conocían de memoria porque la habían escuchado en camerinos de todo el mundo antes de salir al escenario.

 El show [música] debe continuar. No como cliché, como convicción. Esa noche el show iba a continuar. Lo que nadie podía saber todavía, ni las 17,500 personas que llenaban el recinto, ni los músicos que afinaban en el escenario, ni los técnicos que ajustaban las luces. era que ese show no iba a hacer solo un concierto más en una carrera de miles de noches, iba a ser el último y que el adiós que Juan Gabriel daría esa noche no sería pronunciado con esa palabra, sino con tres horas de música, con el cuerpo entregado más allá de lo que el

cuerpo podía dar, con canciones que el público conocía de memoria y que esa noche iban a sonar de una manera que algunos, solo algunos, recordarían después con una claridad diferente, con la claridad incómoda de quien entiende demasiado tarde. de lo que estaba viendo. Las luces del recinto comenzaron a bajar a las 9 de la noche.

 Cuando las luces se apagaron y el primer acorde resonó en el de Forum, las 17,500 personas que llenaban el recinto respondieron con un sonido que no era exactamente un grito ni exactamente un llanto, sino algo entre las dos cosas. El tipo de sonido que produce la emoción cuando no cabe en una sola forma y tiene que salir [música] por donde puede.

 Juan Gabriel apareció en el escenario con un traje blanco que captó toda la luz del recinto [música] en el momento en que pisó las tablas. Y por un segundo, solo un segundo, el lugar entero se quedó suspendido en ese instante antes de que el ruido volviera con una fuerza que se sentía física, como una presión en el pecho.

 Tenía el mismo porte de siempre, la misma manera de ocupar un escenario que no tenía que ver con el tamaño del cuerpo, sino con algo más difícil de nombrar, una autoridad natural sobre el espacio. La certeza absoluta de quién sabe que ese lugar le pertenece, no porque alguien se lo haya dado, sino porque lo ha ganado noche tras noche durante cuatro décadas.

 Abrió los brazos hacia el público con un gesto que era saludo y era abrazo, era también algo más parecido a un reconocimiento mutuo. Yo sé que están aquí, ustedes saben que estoy aquí. Todo lo demás puede esperar. Lo que el público no podía ver desde sus asientos era lo que sus músicos más cercanos ya sabían desde semanas atrás.

Juan Gabriel había llegado a Los Ángeles con el cuerpo en un estado que preocupaba a quienes lo rodeaban. Padecía hipertensión, diabetes y tenía los pulmones comprometidos por una neumonía que no había terminado de resolverse. Había tenido episodios de fatiga intensa en las semanas previas. Había momentos en que el esfuerzo de moverse de un punto a otro del camerino era visible de una manera que él mismo intentaba minimizar con humor o con el cambio rápido de tema que usaba cuando no quería hablar de algo. Sus

colaboradores más cercanos habían sugerido en más de una ocasión que considerara posponer, que descansara, que el cuerpo necesitaba algo que los escenarios no podían darle. Él había escuchado cada vez con la misma expresión tranquila de quien ya tomó una decisión y la conversación que viene después no va a cambiar nada.

 El show del 26 de agosto no se cancelaba, no se posponía. Las 17,500 personas que habían comprado su boleto, que habían manejado desde lejos, que habían esperado meses por esa noche, no iban a llegar al de Forum y encontrar una puerta cerrada. Eso no era algo que Juan Gabriel estuviera dispuesto a hacer. Y así con el cuerpo cargando lo que cargaba y la voluntad intacta como siempre había estado, salió al escenario.

 Las primeras canciones llegaron con la energía de siempre. Amor Eterno abrió el set y el recinto entero cantó con él desde la primera nota. Esas 17,500 voces fundiéndose con la suya en una de esas canciones que han dejado de ser solo una canción para convertirse en algo más parecido a un ritual colectivo.

 Una manera que tiene la gente de hablar de sus muertos sin tener que decir sus nombres en voz alta. Juan Gabriela cantó con los ojos cerrados en ciertos momentos, con la cara levantada hacia las luces, con esa entrega total que era su firma desde los tiempos del Palacio de Bellas Artes, desde las noches del Noan Noa en Ciudad Juárez, desde los años en que cantaba para públicos pequeños con la misma intensidad con que cantaría después para estadios llenos, el público lloraba, no todos, [música] pero suficientes para que la emoción fuera visible desde el

escenario como una textura diferente [música] en el aire del recinto. Y Juan Gabriel lo veía, siempre lo veía. Había desarrollado con los años una capacidad particulara, para detectar dónde estaba la emoción más concentrada, hacia donde dirigir una frase, donde sostener una nota un segundo más de lo escrito, porque el momento lo pedía.

 Esa habilidad seguía intacta esa noche. Lo que el cuerpo estaba perdiendo no había llegado todavía a eso. Pero había algo más en su manera de moverse por el escenario esa noche. Algo que los músicos notaron desde los primeros minutos y que no supieron nombrar con exactitud hasta mucho después. una especie de deliberación en cada gesto.

 Como si cada movimiento, cada desplazamiento de un extremo al otro del escenario, cada inclinación hacia el público estuviera siendo ejecutado con una conciencia del cuerpo más aguda de lo habitual. No era torpeza, era precisión. La precisión de alguien que está administrando algo cuidadosamente porque sabe que los recursos no son ilimitados esa noche y que lo que gaste en los primeros minutos no va a poder recuperarlo después.

Nadie en las 17500 butacas lo leía así. Veían a Juan Gabriel en el escenario y veían lo que siempre habían visto. La entrega, la presencia, la voz que llenaba el espacio sin esfuerzo aparente. Veían al hombre que había escrito, “Querida, y no tengo dinero y te lo pido por favor y si quieres verme llorar.” veían al artista que había vendido más de 100 millones de discos y que esa noche estaba ahí a metros de ellos, real y presente, y cantando para ellos específicamente, para cada uno de ellos de manera simultánea, que era el milagro

particular que solo los grandes artistas podían hacer. Lo que no veían era lo que venía 48 horas después. La primera hora del concierto pasó con la intensidad de siempre. Juan Gabriel recorrió el escenario de extremo a extremo, interactuó con el público con esa familiaridad suya que hacía que cada persona en el recinto sintiera que le estaba hablando directamente a ella.

presentó a sus músicos con el afecto genuino de alguien que ha pasado décadas compartiendo escenarios y sabe que un concierto no es un hombre solo, sino un organismo colectivo que respira junto. Hubo momentos de humor, los comentarios espontáneos que el público esperaba tanto como las canciones, esas digresiones suyas que podían durar 2 minutos o 10 y que nadie quería que terminaran, porque en esos momentos Juan Gabriel dejaba de ser el artista y se convertía en algo más parecido a un familiar lejano que uno no ve. seguido,

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