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Lo Que Patton Hizo con un oficial que presumió no tomo prisioneros

Lo Que Patton Hizo con un oficial que presumió no tomo prisioneros

Ardenas, Bélgica. 11 de enero de 1945. El termómetro llevaba días sin subir de 15 ºC bajo cer. Los árboles del bosque de las ardenas estaban cubiertos de una capa de hielo tan gruesa que las ramas crujían como huesos rotos con cada ráfaga de viento. Los motores de los tanques Sherman necesitaban ser calentados durante horas antes de poder moverse y el acero de los cascos era tan frío que el contacto con la piel descubierta dejaba quemaduras.

Los soldados de la undécima división acorazada del tercer ejército americano llevaban semanas combatiendo en condiciones que ningún manual de instrucción había contemplado. No era solo una guerra contra los alemanes, era una guerra contra la naturaleza, contra el frío, contra el hambre, contra el agotamiento que se mete en los huesos y apaga la voluntad de seguir.

Pero esa mañana del 11 de enero algo ocurrió cerca de la aldea belga de Chenog, que cambió la naturaleza de esa guerra para siempre. Algo que no fue un disparo de artillería ni una carga de blindados, fue una conversación, una conversación entre un oficial de la CSS con la mirada de quien ha disfrutado demasiado de la guerra y un intérprete americano que tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para traducir las palabras sin vomitar.

El oficial capturado pertenecía a la primera división Pancer SS, la Lip Standarte, la unidad de élite que Hitler había creado como su guardia personal y que con el tiempo se había convertido en uno de los instrumentos más letales y más brutales de todo el aparato militar alemán. Este hombre no llegó esposado y tembloroso.

Llegó con la espalda recta, la mandíbula apretada y los ojos fijos en algún punto por encima de las cabezas de sus captores, como si la derrota fuera un concepto que no había terminado de procesar. Lo sentaron en una silla de madera dentro de una tienda de campaña que apenas retenía el calor de una estufa de quereroseno. Afuera, el viento golpeaba la lona con rabia.

Adentro el silencio era más pesado que el frío. Cuando el interrogador americano le preguntó sobre la masacre de Malmedy, el oficial no parpadeó, no desvió la mirada, no pidió un abogado ni invocó la convención de Ginebra. Hizo algo que ninguno de los soldados presentes en esa tienda olvidaría jamás. sonríó y a través del intérprete, con una voz completamente desprovista de emoción, explicó que su unidad nunca había tomado prisioneros, porque la misericordia era una debilidad del occidente decadente.

Afirmó haber dado personalmente el tiro de gracia a soldados heridos del 285 batallón de observación de artillería de campo. Hombres que yacían en la nieve con las manos atadas. incapaces de moverse, suplicando. Y lo dijo con orgullo, con la misma naturalidad con la que un hombre habla del tiempo o del precio del pan.

El intérprete tuvo que detenerse dos veces, no porque no entendiera el alemán, sino porque el cerebro humano tiene mecanismos de defensa que se activan cuando escucha ciertas cosas. La noticia llegó al puesto de mando avanzado del general George Sepaton Jr. en cuestión de horas. Y lo que ocurrió en ese puesto de mando fue algo que sus biógrafos han descrito de maneras muy distintas a lo largo de las décadas.

Algunos dijeron que Paton golpeó la mesa, otros dijeron que maldijo durante 5 minutos seguidos. La versión más documentada, la que aparece en los testimonios de tres oficiales de su estado mayor, es diferente. Dicen que Paton leyó el informe completo, lo dobló con cuidado, lo dejó sobre la mesa y guardó silencio durante casi 2 minutos.

Un silencio que, según uno de esos oficiales, era más aterrador que cualquier explosión de cólera. Luego miró hacia la ventana, hacia los árboles helados de las ardenas, y dijo en voz baja algo que ninguno de los presentes se atrevió a escribir en un informe oficial, pero que todos recordaron el resto de sus vidas.

Para entender lo que Paton decidió en ese momento, hay que entender quién era George Smith Patton Jr. en enero de 1945. No el personaje de película, no la caricatura del general con el casco brillante y las pistolas de marfil. El hombre real. Paton había nacido en 1885 en una familia con una tradición militar que se remontaba a la guerra de secesión.

Desde niño había crecido escuchando historias de batalla, como otros niños escuchan cuentos. Había estudiado a los grandes generales de la historia antigua con la misma devoción con la que un creyente estudia las Escrituras. creía en la reencarnación y estaba convencido de haber combatido en batallas anteriores como soldado romano, como caballero medieval, como oficial napoleónico.

No era una metáfora, lo creía literalmente. Y esa creencia le daba una relación con la muerte y con la guerra que ningún manual psicológico moderno habría sabido clasificar correctamente. Pon había cruzado el norte de África persiguiendo a Romel. Había desembarcado en Sicilia. Había atravesado Francia a una velocidad que dejó atónitos a los estrategas alemanes.

Era el comandante que sus propios hombres temían y adoraban en proporciones iguales. Un hombre que visitaba los hospitales de campaña y abofeteaba a los soldados que consideraba cobardes y que luego pasaba horas llorando solo en su tienda al leer las listas de bajas. Un hombre lleno de contradicciones que solo tenían sentido si se aceptaba que Paton no se veía a sí mismo como un funcionario del ejército, se veía como un instrumento del destino histórico.

Cuando recibió los informes sobre las atrocidades de la CSS, Patton no hizo un análisis legal, no convocó a sus asesores jurídicos, hizo algo que para él era mucho más natural. hizo un análisis filosófico. Si el enemigo había decidido abandonar las reglas de la guerra, había abandonado con ellas el derecho a ser tratado como combatiente.

Era una lógica brutal. Era también una lógica que resonaba con algo muy antiguo en la naturaleza humana, algo anterior a los tratados internacionales y a las convenciones diplomáticas. Era la lógica del ojo por ojo llevada a escala industrial. Y Paton, el hombre que creía haber combatido con las legiones de César, entendía perfectamente esa lógica.

Lo que ocurrió en Chenoge el 11 de enero de 1945 no fue un accidente, no fue un exceso espontáneo de soldados desbordados por la tensión. fue la consecuencia directa de una decisión tomada en silencio por un hombre que había calculado el coste moral de esa decisión y había decidido asumirlo. Aproximadamente 60 prisioneros alemanes, muchos de ellos pertenecientes a las mismas unidades involucradas en las atrocidades de Malmedi, fueron conducidos a un campo nevado en las afueras de la aldea.

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