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Marlene Dietrich: La Mujer Más Deseada del Mundo… que se Escondió para No Envejecer

Decidió que la diosa nunca tendría arrugas. En las paredes de ese cuarto cuelgan fotos de la mujer que fue. Una mujer joven, deslumbrante, de pómulos imposibles y mirada de diosa. Ella las mira desde la cama. Esa de las fotos es la verdadera Marlin Detrick, la única que el mundo tiene permitido recordar.

La otra, la de carne y hueso que respira en la penumbra, no le interesa a nadie, ni siquiera quizás a ella misma. Quienes la oían por teléfono contaban que reía, que recordaba, que a veces tarareaba unas pocas notas y que después colgaba y regresaba al silencio de su cuarto cerrado con llave. Así vivió sus últimos años la mujer que había sido la más fotografiada del mundo, voluntariamente invisible, prisionera de su propio mito, cuidando hasta el último día la imagen de una belleza que ya no le pertenecía.

¿Cómo se llega a algo así? Como una de las mujeres más libres y más valientes del siglo termina escondida en la sombra, aterrada de su propio reflejo. Para entenderlo, hay que volver al principio. A una niña de Berlín que soñaba con un violín. 27 de diciembre de 1901. En el barrio de Schoneberg, en Berlín nace una niña a la que llaman Marie Magdalen.

Su padre es oficial de policía, un hombre de uniforme, de botas lustradas y de órdenes que no se discuten. Su madre proviene de una familia acomodada de relojeros y joyeros, gente para la que la disciplina no es una virtud, sino una obligación. En esa casa no se llora en público, no se levanta la voz, no se muestra el cansancio ni el miedo.

Hay una palabra alemana que la madre repite como un mandamiento. Haltum con compostura. Mantenerse erguida pase lo que pase. Esa lección acompañará a la niña hasta el último día de su vida, incluso cuando la vida le pida exactamente lo contrario. Marie Magdalen tiene apenas unos años cuando su padre muere.

La casa se vuelve aún más severa, aún más callada. La madre cría sola a sus dos hijas con mano de hierro y una ternura que casi nunca se permite mostrar. La pequeña aprende pronto que el cariño es algo que se gana con buena conducta, no algo que se regala porque sí, y aprende otra cosa más profunda y más peligrosa, que para que la quieran hay que ser perfecta.

Crece rodeada de normas, la espalda recta, las manos quietas, el idioma cuidado. La madre le exige francés e inglés, además del alemán. modales impecables, notas excelentes. No hay margen para el desorden ni para la flaqueza. La niña obedece, pero por dentro arde algo que esa casa jamás podrá domesticar del todo.

Una voluntad feroz, terca, hambrienta de algo más grande que aquellas paredes. Hay una escena que se repite 100 veces en aquella casa. La niña de pie, muy recta, con un libro sobre la cabeza para corregir la postura. La madre observándola desde un rincón sin sonreír y una frase que vuelve una y otra vez, dicha con voz calmada y firme, como quien recita una ley natural, con postura, Marlen, siempre con postura.

Una dama no se derrumba. Una dama no se queja. Una dama se mantiene en pie, aunque el mundo entero se incendie a su alrededor. Esa frase se le grabó en los huesos. No la abandonaría jamás, ni en sus horas más altas ni en sus horas más oscuras. La música se vuelve su refugio y su pasión. Estudia violín con una devoción casi religiosa.

Pasa horas frente a la tril repitiendo las mismas escalas hasta que los dedos le duelen. Soñando con los grandes auditorios, imaginándose como una virtuosa de los conciertos. No quiere ser actriz, no piensa en el cine. Su sueño es la sala de conciertos, el arco sobre las cuerdas, el silencio del público antes de la primera nota, el aplauso después.

A los 11 o 12 años hace algo que dice mucho de quién va a hacer. Toma sus dos nombres, Marie y Magdalen, los junta y los funde en uno solo. Marlen, nadie se lo pidió. Lo decidió ella antes de ser una estrella. Antes de ser un mito, antes de que el mundo conociera su cara, esa niña ya se había inventado a sí misma un nombre nuevo.

Ya estaba creando al personaje que un día sería suyo. Mientras tanto, el mundo a su alrededor se incendia, estalla la Primera Guerra Mundial. Alemania se hunde en el horror de las trincheras. Su padrastro, un oficial del ejército con el que su madre se había vuelto a casar, parte al frente y un día llega el telegrama que toda familia teme, no vuelve.

La adolescente crece entre la escasez, el hambre y los nombres de los muertos que se acumulan en cada calle del barrio. Berlín se vacía de hombres y se llena de viudas. Las despensas se vacían, el pan escasea. La niña que practicaba violín en una casa ordenada aprende lo que significa que un mundo entero se derrumbe. Cuando la guerra termina, en 1918, su país está derrotado, humillado y arruinado. El imperio ha caído.

Las calles están llenas de soldados rotos y de banderas que ya no significan nada. Pero el sueño del violín sigue intacto entre las ruinas. Hasta que un día sin aviso se rompe una lesión en la muñeca, según se cuenta, termina con todo. La mano que debía sostener el arco ya no responde como antes.

El dolor y la rigidez vuelven imposible la carrera de concertista con la que había soñado durante toda su infancia. De un golpe, el único futuro que se había imaginado se desmorona delante de ella. El instrumento que era su voz se queda mudo para siempre. Para cualquier joven, eso habría sido el final de algo. Para Marlí fue apenas el comienzo de otra cosa.

Y aquí aparece por primera vez la cualidad que va a definir toda su vida. No se rinde, no se queda llorando lo que perdió. Da media vuelta y busca otra puerta. Si no puede vivir de la música clásica, vivirá del escenario de otra manera. trabaja un tiempo tocando el violín en la orquesta de un cine, acompañando películas mudas en la oscuridad de la sala hasta que la despiden.

Prueba con el teatro, prueba con el canto, prueba con todo. Esa niña criada para la compostura y la perfección estaba a punto de lanzarse de cabeza al lugar más escandaloso de Europa y no había madre, ni Norma, ni Haltung que pudiera detenerla. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Años 20.

El Berlín de la República de Baimar es la ciudad más libre, más salvaje y más decadente del planeta. En sus cabarets se mezcla todo lo que el resto del mundo esconde con vergüenza. Hombres vestidos de mujer, mujeres vestidas de hombre. Música nueva que hace temblar las paredes. Deseo sin disfraz. Noches que no terminan nunca.

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