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Confinado 22 horas diarias en un cubo de concreto y olvidado por su gente, un reo de 25 años deseaba rendirse. A las 11 de la noche, un celador se detuvo y susurró: “¿En qué piensas tanto?”. Ese pacto clandestino destapó una verdad aterradora.

En 1985, en la cárcel de Yarumal, un guardián de 68 años le entregó algo a un joven prisionero de 25 años que cambiaría el destino de Colombia. No era un plan de escape. No era dinero. Era algo mucho más poderoso. Y cuando Gustavo Petro, años después, reveló qué había sido aquel regalo, el país entero lloró al comprender que, a veces, un simple acto de bondad en el momento más oscuro puede iluminar el camino de toda una nación.

La celda número 47, en el tercer piso de la cárcel de Yarumal, era un cubo de concreto de 3 m por 3 m. Una ventana pequeña, con barrotes gruesos, dejaba entrar apenas un rayo de luz durante 2 horas al día. El aire era denso, pesado, cargado con el olor de la humedad y la desesperanza de cientos de hombres confinados.

En esa celda, en marzo de 1985, un joven de 25 años llamado Gustavo Petro Urrego pasaba su 17.º mes de encierro. Había sido capturado como militante del M19, acusado de porte ilegal de armas y rebelión. Sus compañeros de movimiento lo habían abandonado. Su familia apenas podía visitarlo por falta de recursos, y cada día que pasaba sentía que una parte de su alma se moría.

Petro pasaba las noches contando las grietas en el techo. Había 247. Las conocía todas. Las había memorizado como si fueran un mapa de su propia fragmentación mental.

Durante el día, los gritos de otros prisioneros, las peleas y las amenazas constantes de pandillas carcelarias contribuían a un ambiente de terror permanente. Pero lo peor no era la violencia física. Lo peor era la tortura psicológica de sentirse olvidado por el mundo, de preguntarse si alguna vez saldría de ahí, de dudar si sus ideales de justicia social habían valido la pena o si simplemente había arruinado su vida por nada.

Había intentado leer los pocos libros disponibles en la biblioteca de la prisión: novelas baratas, manuales de oficios, revistas viejas. Nada que alimentara su mente hambrienta de ideas, de filosofía, de comprensión del mundo que tanto ansiaba cambiar.

Don Esteban Rojas había trabajado como guardián penitenciario durante 40 años. A sus 68 años, estaba a solo 2 años de su jubilación. Había visto miles de prisioneros pasar por esas celdas. Algunos salían y regresaban en meses. Otros morían adentro. Muy pocos realmente se transformaban.

Había aprendido a no involucrarse emocionalmente. Era la regla número uno de supervivencia para un guardián. Los prisioneros no son tus amigos, son tu responsabilidad. Mantenlos seguros, mantenlos controlados, pero nunca te acerques demasiado.

Pero había algo en el joven de la celda 47 que lo intrigaba. A diferencia de los otros prisioneros, que pasaban el día gritando, peleando o perdidos en una desesperación pasiva, aquel joven pasaba horas escribiendo en pedazos de papel que conseguía quién sabe de dónde.

Escribía con una intensidad que don Esteban reconocía. Era la intensidad de alguien que aún tenía fuego interno, que aún creía en algo más grande que él mismo.

Una noche, durante su ronda de las 11, don Esteban se detuvo frente a la celda 47. El joven estaba despierto, sentado en el suelo de concreto, con la espalda contra la pared fría, mirando al vacío.

—¿No duermes, muchacho? —preguntó don Esteban en voz baja.

Petro levantó la mirada, sorprendido. Los guardianes nunca hablaban con los prisioneros, a menos que fuera para dar órdenes o advertencias.

—No puedo dormir, señor. Mis pensamientos no me dejan.

Don Esteban asintió. Había escuchado esa frase miles de veces, pero había algo diferente en la forma en que aquel joven la dijo. No era una queja. Era una declaración de hecho.

—¿En qué piensas tanto?

Petro dudó. Podía ser una trampa. El guardián reportaría cualquier cosa que dijera. Pero había algo en los ojos cansados del viejo guardián que le transmitía sinceridad, una curiosidad genuina.

—Pienso en Colombia, señor. En por qué un país tan rico tiene tanta gente pobre. En por qué algunos tienen todo y otros no tienen nada. En si vale la pena luchar por cambiar eso o si el mundo simplemente es así y nunca cambiará.

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