Posted in

Soraya: Amada por un Rey… y Olvidada por Todos

Lo que sí es seguro es que después de ese encuentro todo se acelera con una velocidad que no deja tiempo para pensar, ni para dudar ni para decir que no. El compromiso es anunciado en los periódicos de Teerán con una pompa que hace temblar las rotativas. La familia Espandier pasa de ser una familia respetable de la tribu Bactiari a ser la familia de la futura reina de Irán.

La madre de Soraya, Eva, la alemana que nunca imaginó que su hija terminaría en un trono persa, se encuentra de pronto organizando una juar digno de una emperatriz con las mejores costureras de Europa. Y Soraya, la niña tímida que leía novelas en su habitación del internado, se ve proyectada a una velocidad vertiginosa hacia un destino que no eligió, que no planeó y para el que nadie, absolutamente nadie la ha preparado. tiene 17 años.

No sabe nada de política iraní. No sabe nada de protocolo real. No sabe nada de lo que significa ser la esposa de un hombre que gobierna 30 millones de personas. Solo sabe que un rey la ha elegido y que decir que no no es una opción. La boda se prepara durante meses con una meticulosidad obsesiva. El Sha quiere que el mundo entero vea que Irán es un país moderno, rico, poderoso.

Quiere que esta boda borre el recuerdo del fracaso con Fausía. Quiere que Soraya sea la reina más espectacular que el mundo haya visto. Pero hay un detalle que nadie menciona. Un detalle que flota en el aire como un perfume venenoso. El Sha no se casa solo por amor, se casa por necesidad, necesita un heredero. Y todo lo que viene después, la boda, las joyas, los viajes, las portadas de revista, todo depende de una sola cosa, que Soraya le dé un hijo.

Y si no puede dárselo, todo se derrumbará. Pero eso en febrero de 1951 nadie lo sabe todavía. Ni Soraya, ni El Sha, ni los 16 invitados que brindan por un futuro que parece indestructible. La boda se celebra el 12 de febrero de 1951 en el Palacio de Mármol de Teerán. Soraya tiene 18 años y lo que el mundo ve es un cuento de hadas hecho realidad.

Un cuento de hadas con presupuesto ilimitado. El vestido diseñado por Christian Dior en persona, el mismo Dior que vestía a las estrellas de Hollywood y a las reinas de Europa. 7 m de la med de plata bordado con 6,000 diamantes, perlas y plumas de marabú, pesaba 20 kg. Soraya, que apenas pesaba 50, necesitó ayuda para caminar hasta el altar.

Cada paso era un esfuerzo, cada paso era una declaración. Esta mujer lleva el peso de un imperio sobre los hombros, literalmente. 16 invitados llenaron los salones del palacio, jefes de estado de tres continentes, embajadores de 40 países, aristócratas europeos que habían volado desde Londres, París y Roma para presenciar lo que la prensa llamaba la boda del siglo en Oriente.

Las mesas rebosaban de caviar del cpio, de champagne francés, de frutas exóticas traídas de todos los rincones del imperio. Los salones brillaban con miles de velas que se reflejaban en los espejos dorados del palacio, creando un efecto que hacía parecer que la habitación no tenía fin. Fuera del palacio, cientos de miles de iraníes celebraban en las calles de Teerán.

La radio transmitió la ceremonia en directo a todo el país. En las aldeas más remotas de Irán, familias que nunca habían salido de su provincia se reunían alrededor de aparatos de radio para escuchar los votos de su rey. Para muchos iraníes, esa boda representaba algo más que un matrimonio. Representaba la promesa de un futuro, de un heredero, de una dinastía que perduraría.

Pero incluso la boda estuvo marcada. por un presagio que nadie quiso ver. Tres días antes de la ceremonia, Soraya cayó gravemente enferma de fiebre tifoidea. La boda fue pospuesta una semana mientras los médicos luchaban por bajar la fiebre de una novia que deliraba en su cama del palacio. La temperatura subía hasta 40 gr.

Los escalofríos la hacían temblar tan fuerte que la cama vibraba. Los médicos del palacio, aterrados ante la posibilidad de que la futura reina muriera antes de ser coronada, llamaron a especialistas de Europa que llegaron en vuelos de emergencia. El sha se quedó sentado junto a ella durante horas, sin moverse, sin comer, sin atender a nadie.

Los ministros le pedían audiencias urgentes, los embajadores esperaban respuestas. El gobierno del país se paralizaba, pero el Sha no se movía de la silla junto a la cama de Soraya, convencido de que Dios le estaba quitando a esta mujer antes siquiera de dársela. Según un médico que estuvo presente, el Sha le susurraba al oído palabras en persa que nadie más podía escuchar.

Oraciones, quizás, o promesas, o simplemente el nombre de Soraya, repetido como un mantra contra la muerte. El presagio era claro, pero nadie quiso verlo porque los cuentos de hadas no empiezan con la novia al borde de la muerte y esta boda tenía que ser un cuento de hadas. Soraya sobrevivió. La boda se celebró y los primeros años fueron genuinamente felices.

Quizás los únicos años verdaderamente felices en la vida de ambos. El Sha adoraba a Soraya con una intensidad que sorprendía a la corte. No era afecto real protocolario, era devoción pura. La consultaba sobre asuntos de estado, algo que ningún Sha persa había hecho jamás con su esposa. La llevaba a todos sus viajes oficiales Washington, Londres, París, Roma.

En cada país que visitaban, Soraya causaba sensación. Los presidentes y primeros ministros del mundo la miraban embelezados. Las primeras damas la envidiaban, la prensa la perseguía. Cenaban juntos cada noche en sus apartamentos privados del palacio, algo insólito en una monarquía donde reyes y reinas vivían en alas separadas y se veían solo en ocasiones oficiales.

Cuando estaban en público, él la miraba constantemente, como si no pudiera creer que fuera real. Cuando ella entraba en una habitación, él se ponía de pie, algo que un rey no hace por nadie. Hay una anécdota que cuenta un embajador europeo que los visitó en esa época. Durante una cena de estado, el Sha estaba hablando de geopolítica con un grupo de diplomáticos cuando Soraya entró en el salón.

El Sha se detuvo a mitad de frase, se giró hacia ella, sonrió y durante varios segundos se olvidó completamente de los diplomáticos, del protocolo y del mundo entero. Parecía, dice el embajador, un adolescente enamorado por primera vez, no un jefe de estado. Pero estos años no son solo amor y joyas, son también años de turbulencia política que ponen a prueba al Sha y a Soraya de maneras que ningún cuento de hadas contempla.

En 1953, el primer ministro Mohamed Mossadeg, un nacionalista carismático que quiere nacionalizar el petróleo iraní, desafía abiertamente al sha. La crisis se agrava durante meses. Mosadec tiene el apoyo del pueblo. El Sha tiene el apoyo de los británicos y los americanos que no están dispuestos a perder el control del petróleo iraní.

Read More